“Por Favor No Entre,” Dijo Una Madre Soltera Al Vaquero Cruel Y Solitario Que Quería Su Amor

“Por Favor No Entre,” Dijo Una Madre Soltera Al Vaquero Cruel Y Solitario Que Quería Su Amor

El Lobo Solitario y la Viuda del Desierto

En el polvo inclemente del desierto de Sonora, donde el sol quemaba la tierra como un hierro al rojo, vivía Elena, viuda con dos hijos pequeños en una ranchería olvidada cerca de la frontera. Su marido había muerto tres años atrás, baleado por bandidos en un asalto al tren de plata. Desde entonces, Elena sobrevivía sola, cultivando maíz raquítico y criando gallinas flacas, mientras la soledad le roía el alma como un coyote hambriento.

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Entonces apareció él: Rodrigo, el vaquero errante. Ojos negros como pozos sin fondo, revólver siempre listo para escupir muerte. Alto, músculos forjados en riñas y cabalgatas interminables, una cicatriz cruzándole la mejilla izquierda, recuerdo de un duelo en Nogales donde mató a tres hombres por una baraja trucada.

Decían que era malo hasta los huesos, que había robado ganado en Texas y burlado la horca más de una vez. Pero bajo esa coraza de cuero curtido, latía un corazón vacío, hambriento de algo más que el eco de sus botas en caminos desiertos.

La primera vez que vio a Elena, regando sus plantas marchitas bajo el atardecer anaranjado, sintió un fuego que no era del sol. Quería su amor, o al menos lo que él entendía por amor: posesión, calor en las noches frías, alguien que curara sus heridas del alma.

Se acercó a la cabaña levantando una nube de polvo fantasmal. Los hijos de Elena, Pedro y María, jugaban en el porche con palos que fingían ser rifles.
—¡Mamá, un extraño! —gritó Pedro.
Elena salió con una escopeta vieja, el dedo temblando en el gatillo.

Rodrigo desmontó con gracia felina, sombrero ancho sombreando su rostro anguloso.
—Buenas tardes, señora. Solo busco agua para mi caballo y, quizás, una conversación.

Elena lo miró fijamente, notando cómo sus ojos la devoraban. Era guapo de esa manera ruda que atrae a las mujeres cansadas de la vida. Pero algo en él la ponía nerviosa, como el viento antes de una tormenta de arena. Le dio agua, pero no lo invitó a entrar.
—Aquí tiene, vaquero. Beba y siga su camino. Esta tierra no es para extraños.

Rodrigo sonrió, mostrando dientes blancos bajo el bigote espeso.
—Me llaman Rodrigo. ¿Y usted, hermosa, cómo se llama?

Ella no respondió, solo apretó la escopeta.
Esa noche soñó con él, manos fuertes rodeándola, pero en el sueño esas manos se volvían garras que la arrastraban al abismo.

Días después, Rodrigo volvió. Traía un conejo fresco cazado con su Winchester.
—Para sus niños, señora. No puedo verlos tan delgados.

Elena lo aceptó a regañadientes, cocinándolo en un guiso con chiles secos que picaban como el demonio. Mientras comían, él se sentó fuera en el porche, contando historias de duelos al amanecer, minas de oro perdidas, mujeres amadas y abandonadas. Pero sus ojos nunca dejaban a Elena, y ella sentía un escalofrío cada vez que su mirada se posaba en su cuello, en sus caderas.

—Usted es fuerte, Elena. Una mujer como usted necesita un hombre que la proteja.

—Me protejo sola. Mi marido me enseñó a disparar y lo hago mejor que muchos.

Pero el vaquero no se rendía. Empezó a aparecer más seguido, ayudando con las tareas, arreglando la cerca rota, llevando agua del pozo seco, enseñando a Pedro a enlazar un ternero imaginario. María lo miraba fascinada por su sombrero y sus espuelas que tintineaban como campanas de muerte.

Elena lo observaba desde la ventana, dividida entre gratitud y miedo. Había oído rumores en el pueblo: decían que Rodrigo había matado a un ranchero por una deuda de póker, que dejaba pueblos temblando a su paso.

—¿Por qué me persigue, Rodrigo? —le preguntó una tarde, mientras el sol se hundía como sangre en el horizonte.

Él se acercó demasiado, aliento oliendo a tequila barato.
—Porque usted me hace sentir vivo, Elena. En este desierto, usted es el oasis.

Una noche de luna llena, cuando los coyotes aullaban como almas en pena, Rodrigo llegó borracho. Su caballo relinchaba nervioso y él tambaleaba con una botella en la mano.

—Elena, abre la puerta. Necesito verte.

Los niños se despertaron llorando. Elena atrancó la puerta con una silla, escopeta en mano.
—Váyase, Rodrigo. No lo quiero aquí.

Pero él golpeaba la madera, voz ronca y desesperada.
—Déjeme entrar, mujer. Solo quiero su amor. He sido paciente, pero un hombre como yo no espera eternamente.

Elena sintió el pánico subirle por la garganta.
—Amor… esto no es amor, es obsesión. Por favor, no entre.

De repente, un disparo rasgó la noche. No fue de Elena, sino de fuera. Rodrigo cayó al suelo con un gemido. Elena abrió la puerta un resquicio, viendo una figura oscura huir a caballo. Era un bandido, quizás uno de los viejos enemigos de Rodrigo. El vaquero yacía herido, sangre manando de su hombro.

Contra su mejor juicio, Elena lo arrastró adentro y vendó la herida con trapos limpios. Mientras lo cuidaba, él la miró con ojos febriles.

—¿Ves, Elena? Necesitas protegerme tanto como yo a ti.

Ella no respondió, pero esa noche, mientras velaba su sueño agitado, sintió una chispa prohibida. ¿Era piedad o algo más oscuro?

Los días siguientes fueron un torbellino. Rodrigo se recuperó en la cabaña, durmiendo en el suelo con una manta. Ayudaba más, pero su presencia era asfixiante. Tocaba su mano al pasar, rozaba su cintura al ayudar en la cocina. Elena lo rechazaba, pero el desierto la había hecho débil.

Una tarde, mientras los niños jugaban fuera, él la acorraló contra la mesa donde amasaba el pan. Sus manos fuertes cubrieron las de ella sobre la masa, presionando con fuerza.

—Déjame entrar en tu vida, Elena. Soy malo, sí, pero por ti cambiaría.

Ella se zafó, el corazón latiendo como tambor de guerra.
—No, Rodrigo. Mis hijos, mi pasado. Por favor, no entre.

Pero el suspense crecía como tormenta. En el pueblo, los rumores corrían como viento:
—Esa viuda con el vaquero solitario… él es malo, la destruirá.

Una noche, un grupo de mujeres del pueblo llegó a caballo, lideradas por la vieja doña Rosa.
—Elena, ten cuidado. Rodrigo mató a su propia hermana en un arranque de celos. Es un demonio disfrazado.

Elena las escuchó, pero su mente estaba nublada.
¿Era verdad? Rodrigo lo negó cuando ella lo confrontó, jurando por la Virgen de Guadalupe.

—Mentiras, mi amor. Solo quiero protegerte.

La tensión llegó una noche de lluvia torrencial, rara en el desierto. Rodrigo había salido a cazar, pero volvió temprano, empapado y furioso.

—Vi hombres en el pueblo preguntando por ti, Elena. Bandidos, los mismos que mataron a tu marido, vienen por la tierra que él dejó.

Elena palideció. La ranchería estaba sobre una veta de agua subterránea, valiosa en la sequía eterna.

—Déjame entrar de verdad, Elena. Casémonos y defenderé esto con mi vida.

Pero ella vio el brillo loco en sus ojos, el mismo que había visto en bandidos antes.

—No, Rodrigo. Por favor, no entre en mi casa ni en mi corazón.

De pronto, un relámpago iluminó la ventana y Elena vio sombras afuera: tres hombres armados acercándose sigilosos. Rodrigo sacó su revólver, pero uno de los bandidos disparó primero, rompiendo el vidrio. La bala rozó a Elena y ella gritó cayendo al suelo. Rodrigo respondió con furia, baleando a dos en la oscuridad. El tercero huyó, pero no antes de herir a Pedro, que salió corriendo al oír el ruido.

El niño yacía en el lodo, sangrando del brazo. Elena lloraba vendando a su hijo mientras Rodrigo montaba guardia.

—¿Ves? Sin mí estarían muertos.

Pero en ese momento ella lo vio claro: él había traído a los bandidos. Rumores decían que Rodrigo estaba en deuda con ellos y usaba a Elena como cebo para saldar cuentas.

—Tú los trajiste aquí —acusó, apuntándole con la escopeta.

Rodrigo sonrió amargamente.
—Tal vez, pero por amor, Elena. Todo por amor.

La tensión estalló. Rodrigo avanzó, desarmándola con facilidad, sus labios buscando los de ella en un beso forzado.

—Déjame entrar o los mataré a todos.

Elena luchó, arañando su cara, y en la pelea el revólver cayó al suelo. Un disparo accidental y Rodrigo se dobló, sangre brotando de su pecho. Cayó de rodillas, mirándola con ojos suplicantes.

—Elena, yo solo quería…

Ella lo vio morir ahí, en el piso de su cabaña, mientras la lluvia lavaba la sangre. Los niños lloraban, pero Elena sintió un alivio cruel. Había salvado su hogar. ¿A qué precio?

Al amanecer, enterró el cuerpo en el desierto, donde los coyotes lo reclamarían.
El pueblo susurraría sobre la viuda que mató al lobo solitario, llamándola bruja. Pero ella sabía la verdad: en el viejo oeste, el amor podía ser más letal que una bala.

Años después, con sus hijos crecidos, Elena contaría la historia en voz baja bajo las estrellas:
—Nunca dejen entrar a un hombre malo en su vida —diría.

Pero en sus sueños aún sentía sus manos sobre la masa, presionando, y se preguntaba si alguna vez había sido amor… o solo la soledad disfrazada de deseo.

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