Pacto de amor esclavo con el Gerente General
Capítulo 14: La caída fingida
La carretera de regreso a Madrid fue un murmullo de luces y silencio. Daniel conducía con la vista fija en el horizonte, la memoria del disparo clavada en la piel como una metralla invisible. Santoro había aparecido en las montañas como un fantasma: elegante, preciso, letal. Y Clara… Clara había caído como una moneda usada, rota entre sus manos.
En el vehículo, Lucía no hablaba. Sus dedos apretaban la mano de Daniel con fuerza, como si ese gesto pudiera anclarla a la realidad. Su rostro estaba pálido, con una sombra de miedo que no desaparecía. A cada kilómetro que los acercaba a la ciudad, el peso del asedio parecía crecer.
—Tenemos que desaparecer —dijo Daniel al fin, la voz rota—. Tres días. Nadie, ninguna pista. Nos escondemos y planificamos el golpe final.
Ella asintió sin fuerzas. A lo lejos, las luces de Madrid, indiferentes, parpadeaban como millones de ojos de cristal.
Apenas pusieron un pie en el ático, el teléfono de Daniel sonó. Número privado. Lo tomó sin mirar. La voz al otro lado era fría, sin matices.
—Buenas noches, señor Rivas. Le habla Rafa. ¿Qué tal su viaje de huida?
El corazón de Daniel se detuvo.
—¿Qué quieres, Santoro? —gruñó.
—Solo una simple propuesta —dijo Santoro, con esa sonrisa que cruzaba la línea entre la cortesía y la amenaza—. Entregue la memoria, y su mujer… —se permitió una pausa deliciosa—… podrá salir a la calle sin que la detengan por “colaboración” y “complicidad”. Si no lo hace, a las ocho de la mañana habrá una redada. Policía, fiscales, cámaras, titulares. Todo lo que hace falta para aplastar una historia. Y su nombre en la primera línea.
Daniel colgó, la sangre hirviendo en las venas. La decisión estaba por encima del orgullo: proteger a Lucía.
—No pienso entregarla —dijo con un filo en la voz.
Él no sabía que, sin dar tiempo a réplica, Santoro ya había movido piezas. A las dos de la madrugada, un coche oficial se detuvo frente al ático. Dentro, dos agentes con caras de papel y una orden judicial firmada por un juez amigo. En la comisaría, la burocracia se volvió martillo: cargos informales por “posesión de documentación confidencial”, “interferencia en investigación económica” y una lista de delitos menores que, sumados, se convertían en cadena perpetua administrativa. Los medios, adormecidos por llamadas anónimas, comenzaron a calentar titulares.
Y mientras Daniel hablaba con abogados, la policía tocó la puerta de Lucía.
—Señora Lucía Vega, por orden judicial debe acompañarnos.
Ella supo al instante que no habría tiempo. No hubo forcejeo. No hubo escenas cinematográficas. Los agentes fueron corteses, eficaces. La llevaron sin gritar, con la mirada clavada en Daniel como un hierro.
—Daniel —murmuró ella desde el coche patrulla, cuando el vidrio los separó—. No lo hagas.
Él no la entendió. En su rabia, juró que la rescataría. Pero la rueda del engranaje legal giró más rápido de lo que él podía.
La prensa no tardó: “Detenida asistente por presunto espionaje corporativo”, “Escándalo en Ares Group: vínculo con la filtración Hades”. Santoro, en un comunicado, se mostró “consternado” y “colaborador con la justicia”, simulando dolor por la “traición” de sus empleados mientras sonreía en privado.
La celda provisional donde Lucía fue depositada olía a limpieza industrial y miedo enlatado. La llevaron a una sala fría, con una única ventana alta, y la dejaron sola con su maleta y la carpeta con copias de seguridad que había logrado ocultar en el último instante. No era una celda penitenciaria de verdad: parecía una escenografía preparada para la humillación pública.
Lucía se dejó caer sobre la cama metálica. Tenía los ojos secos, la boca pastosa. Pero algo en su nuca chisporroteaba con la electricidad de un plan sin terminar. En el bolsillo interior del abrigo, bajo la tela, una pequeña tarjeta: un número, un nombre. Un mensaje apenas legible, escrito por alguien que la había cuidado desde las sombras.
“Si todo sale mal: confía en el refugio. Finge. Aguanta. No pierdas la risa.”
La sonrisa a la que se refería era la suya, a la que ella había prometido proteger a cualquier precio.
Fuera, Daniel cayó en la trampa que Santoro quería: la prensa, las inquisiciones, los jueces que sonaban como convocatorias. Le cortaron accesos, congelaron cuentas, emitieron órdenes de prohibición. En una audiencia express montada con rapidez, le dictaron medidas cautelares: vigilancia estricta, retirada de pasaporte, imposibilidad de hablar con prensa. Su mundo, que se había sostenido en una confianza quebradiza, comenzó a deshilacharse.
Esa misma noche, sin embargo, en una sala anónima de la ciudad, Santoro se encontró con una figura cubierta por una capucha. Abrió un sobre. Dentro, una fotografía: Lucía entrando en la celda; otra, Daniel descompuesto; otra, el sello de la fiscalía. Santoro miró las imágenes y, con una risa corta, apagó la luz.
—Perfecto —dijo—. Que la verdad aúlle en los periódicos. Que la gente la vea caída. Nada despierta más a los cómplices que la sangre en el piso.
Pero en la celda, mientras la cámara de seguridad hacía su ronda obligada, Lucía encendió una pequeña linterna oculta en el forro de su bolso. Sacó la carpeta con las copias del Proyecto Hades. Bajo la lámina superior, un recorte de periódico antiguo: una noticia pequeña sobre una fundación benéfica en la que aparecía, en una foto de archivo, un joven con semblante serio. Era Rafael Santoro de joven, entregando una donación. En la esquina del recorte, una anotación suya: “Lugar seguro: sótano La Ermita.”
La Ermita. Un viejo refugio que había pertenecido a la ONG de la familia de su padre. Un lugar al que solo iban quienes conocían la ciudad en su mapa secreto.
Lucía sonrió apenas. Fingida derrota. La captura colgaba en el tabique del mundo, brillante y real para todos. Pero bajo esa apariencia, ella guardaba la última pieza: una llave USB con un archivo encriptado dividido en tres. Si alguien lograba seguir las migas, podría recomponerlo. Si no, la verdad quedaría oculta—pero no destruida.
Y, antes de apagar la linterna, dejó sobre la mesa un pequeño recorte: una foto de Santoro, tomada de manera clandestina, con una cifra y un nombre escrito en tinta roja. No era una esperanza; era una promesa.
La noche cerró sus puertas como una jaula. Santoro brindó por una victoria que olía a ceniza. Daniel se quedó sin fuerzas, con la mirada hueca y la rabia devorando su garganta. Y en la ciudad, los titulares buscaban el filo de la sangre para vender una historia de caída.
Pero en una celda fría, con barrotes que parecían pronunciar su derrota, Lucía guardó la risa. Fingió la derrota como quien prepara un asalto final: con paciencia, astucia y la certeza de que la mayor de las humillaciones aún podía convertirse en el último movimiento.
Continuará…