UNA MULA BRAVA HUMILLÓ A TODOS LOS DOMADORES… HASTA QUE UNA NIÑA POBRE HIZO ESTO
La niña y la mula Satán
En el año del señor de 1919, en el rancho La Soledad, allá por los rumbos de Parras de la Fuente, Coahuila, llegó la noticia que traía loco a medio estado: don Crisóforo Martínez, el rico hacendado que tenía más tierra que el mismísimo diablo, había comprado en Texas una mula negra como la noche y grande como un toro de lidia. Le pusieron por nombre Satán, y no era broma.
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Dicen que cuando la bajaron del tren en la estación de Saltillo, la mula pateó el vagón, tumbó a tres peones y se soltó corriendo por la vía hasta que la atraparon con lazos a media legua. De ahí la subieron a un carro-jaula y la trajeron al rancho.
Desde el primer día se supo que aquella bestia no era de este mundo. El primer domador que se atrevió fue el famoso Chano Treviño, el hombre que había quebrado al potro El Rayo en Ciudad Acuña. Apenas tocó el lomo, Satán brincó como si le hubieran prendido fuego en las patas. Dio tres corcobos tan altos que pareció que volaba y en el cuarto mandó al Chano a besar la arena del redondel. El domador se levantó con la cara llena de sangre y la dignidad hecha pedazos.
Después vino el vasco Ignacio Subeldía, un hombre que pesaba más que un costal de maíz y tenía manos como tenazas. Dos minutos duró arriba. Satán lo agarró con los dientes por el chaleco, lo sacudió como trapo y lo estrelló contra la cerca. El vasco salió con tres costillas rotas y jurando en euskera que nunca volvería a ver a esa mula ni en pintura.
Uno tras otro fueron cayendo los mejores: el indio tarahumara Juan Cruz, el negro texano Jem Can, hasta el capitán retirado Anselmo Garza, que decían que había quebrado potros en la revolución con Villa. Todos terminaron en el polvo con el orgullo destrozado y el cuerpo adolorido.
Don Crisóforo estaba furioso. Había dado su palabra que para la feria de San Juan, el 24 de junio, esa mula estaría mancita desfilando por la plaza de Parras con moño rojo en la cola. Ofreció mil pesos de plata al que la domara, luego dos mil, luego cinco mil. Era una fortuna. Los hombres venían de Durango, Zacatecas, San Luis, hasta un gringo rubio llegó con sombrero de diez galones y botas de avestruz. Todos se fueron con las manos vacías y el rabo entre las patas.
La gente del pueblo empezó a decir que la mula tenía pacto con el chamuco, que por las noches se oían risas en el corral y que los ojos de Satán brillaban rojos como brasas. Los niños se santiguaban cuando pasaban cerca, las viejitas rezaban novenas. El padre Ramírez hasta quiso exorcizarla, pero cuando se acercó con el hisopo, la mula le escupió un gargajo verde que le manchó la sotana.
Así pasaron los meses.
Una mañana de mayo, cuando el sol apenas asomaba por la sierra, llegó al rancho una niña descalza. Tendría unos doce años, flaca como palo de escoba, con el vestido roto y el cabello negro enredado como nido de tecolote. Se llamaba María de los Ángeles, pero todos le decían la Chofi. Era huérfana, hija de una lavandera que había muerto de fiebres el año anterior. Vivía de limosna y de lo que le daban en las cocinas de los ricos.
La niña se paró en la puerta del corral con un costalito en la mano y preguntó con voz temblorosa:
—Buenos días. ¿Me permiten ver a la mula Satán?
El caporal, un hombre malo llamado Refugio Cerna, se rió con sorna.
—¿Tú para qué quieres ver a ese demonio, chamaca? Mejor vete a pedir tortillas a la casa grande.
Pero la niña no se movió, se quedó allí parada, mirando fijamente a la mula negra que pateaba la tierra al fondo del corral.
Don Crisóforo, que pasaba por ahí en su caballo alazán, la vio y preguntó qué quería. La niña levantó la cara con esos ojos grandes y negros que parecían pozos sin fondo y habló claro:
—Señor, yo puedo domar a su mula.
El hacendado soltó la carcajada. Los peones también. Hasta los perros ladraron de la gracia.
—¿Tú, una mocosa muerta de hambre? Ni mi mejor hombre ha podido. Vete a tu casa, niña.
—No tengo casa, señor —respondió ella sin bajar la mirada—. Pero si me deja intentar, si lo logro, me da los cinco mil pesos.
Don Crisóforo iba a mandarla correr, pero algo en la voz de la niña lo detuvo. Había una seguridad que no era normal en una criatura tan pobre. Miró a los peones, miró a la mula que bufaba y por pura curiosidad dijo:
—Está bien, pero si te mata no es mi culpa y si fallas, te vas sin un centavo y sin volver a pisar mi rancho.
La niña asintió. Le abrieron la puerta del corral. Todos se quedaron mirando desde las bardas, esperando el espectáculo. Algunos apostaron que no duraba ni tres segundos.

La Chofi entró despacito. No llevaba lazo, ni reata, ni espuelas, solo su costalito viejo. La mula la vio y relinchó fuerte, pateando el suelo. Bajó las orejas y mostró los dientes. La niña no se acercó de frente. Dio un rodeo grande, hablando bajito, con esa voz dulce que usan las mamás con los bebés enfermos.
—Tranquilo, negro, tranquilo, mi rey. Nadie te va a hacer daño.
La mula se quedó quieta, sorprendida. Nadie le había hablado así nunca. Todos llegaban gritando con látigos y maldiciones.
La Chofi siguió caminando despacio, sin mirarla directo a los ojos. Sacó del costal una tortilla vieja y un pedazo de piloncillo. Lo puso en el suelo a unos pasos y se alejó.
Satán olfateó el aire, dio un paso, luego otro, bajó la cabeza y comió la tortilla.
La niña volvió a hablar:
—Así, mi niño, así. Tú no eres malo, nomás estás enojado.
Los peones no daban crédito. La mula que había mandado al hospital a veinte hombres estaba comiendo de la mano de una niña. Poco a poco la Chofi se fue acercando. Cada vez que la mula se ponía tensa, ella se paraba y cantaba una canción antigua que le cantaba su mamá:
A la mula, mula negra, que se para en una pata.
Le doy dulce, le doy maíz.
Pa’ que sea mi compadre y mi comadre.
La voz era finita, pero clara como campanita. La mula bajó la cabeza. Por primera vez en meses dejó que alguien le tocara el cuello. La niña le acarició el pescuezo despacio, como quien acaricia a un perro bravo que por fin confía.
Luego sacó del costal una cuerda vieja de maguey, pero no se la puso como lazo. La dobló y la dejó caer suave sobre el cuello de Satán como si fuera un collar. La mula no se movió.
Entonces la Chofi hizo algo que dejó mudos a todos. Se subió al lomo de la bestia sin montura, sin freno, sin nada, solo con sus piernecitas flacas y su vestido roto. Los peones gritaron. Don Crisóforo se puso pálido, pero Satán no corcoveó. Dio un paso, luego otro. La niña lo guiaba solo con la voz y con las rodillas. Lo llevó a trote suave alrededor del corral. La mula obedecía como si hubiera nacido para eso.
Cuando terminaron la vuelta, la Chofi bajó, acarició la frente del animal y le susurró algo al oído. Nadie oyó qué dijo, pero la mula agachó la cabeza y la empujó suavemente con el hocico, como hacen los caballos cuando quieren a su amo. El silencio era tan grande que se oía el vuelo de las moscas.
Don Crisóforo se bajó del caballo, se quitó el sombrero y con voz temblorosa dijo:
—Niña, ¿cómo lo hiciste?
La Chofi lo miró con esos ojos profundos y respondió:
—Porque yo también estoy brava con el mundo, señor. A mí también me han pegado, me han corrido, me han tratado como animal. Pero mi mamá me enseñó que al que está más bravo que uno no se le gana con fuerza, se le gana con amor.
El hacendado sintió que algo se le rompía adentro. Mandó traer los cinco mil pesos en billetes nuevos y se los dio a la niña, pero ella no los tomó.
—Guárdeselos, señor. Yo no quiero su dinero. Quiero que le dé trabajo a mi hermanito chico en la hacienda, que lo mande a la escuela y que nunca más le peguen a ningún animal aquí. Ni a mula, ni a caballo, ni a perro.
Don Crisóforo, con lágrimas en los ojos, juró que así sería y así fue. Satán nunca volvió a corcovear. Se volvió la mula más mansa y noble del rancho. La Chofi lo montaba todos los días para llevar recados y la gente venía de lejos a ver a la niña pobre que había domado al diablo con puro cariño.
En la feria de San Juan, cuando desfilaron por la plaza de Parras, Satán llevaba moño rojo en la cola y en el lomo iba la Chofi, descalza todavía, pero con la cabeza alta como reina.
Y desde entonces, en todo Coahuila, cuando alguien presume de fuerte o de valiente, le dicen: “Tú podrás ser muy hombre, pero ¿te atreves con una mula como Satán?”
Y todos callan, porque saben que la más valiente no fue ningún charro grandote, sino una niña pobre que tenía el corazón más grande que todo el desierto.