El perro y la pared
El ruido empezó como algo tan insignificante que Anna pensó que se lo había imaginado.
Un chirrido suave, casi tímido, como si alguien arrastrara las uñas por el otro lado de la pared.
Esa noche se despertó sin saber por qué. Thomas dormía profundamente a su lado, respirando con ese ronquido leve que ella ya reconocía como el sonido de “todo va bien”. La ciudad estaba en silencio. Ni coches, ni voces, ni música.
Solo Bruno.
El pastor alemán estaba sentado en el salón, frente a la pared.
Lo sabía sin necesidad de verlo.
Desde la puerta del dormitorio podía distinguir su silueta oscura recortada contra la tenue luz del farol de la calle que entraba por la ventana. Era un bulto inmóvil, como una estatua. Pero sus orejas estaban tiesas, orientadas hacia delante, y su cola, normalmente relajada, estaba rígida.

Anna contuvo la respiración.
Y entonces lo volvió a escuchar.
Ras… ras… ras…
Un sonido apagado, insistente, que venía de dentro de la pared. Como si alguien, o algo, estuviera intentando abrirse camino desde el interior.
—Thomas —susurró, sin apartar la vista de la figura del perro—. Thomas, despierta.
Él gruñó algo ininteligible, medio dormido.
—Escucha —insistió ella.
Thomas abrió los ojos justo cuando el sonido se repitió.
Ras… ras… ras…
Bruno gruñó muy bajo, la garganta tensa, los labios apenas levantados.
—¿Lo oyes? —preguntó Anna, con la piel erizada.
Thomas se incorporó lentamente, frotándose la cara.
—Probablemente son cañerías, o la madera dilatándose… —empezó a decir.
Pero su propia voz sonaba menos segura de lo que le habría gustado.
El sonido no era de cañerías.
Era humano. Orgánico.
Uñas. Eso era.
Uñas.
—Voy a ver —dijo, finalmente.
Anna se levantó con él.
No quería quedarse sola en la cama.
El apartamento era bonito, en realidad.
Eso era lo que más le dolía a Anna: pensar que algo “raro” estaba pasando justo cuando su vida parecía por fin tomar el rumbo que siempre había soñado.
Techos altos, molduras antiguas, suelo de parquet, ventanas grandes que daban a una calle empedrada, de esas que aún retenían el encanto de la ciudad vieja. Cuando encontraron el anuncio del piso, en aquel edificio construido antes de la guerra, pensaron que era casi un milagro.
Anna trabajaba como diseñadora gráfica freelance; Thomas, como programador. Ahorraron durante años, renunciaron a viajes, a coches nuevos, a restaurantes caros. Cuando por fin firmaron los papeles y recibieron las llaves, se sintieron invencibles.
Entraron en aquel apartamento vacío, abrazándose en medio del salón, imaginando muebles, cuadros, plantas, cenas con amigos.
Una nueva vida, empezando allí mismo.
Y con ellos, por supuesto, Bruno.
Bruno había sido parte de sus vidas antes de que siquiera fueran pareja. Anna lo adoptó de un refugio cuando todavía era estudiante, un cachorro asustado que temblaba al menor ruido. Con el tiempo, creció hasta convertirse en un pastor alemán imponente, pero mantuvo su carácter noble y tranquilo.
No ladraba porque sí.
No gruñía porque sí.
Por eso, cuando en la primera semana en el nuevo piso empezó a comportarse de manera extraña, se preocuparon.
Al principio, solo miraba la pared.
La del salón.
No era una pared especial. Separaba su apartamento del de al lado. Anna la había imaginado cubierta de fotos enmarcadas, recuerdos de viajes, quizá una estantería. Pero cada noche, cuando el silencio caía sobre la casa, Bruno se levantaba, caminaba lentamente hasta situarse frente a esa pared y se quedaba allí, inmóvil, mirando un punto concreto.
Durante minutos.
A veces, durante más de una hora.
—Debe haber ratones —dijo Anna, medio en broma, la primera vez—. O escuchará tuberías, quién sabe. Ya sabes que los perros tienen un oído increíble.
Thomas se encogió de hombros.
—Puede ser.
Pero cuando, a la tercera noche, Bruno empezó a gruñir, la broma dejó de tener gracia.
El gruñido no era agresivo, sino… tenso. Como si estuviera avisando de algo. De vez en cuando, acompañaba el sonido con un ligero temblor de sus músculos. Sus pelos se erizaban a lo largo del lomo.
A la semana, el gruñido se convirtió en arañazos.
Bruno se levantaba de golpe, incluso estando dormido, y corría hacia la pared. Se apoyaba con las patas delanteras y empezaba a rascar convulsivamente, como si quisiera atravesarla. Gimoteaba, lloriqueaba, jadeaba.
—Bruno, basta —ordenaba Thomas, tratando de apartarlo.
El perro se tranquilizaba un momento… y luego volvía.
Anna, que siempre se había reído de las historias de perros que “veían espíritus”, dejó de hacerlo.
Esa noche, sin embargo, no era Bruno quien hacía ruido.
Eran las uñas detrás de la pared.
Ras… ras… ras…
Anna y Thomas caminaron descalzos por el pasillo, con el corazón en la garganta. Bruno no se movió. Seguía sentado frente a la pared, rígido, los ojos fijos en un punto invisible.
La luz de la farola dibujaba sombras largas sobre el suelo.
—¿Crees que puede ser…? —empezó Anna.
—No lo sé —la cortó Thomas—. Calla.
Se quedaron los tres en el salón: la pareja y el perro. El mundo reducido a esa habitación y a ese trozo de pared.
Pasaron unos segundos.
Silencio.
Anna estaba a punto de suspirar aliviada cuando el sonido regresó, más claro que nunca:
Ras… ras… ras…
Como si alguien rascara, desesperado, desde dentro.
Bruno se levantó de golpe y lanzó un ladrido agudo. No era un ladrido de juego. Era una advertencia.
Anna se sobresaltó.
Thomas se acercó lentamente a la pared. Apoyó la oreja.
Nada.
—Thomas, aléjate de ahí —susurró Anna—. No me gusta esto.
Él, por pura cabezonería, dio un par de golpes con los nudillos.
—¿Hola? —preguntó, sintiéndose ridículo—. ¿Hay alguien ahí?
Anna lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿En serio?
—Solo quiero descartar lo obvio —se defendió él.
Silencio.
Entonces, desde el otro lado… tres golpecitos.
Tac… tac… tac.
Del otro lado de la pared.
Thomas se apartó como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Anna soltó un grito ahogado, llevándose ambas manos a la boca.
Bruno ladró con furia.
—Eso no ha podido ser una tubería —susurró Thomas, pálido—. Ni la madera… ni…
—Ni un ratón —terminó Anna.
Se miraron.
Ninguno quería decir la palabra que flotaba en el aire: alguien.
Alguien detrás de la pared.
Al día siguiente, Anna no quiso quedarse sola en casa.
Insistió en llevar el portátil a la oficina de Thomas y trabajar desde allí. No se atrevía a quedarse en el apartamento con Bruno clavado frente a la pared y aquel eco de golpes en su cabeza.
Thomas, práctico como siempre, decidió llamar otra vez a profesionales.
—Revisión estructural completa —pidió por teléfono—. Pared medianera, sonido, posibles huecos… lo que sea. Pago extra si es urgente.
Vinieron dos hombres con trajes de trabajo, cascos y un dispositivo extraño para medir densidad y huecos en las paredes.
Bruno no les quitó ojo de encima mientras revisaban.
—No vemos nada raro —dijo uno de ellos—. La pared es sólida. Ladrillo antiguo. Sin cámaras de aire. Nada de cableado extraño tampoco. Es un muro de carga. Si hubiera huecos considerables, saldría en el escáner.
Thomas frunció el ceño.
—¿Y si… no es considerable? —insistió—. Algo pequeño. Una caja, un compartimento.
El hombre se encogió de hombros.
—Puede haber un hueco de cincuenta años con alguna instalación vieja… pero nada donde quepa una persona, si es lo que está pensando. Para eso, tendrían que haber reformado toda la pared.
Thomas agradeció, pagó y se quedó aún más inquieto.
Porque el informe decía “no hay nada”.
Pero Bruno seguía diciendo “hay algo”.
Y él no sabía ya a quién creer.
Esa noche, los golpes no se escucharon.
Pero Bruno estuvo aún más raro.
No quiso comer.
Se quedó todo el tiempo en el salón, mirando la pared. Ni siquiera reaccionó cuando Thomas sacó la correa para ofrecerle un paseo nocturno, algo que siempre le encantaba.
Simplemente, no apartaba la vista.
La tensión en la casa era tan espesa que se podía cortar.
—Thomas —dijo Anna, sentándose en el sofá junto a él—. Esto no es normal. No es solo un ruido. No son solo “nuestras paranoias”. Bruno no es así.
Thomas se masajeó la frente.
—Ya lo sé.
—Tienes ese contacto de la inmobiliaria —continuó Anna—. El que nos habló de la historia del edificio. ¿Tal vez… puede haber pasado algo aquí?
Thomas la miró.
—¿Quieres decir… algo “paranormal”? —preguntó, con una sonrisa incrédula.
Anna sintió un escalofrío.
—No sé —admitió—. Algo. Lo que sea. Quiero información. ¿Quién vivió aquí antes? ¿Quién vivió al otro lado de esta pared? ¿Por qué la vendieron tan barata?
Porque sí.
El precio había sido sorprendentemente bueno.
Demasiado bueno.
Thomas se levantó de golpe.
—Está bien —dijo—. Mañana voy a la agencia. Y también hablaré con los vecinos. Al menos sabremos si estamos viviendo encima de un cementerio o algo así.
Lo dijo en tono de broma.
Pero ni siquiera él se rió.
La agencia inmobiliaria no fue de mucha ayuda.
—El apartamento estaba en manos de un banco —explicó el agente, un hombre de traje ajustado y sonrisa plástica—. Propiedad embargada. Nada fuera de lo común.
—¿Y los anteriores dueños? —insistió Thomas.
El hombre consultó el ordenador.
—Aquí pone: familia Kovacs. Sin más datos. Dejaron de pagar la hipoteca. Asunto administrativo.
A Thomas no le convenció.
Bajando las escaleras, se cruzó con la portera del edificio, una mujer mayor, de pelo blanco recogido en un moño, que barría el rellano.
—Buenos días, señora Ilona —saludó.
Ella levantó la vista, con sus ojos claros y astutos.
—Buenos días, señor Thomas —respondió, con acento del este—. ¿Todo bien en el apartamento?
Thomas dudó.
—Más o menos —admitió—. ¿Podría hacerle una pregunta indiscreta?
Ella dejó de barrer.
—Si no es sobre política o religión, puede preguntar —dijo.
Thomas señaló hacia arriba, hacia donde estaba su piso.
—¿Sabe algo de la familia que vivía allí antes? Los Kovacs.
Los ojos de la portera cambiaron.
Ese ligero brillo de “sé algo pero no sé si quiero decirlo” apareció en ellos.
—Gente… normal —dijo, al principio—. Él trabajaba de noche. Ella… se quedaba en casa.
—¿Tuvieron hijos? —preguntó Thomas.
La mujer apretó los labios.
—Tuvieron una niña —dijo—. Vivian justo ahí, en su piso. Pero… —miró al suelo— no duró mucho.
El corazón de Thomas dio un salto.
—¿Murió? —preguntó en voz baja.
La portera hizo el signo de la cruz.
—No puedo hablar de eso —susurró—. No me gusta. Fue… como un mal sueño. La policía vino, se llevó cosas, hizo preguntas. Luego, un día, ellos ya no vivían ahí. El piso quedó vacío mucho tiempo, hasta que el banco lo vendió.
Thomas tragó saliva.
—¿Qué le pasó a la niña? —insistió.
La mujer lo miró.
Y en ese momento entendió que Thomas no iba a conformarse con evasivas.
Sus hombros se hundieron.
—Dicen que desapareció —dijo—. Una tarde, los padres dijeron que había salido a jugar al pasillo. Tenía cinco años. Nunca volvió. No había huellas de que hubiera salido del edificio. No la captaron las cámaras del portal. Nada.
El pasillo.
La pared.
Los ladrillos pesaban de repente el doble.
—La policía pensó que… —continuó Ilona— que quizás… alguien la había secuestrado. Pero… no había señales de puerta forzada. Ni gritos. Ni… nada. Fue como si se hubiera… desvanecido.
Se lo quedó mirando fijamente.
—Desde ese día —añadió—, nadie quiso vivir ahí mucho tiempo. Se lo digo en confianza: ese piso trae… inquietud.
Thomas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Es posible que… hubiera alguna reforma? —preguntó—. ¿Una pared nueva? ¿Algún cuarto ciego?
La portera frunció el ceño.
—Hubo obras hace muchos años —admitió—. Antes de que yo trabajara aquí. Cerraron algunas puertas, cambiaron tabiques. Este edificio ha cambiado muchas veces. Pero no sé más.
Thomas agradeció la sinceridad.
No dijo nada sobre Bruno, ni sobre los golpes, ni sobre las uñas.
Pero al llegar a casa, se lo contó todo a Anna.
Ella escuchó en silencio, cada vez más pálida.
—Thomas —dijo, cuando él terminó—. No quiero seguir durmiendo con una pared que trae “inquietud”.
Hubo un silencio.
Se miraron.
Y los dos pensaron lo mismo al mismo tiempo.
—Derribamos esa pared —dijo Thomas, al fin.
No fue tan sencillo como ir a por un martillo.
Era un muro de carga. No podían simplemente romperlo sin comprometer la estructura del edificio. Thomas habló con un arquitecto, explicó que querían “abrir un nicho” para poner una estantería. Nada muy grande. Solo, casualmente, justo donde Bruno se quedaba siempre mirando.
El arquitecto hizo cálculos, planos, aprobaciones. Al final, acordaron derribar una pequeña sección, reforzar con una viga y ver qué había detrás.
—No se preocupen —dijo el obrero jefe, un hombre robusto con manos llenas de callos—. Si hay algo ahí dentro, lo veremos.
No tenía idea de cuán ciertas serían sus palabras.
El día de la obra, Anna llevó a Bruno al veterinario, inventando una cita. No quería que el perro estuviera allí, por si se ponía nervioso con los golpes.
Thomas se quedó, supervisando.
Los obreros protegieron el suelo, cubrieron los muebles, marcaron con cinta la zona exacta. El primer golpe del martillo neumático resonó en todo el salón, haciendo temblar las ventanas.
Thomas apretó los dientes.
Mientras la pared empezaba a abrirse, tuvo un pensamiento absurdo:
“Si no hay nada, me habré vuelto loco sin motivo.”
Pero no era la locura lo que debía preocuparle.
Era la verdad.
El sonido del martillo continuó.
Los fragmentos de yeso saltaban. El polvo llenaba el aire.
Un agujero se abrió poco a poco.
—Vamos bien —dijo el obrero—. Ladrillo macizo.
Thomas se acercó un poco, con mascarilla puesta.
Entonces, uno de los hombres dio un golpe distinto.
Un golpe hueco.
El sonido cambió.
—¿Lo oíste? —preguntó el obrero, deteniendo el martillo—. Aquí hay algo.
Thomas sintió cómo el corazón le latía en las sienes.
—Sigue —dijo, con la voz tensa.
Con golpes más suaves, empezaron a retirar ladrillos.
Detrás del muro principal, apareció… otro muro.
Más fino.
Hecho con ladrillos distintos, de otro color, colocados de manera menos uniforme. Como un parche.
—Esto no es original del edificio —murmuró el obrero, sorprendido—. Alguien lo levantó después.
Thomas tragó saliva.
La piel se le erizó.
—¿Puede derribarlo también? —preguntó.
El obrero dudó un segundo.
—Si ya estamos en esto… —respondió—. Sí.
Golpeó.
Este segundo muro cedió más rápido.
Los ladrillos se fueron desprendiendo, revelando un espacio oscuro detrás.
Un hueco.
Un hueco de unos dos metros de alto y quizá uno de ancho. Suficiente para que cupiera una persona.
El polvo se disipó lentamente.
Thomas encendió la linterna de su móvil y la apuntó hacia el interior.
Lo que vio le heló la sangre.
En el suelo del hueco, sobre una capa de polvo antiguo, había una pequeña zapatilla rosa, cubierta de telarañas.
Y, junto a ella, algo más.
Algo que no debería estar ahí.
Algo que convertiría la extraña inquietud de las noches en un horror mucho, mucho más concreto.
Pero esa…
esa es la parte de la historia que viene después de la pared.
La parte en la que Anna y Thomas descubren que Bruno no gruñía a “nada”.
Sino a un secreto encerrado en ladrillo durante años.
Un secreto del tamaño de una niña de cinco años.