“El Vaquero Salvó a una Gigante Guerrera Apache de una Trampa para Osos… Al Día Siguiente, el Jefe..
El cazador y la guerrera
En el vasto desierto de Arizona, donde el sol quema la tierra como un hierro al rojo vivo y los saguaros se alzan como centinelas silenciosos, Dalton Kade cabalgaba solo. Era un hombre endurecido por la vida en la frontera, un cazador solitario que vivía de lo que la naturaleza le ofrecía. Su sombrero de ala ancha cubría un rostro marcado por cicatrices y arrugas prematuras, frutos de años huyendo de su propio pasado. Tenía 32 años, pero parecía haber vivido el doble.
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Tres años atrás, en un accidente trágico durante una riña en un salón de Tombstone, había matado accidentalmente a su hermano menor, Jed. Desde entonces, Dalton huía de la ley y de la culpa, convertido en un fantasma del oeste, tendiendo trampas para coyotes y pumas, vendiendo pieles en pueblos polvorientos como Bisbee o Nogales.
Aquella mañana de verano en 1878, Dalton revisaba su línea de trampas a lo largo del cañón seco. El aire era espeso, cargado del olor a creosota y tierra caliente. Su caballo, un mustang bayo llamado Rusty, pisaba con cuidado entre las rocas y los arbustos espinosos.
De repente, un grito desgarrador rompió el silencio del desierto. No era el aullido de un animal herido, sino algo humano, primitivo, lleno de dolor y rabia. Dalton detuvo a Rusty y aguzó el oído. El grito vino de nuevo, más débil, desde un barranco cercano.
—¿Qué demonios? —murmuró Dalton, desmontando con rapidez.
Sacó su Winchester del arzón y avanzó con cautela, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Al bajar por la pendiente arenosa, vio la escena: una mujer apache yacía en el suelo, su pierna derecha atrapada en una trampa para osos, de esas grandes y crueles con dientes de acero que podían partir un hueso como si fuera una rama seca. La trampa no era para animales, era para humanos, colocada con malicia por manos despiadadas.
La mujer era musculosa, de piel cobriza y cabello negro como la noche, atado en una trenza larga. Llevaba una blusa de algodón rasgada y pantalones cortos de cuero, revelando un cuerpo forjado en batallas y cacerías. Su rostro, hermoso y feroz, estaba surcado por lágrimas de dolor y una herida en la mejilla que sangraba profusamente.
Dalton se acercó despacio, rifle en mano.
—No te muevas, señora. Voy a ayudarte.
Ella lo miró con ojos oscuros y penetrantes como los de un halcón. En su mano derecha empuñaba un cuchillo, lista para defenderse.
—Vete, blanco —gruñó en un inglés entrecortado con acento apache—. No es asunto tuyo.
Pero Dalton no era de los que huían ante el peligro. Había visto suficiente sufrimiento en su vida para saber que ignorarlo solo lo hacía peor. Dejó el rifle a un lado y se arrodilló junto a ella. La trampa había mordido profundo en su tobillo y la sangre teñía la arena de rojo.
—Si no te saco de aquí, te vas a desangrar. Soy cazador, no bandido. Me llamo Dalton.
La mujer dudó, el dolor nublando su juicio. Finalmente bajó el cuchillo.
—Hazlo rápido o mátame.
Dalton trabajó con cuidado. Usó una rama gruesa como palanca para abrir las mandíbulas de la trampa, ignorando el rechinar del metal y los gemidos de la mujer. Cuando por fin liberó su pie, ella soltó un grito ahogado. Él rasgó su propia camisa para hacer un torniquete y vendajes improvisados, aplicando un ungüento de hierbas que llevaba en su alforja, un remedio aprendido de un viejo vaquero mexicano en Sonora.
—Listo, pero necesitas agua y descanso. Hay un ojo de agua a media legua de aquí en el cañón oculto.
Ella lo miró con recelo, pero asintió. Dalton la ayudó a montar en Rusty y él caminó a su lado guiando al caballo.
Durante el trayecto ella se presentó. Se llamaba Kiona, hija mayor de Naiche, jefe de una banda apache chiricahua que merodeaba las fronteras entre Arizona y México. No era una mujer común, era una guerrera, la mejor exploradora de su tribu, conocida por su astucia en las emboscadas y su puntería con el arco.
Al llegar al ojo de agua, un oasis escondido entre rocas rojizas, Dalton la ayudó a bajar. Bebieron del manantial fresco y él lavó sus heridas con más cuidado. Mientras lo hacía, Kiona comenzó a hablar.
—Esa trampa no era para osos. La pusieron los esclavistas, los hombres blancos que capturan a mi gente y los venden al sur, en México, a las minas o las haciendas.
Dalton frunció el ceño. Había oído rumores sobre esos bandidos, una banda liderada por un tal Silas Torne, un exconfederado que traficaba con indios apaches, navajos y hasta peones mexicanos. Operaban desde un campamento fortificado cerca de la frontera, disfrazados de comerciantes.
—¿Por qué te persiguen a ti en particular?
Kiona sonrió con amargura, sus ojos brillando con fuego.
—Porque destruí su jaula. Hace dos lunas lideré un ataque. Liberamos a veinte de los nuestros, quemamos sus carretas. Torne juró venganza. Me tendieron esa trampa sabiendo que exploro sola.
Dalton admiró su valentía. En su mundo, las mujeres como Kiona eran raras, fuertes, independientes, sin miedo. Mientras hablaban, el sol se ponía tiñendo el desierto de naranja y púrpura. Compartieron un poco de carne seca y maíz que Dalton llevaba. Por primera vez en años, él sintió una conexión, algo que lo hacía olvidar su huida constante.
Pero la paz duró poco. Al amanecer oyeron cascos de caballos. Dalton se asomó desde una roca. Eran seis hombres armados con rifles y revólveres, liderados por un tipo alto y barbudo con sombrero negro.
—Silas Torne y sus esclavistas vienen por ti —dijo Dalton, cargando su Winchester.
Kiona, cojeando, tomó su cuchillo.
—No me llevarán viva.
Dalton la miró.
—No te llevarán en absoluto. Sube al caballo, yo los detengo.
Comenzó el tiroteo. Dalton disparó desde la cobertura, derribando a uno de los jinetes. Los esclavistas respondieron con una lluvia de balas que rebotaban en las rocas. Rusty relinchó nervioso. Kiona, a pesar de su herida, lanzó una flecha que hirió a otro bandido, pero eran superados en número.
De repente, un ululato apache resonó en el cañón. Eran voces de guerreros, ecos que se multiplicaban en las paredes rocosas. Los esclavistas palidecieron.
—¡Indios! —gritó Torne—. Retirada.
Huyeron al galope, dejando atrás a sus caídos. Minutos después, una partida de quince apaches chiricahuas apareció a caballo, pintados para la guerra con arcos y lanzas. Al frente cabalgaba Naiche, un hombre imponente de cincuenta años con plumas en el cabello y cicatrices de batallas contra el ejército estadounidense.
Kiona corrió cojeando hacia su padre.
—Padre, este hombre, Dalton, me salvó la vida.
Naiche desmontó y abrazó a su hija, pero sus ojos se clavaron en Dalton con sospecha. Los guerreros rodearon al cazador blanco, listos para actuar. Kiona explicó todo, la trampa, el rescate, la noche pasada juntos en el desierto. Naiche asintió gravemente.
En la tradición apache, quien salva una vida y comparte soledad con una persona del sexo opuesto, ha reclamado a esa persona. Era un lazo sagrado, vinculado al honor y la supervivencia del clan.
—Has salvado a mi hija, blanco, pero has pasado la noche con ella. Según nuestras costumbres, ahora debes casarte con Kiona. Si no, para preservar su honor, deberá morir.
Dalton se quedó helado. Matrimonio o muerte. Los guerreros murmuraron, algunos con hostilidad hacia el intruso pálido. Kiona lo miró, sus ojos suplicantes pero orgullosos.
—Puedes huir ahora. Mis hermanos te dejarán ir por esta vez.
Dalton sintió el peso de su pasado. Tres años huyendo de la muerte de Jed, de la culpa que lo carcomía como un coyote en la noche. Había perdido todo: familia, hogar, paz. ¿Seguiría corriendo?
Kiona se acercó cojeando.
—¿Qué clase de hombre eres, Dalton Kade? ¿Uno que huye o uno que se queda?
Sus palabras lo golpearon como un puñetazo. Recordó a Jed, su risa en las fogatas, como había muerto por un disparo accidental en esa riña ebria. Dalton había huido, pero el desierto no borraba los recuerdos.
Miró a Kiona, fuerte, hermosa, una igual.
—Soy un hombre cansado de huir. Acepto.
Los apaches vitorearon. Naiche sonrió por primera vez.
—Bienvenido al clan, yerno.
Prepararon la boda en un campamento apache oculto en las montañas Dragón, un lugar sagrado con tipis de piel y fogatas crepitantes. Dalton se bañó en un arroyo y se vistió con ropa apache: una camisa de ante, pantalones de cuero y un collar de turquesa que Kiona le regaló. Aprendió algunas palabras en chiricahua y los guerreros le enseñaron a manejar una lanza.
La ceremonia comenzó al atardecer. Naiche oficiaba invocando a los espíritus del desierto. Kiona, con su herida vendada, lucía un vestido de piel decorado con cuentas, su cabello suelto como una cascada negra. Dalton y ella se pararon frente al fuego sagrado, intercambiando votos en una mezcla de inglés y apache.
—Te protegeré como el águila al nido —dijo él.
Pero en medio del ritual, cuando Naiche bendecía sus manos unidas, un disparo resonó.
—¡Ataque! —gritó un centinela.
Eran los esclavistas reforzados. Silas Torne había reunido a veinte hombres mercenarios de la frontera, armados con rifles repetidores y dinamita. Venían por venganza, por Kiona y por los apaches que habían liberado a sus cautivos.
El campamento estalló en caos: tipis en llamas, caballos relinchando, mujeres y niños huyendo a las rocas. Dalton tomó una lanza de un guerrero caído.
—Kiona, cúbreme —gritó mientras ella cargaba su arco.
Los apaches respondieron con ferocidad. Naiche lideraba la carga, sus hombres lanzando flechas y ululando para infundir terror. Dalton por primera vez sintió la adrenalina de la batalla tribal. Corrió hacia Torne, quien cabalgaba en un semental negro disparando su Colt. Dalton lanzó la lanza con toda su fuerza; voló recta y se clavó en el pecho del caballo de Torne, derribándolo en una nube de polvo. Torne rodó maldiciendo y sacó su revólver.
—¡Muere, traidor! —gritó, apuntando a Dalton.
Kiona disparó una flecha que le atravesó el hombro. Dalton remató al bandido con un tiro de su Winchester.
Alrededor, la batalla rugía. Un apache llamado Jerónimo, joven guerrero del clan, decapitó a dos esclavistas con su tomahawk. Naiche luchaba cuerpo a cuerpo, su cuchillo danzando como un relámpago. Dalton se unió disparando y esquivando balas, protegiendo a Kiona mientras ella cojeaba pero luchaba con fiereza. Uno por uno, los esclavistas cayeron. Algunos huyeron, pero los apaches los persiguieron en caballos veloces, eliminándolos en el desierto.
Al final, el campamento humeaba, pero ningún apache había muerto, solo heridas menores. Los espíritus habían favorecido a los justos.
Esa noche, bajo un cielo estrellado, los apaches celebraron la victoria con danzas y cantos alrededor de la fogata. Dalton y Kiona, ahora marido y mujer, se sentaron apartados, sus manos entrelazadas. Él miró las montañas, el desierto infinito. Por primera vez no sentía el impulso de huir.
—He encontrado mi lugar —susurró—. Contigo, con tu gente.
Kiona sonrió, su rostro iluminado por el fuego.
—Yo el mío, guerrero blanco.
Dalton sabía que la frontera era dura, que más batallas vendrían contra el ejército y los bandidos. Pero ya no estaba solo. Había dejado de huir.