“La Novia Gigante y el Vaquero Virgen: Un Reto Bajo las Sábanas”

“La Novia Gigante y el Vaquero Virgen: Un Reto Bajo las Sábanas”

En las vastas llanuras del viejo oeste, donde el sol quema la tierra como un hierro al rojo vivo y los coyotes aúllan bajo la luna llena, vivía un joven vaquero llamado Juanito Rivera. Apenas tenía 22 años, con el sombrero calado hasta las cejas y un bigote incipiente que intentaba disimular su inexperiencia. Había heredado un ranchito modesto en las afueras de un pueblito polvoriento llamado Río Seco, justo en la frontera entre Texas y México.

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La vida de Juanito era sencilla, pero solitaria. Arrear ganado, reparar cercas y soñar con una compañera que llenara el vacío de su existencia eran sus únicas ocupaciones. Sin embargo, había algo que lo atormentaba en secreto: su total inexperiencia en el amor. Nunca había tocado la mano de una mujer, y mucho menos experimentado la cercanía de una. Este hecho lo llenaba de vergüenza, un secreto que guardaba como un tesoro enterrado bajo el desierto.

Un día, harto de la soledad y de las miradas burlonas de los hombres del pueblo, Juanito tomó una decisión. En una revista que un comerciante ambulante había dejado en el pueblo, encontró anuncios de agencias matrimoniales que ofrecían novias por correo. Mujeres de distintas partes del país, que buscaban un nuevo comienzo al lado de un hombre trabajador. Entre los anuncios, uno llamó su atención: “Rosalía Mendoza, mujer fuerte, de buen corazón, con curvas que desafían la gravedad y una estatura que impone respeto.” El anuncio no especificaba cuánto respeto ni cuán imponente era esa estatura, pero algo en esas palabras le pareció diferente. Pagó los 50 dólares requeridos con los ahorros que tenía y esperó, nervioso como un potrillo en su primer rodeo.

La Llegada de Rosalía

Semanas después, el tren llegó a la estación de Río Seco con un estruendo que sacudió el polvo del aire. Juanito, vestido con su mejor camisa a cuadros y botas lustradas, esperaba en el andén con el corazón latiendo como un tambor. Cuando la puerta del vagón se abrió, todos los presentes quedaron boquiabiertos. Rosalía Mendoza no era como nadie había imaginado. No era solo alta, era una giganta.

Rosalía medía al menos tres metros de altura. Sus músculos abultaban bajo un vestido marrón de gamuza que apenas contenía su figura voluptuosa. Su cabello negro caía como una cascada sobre hombros anchos como yugos de bueyes, y sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de curiosidad y determinación. Cuando bajó del vagón, su mera presencia hizo que los hombres retrocedieran y que los niños se escondieran detrás de sus madres.

—¿Eres tú, Juanito Rivera? —preguntó Rosalía con una voz profunda, resonante como el trueno en las sierras.

Juanito levantó la vista, y levantó, y levantó más hasta que su cuello crujió. Tragó saliva y, con las piernas temblando, respondió:

—Sí, señora… soy yo. Bienvenida a Río Seco.

Rosalía sonrió, revelando dientes blancos y perfectos. Se agachó un poco para mirarlo de cerca, y su sombra lo cubrió como una nube de tormenta.

—Llámame Rosalía, mi amor. Vengo de las montañas de Chihuahua, donde las mujeres como yo crecemos fuertes por el aire puro y la sangre india. Dime, ¿estás listo para casarte conmigo?

Juanito asintió, aunque su corazón latía como un tambor de guerra. La llevó al rancho en su carreta, pero Rosalía prefirió caminar a su lado. Sus pasos hacían temblar la tierra, y los vecinos murmuraban al verla pasar: “¿De dónde salió esa giganta? ¿Es una bruja o qué?” Pero Juanito, aunque asustado, no podía apartar la vista de ella. Rosalía era hermosa, imponente, como una diosa descendida de las leyendas aztecas.

Una Nueva Vida Juntos

Al llegar al rancho, Rosalía inspeccionó el lugar con una mirada crítica. Observó el corral con vacas, las montañas al fondo y el aire seco y cálido. Luego, se quitó el sombrero que llevaba, uno enorme hecho a medida, y lo colgó en la cerca.

—Este será nuestro hogar, Juanito. Pero dime, ¿por qué un chamaco como tú pidió una novia por correo? ¿No hay mujeres en este pueblo?

Juanito se sonrojó, mirando al suelo.

—Pues… las mujeres del pueblo me ven como un niño. Nunca he… ya sabes, tenido una relación cercana con una mujer.

Rosalía soltó una carcajada que resonó en las colinas.

—Ay, mi inexperto. No te preocupes, yo te enseñaré todo. Pero primero hay que arreglar este ranchito. Está hecho un desmadre.

Desde ese día, Rosalía transformó el rancho con su increíble fuerza. Levantaba troncos como si fueran palillos, reparaba cercas en minutos y arreaba el ganado con solo una mirada. Juanito la observaba asombrado mientras ella le contaba historias de su tierra, de cómo había crecido en un pueblo remoto de Chihuahua, alimentada con maíz y frijoles especiales que, según decía, eran una bendición de los dioses.

Por las noches, sentados junto al fuego, Rosalía se acercaba a Juanito, su cuerpo cálido y masivo envolviéndolo como una manta. Pero Juanito, nervioso, retrocedía.

—¿Qué pasa, mi amor? ¿No me deseas? —preguntaba Rosalía.

—Sí, pero… eres tan grande. Tengo miedo de no saber qué hacer.

Rosalía suspiraba, paciente como una montaña.

—El tamaño no importa, Juanito. Lo que importa es el corazón. Y el tuyo late fuerte por mí, lo siento.

El Ataque de los Bandidos

Una tarde, mientras arreaban el ganado hacia el corral, un grupo de bandidos apareció en el horizonte. Eran los famosos Coyotes del Desierto, liderados por el temible Pancho “El Loco”, un forajido con cicatrices en la cara y un revólver plateado. Habían oído rumores de la giganta y venían a robar el rancho, pensando que Juanito era un blanco fácil.

—¡Entreguen el ganado o mueran! —gritó Pancho, apuntando con su arma.

Juanito tembló, sacando su viejo rifle, pero Rosalía se interpusó, su figura eclipsando el sol.

—¿Quieren el ganado? ¡Vengan por él! —gruñó.

Los bandidos rieron, pero su risa se cortó cuando Rosalía cargó contra ellos. Con un puño derribó a dos caballos. Con el otro, lanzó a un bandido por los aires. Pancho disparó, pero la bala rebotó en su vestido reforzado con cuero. Rosalía lo agarró por el cuello como a un pollo.

—Diles a tus amigos que este rancho está protegido por una giganta mexicana. ¡Váyanse de aquí!

Los bandidos huyeron despavoridos, dejando atrás sus sombreros. Juanito la miró con admiración.

—Eres increíble, Rosalía.

Ella lo levantó en brazos como a un niño y lo besó apasionadamente.

—Y tú eres mi héroe, inexperto.

El Amor de la Giganta y el Vaquero

Esa noche, bajo las estrellas, Juanito confesó su miedo. Rosalía lo escuchó y, con gentileza, comenzó a guiarlo. Sus manos enormes lo abrazaban con cuidado, enseñándole los secretos del cariño profundo. Lo que siguió fue una noche de descubrimientos, de abrazos y besos que hicieron temblar las paredes del rancho.

Con el tiempo, Juanito dejó de ser inexperto. Rosalía, con su paciencia y amor, le enseñó que el verdadero amor no se mide en tamaño ni en fuerza, sino en el respeto y la conexión entre dos almas. Juntos enfrentaron más desafíos, desde el regreso de los bandidos hasta los prejuicios del pueblo. Pero su amor, más grande que cualquier montaña, los mantuvo unidos.

Años después, el rancho de los Rivera-Mendoza era el más próspero de la región. Tuvieron tres hijos, todos tan altos como su madre y tan valientes como su padre. Rosalía y Juanito demostraron que, en las llanuras del viejo oeste, el amor verdadero no conoce límites ni tamaños. Porque, al final, el corazón es el único que importa.

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