“NO ATIENDO PEONES SUCIOS” Médico Rechazó a FIERRO Sangrando Después de Tiroteo— Y Nunca Más Atendió
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Dicen que Parral, allá en Chihuahua, conoció el mismísimo infierno un día de agosto, cuando Rodolfo Fierro —el hombre al que muchos llamaban el brazo duro de Villa— tocó una puerta con el pecho ardiéndole de plomo y recibió una respuesta que no solo le negó la vida, sino que le encendió al pueblo una memoria que venía guardándose desde hacía años.
Pero para entender esta historia, hay que volver al norte de México en tiempos de revolución, cuando la ley era un rumor y la justicia caminaba con botas polvosas. En esos días, el desierto parecía tener hambre. El sol de agosto caía como castigo sobre la tierra reseca, y la gente se movía como podía, con la piel curtida y el ánimo remendado, agarrándose a la vida por puro terco corazón.
Parral era un pueblo de calles de tierra y casitas de adobe que olían a humo de mezquite, a sudor viejo y a maíz tostado. De día ardía y de noche temblaba. En la plaza, el kiosco se alzaba como una promesa de fiesta que casi nunca llegaba, y alrededor giraba la vida: el mercado, los burros cargados, los niños descalzos, las mujeres con rebozo y los hombres con mirada de quien ya vio demasiado.
Entre esa miseria había una casa que parecía decir “yo no pertenezco aquí”. Una casona de dos pisos, con balcones y ventanas limpias, y una puerta que cerraba con un sonido seco, como sentencia. Allí tenía su consultorio el doctor Sebastián Fuentes, el único médico del pueblo. Había llegado desde la Ciudad de México con títulos, palabras difíciles y una forma de caminar como si el polvo del norte no mereciera rozarle los zapatos.
El doctor usaba traje de lino aunque el calor partiera las piedras. Cargaba un maletín de cuero que brillaba como si guardara oro. Tenía las manos siempre limpias, las uñas recortadas al milímetro, y una mirada que medía a la gente no por su dolor, sino por su bolsillo. Con los ricos se reía. Con los pobres fruncía la cara, como si la pobreza fuera contagio.
En Parral, el nombre del doctor Fuentes se decía con dos tonos distintos. En las mesas de los hacendados, se decía con respeto: “es una eminencia”. En los jacales, se decía con rabia contenida: “ese hombre deja morir”.
No era exageración. Había historias que se repetían como corridos tristes.
La de doña María de los Dolores, por ejemplo. Una viejita que había criado ocho hijos, sola, desde que a su marido lo mataron los rurales. Una infección le agarró la pierna, algo que con atención a tiempo se habría detenido. Los hijos cargaron a la madre hasta la casona del doctor, con ella apretando los dientes para no gritar. Tocaron y tocaron. El doctor abrió apenas, y ni siquiera se acercó a verla bien.
—Tres monedas de oro —dijo, como si recitara un precio de mercado.
Los hijos se miraron con vergüenza; no tenían ni para tortillas seguras, menos para oro. Intentaron explicar, suplicar, ofrecer trabajo, prometer pago después.
La puerta se cerró. Tres días más tarde, doña María murió en su jacal, con la fiebre comiéndole el cuerpo y los hijos llorando impotentes. El doctor lo escuchó por ahí, tomando café con gente acomodada, y no parpadeó.
También estaba el caso de Pedrito, un chamaco de siete años que se cayó de un mezquite y se lastimó el brazo. El dolor lo hacía llorar de noche y de día. Su padre, don José, vendió una chiva, juntó un tostón de plata y se presentó con el niño en brazos, esperanzado, como quien llega a la puerta de un milagro.
El doctor miró la moneda como si fuera una ofensa.
—Esto no paga ni el tiempo que pierdo —dijo, y lo echó.
Pedrito creció con secuelas, y cada vez que alguien lo veía, era como si el pueblo recordara la misma herida.
Y había más. Un peón que pisó un clavo y se le complicó la herida. Una niña que agarró una fiebre mala. Una mujer que parió sin ayuda y casi no la cuenta. En cada historia, el doctor parecía tener el mismo guion: primero preguntar por el pago, luego cerrar la puerta, luego seguir con su vida.
El consultorio, con su quinqué encendido, se veía desde muchas calles. Esa luz era una burla: estaba la medicina ahí, pero no para todos.
Los hacendados lo adoraban, claro. A sus hijos sí los atendía rápido. A sus mujeres sí les hacía visitas. A sus capataces les resolvía cualquier mal. Cobraba caro, pero para ellos era un gasto más. En sus reuniones, el doctor contaba chistes, hablaba de “la gente mugrosa” como si no fueran seres humanos, y más de uno se reía con él, porque en esos tiempos, reír con el poderoso era una forma de estar a salvo.
Así vivía Sebastián Fuentes: sintiéndose por encima del pueblo que lo sostenía.
Mientras tanto, en el norte hervía otro tipo de justicia.
Pancho Villa andaba reorganizando fuerzas, y entre los hombres que lo rodeaban había uno que, para bien o para mal, era leyenda: Rodolfo Fierro. Le decían “el carnicero”, y no por casualidad. Tenía fama de duro, de frío, de cumplir órdenes sin temblar. Había quien decía que no tenía alma. Pero los que lo habían visto de cerca sabían otra cosa: Fierro tenía un código. A su manera torcida, distinguía entre el que abusaba y el que era abusado. Podía ser brutal en la guerra, sí, pero detestaba el desprecio al pueblo. No soportaba al que se creía dueño de vidas ajenas.
En agosto de aquel año, Fierro y los suyos venían huyendo de un pelotón carrancista que les traía ganas desde hacía semanas. El capitán Becerra juraba que colgaría la cabeza de Fierro en un poste de telégrafo. La emboscada se armó cerca de una presa seca, bajo un sol que no perdonaba. Hubo pólvora, gritos, polvo levantándose y caballos desesperados.
Fierro sintió un golpe en el costado. No gritó. Nunca gritaba. Pero supo, por la forma en que el cuerpo se le enfrió de pronto, que estaba herido de verdad. La sangre comenzó a empaparle la camisa y el chaleco, y el dolor le subió como lumbre.
Sus hombres lo sacaron de ahí como pudieron. Tomás Urbina, recio y leal, le apretó un paliacate contra la herida. El Coyote, flaco y rápido, vigilaba el monte buscando sombras enemigas.
—Mi general —dijo Urbina—, se está yendo mucha sangre. Necesita un médico y en chinga.
Fierro apretó los dientes. Tenía el sabor a metal en la boca y la vista le bailaba por momentos, pero su orgullo no lo dejaba caer.
—En Parral hay un médico —murmuró—. Vamos pa’ allá.
—Pero Parral está lleno de ojos —advirtió el Coyote—. Y ese médico… dicen que es bien cabrón.
—Me vale madre —escupió Fierro—. O voy o me quedo aquí.
Cabalgando de noche, llegaron a Parral como se llega a un pueblo cuando uno trae prisa con la muerte: sin mirar casas, sin saludar, sin pedir permiso. Las calles estaban oscuras, el viento corría entre las paredes, y solo algunas ventanas dejaban ver lamparitas pobres. En la calle principal, el consultorio del doctor Fuentes tenía el quinqué encendido como siempre, como si el doctor estuviera despierto solo para el mundo que le pagaba.
Fierro bajó del caballo tambaleándose. Urbina y el Coyote lo sostuvieron.
Golpearon la puerta.
Tres golpes secos, de esos que no piden, exigen.
No hubo respuesta.
Golpearon otra vez.
Arriba se abrió una ventana. El doctor Fuentes asomó la cabeza con camisón blanco y una vela en la mano, irritado.
—¿Quién demonios golpea mi puerta a estas horas?
Fierro alzó la cara. La luz de la vela le dio un aire de fantasma, pálido, con los ojos duros brillando.
—Soy Rodolfo Fierro. Estoy herido. Necesito ayuda.
El doctor se quedó quieto un segundo. Era culto, pero no tonto. Conocía nombres, sabía rumores. Ese nombre no era de un cliente cualquiera. La vela le tembló apenas.
Bajó la escalera, abrió la puerta solo una rendija y miró. Vio las carrilleras, la sangre, el polvo pegado a la ropa, el rifle. Vio también a Urbina y al Coyote, armados, tensos.
Y entonces, en lugar de ver a un hombre que se estaba muriendo, vio lo que siempre veía cuando alguien no pertenecía a su mundo: vio “mugre”. Vio “peligro”. Vio “gente que no merece”.
Hizo una mueca de asco.
—No atiendo… peones sucios —dijo, y su voz salió como cuchillo—. Ni bandidos.
Y les azotó la puerta en la cara.
El sonido retumbó en la calle vacía como un disparo.
Fierro se quedó parado un instante, sin entender. Había sobrevivido batallas, había visto morir hombres, había dado órdenes terribles. Pero que un médico le cerrara la puerta por “sucio” lo atravesó de una manera distinta. No por orgullo villista, sino por algo más profundo: ese desprecio no era solo para él, era el desprecio que el pueblo aguantaba a diario.
Las piernas le flaquearon. Urbina lo sostuvo.
—Jefe, nos tenemos que ir —susurró el Coyote—. Si nos ven aquí, nos revientan.
Pero antes de que pudieran moverse, una puerta del otro lado de la calle se abrió con un chirrido. De un jacal pequeño salió una mujer vieja, flaca, con trenzas blancas y rebozo remendado. Traía una lámpara de petróleo y los ojos de quien no teme al escándalo cuando hay vida en juego.
Los miró y, sin preguntar demasiado, hizo un gesto con la mano.
—Métanlo pa’ acá, rápido. Antes de que alguien se asome.
Urbina y el Coyote no dudaron. Cargaron a Fierro y lo metieron al jacal. La mujer cerró la puerta y puso la tranca.
—Échenlo ahí —señaló un petate en el rincón—. Voy a ver qué puedo hacer.
Se llamaba doña Chole. En Parral la conocían como curandera y partera. No tenía títulos, pero tenía manos seguras. Había traído al mundo a medio pueblo y había atendido heridas de machete, caídas de caballo, fiebres de niño, partos complicados cuando no había más que agua caliente y fe. Era de esas mujeres a las que la vida vuelve firmes, no por dureza, sino porque si se quiebran, se quiebra el mundo de otros.
Doña Chole se lavó las manos, calentó agua, preparó lo necesario con lo poco que tenía. Urbina apretaba la mandíbula, el Coyote miraba la ventana con miedo a los pasos. Fierro respiraba con dificultad, tratando de mantenerse consciente.
—Esto va a doler, hijo —dijo doña Chole, mirándolo directo—. Pero si no hacemos algo, no la cuentas.
Fierro asintió. Sus ojos, aun en dolor, tenían una claridad rara.
—Haga lo que tenga que hacer, madre.
Pasó la noche como pasan las noches cuando alguien pelea por vivir: lenta, pesada, con el tiempo cortado en pedazos. Doña Chole trabajó con calma, sin dramatismo, como si estuviera cosiendo ropa. Hizo lo que podía para detener el sangrado, limpiar, sacar el plomo si estaba a su alcance, y cerrar la herida con manos que temblaban solo lo justo.
Al amanecer, Fierro seguía vivo. Pálido, sudado, con el cuerpo quebrado, pero vivo.
Urbina soltó el aire por fin.
—Nos salvó, doña.
Doña Chole no sonrió de orgullo. Solo se acomodó el rebozo.
—Yo no salvo. Yo ayudo. Lo demás es de Dios y de la terquedad de este hombre.
Fierro la miró con gratitud, y luego con una pregunta que le quemaba.
—¿Por qué me ayudó? Usted sabe quién soy.
Doña Chole soltó una sonrisa triste.
—Sí sé. Todo mundo sabe. Pero también sé lo que es tocar una puerta pidiendo ayuda y que te la cierren en la cara. Yo vi gente buena morirse por culpa de ese doctor. Si yo puedo evitar que alguien se muera, lo hago. Sea quien sea.
Fierro se quedó callado. Esa respuesta lo golpeó más fuerte que la bala. Porque ahí estaba la diferencia: doña Chole no preguntó por pago, ni por apellido, ni por bando. Vio un cuerpo herido. Y actuó.
Fierro pasó varios días escondido en ese jacal, recuperándose a medias. Urbina y el Coyote hacían guardia, turnándose, atentos a cualquier rumor. La revolución enseñaba a dormir con un ojo abierto.
Durante esos días, doña Chole habló. No como chismosa, sino como quien ya no puede cargar sola con historias que pesan. Le contó a Fierro lo de doña María, lo de Pedrito, lo de Juvenal, lo de la niña Rosita y otras más que no tenían nombre en los corridos, pero sí en el corazón del pueblo: hombres que murieron por una infección sencilla, mujeres que se complicaron de parto, niños que no superaron una fiebre porque el único que podía ayudar decidió que no valía la pena.
Cada historia era como echarle sal a la herida moral de Fierro. Urbina apretaba el puño. El Coyote caminaba de un lado a otro, mascando coraje.
—¿Cuántos? —preguntó Fierro una tarde, con la voz baja, peligrosa—. ¿Cuánta gente se fue por culpa de ese hombre?
Doña Chole movió la cabeza.
—Ya perdí la cuenta. Pero si cuento nomás lo que yo supe… pasan de cincuenta. Y hay muchos que se murieron solos, sin que nadie hiciera ruido.
Cincuenta. La palabra cayó como piedra.
Fierro miró al suelo. La vida lo había hecho duro, pero no ciego. Una cosa era la guerra, donde el plomo andaba suelto y uno podía decirse que era “la bola”. Otra cosa era negar un auxilio por avaricia. Eso, para él, era una forma cobarde de matar.
—¿Y sigue atendiendo? —preguntó Urbina.
—Diario —escupió doña Chole—. Para los ricos. Para los hacendados. Ellos lo protegen, lo presumen. Para nosotros… es peor que la peste.
El Coyote se detuvo.
—Jefe… no podemos dejar esto así.
Fierro levantó la mirada. En sus ojos no había prisa. Había decisión.
—No lo vamos a dejar.
Doña Chole lo observó, como si quisiera medir hasta dónde llegaba ese hombre al que la gente temía.
—¿Qué vas a hacer, Rodolfo?
Fierro habló despacio, como quien clava una estaca.
—Justicia.
La palabra no sonó bonita. No sonó limpia. Sonó a lo que era en esa época: algo que a veces se pagaba con sangre y a veces con miedo. Doña Chole no dijo “no”. Solo bajó la vista un momento y luego asintió con cansancio.
—Nomás no me vayas a dejar al pueblo peor.
—No —dijo Fierro—. Al pueblo lo voy a dejar con camino.
En los días siguientes, Urbina y el Coyote salieron a escuchar. Hablaron con la gente como se habla cuando se junta pólvora: en voz baja, con cuidado, pero con verdad. Cada quien tenía una historia. Cada historia tenía un nombre. Y con cada nombre, el doctor Fuentes se iba quedando más solo, aunque todavía viviera en su casona.
También supieron lo inevitable: el doctor no estaba solo. Tenía la amistad —y la protección— de don Porfirio Terrazas, un hacendado poderoso, con pistoleros a sueldo y orgullo de patrón. Don Porfirio consideraba al doctor su compadre, su símbolo de “civilización” en medio de la “perrada”. Si alguien tocaba al médico, don Porfirio quería sangre.
Esa noticia no asustó a Fierro. Ya se había enfrentado a hombres que se creían dioses por tener tierras.
Pero Fierro no era tonto. No iba a armar una balacera que dejara a Parral lleno de viudas y chamacos huérfanos. Él quería una lección, no una masacre. Quería que el pueblo viera que el desprecio también tenía precio. Quería que la justicia fuera un mensaje, no un incendio que consumiera a inocentes.
Una noche, ya con la herida cerrada lo suficiente para moverse, Fierro reunió a Urbina y al Coyote.
—Vamos a hacerlo con cabeza —dijo—. No nomás es matar al desgraciado. Es que el pueblo entienda. Es que el patrón entienda. Es que el próximo “doctor” que venga sepa que aquí la gente no es basura.
Urbina frunció el ceño.
—¿Y cómo le hacemos sin que nos caiga la acordada?
El Coyote sacó un mapa improvisado, dibujado con carbón en cuero. Señaló rutas, rondines, horarios. El doctor era rutinario. Se sentía intocable. No tenía guardia constante. Confiaba en su apellido y en el miedo que inspiraba en los pobres.
—El jueves va a cenar con don Porfirio —dijo el Coyote—. Regresa tarde. Y a esa hora la plaza está sola.
Fierro asintió, pero agregó:
—No lo quiero en la plaza para colgarlo como animal. No quiero circo. Quiero que el pueblo lo mire a los ojos. Quiero que diga lo que dijo. Que lo repita.
Urbina lo miró sin entender del todo.
—¿Que lo repita?
—Sí —dijo Fierro—. “No atiendo peones sucios”. Que lo diga delante del pueblo. Y que el pueblo decida qué hacer con esa frase.
La idea, más que violencia, era humillación pública. Era devolverle al doctor lo mismo que había repartido: desprecio, pero ahora sin poder esconderse tras una puerta.
Doña Chole escuchó el plan en silencio. Al final, habló.
—Si lo vas a exhibir, exhibe también lo que el pueblo ha perdido. No lo hagas por tu orgullo. Hazlo por ellos.
—Por ellos —repitió Fierro.
La noche del jueves, mientras el doctor cenaba en la mansión de don Porfirio, Fierro y los suyos se movieron como sombras. Entraron al consultorio por atrás. Encontraron al mozo, Benito, dormido. Urbina lo despertó y le puso una mano firme en la boca.
—Cállate, muchacho. No venimos por ti —le dijo—. Si cooperas, no te pasa nada.
Benito, temblando, asintió. Tenía miedo, pero también tenía esa mirada de quien sabe que el patrón no lo salvaría si algo salía mal.
Esperaron.
Pasadas las diez, el doctor volvió. Venía satisfecho, oliendo a vino caro y a seguridad. Encendió el quinqué, dejó el saco, bostezó como quien cree que el mundo le debe silencio.
Entonces Fierro salió de detrás de la cortina, apuntándole con el rifle.
—Buenas noches, doctor.
El doctor se quedó congelado. Miró el arma, miró el rostro de Fierro, y por primera vez en su vida sintió que el dinero no servía.
—Usted… —balbuceó—. Usted estaba… yo pensé…
—Pensó mal —dijo Fierro—. Resulta que en este pueblo hay más corazón que en tu casona.
El doctor intentó enderezarse, recuperar su papel de superioridad.
—Mire, yo no sabía quién era usted. Si hubiera sabido, claro que lo atendía. Fue un malentendido.
Fierro soltó una risa corta, sin alegría.
—Eso es lo peor, doctor. Que tu humanidad depende de saber quién soy. Si no soy “importante”, me dejas morir. Como has dejado morir a tantos.
El doctor abrió la boca, pero no salió nada convincente.
Urbina y el Coyote lo sujetaron. No lo golpearon. No hacía falta. Lo que venía era más pesado que un golpe: era el pueblo.
Lo sacaron a la calle. La noche estaba fría. Lo llevaron hacia la plaza.
—¿Qué… qué van a hacer? —preguntó el doctor con voz quebrada.
—Que hables —dijo Fierro—. Que digas lo que siempre dices, pero ahora sin puerta.
Lo colocaron en el kiosco, bajo el techo de madera que había visto fiestas y discursos. Le pusieron una lámpara cerca. No para iluminarlo como mártir, sino para que nadie fingiera que no lo vio.
Fierro miró a Urbina.
—Ve por doña Chole. Y despierta a quien tenga que despertar.
En Parral, las noticias corrían rápido. Para cuando el cielo empezó a clarear, ya había gente acercándose a la plaza con cautela. Primero uno, luego cinco, luego veinte. Mujeres con rebozo, hombres con sombrero, jóvenes con los ojos rojos de desvelo. La gente se quedaba a distancia, mirando, como si la escena fuera una aparición.
En el kiosco estaba el doctor Fuentes, pálido, despeinado, sin su traje fino. Abajo, con el rifle al hombro, estaba Rodolfo Fierro. A un lado, Urbina y el Coyote. Y cerca, doña Chole, con el rebozo apretado, como si viniera a declarar ante el mundo.
Cuando la plaza ya estuvo llena, Fierro habló. No gritó como caudillo. Habló como sentencia.
—Gente de Parral. Ustedes conocen a este hombre.

Hubo murmullos. Claro que lo conocían. Algunos bajaban la mirada; otros apretaban los dientes. No por respeto, sino por recuerdos.
—Este hombre se dice médico —continuó Fierro—. Pero aquí, en este pueblo, ha sido juez de quién vive y quién muere. No por ciencia, sino por dinero.
El doctor intentó hablar, pero Fierro levantó una mano.
—No. Hoy hablas cuando yo te diga.
La gente se apretó más. Había miedo, sí. Pero había también una expectativa amarga: por primera vez, el doctor no estaba detrás de su puerta.
Fierro señaló a doña Chole.
—Ella me salvó la vida. Sin cobrar. Sin preguntar quién era. Porque vio un hombre herido.
Doña Chole no sonrió. Solo sostuvo la mirada de la gente.
—Y este hombre —Fierro señaló al doctor— me cerró la puerta. Me miró y me dijo…
Fierro volteó al doctor.
—Dilo. Repítelo.
El doctor tragó saliva. Miró el rifle, miró la multitud. Nunca antes lo había observado tanta gente pobre junta mirándolo a él, no con súplica, sino con memoria.
—Yo… —tartamudeó.
—Dilo —repitió Fierro, y ahora sí la voz le salió dura—. Como lo dijiste anoche. Como lo dijiste otras veces.
El doctor, derrotado, murmuró:
—No atiendo… peones sucios.
Un silencio pesado cayó sobre la plaza. No fue silencio de sorpresa. Fue el silencio de algo que por fin se confirma en voz alta.
Y entonces empezó el murmullo. Una mujer se llevó la mano a la boca. Un hombre mayor escupió al suelo. Alguien lloró sin hacer ruido. Otro apretó los puños. Cada quien parecía escuchar, en esa frase, su propia historia.
Fierro levantó un papel. Era una lista. Nombres, edades, fechas aproximadas. No era perfecta. Era real.
—Doña María de los Dolores —dijo.
Una voz gritó desde la multitud:
—¡Era mi madre!
—Pedrito —dijo Fierro.
Un hombre levantó un brazo torcido, y no dijo nada, pero la gente entendió.
—Juvenal.
Una mujer se derrumbó de rodillas.
—Rosita.
Un grito ahogado salió de alguien.
Fierro siguió. Y con cada nombre, el pueblo respondía: “era mi tío”, “era mi compadre”, “era mi hijo”, “era mi esposa”. La lista se volvió un rosario de dolores que ya no cabían en los jacales.
Cuando Fierro terminó, guardó el papel.
—Doctor Fuentes —dijo—. Tú creías que aquí nadie te iba a cobrar. Porque los pobres no cobran. Los pobres aguantan y se mueren.
Se acercó al kiosco. El doctor temblaba.
—¿Qué quiere? —preguntó con voz casi infantil—. ¿Dinero? Tengo dinero. Puedo… puedo atender gratis. Puedo…
Fierro lo miró con asco, pero no el asco de clase del doctor. Era un asco moral.
—No —dijo—. No quiero tu dinero. Quiero que el pueblo decida.
Se volteó a la gente.
—Yo no vine a pedirles que me aplaudan. Yo no vine a hacerme santo. Vine a devolverles la puerta. Hoy la puerta está abierta. Hoy el que está expuesto es él.
La multitud se movió. Algunos avanzaron. Otros se quedaron atrás. Había rabia, pero también había miedo de cruzar una línea.
Doña Chole, entonces, caminó al centro de la plaza. Su voz no era fuerte, pero el silencio la obedeció.
—Yo lo vi —dijo—. Vi niños temblando en mis brazos. Vi madres suplicando. Vi hombres que se fueron de este mundo con la mirada clavada en esa puerta. Si hoy el doctor tiene miedo, que lo tenga. El miedo es parte de aprender.
Volteó al doctor.
—Pero escúchame bien, Sebastián. No te deseo la muerte. Te deseo que recuerdes. Que te duela la memoria. Que no puedas dormir sin ver a los que negaste.
El doctor bajó la cabeza.
Y entonces, desde atrás, se escuchó el ruido de botas y rifles. Los pistoleros de don Porfirio Terrazas llegaron abriéndose paso. Don Porfirio venía al frente, bigote espeso, mirada de patrón.
—¿Qué chingados es esto? —bramó—. ¡Suéltenme a mi médico!
La gente se abrió un poco, pero no corrió. Porque ya eran muchos. Y cuando un pueblo se junta, hasta el patrón lo siente.
Fierro encaró a don Porfirio sin pestañear.
—Aquí no estás en tu hacienda, Terrazas. Aquí está el pueblo.
Don Porfirio miró alrededor: vio demasiadas caras duras, demasiados ojos cansados de aguantar. Vio también a los villistas armados.
—Usted no tiene derecho —dijo, pero su voz ya no sonó tan segura.
Doña Chole dio un paso al frente y escupió al suelo, a los pies del hacendado.
—¿Derecho? —preguntó—. ¿Y el derecho de mi gente a no morirse por ser pobre? ¿Dónde estaba?
El hacendado apretó la mandíbula. Por primera vez, el viejo se dio cuenta de algo que no cabía en su contabilidad: si insistía, la plaza podía volverse contra él. No por Fierro, sino por todos.
Don Porfirio levantó la barbilla, buscando conservar algo de dignidad.
—Hagan lo que quieran —dijo—. Pero cuando acaben, se largan de mi pueblo.
Fierro asintió.
—Nos vamos. Pero hoy te llevas una imagen que no se te va a olvidar.
Don Porfirio miró al doctor, que parecía un niño perdido. Se notaba que el patrón quería defenderlo, pero también se notaba que, en el fondo, no le importaba lo suficiente como para incendiarse con él.
—Sebastián —murmuró el hacendado—… ¿qué hiciste?
El doctor no supo responder.
Fierro volvió al kiosco. Se acercó al médico y lo miró a los ojos.
—Tú vas a vivir —dijo, y esa palabra desconcertó a todos—. No por misericordia tuya. Por misericordia del pueblo, que es más grande que tú.
El doctor parpadeó, incrédulo.
—Pero —Fierro levantó un dedo— no vuelves a atender aquí. No vuelves a abrir una puerta en Parral. Te vas hoy mismo. Y antes de irte, vas a escuchar a la gente.
Hizo una señal.
Uno por uno, hombres y mujeres se acercaron. No para golpearlo. No para matarlo. Se acercaron a hablar. Y eso, para el doctor, fue peor que cualquier castigo rápido: escuchar.
Una madre le dijo el nombre de su niña. Un hombre le enseñó una cicatriz y le dijo “yo habría podido trabajar”. Un anciano le contó cómo cargó a su esposa toda una noche. Un muchacho le dijo que nunca olvidó la puerta cerrándose.
El doctor empezó a llorar, no de arrepentimiento limpio, sino de miedo y vergüenza mezclados. Se tapó la cara. Nadie lo consoló.
Doña Chole lo miró con la misma dureza con la que se mira un error que ya costó demasiado.
—Ahora sí te duele, ¿verdad? —dijo, sin levantar la voz.
Fierro esperó a que el pueblo se cansara. Luego levantó las manos.
—Ya estuvo. No quiero que esta plaza se vuelva una jauría. Ya hablaron. Ya se escuchó.
Se volteó a Urbina.
—Acompáñalo fuera del pueblo. Que se vaya sin volver.
El Coyote miró a Fierro, dudando.
—¿Así nomás? ¿Después de todo?
Fierro sostuvo su mirada.
—No es “así nomás”. Es peor para él. Vivirá con esto. Y Parral vivirá sin su puerta cerrada.
La gente murmuró. Algunos querían más castigo. Otros, cansados de muerte, sintieron un alivio raro: por fin alguien les había devuelto la voz sin dejar el suelo lleno de sangre.
Don Porfirio se quedó quieto. No dijo nada, pero su rostro mostraba una lección aprendida: el dinero compra cosas, pero no compra para siempre el silencio de un pueblo.
Fierro bajó del kiosco, caminó hacia doña Chole y se quitó el sombrero.
—Usted me salvó —dijo—. Y me abrió los ojos. No se me olvida.
Doña Chole lo miró, y por primera vez suavizó un poco su expresión.
—Nomás acuérdate de esto, Rodolfo. La justicia sin corazón se vuelve lo mismo que combate.
Fierro asintió, serio.
—Por eso no lo maté. Porque el pueblo no necesita más muertos. Necesita que lo respeten.
Esa misma tarde, antes de que el sol cayera, Fierro reunió a la gente en la plaza. El doctor Fuentes ya iba camino fuera de Parral, escoltado. La casona del consultorio estaba cerrada, como por fin debía estar.
—Raza de Parral —dijo Fierro—. Ya no tienen ese médico. Pero la enfermedad no pregunta si hay doctor. Las heridas llegan igual. Y un pueblo sin quien cure es un pueblo que sufre.
La gente asintió, preocupada. La victoria moral no quita la fiebre.
—Por eso —continuó Fierro— les traje a alguien.
Hizo una seña y apareció un muchacho joven, flaco, con lentes redondos y un maletín sencillo. No traía traje fino. Traía camisa gastada y mirada nerviosa, pero firme.
—Este es el doctor Almeida —anunció Fierro—. Estudió, sí. Sabe, sí. Pero viene con otra idea en la cabeza: que la medicina no se vende como ganado.
El doctor Almeida subió al kiosco. Tragó saliva. Miró a la gente, a doña Chole, a Fierro.
—Yo no vengo a hacerme rico —dijo—. Vengo a cumplir un juramento. Y si un día me olvido de que ustedes son personas, no clientes… que me lo recuerden.
Un murmullo de esperanza recorrió la plaza. No era felicidad completa, pero era algo que Parral no sentía desde hacía tiempo: posibilidad.
Esa noche, Fierro volvió al jacal de doña Chole por última vez. La vieja le dio café de olla y gorditas. Urbina comió en silencio. El Coyote, todavía inquieto, parecía preguntarse si dejar vivo al doctor fue debilidad o sabiduría.
Doña Chole miró a Fierro mientras él bebía el café.
—Muchos dirán que eres un demonio —dijo.
—Ya lo dicen —respondió Fierro.
—Pero hoy no te vi como demonio —continuó ella—. Te vi como un hombre que pudo hacer lo peor y decidió hacer otra cosa.
Fierro no respondió con orgullo. Solo bajó la mirada.
—Yo he hecho cosas feas, madre. No me vengas a limpiar.
—No te limpio —dijo doña Chole—. Nomás te digo lo que vi. Y lo que vi fue a un pueblo respirando.
En la madrugada, con el gallo cantando, Fierro y sus hombres montaron y se fueron. No hubo música. No hubo despedidas largas. Así era la revolución: hoy estás, mañana ya no.
El pueblo los vio perderse en el desierto, como sombras tragadas por el polvo. Nadie los detuvo. Porque, por una vez, sintieron que esos hombres no eran bandidos entrando a robar, sino una justicia torpe, peligrosa, pero nacida del dolor de todos.
La historia de Parral corrió por el norte como lumbre. En cada cantina, en cada fogón, en cada mesa pobre, se contaba lo mismo: “El médico soberbio le negó ayuda a Fierro, y Fierro le devolvió la puerta, pero del otro lado”. Algunos lo contaban como advertencia. Otros como esperanza.
Con el tiempo, la frase se volvió sentencia popular: “Quien niega humanidad por dinero, un día se queda sin puerta”.
El doctor Fuentes, dicen, vivió lejos. Nunca volvió a Parral. En otras ciudades quizá atendió, quizá no. Pero hay quienes aseguran que se le quedó grabada una plaza llena de ojos mirándolo sin miedo, y una vieja curandera diciéndole que el dolor de los demás también pesa aunque uno no lo toque con las manos.
Doña Chole siguió atendiendo partos, fiebres y heridas. Y cuando el doctor Almeida se estableció, ella le enseñó lo que no venía en libros: escuchar antes de cobrar, mirar antes de juzgar, tratar al pobre como se trata al rico, porque el cuerpo no distingue monedas cuando duele.
Don Porfirio Terrazas, por su parte, bajó el tono. No se volvió santo. Pero aprendió que el pueblo tiene memoria, y que a veces la memoria se levanta con nombre propio.
Y Fierro siguió su camino, con Villa, con la guerra, con su fama. Duro, sí. Temible, también. Pero en Parral, aunque muchos lo siguieran llamando el carnicero, hubo quien empezó a decir otra cosa cuando el tema salía bajito, entre gente de confianza:
“Ese día, Fierro no vino a matar. Vino a que por fin nos vieran.”
Y esa es la moraleja que quedó rondando en el polvo del norte: que hay una crueldad que no hace ruido —la de cerrar una puerta— y hay una justicia que, si no trae corazón, se vuelve igual de cruel. Ese agosto en Parral, la puerta del doctor se cerró para siempre, pero la del pueblo, por primera vez en mucho tiempo, se abrió.