(Zacatecas, 1940) La mujer que acusaron de tener r3l4ci0nes con un caballo
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(Zacatecas, 1940) La mujer que acusaron de tener relaciones con un caballo
En los pueblos pequeños, un rumor puede ser más mortal que cualquier sentencia judicial. El polvo del camino se levantaba con cada paso que daba Refugio Martínez aquella mañana de marzo de 1940. Las calles de tierra de San Juan Capistrano, un poblado perdido en las montañas de Zacatecas, parecían más silenciosas que de costumbre. O quizás era ella quien había aprendido a percibir el silencio de manera diferente.
Refugio caminaba con la mirada fija en el suelo, evitando cruzar los ojos con cualquiera que se atreviera a mirarla. Sabía perfectamente lo que pensaban, sabía lo que decían cuando ella pasaba. Las palabras no necesitaban ser pronunciadas en voz alta para que cortaran como navajas. Tenía 32 años, pero su rostro mostraba el desgaste de alguien que había vivido el doble. Su piel morena estaba curtida por el sol implacable de la región y sus manos callosas hablaban de años de trabajo en el campo.
Refugio era viuda desde hacía cinco años, cuando su marido, Esteban, murió aplastado por una carreta que se volcó durante una tormenta. Desde entonces, había sobrevivido como había podido, trabajando en las milpas, lavando ropa en el río, cuidando animales para quienes podían pagarle con tortillas o frijoles. La vida no había sido generosa con ella, pero tampoco se había quejado. Refugio Martínez era de esas mujeres que apretaban los dientes y seguían adelante, sin importar cuánto doliera el camino.
Pero algo había cambiado en las últimas semanas, algo terrible que ella no alcanzaba a comprender del todo. Los rumores habían comenzado a circular como un veneno invisible, infiltrándose en cada rincón del pueblo. Primero fueron murmullos apenas audibles, conversaciones que se detenían abruptamente cuando ella se acercaba. Luego vinieron las miradas, esas miradas cargadas de desprecio y asco que la seguían a donde quiera que fuera. Y finalmente llegaron las acusaciones.

Decían que Refugio Martínez había cometido un acto tan antinatural, tan abominable, que ni siquiera las mentes más retorcidas podían concebirlo sin sentir repulsión. Decían que había tenido relaciones carnales con Lucero, el caballo negro que cuidaba en el rancho de Don Nabor Sánchez. Un caballo.
La simple idea era tan grotesca, tan imposible, que Refugio había creído al principio que todo era una broma cruel. Una de esas historias que la gente inventa para entretenerse en pueblos donde nunca pasa nada interesante. Pero pronto comprendió que nadie estaba bromeando. Todo había comenzado con Jacinta Reyes, la esposa del tendero. Jacinta era conocida en el pueblo por su lengua afilada y su afición por el chisme. Era una mujer entrada en carnes, de mejillas sonrosadas y ojos pequeños que parecían estar siempre buscando algo de qué hablar.
Una tarde, mientras Refugio trabajaba en el establo de Don Nabor, Jacinta pasó por el camino que bordeaba la propiedad. Según su versión, que repetiría hasta el cansancio en los días siguientes, había escuchado sonidos extraños provenientes del establo. Sonidos que, según ella, no eran normales. Sonidos que la habían hecho detenerse y asomarse por una rendija de la puerta de madera. Lo que Jacinta afirmaba haber visto era tan escandaloso que ni siquiera se atrevía a describirlo completamente. Decía que había visto a Refugio en una posición comprometedora con el caballo, que había presenciado un acto de depravación que manchaba el nombre de todas las mujeres decentes del pueblo.
Por supuesto, Jacinta no había hecho nada en ese momento. No había gritado, no había intervenido, no había llamado a nadie, simplemente se había marchado supuestamente horrorizada y había guardado silencio durante dos días completos antes de finalmente compartir su terrible secreto con su mejor amiga, quien a su vez lo compartió con otra, y así sucesivamente hasta que todo San Juan Capistrano supo de la supuesta aberración de Refugio Martínez.
Refugio negó las acusaciones desde el primer momento. Lo hizo con vehemencia, con lágrimas en los ojos, con la voz quebrada por la indignación y el miedo. “¡Es mentira!”, gritó. “Todo es una horrible mentira. Yo jamás he hecho semejante cosa. Jamás se me ha pasado por la mente siquiera”. Pero sus protestas cayeron en oídos sordos. En un pueblo como San Juan Capistrano, donde la religión lo permeaba todo y las tradiciones se aferraban a la gente como una segunda piel, la acusación era suficiente. No importaba que no hubiera pruebas, no importaba que la historia de Jacinta tuviera más agujeros que un costal viejo. Lo único que importaba era que alguien había dicho algo y ese algo era tan escandaloso, tan perturbador, que tenía que ser verdad, razonaban los habitantes del pueblo. Nadie inventaría una historia así si no fuera cierta.
Don Nabor Sánchez, el dueño del rancho donde trabajaba Refugio, fue uno de los primeros en darle la espalda. Era un hombre de unos 60 años, de bigote espeso y mirada severa, que se preciaba de ser un cristiano devoto y un miembro respetable de la comunidad. Cuando los rumores llegaron a sus oídos, llamó a Refugio a su casa y, sin siquiera mirarla a los ojos, le dijo que ya no necesitaba sus servicios. Le pagó lo que le debía con monedas que dejó caer sobre la mesa como si quemaran y le ordenó que se marchara y no volviera nunca.
Refugio intentó explicarse, intentó defender su inocencia, pero Don Nabor levantó la mano para silenciarla. “No quiero escuchar tus mentiras”, le dijo con voz fría. “Lo que has hecho es una ofensa a Dios y a la naturaleza. Vete de mi propiedad antes de que llame al presidente municipal.”
La amenaza resonó en la mente de Refugio durante días. Don Artemio Flores era el hombre más poderoso del pueblo, un cacique que gobernaba San Juan Capistrano con mano de hierro desde hacía más de 15 años. Era conocido por su temperamento violento y su interpretación muy particular de la justicia. Si Don Artemio decidía que Refugio era culpable, no habría apelación posible, no habría tribunal al que acudir. En lugares como ese, la palabra del presidente municipal era ley.
Y efectivamente, Don Artemio se involucró en el asunto. Una semana después de que los rumores comenzaran a circular, Refugio recibió la visita de dos hombres en su humilde jacal. Eran Guadalupe Torres y Fermín Carranza, los ayudantes del presidente municipal. Conocidos en el pueblo por ser los ejecutores de las órdenes de Don Artemio, llegaron al atardecer, cuando el cielo se teñía de un naranja enfermizo que parecía presagiar desgracias. Guadalupe era un hombre corpulento, de brazos gruesos y expresión permanentemente hosca. Fermín, en cambio, era delgado y nervioso, con ojos inquietos que nunca se quedaban quietos en un solo lugar.
“Don Artemio quiere verte”, anunció Guadalupe sin preámbulos, parado en el umbral de la puerta. “Mañana a primera hora en la presidencia municipal. No te pongas a faltar.”
Refugio sintió que el estómago se le contraía. Conocía las historias de lo que sucedía cuando Don Artemio convocaba a alguien a la presidencia. Había escuchado relatos de hombres golpeados hasta la inconsciencia, de mujeres humilladas públicamente, de castigos que se administraban sin juicio ni proceso alguno. En San Juan Capistrano, la justicia oficial era un concepto abstracto. Lo que importaba era la voluntad de Don Artemio y el miedo que inspiraba en la población.
Esa noche, Refugio no pudo dormir. Se quedó sentada en el petate que le servía de cama, mirando la luz tenue de una vela que parpadeaba en la oscuridad. Su jacal era una construcción modesta de adobe y techo de lámina, con un solo cuarto que servía como dormitorio, cocina y sala. Las paredes estaban desnudas, exceptuando un crucifijo de madera que había pertenecido a su madre y una fotografía borrosa de Esteban, su difunto marido. Refugio miró esa fotografía durante horas, como si buscara en los ojos desvanecidos de su esposo alguna respuesta, algún consejo sobre qué hacer. ¿Qué harías tú, Esteban? Susurró en la penumbra. ¿Cómo me defiendo de algo que nunca hice?