LA ESCLAVA LAVANDERA que enjuagó la ropa interior con POLVO DE HIEDRA VENENOSA: ¡La Carne Viva!

LA ESCLAVA LAVANDERA que enjuagó la ropa interior con POLVO DE HIEDRA VENENOSA: ¡La Carne Viva!

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La Lavandera que Enjuagó con Hiedra Venenosa

La hacienda “La Purísima”, enclavada en el corazón de Veracruz, era una finca inmensa, tan antigua como las montañas que la rodeaban, cuyos campos de caña se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El aire de la zona, húmedo y pesado, siempre cargaba el olor penetrante de la tierra mojada y el sudor de los hombres que trabajaban bajo el sol implacable. No obstante, en el lavadero, el ambiente estaba impregnado con otro aroma: el de la lejía, el de los restos de jabón quemado y, sobre todo, el de las verdades que nadie se atrevía a pronunciar. Aquella finca, que ostentaba la opulencia de las tierras y la riqueza en su estructura, escondía debajo de sus fachadas una historia de oscuridad, de secretos enterrados y de vidas destruidas por el poder de un hombre cruel y avaricioso.

Don Rodrigo, el dueño de “La Purísima”, era un hombre de pocas palabras pero de una mirada que escudriñaba hasta el más mínimo error. Era alto, de mandíbula cuadrada, siempre vestido con ropas impecables, como si el mundo entero estuviera obligado a verlo como el señor que era. Había heredado la mitad de las tierras, pero su cuñado, el señor Albear, poseía la otra mitad. Nadie en la finca sabía por qué, pero el cuñado había desaparecido repentinamente, en un viaje a España, o al menos eso decía Rodrigo. Lo que nadie sospechaba era que la desaparición de Albear era solo una capa más en la maraña de mentiras y crímenes que Rodrigo había tejido durante años.

Elena, la lavandera, conocía muy bien esos secretos. No solo porque pasaba sus días lavando la ropa de los señores, sino porque había sido testigo de más de una escena oculta entre las paredes de la hacienda. Elena no era solo una mujer que pasaba su vida enjuagando manchas. Era una mujer observadora, y el lavadero era su refugio secreto, donde podía ver todo sin ser vista. Sabía quién dormía con quién, quién robaba lo que no le pertenecía y quién pasaba por las puertas de la casa grande cargando culpas invisibles. No era tonta; Elena sabía demasiado sobre la familia de Rodrigo, sobre sus traspasos de tierras y las mentiras que tejía para ocultar sus vicios.

Había trabajado más de diez años para comprar su libertad, esa libertad que, cuando finalmente la alcanzó, fue destruida por la furia de Rodrigo. En un día de rabia, cuando el café estaba frío, Rodrigo sacó los papeles de su manumisión y los quemó frente a ella, riéndose mientras veía cómo las cenizas se esparcían por el aire. Le dijo que una herramienta no puede ser dueña de sí misma. Ese acto de humillación marcó un antes y un después en la vida de Elena. Algo en su interior se rompió. Ya no era la misma mujer sumisa de antes. La venganza había comenzado a incubarse en su alma.

La mañana siguiente, el sol de Veracruz estaba tan abrasador que incluso las sombras parecían derretirse. Elena se encontraba en el lavadero, trabajando frente a su tina de piedra. La agua fría corría por sus manos callosas y sus dedos ya adormecidos por los años de trabajo repetitivo. Un bulto de ropa sucia fue arrojado bruscamente cerca de ella. Elena levantó la vista y vio a Pascual, el capataz, un hombre que olía a aguardiente barato y que nunca perdía la oportunidad de intimidar. Él le entregó un bulto de ropa, con una camisa de seda fina entre las prendas. La camisa de don Rodrigo.

“El patrón la quiere impecable para la cena del viernes, cuando llegue el comisario Fuentes. Si no queda perfecta, el castigo no será solo para ti”, dijo Pascual con voz áspera, antes de darle la vuelta y marcharse, dejando a Elena sola con la prenda. Elena miró la camisa con una sensación extraña en el estómago. Algo no estaba bien. Cuando sumergió la camisa en el agua fría y empezó a restregarla, el agua no se volvió morada, como cuando una mancha de vino tinto toca la tela. En lugar de eso, el agua se volvió de un color óxido, oscuro y metálico.

Elena, con las manos temblorosas, notó la diferencia de inmediato. Esta no era una mancha común. No era vino. Era sangre. No solo eso. Cuando sus dedos rozaron la tela del dobladillo, sintió algo duro en su interior. Al deshacer un par de hilos, un pequeño botón de plata cayó en su mano. Estaba grabado con el escudo de los Albear, la familia del socio de Rodrigo. Elena sintió el peso del descubrimiento. La camisa que Rodrigo llevaba, con la mancha de sangre, no solo estaba marcada por el destino de otro hombre, sino que contenía las pistas de una verdad que Rodrigo había querido ocultar.

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Con el botón en la mano, Elena miró hacia la casa grande, donde Rodrigo estaba de pie en el porche, observando el campo con sus binoculares, como un depredador que espera a que su presa muera. Ella sabía que no podía entregar el botón. Si lo hacía, el destino de su hija Lucía sería el mismo que el de tantas otras mujeres que habían sufrido a manos de los poderosos. Pero también sabía que ese botón, aunque pequeño, era la llave para desvelar la verdad que Rodrigo había estado ocultando durante tanto tiempo.

Elena, con un frío calculado, guardó el botón en el pliegue de su falda y miró una vez más hacia la casa grande. Sabía lo que tenía que hacer. Ella no solo era una lavandera; ella también era una mujer de conocimiento, hija de una curandera de la selva, que había aprendido a identificar las plantas que podían sanar y las que podían maldecir. Esa noche, mientras la hacienda dormía bajo el canto de los grillos, Elena se internó en el monte. Buscaba una planta, no para curar, sino para vengarse.

El veneno de la hiedra venenosa, tan sutil como letal, era la respuesta a su sufrimiento. Recolectó las hojas con guantes gruesos, evitando que cualquier contacto con la planta tocara su piel. Sabía lo que hacía. La hiedra venenosa, cuando se molía y se preparaba correctamente, tenía el poder de causar una reacción mortal en la piel de quien entrara en contacto con ella. Y Elena estaba dispuesta a usar ese conocimiento en su lucha contra un hombre que había destruido su vida.

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