Amante empuja a Esposa Embarazada contra un Espejo… No sabía que mi Padre es el DUEÑO DE LA CIUDAD

Espejos Rotos y el Despertar de un Titán: La Venganza de Elena

El estallido del cristal no fue lo que más dolió. Ni siquiera lo fueron los fragmentos de espejo que se clavaron en mi brazo, ni el impacto seco contra el marco de madera. Lo que me desgarró el alma fue ver la mano que me había empujado: una mano que yo había dejado entrar en mi hogar.

El Desprecio en el Suelo

Allí estaba yo, tirada entre “diamantes malditos” de vidrio, protegiendo con mis manos mi vientre de siete meses.

— “Fíjate por dónde caminas, estúpida”, chilló Camila, la supuesta asesora de imagen de mi esposo, mientras se sacudía la bata de seda… mi propia bata.

Cuando Ricardo salió del baño, no vi preocupación en sus ojos. Miró el espejo —una antigüedad de 5,000 dólares— y luego me miró a mí con un asco infinito.

— “¿Qué hiciste ahora, Elena? Todo lo que tocas lo rompes”, sentenció con frialdad.

Ignoraron mis gritos de dolor. Ignoraron la sangre. Mientras yo suplicaba por una ambulancia, ellos se abrazaban. Ricardo me envió al hospital en un taxi, advirtiéndome que no hiciera un escándalo porque tenía una “cena importante”. Lo que ellos no sabían es que, al cerrar la puerta de ese taxi, habían sellado su propio destino.

El Secreto de la “Huérfana”

Ricardo creía que yo era una pobre huérfana que conoció en una biblioteca. Creía que no tenía a nadie. Pero mientras el taxi avanzaba, yo no llamé a emergencias; marqué un número que solo se usa en crisis absolutas: el de la seguridad privada del Grupo Imperium.

Mi pobreza no era falta de recursos, era una prueba de amor. Una prueba que Ricardo acababa de reprobar de la forma más violenta posible.

La Sombra en la Habitación 402

Desperté en una suite privada, envuelta en sábanas de hilo egipcio. Mi hijo estaba en una incubadora, luchando como un guerrero. Y a mi lado, sentado con la elegancia de un rey y la furia de un volcán, estaba él: Don Augusto Imperium, mi padre.

— “Lo sé todo, mi niña”, dijo con una voz de acero. “Mis guardias lo grabaron todo. La justicia de un Imperium no se pide, se ejecuta”.

El Acto Final: De Cazadores a Presas

Ricardo y Camila irrumpieron en la habitación con una arrogancia suicida. Traían un papel para que yo firmara, una declaración de que todo fue un “accidente doméstico”.

— “Firma esto, mosquita muerta”, escupió Camila. “Ricardo tiene dinero para abogados; tú no tienes nada”.

Fue entonces cuando la silla en la esquina se movió. Mi padre salió de las sombras.

— “¿Así que tiene dinero para abogados, Sr. Montalvo?”, retumbó la voz de Augusto.

Ricardo palideció. Intentó burlarse del “viejo”, hasta que escuchó el nombre que hacía temblar los mercados financieros.

— “Mi nombre es Augusto Imperium. Y esta mañana, he comprado el banco de su hipoteca y he ejecutado todas sus deudas”.

La Caída del Imperio de Papel

En diez minutos, el mundo de Ricardo y Camila se desmoronó:

Ricardo: Descubrió que su esposa “pobre” era la única heredera del conglomerado más grande del país. Pasó de ser un empresario exitoso a un indigente con deudas impagables.

Camila: Sus gritos de “derechos” fueron callados por las esposas de la policía. Las grabaciones de seguridad no mentían: intento de homicidio y omisión de socorro.

Hoy, Ricardo y Camila comparten algo que no pueden comprar con dinero ajeno: una celda fría. Yo, por mi parte, ya no miro espejos rotos. Miro los ojos de mi hijo, Augusto Junior, y dirijo una fundación que ayuda a mujeres a recordar que nadie, absolutamente nadie, tiene el poder de romperte si tú eres la dueña del imperio.

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