¡Comparte Mi Cama o Congélate La Demanda de la Mujer Apache al Vaquero Solitario en una Noche de…

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Nieve y Fuego en Nuevo México

La nieve caía como una maldición, cubriendo el desierto de Nuevo México con un manto blanco que devoraba todo rastro de vida. Jack Harl, vaquero solitario, cabalgaba con una bala rozándole el hombro y el corazón pesado de soledad. De repente, un aullido cortó el viento: no era lobo, sino algo más salvaje.

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De la ventisca emergió Nayeli, mujer apache, rifle Winchester en mano y ojos negros brillando como cuchillos.

—Compartir mi cama o congelarte aquí fuera —rugió, voz ronca y desafiante.

Jack, temblando, se dejó arrastrar a una cabaña abandonada. Dentro, el fuego moría en la chimenea, iluminando la piel cobriza de Nayeli, adornada con turquesas y plumas. Ella lo miró fijamente, quitándose el chal de bisonte.

—Eres un gringo tonto —murmuró en español teñido de acento apache—. Si no te acurrucas conmigo, amanecerás como un cadáver tieso.

Jack sintió frío y deseo. Sus curvas lo tentaban, pero sus ojos prometían muerte si él se equivocaba. La noche cerraba como una garra. Nayeli preparó un guiso escaso; sus movimientos eran de guerrera.

—Mi tribu fue masacrada por hombres como tú —dijo, voz cortante—. Soldados yankees quemaron nuestras tiendas, violaron a mis hermanas. Yo escapé, juré venganza.

Jack tragó saliva, recordando su esposa muerta y su hijo enterrado. ¿Era esta mujer su verdugo o su redentora? Fuera, sombras se movían en la nieve: lobos o perseguidores.

Ella tomó su mano, tacto ardiente.

—Comparte mi calor, vaquero, o muere solo.

Mientras comían, el viento traía disparos lejanos. Nayeli se tensó.

—Vienen por ti —susurró—. Los bandidos de Blackwater.

Jack maldijo. Había robado un mapa de una mina de oro y ahora lo cazaban como a un coyote. Nayeli sacó un cuchillo.

—¿Puedo matarte y tomar el mapa o unimos fuerzas?

Jack asintió. Sus labios se rozaron accidentalmente sobre el guiso. El calor subió, pero el peligro acechaba.

La tormenta convirtió la cabaña en una isla. Nayeli se quitó las botas, mostrando piernas marcadas por cicatrices.

—En mi pueblo compartimos el lecho para sobrevivir al invierno —explicó, voz suspensiva.

Jack se despojó del abrigo ensangrentado, deseo primitivo surgía. Ella se acercó, cuerpo presionando contra el suyo en la estrecha cama de paja.

—No te muevas, gringo, o te clavo esto —amenazó, cuchillo bajo la almohada.

Pero sus manos exploraban tentativas en la oscuridad. ¿Amor o trampa? Fuera, los aullidos se intensificaron.

Nayeli saltó de la cama, rifle en mano, espiando por la ventana.

—Están aquí —murmuró.

Jack, revólver listo. Siluetas a caballo se aproximaban, antorchas como ojos demoníacos.

—Son cinco —contó Nayeli.

El momento de la verdad llegó. Los bandidos irrumpieron, pateando la puerta.

—¡Entrega el mapa, Harlen! —gritó el líder, Colt apuntando.

El tiroteo estalló. Nayeli disparó primero, Jack respondió rodando por el suelo. Una bala rozó su mejilla, sangre caliente goteando. Nayeli gritó un bárbaro ancestral, saltó sobre la mesa y clavó su cuchillo en el cuello de otro bandido. El líder agarró a Nayeli por el cabello, pero Jack lo abatió de un tiro en la espalda.

Silencio, roto solo por respiraciones agitadas. Nayeli se volvió hacia Jack, ojos brillando con gratitud y fuego.

—Me salvaste —dijo sorprendida.

Él la atrajo, besándola con urgencia. El frío exterior contrastaba con el calor entre ellos. En la cama revuelta se entregaron al momento, cuerpos entrelazados en una danza salvaje.

Ella, guerrera indomable, encontró en él un igual. Él, cowboy roto, halló redención en sus brazos. Pero el suspense no terminaba. ¿Daría esta unión en un mundo que los odiaba?

Al amanecer, la nieve cesó, revelando un paisaje prístino manchado de sangre. Jack y Nayeli cabalgaron juntos hacia la mina, perseguidos por leyendas de su alianza prohibida.

En pueblos fronterizos se susurraba de la apache y el vaquero que desafiaban al destino. Soldados federales buscaban a Nayeli por rebelión, antiguos enemigos de Jack resurgían. En una emboscada en el Cañón Rojo fueron rodeados.

—¡Ríndete, squaw! —gritó un oficial.

Nayeli sonrió ferozmente, rifle humeante.

—Nunca —respondió disparando.

La batalla fue épica. Jack cubrió su flanco, Nayeli escaló rocas y lanzó flechas envenenadas. Uno por uno, los enemigos cayeron, pero Jack fue herido. Nayeli lo arrastró a cubierto, vendando la herida.

—No te mueras, mi amor —susurró, lágrimas congelándose en sus mejillas.

Sobrevivieron y llegaron a la mina oculta. Oro brillaba en las vetas, promesas de riqueza. Pero Nayeli lo miró.

—¿Esto es lo que quieres o una vida libre conmigo?

Jack dudó. El suspense en su corazón eligió ella. Nayeli quemó el mapa en la fogata. Juntos huyeron al sur, cruzando el río Grande hacia México.

Años después, en un rancho de Chihuahua, contaban su historia a sus hijos mestizos. La noche de nieve había forjado un lazo inquebrantable, pero siempre vigilaban el horizonte, sabiendo que el pasado podía regresar.

Final abierto:
¿Vivirían en paz o la venganza los alcanzaría?
En el viejo oeste, nada era eterno, excepto el amor nacido del frío y el fuego.

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