“Seré Toda Tuya — Solo Pon un HIJO en Mi VIENTRE, Suplicó la JOVEN ESTÉRIL al Omega Apache”
Omega y la Viuda del Desierto
En el vasto desierto de Arizona, donde el sol se hundía como una bala en el horizonte, dejando un rastro de sangre naranja en el cielo, la joven viuda Isabel arañaba la arena roja con uñas rotas y lágrimas que se evaporaban antes de tocar el suelo.
—Por Dios, Omega, pon un hijo en mi vientre o mátame aquí mismo —suplicó, su voz un aullido que el viento apache llevó como secreto prohibido.
.
.
.

El guerrero apache, alto y musculoso como un dios olvidado, la miró con ojos negros que ocultaban tormentas, su mano apretando el cuchillo en su cinto. ¿Aceptaría su oferta desesperada o la dejaría morir en la nada?
Isabel había huido del este, escapando de un matrimonio maldito en Ciudad Juárez, donde su esposo, ranchero borracho, la había golpeado hasta convertir su útero en un desierto estéril. Los doctores le dijeron que nunca concebiría, que era una mujer rota, un cascarón vacío. Pero ella no lo aceptó.
Cruzó la frontera a caballo, robando provisiones y mintiendo a los federales, hasta que oyó leyendas de los apaches, guerreros capaces de curar con rituales antiguos, hombres cuya semilla era bendita por los espíritus del desierto.
Omega era el último de su clan, un exiliado por salvar a una mujer blanca. Ahora vagaba solo, lobo sin manada, cazado por ambos lados de la frontera.
El encuentro fue un accidente sangriento. Isabel cabalgaba bajo el sol implacable cuando su caballo pisó una trampa de coyotes, rompiéndose la pata en un crujido que sonó como un disparo. Ella cayó rodando por una duna, y allí, emergiendo de las sombras rojizas como un fantasma, apareció Omega.
Su piel bronceada brillaba con sudor, sus trenzas adornadas con cuentas de turquesa y su torso marcado por cicatrices de batallas olvidadas. La levantó con brazos que podían romper huesos, pero en vez de matarla, la llevó a su refugio oculto en una cueva entre torres de piedra.
—¿Por qué me salvas, indio? —le espetó Isabel mientras él le vendaba la pierna con hierbas olorosas a salvia quemada.
Omega no respondió al principio; solo la miró con intensidad feroz.
—Tus ojos llevan el fuego de los que han perdido todo —murmuró finalmente, en español ronco aprendido de misioneros traidores.
Ella rió amargamente, tocando su vientre plano.
—Perdí más que todo. Mi hombre me dejó estéril con sus puños. Ahora soy una yegua sin cría, inútil para el mundo.
La noche se volvió un torbellino de confesiones. Bajo la luz de una fogata que crepitaba como risas de coyotes, Isabel contó su historia: nacida en Chihuahua, casada a los dieciséis con un ranchero que prometía oro y le dio solo moretones. Huía hacia California soñando con una nueva vida, pero el desierto la había atrapado.
Omega escuchaba, rostro impasible, pero sus dedos trazaban símbolos apache en la arena, invocando fertilidad.
—Mi pueblo cree que la tierra da vida a los que la respetan —dijo—. Pero yo soy el Omega, el último. Mi semilla muere conmigo si no la planto.
Isabel sintió un escalofrío. ¿Era destino o locura? Se acercó, su vestido rasgado dejando curvas al descubierto.
—Entonces plántala en mí —susurró, tocando su pecho.
Omega retrocedió, cuchillo destellando.
—¿Sabes lo que pides, mujer blanca? Sería unir sangre enemiga. Los espíritus me maldecirían.
Pero en sus ojos brillaba algo salvaje. Al amanecer, el suspense se tensó como cuerda de arco: un grupo de bandidos mexicanos, liderados por el infame Coyote, rastreadores que la perseguían por el caballo robado, aparecieron en el horizonte. Sus siluetas a caballo eran cuervos sobre un cadáver.
Omega los vio primero, olfateando el peligro.
—Vienen por ti —gruñó, empuñando un Winchester robado a un soldado yankee.
Isabel se aferró a él.
—Protégeme y seré tuya. Pon un hijo en mi vientre y te daré un legado.
La batalla fue caos de balas y gritos. Omega, ágil como puma, disparó desde las rocas, derribando a dos bandidos. El Coyote, bigote espeso y ojos de serpiente, respondió con una ráfaga que rozó el brazo de Isabel, brotando sangre. Ella gritó, pero en vez de huir, tomó una piedra y derribó a un jinete.
Omega saltó sobre el Coyote, cuchillo en la garganta.
—¿La quieres muerta o viva? —rugió.
—Viva, para cobrar la recompensa. Pero tú, Apache, morirás por interferir.
Isabel intervino:
—Déjalo vivir, Omega, pero a cambio, dame lo que anhelo.
Omega dudó, cuchillo temblando. Finalmente cortó la cuerda del bandido y lo dejó ir.
—Vuelve y tu sangre regará este desierto.
Los bandidos huyeron, dejando polvo y miedo. Ahora solos, el aire entre ellos crujía con tensión erótica y peligrosa. Isabel se quitó el vestido ensangrentado, exponiéndose bajo el sol del mediodía. Su cuerpo, marcado por moretones, era un mapa de sufrimiento y deseo.
—Seré toda tuya —murmuró, arrodillándose ante él.
Omega la levantó, manos ásperas explorando su piel.
—Esto no es un juego. Si planto mi semilla, serás apache en espíritu. Huirás conmigo o morirás intentándolo.
La unión fue salvaje, como tormenta en el desierto. En la arena caliente, sus cuerpos se entrelazaron, sudor mezclado con polvo rojo. Isabel gritaba de placer y dolor, su vientre anhelando lo imposible. Omega invocaba a los dioses de la fertilidad. Pero en medio del éxtasis, un trueno lejano anunció lluvia y con ella la duda: ¿funcionaría, o era solo ilusión?
Días después, cabalgando hacia el sur, Isabel sintió náuseas. ¿Era el sol o algo más? Omega la observaba, esperanza y temor en el rostro, pero el suspense no terminaba.
Un mensajero apache encontró a Omega.
—Tu clan te llama de vuelta. Has traicionado al unirte a una blanca.
Debía elegir regresar solo o enfrentar la guerra. Isabel, tocando su vientre, suplicó:
—Si llevo tu hijo, lucharemos juntos.
Omega tomó su mano.
—Entonces que los espíritus decidan.
Cabalgaron hacia la aldea apache, donde guerreros armados los esperaban. El jefe, anciano con plumas de águila, los miró con desprecio.
—Prueba que vale la pena —demandó.
En ceremonia bajo la luna llena, Isabel bebió poción de hierbas sagradas, su cuerpo temblando. El suspense era asfixiante: si concebía, vivirían. Si no, los matarían a ambos.
Horas después, visiones la asaltaron: un niño con ojos negros y piel morena corriendo por el desierto. Despertó gritando:
—¡Lo siento! ¡Hay vida en mí!
Pero era una trampa. El jefe rió cruelmente.
—Mentiras de blanca —ordenó atarlos.
En el clímax, Omega se liberó, matando al guardia con un golpe silencioso.
—Huyamos —urgió Isabel, débil pero decidida.
Perseguidos por la tribu, galoparon a través de tormentas de arena, balas silbando como serpientes.
En el final, llegaron a una misión abandonada en Nuevo México. Allí, bajo un crucifijo roto, Isabel dio a luz meses después a un hijo fuerte, mezcla de mundos. Omega lo levantó al cielo.
—No soy el último.
Pero en la distancia, sombras de bandidos y apaches se acercaban. ¿Sobrevivirían?
El desierto guardaba el secreto, susurrando promesas de sangre y redención.