Alejandro detuvo el motor de su sedán blindado a unos cincuenta metros de la entrada principal de su propia mansión. El silencio dentro del habitáculo era absoluto, un contraste abrumador con el caos que rugía en su cabeza. Se suponía que en ese preciso instante debería estar acomodándose en un asiento de primera clase rumbo a Londres, preparándose para cerrar la fusión bancaria más agresiva y lucrativa de la última década. Era el tipo de negocio que definía carreras, el tipo de éxito que saldría en las portadas de todas las revistas financieras. Sin embargo, una cancelación fortuita en la junta directiva le había regalado algo que su inmensa fortuna nunca había podido comprarle: tiempo. Una tarde libre. Un paréntesis en una vida cronometrada al segundo.
Decidió no avisar a nadie. Quería que fuera una sorpresa. Durante el trayecto desde la oficina, se había permitido imaginar la escena: Isabel, su prometida, esa mujer de elegancia inmaculada y sonrisa de portada de revista, recibiéndolo con un abrazo cálido. Imaginaba a sus hijos, los gemelos Lucas y Mateo, corriendo hacia él, rompiendo esa barrera de frialdad que se había instalado en la casa desde la muerte de su madre hace dos años.

Pero mientras bajaba del auto y decidía entrar por el acceso lateral del jardín —aquel viejo portón de hierro oxidado que los jardineros usaban para no ensuciar la entrada principal—, una sensación de pesadez se instaló en su estómago. Era un nudo visceral, una intuición oscura que intentó ignorar.
Durante los últimos seis meses, la narrativa en su hogar había cambiado drásticamente. Isabel le repetía cada noche, con una voz cargada de falsa preocupación, que los niños eran “ingobernables”. Le hablaba de rabietas violentas, de traumas psicológicos profundos que los hacían agresivos, de cómo rompían cosas y gritaban sin razón. Alejandro, devorado por la culpa de su viudez y su ausencia laboral, había creído cada palabra. Había empezado a ver a sus propios hijos como pequeños desconocidos rotos, y había aceptado la sugerencia de Isabel de mantener cierta distancia para “no alterar su equilibrio emocional”.
Al cruzar el arco de hiedra que separaba el mundo exterior de su jardín trasero, la escena que se desplegó ante sus ojos lo golpeó con la fuerza de un impacto físico. Su maletín de cuero italiano resbaló de sus dedos, cayendo al césped con un golpe sordo que nadie escuchó.
No había gritos. No había objetos rotos. No había histeria.
Lo que había era risa. Una risa pura, cristalina, contagiosa, un sonido que Alejandro creía extinto en esa mansión que más parecía un museo que un hogar.
Allí, en los columpios de madera, Lucas y Mateo volaban hacia el cielo. Sus cabezas estaban echadas hacia atrás, sus bocas abiertas en carcajadas de felicidad absoluta, bañados por la luz dorada del atardecer. Y empujándolos, no estaba Isabel. Estaba Elena.
Elena, la nueva empleada doméstica que Isabel había contratado hacía apenas un mes con la excusa de que “nadie más tiene estómago para aguantar a tus bestias”. Elena, con su uniforme azul sencillo y un delantal blanco que ya mostraba manchas de pasto y tierra. Esa mujer, que solía bajar la mirada con timidez cuando él entraba en una habitación, ahora corría de un lado a otro con una energía inagotable. Empujaba a Lucas, corría para impulsar a Mateo, y hacía muecas divertidas que provocaban nuevas oleadas de alegría en los pequeños.
Alejandro, sintiéndose un intruso en su propia felicidad, se ocultó detrás del tronco grueso de un roble centenario. Desde allí, invisible, se convirtió en testigo de la verdad. Vio cómo Elena detenía el columpio de Mateo con suavidad infinita para secarle el sudor de la frente con la manga de su propio vestido. No usó un pañuelo de seda, usó su propia ropa, un gesto de intimidad maternal que le estrujó el corazón al millonario.
Vio cómo Lucas, al bajar del columpio, tropezaba y se raspaba la rodilla. Alejandro se tensó, esperando el llanto histérico y descontrolado que Isabel siempre describía. Pero Lucas no gritó. Solo hizo un puchero y miró a Elena. Ella no lo regañó por ser torpe. Se arrodilló en el pasto, sin importarle mancharse, y sopló sobre la herida. —Sana, sana, colita de rana —cantó ella, dándole un beso sonoro en la rodilla—. ¿Ya está curado el valiente? Lucas asintió, riendo entre lágrimas, y la abrazó.
La disparidad entre los informes de terror de su prometida y la realidad idílica frente a sus ojos era abismal. Elena era la fuente de luz de sus hijos. Isabel, la mujer perfecta, era la sombra.
De repente, la magia se rompió. El sonido agudo de unos tacones altos golpeando el camino de piedra resonó como disparos en el jardín.
Alejandro vio cómo la postura de Elena cambiaba instantáneamente; se puso rígida, el miedo reemplazando a la alegría. Los niños, por instinto, dejaron de reír y se agruparon detrás de las piernas de la empleada. Isabel apareció en la terraza. Llevaba un vestido de cóctel impoluto y gafas de sol oscuras. No caminaba, marchaba.
—¡Es increíble! —la voz de Isabel cortó el aire, cargada de desprecio—. Te pago para limpiar, inútil, no para jugar a la mamá sustituta. ¡Míralos! Están sucios como cerdos. Alejandro llega en cualquier momento y si ve este desastre…
Isabel bajó los escalones y agarró a Mateo por el brazo con una brusquedad que hizo que el niño soltara un gemido de dolor. —¡Vengan aquí ahora mismo, mocosos! —Por favor, señorita, no lo jale así —suplicó Elena, interponiendo su cuerpo humilde entre la mano enjoyada de la dueña y el niño—. Solo estaban tomando aire, yo los limpio en un minuto. —¿Tú me vas a decir cómo tratar a estos salvajes? —Isabel levantó la mano y empujó a Elena por el hombro—. Vete a la cocina antes de que te despida y te asegures de no volver a trabajar en esta ciudad.
Alejandro sintió que la sangre le hervía en las venas. La mujer con la que planeaba casarse en dos semanas no solo era una mentirosa; era un monstruo. Y la empleada que apenas conocía era el único escudo humano que tenían sus hijos. Podía salir ahora, gritar, despedir a Isabel y terminar con la farsa. Pero su instinto de tiburón financiero, ese que le permitía detectar fraudes millonarios, le dijo que no era suficiente. Isabel era astuta. Si él salía ahora, ella lloraría, culparía al estrés de la boda, diría que Elena la provocó.
Necesitaba más. Necesitaba ver la oscuridad completa. Necesitaba que ella se quitara la máscara por completo y, para eso, tenía que tenderle una trampa. Alejandro ajustó su corbata, compuso su rostro en una máscara de ignorancia y dio un paso fuera de las sombras, sabiendo que lo que estaba a punto de descubrir esa noche podría destruir su vida o salvarla para siempre.
—¡Isabel! —la voz de Alejandro retumbó en el jardín, potente, fingiendo una sorpresa jovial.
El efecto fue inmediato y aterradoramente perfecto. Isabel soltó el brazo de Mateo como si quemara y giró sobre sus talones. En una fracción de segundo, digna de la mejor actriz de Hollywood, su rostro contorsionado por la furia se transformó en una sonrisa radiante y amorosa. Corrió hacia él con los brazos abiertos, el movimiento de su vestido ocultando la tensión de sus músculos.
—¡Mi amor! —exclamó ella, lanzándose a su cuello y dándole un beso que a Alejandro le supo a ceniza y traición—. ¡Qué sorpresa maravillosa! Pensé que ya estabas en el aire. ¡Gracias a Dios que llegaste!
Alejandro la sostuvo por la cintura, sintiendo el deseo irrefrenable de apartarla, pero se obligó a sonreír. —Se canceló la primera reunión. Tengo unas horas antes de irme definitivamente. ¿Qué pasaba? Te escuché gritar.
Isabel suspiró, componiendo un gesto de víctima sufrida. Señaló a Elena, quien permanecía con la cabeza baja, temblando, abrazando a los gemelos que miraban a su padre con miedo. —Oh, Alejandro, no te imaginas. Llegué al jardín y encontré a esta mujer… durmiendo en el banco. ¡Durmiendo! Mientras los niños estaban trepando la reja que da a la calle. Mateo ya tenía una pierna afuera. Si yo no hubiera llegado en ese segundo… casi mueren, Alejandro.
La mentira era tan elaborada, tan detallada y dicha con tal convicción que Alejandro sintió un vértigo frío. Si él no hubiera estado escondido detrás del roble, si no hubiera visto a Elena correr y sudar jugando con ellos, lo habría creído. Habría despedido a la única persona que amaba a sus hijos.
Miró a Elena. Ella no se defendió. No gritó “¡Mentirosa!”. Solo apretó a los niños contra su delantal y bajó la vista. —¿Es eso cierto? —preguntó Alejandro, dirigiéndose a la empleada, probando su lealtad. Elena levantó la mirada. Sus ojos oscuros estaban llenos de lágrimas, pero también de una resignación digna. Sabía que si contradecía a la futura señora, sería despedida en el acto, y dejaría a los niños solos con la madrastra. —Lo siento mucho, señor —susurró ella, aceptando una culpa que no era suya—. No volverá a pasar. Asumo la responsabilidad.
Alejandro sintió un nudo en la garganta. Esa mujer estaba sacrificando su dignidad, su trabajo y su honor solo para permanecer un día más protegiendo a unos niños que no eran suyos.
—¿Lo ves? Ella misma lo admite —dijo Isabel con triunfo—. Deberíamos echarla ahora mismo, amor. Es un peligro.
—No —cortó Alejandro, fingiendo cansancio—. No tengo tiempo para buscar reemplazos ahora y no quiero dejarte sola con todo el trabajo antes de la boda. Elena se queda hasta que yo vuelva de Londres.
Isabel intentó protestar, pero Alejandro se mostró firme. Se despidió de los niños rápidamente, notando cómo se aferraban a Elena y no a él, lo cual le dolió más que cualquier golpe. Besó a Isabel en la mejilla, prometiéndole que la llamaría al aterrizar, y subió a su auto.
—Al aeropuerto, Roberto —ordenó en voz alta, para que Isabel lo escuchara mientras el auto arrancaba.
El sedán negro cruzó el portón principal y se alejó por la carretera. Isabel se quedó en la entrada, saludando con la mano hasta que el auto desapareció en la curva. Entonces, su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mueca de asco. Se limpió la mejilla donde Alejandro la había besado.
Dentro del auto, a un kilómetro de distancia, la atmósfera cambió radicalmente. —Roberto, detente —ordenó Alejandro. Su voz ya no era la del novio complaciente; era la de un general en guerra—. Da la vuelta. Apaga las luces. Entra por el camino de servicio trasero y estaciónate donde no nos vean desde la casa. Y pásame la tablet conectada al sistema de seguridad.
El chófer, un hombre leal que llevaba años con la familia, obedeció sin hacer preguntas. El auto se deslizó como una sombra bajo la lluvia que comenzaba a caer, regresando a la boca del lobo.
Alejandro encendió la pantalla de alta resolución. Sus manos temblaban ligeramente. Lo que vio en los monitores confirmó que estaba viviendo con una sociópata.
Apenas cerró la puerta principal, Isabel se transformó. Se quitó los tacones de un puntapié, lanzándolos contra una pared valiosa sin importarle el daño. Sacó su teléfono y marcó un número con rapidez. —¡Por fin se largó el imbécil! —gritó Isabel, y su voz, captada por los micrófonos de alta fidelidad del vestíbulo, llenó el interior del coche—. Dios mío, qué hombre tan insoportable con sus discursos de moralidad. Ven para acá, Carlos. Ahora mismo. Tenemos la casa libre por tres días. Trae el champán, el caro.
Alejandro apretó la mandíbula. ¿Carlos? —Y escucha —continuó Isabel, caminando hacia el bar y sirviéndose un whisky del decantador de Alejandro—, trae los papeles del internado en Suiza. Quiero firmar esa basura de una vez. Mañana mismo quiero que se lleven a los bastardos. Voy a decirle a Alejandro que se escaparon o que hubo una emergencia. Me da igual. No pienso aguantarlos ni un día más.
El corazón de Alejandro se detuvo un segundo. No era solo negligencia. Era un plan activo para deshacerse de sus hijos. —¿Y la sirvienta? —preguntó la voz de un hombre al otro lado del altavoz del teléfono de Isabel—. Esa muerta de hambre no es problema. La tengo aterrorizada. Además, hoy la voy a usar de saco de boxeo si abre la boca.
Minutos después, un auto deportivo rojo llegó a la mansión bajo la lluvia. De él bajó un hombre joven, atractivo de una manera vulgar, con esa arrogancia de quien vive del dinero ajeno. Isabel lo recibió en la puerta. No hubo palabras, solo un beso apasionado y sucio en el mismo lugar donde minutos antes se había despedido de su prometido.
—Vamos arriba —dijo Isabel, riendo—. Pero antes, hay que limpiar la basura.
La pareja subió las escaleras. Alejandro cambió la cámara a la del pasillo del segundo piso. Vio a Elena parada frente a la puerta de la habitación de los niños. Parecía pequeña, frágil, pero estaba plantada con los pies firmes, bloqueando el paso. Había escuchado llegar al extraño.
Isabel y su amante, Carlos, llegaron al pasillo. —Vaya, vaya —dijo Carlos, mirando a Elena con lascivia—. ¿Esta es la famosa Elena? —Quítate de ahí —ordenó Isabel—. Voy a bajar a los niños al sótano. Vamos a tener una fiesta y no quiero escuchar sus lloriqueos. El sótano está insonorizado. —No —dijo Elena. Su voz temblaba, pero era clara—. El sótano es helado y hay humedad. Mateo tuvo una crisis de asma la semana pasada. No pueden estar ahí. Déjelos dormir, prometo que no harán ruido.
—¿Te atreves a negociar conmigo en mi casa? —Isabel avanzó y le propinó una bofetada sonora a Elena. La cabeza de la empleada giró violentamente, pero no se movió de la puerta. —No van a entrar —repitió Elena, con lágrimas en los ojos pero con fuego en el alma—. El señor Alejandro me dejó a cargo. Tendrán que pasar sobre mí.
Carlos se rió y se tronó los dedos. —Como quieras, niña. El hombre avanzó, agarró a Elena por los hombros y la lanzó con fuerza brutal hacia la pared opuesta. El cuerpo de Elena golpeó contra el yeso con un sonido seco y cayó al suelo, aturdida. —¡Mamá! —el grito de Lucas desde adentro de la habitación atravesó el monitor. No llamaba a su madre muerta. Llamaba a Elena.
Ese grito pareció inyectarle adrenalina a la empleada. Cuando Carlos puso la mano en el pomo de la puerta, Elena se lanzó desde el suelo, arrastrándose, y se aferró a los tobillos del hombre con desesperación. —¡No! ¡No les haga daño! —gritaba ella, siendo arrastrada por el suelo. —¡Suéltame, maldita loca! —Carlos le lanzó una patada a las costillas. Elena se dobló de dolor, jadeando, pero no soltó el agarre. Seguía siendo el ancla, el último muro de defensa.
Dentro del auto, Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él. Ya no era el empresario calculador. Era un padre. Y era un hombre viendo a una mujer dar la vida por su sangre. —¡Roberto! —rugió Alejandro, con una voz que hizo temblar al chófer—. ¡Arranca! ¡Ahora! —¿A la entrada, señor? —¡No! ¡Atraviesa el jardín! ¡Rompe el ventanal! ¡Quiero estar adentro en diez segundos!
El motor V8 del auto blindado rugió como un león herido. Los neumáticos chirriaron contra el asfalto mojado. El auto salió disparado, no hacia el camino de entrada, sino directo a través de los parterres de flores, destrozando los rosales perfectos de Isabel. Subió los tres escalones de piedra de la terraza trasera y, con un estruendo ensordecedor de cristales rotos y madera astillada, el auto se estrelló contra las puertas francesas de la sala principal, irrumpiendo en el vestíbulo de la mansión.
El impacto sacudió los cimientos de la casa. El auto se detuvo en medio de la sala, cubierto de vidrios y escombros, con el capó humeante. Arriba, el estruendo paralizó a Isabel y a Carlos. —¿Qué demonios fue eso? —gritó Isabel.
La puerta del conductor se abrió. Alejandro salió. No se arregló el saco. No se limpió la sangre de un pequeño corte en la frente provocado por el impacto. Subió las escaleras de dos en dos, con los ojos inyectados en una furia fría y asesina.
Al llegar al pasillo, vio a Elena en el suelo, sosteniéndose el costado, llorando. Vio a Carlos intentando recuperar la compostura y sacando una navaja pequeña del bolsillo, un gesto patético de bravuconería. —Oye, amigo, tranquilo… tu mujer me invitó… —empezó a decir Carlos.
Alejandro no se detuvo. No dijo una palabra. Se abalanzó sobre el intruso con la fuerza de un tren. Con un movimiento fluido, desvió la mano de la navaja y conectó un puñetazo directo en la mandíbula de Carlos. El sonido del hueso crujiendo fue satisfactorio. Carlos cayó al suelo como un saco de papas, inconsciente antes de tocar la alfombra.
Isabel soltó un alarido y retrocedió, chocando contra la pared, pálida como la muerte. —¡Alejandro! ¡Escúchame! ¡No es lo que parece! —empezó a balbucear, las lágrimas falsas brotando automáticamente—. ¡Él entró a robar! ¡Estaba intentando secuestrarnos! ¡Elena le abrió la puerta! ¡Ella es su cómplice!
Alejandro ni siquiera la miró. Se arrodilló junto a Elena. —Elena… —su voz se quebró. Tocó suavemente el hombro de la mujer—. ¿Estás bien? Ella levantó la vista, temblando incontrolablemente. —Los niños… —susurró, con la voz rota por el dolor de las costillas—. No dejé que entraran, señor. No dejé que los tocaran. —Lo sé —dijo Alejandro, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Lo vi todo. Perdóname. Perdóname por haber tardado tanto.
Roberto y el equipo de seguridad entraron corriendo por la escalera, armas en mano. —Llévense a esa basura —dijo Alejandro señalando a Carlos—. Y llamen a la policía. Díganles que tengo un intruso y un caso de abuso infantil en flagrancia.
Isabel intentó correr hacia su habitación, pero Alejandro se levantó y le bloqueó el paso. Su mirada era tan gélida que ella se encogió. —Tú no vas a ninguna parte. —¡Soy tu prometida! ¡Soy la dueña de esta casa! —gritó ella, intentando recuperar su arrogancia—. ¡Voy a llamar a la prensa! ¡Les diré que me golpeaste! ¡Les diré que tú y la sirvienta son amantes! ¡Te voy a destruir, Alejandro!
—Hazlo —dijo Alejandro con una calma terrorífica—. Llama a quien quieras.
Una hora después, la mansión estaba rodeada. Luces azules y rojas de las patrullas policiales rebotaban contra la fachada de piedra. Pero también había furgonetas de noticias. Isabel había cumplido su amenaza; mientras la policía interrogaba a Carlos, ella había enviado mensajes a sus contactos en la prensa. Salió de la casa esposada, sí, pero gritando ante las cámaras que se agolpaban en la reja, con el maquillaje corrido y actuando el papel de su vida.
—¡Es un monstruo! —sollozaba Isabel ante los micrófonos—. ¡Me golpeó! ¡Encontré a mi prometido con la sirvienta y cuando los confronté, intentaron matarme! ¡Soy una víctima de violencia de género!
La multitud de periodistas comenzó a murmurar, las cámaras apuntaban a la casa con acusación. La narrativa de “mujer rica víctima de marido poderoso” era jugosa. Alejandro estaba a punto de ser linchado mediáticamente.
Alejandro salió al pórtico principal. Llevaba a Elena del brazo. Ella caminaba con dificultad, pero con la cabeza alta. Él no se escondió. Caminó hasta el borde de las escaleras, frente a la jauría de prensa y policía. —Señor Valdés, ¿es cierto que golpeó a su prometida? —gritó un reportero. —¿Tiene una relación con su empleada?
Alejandro sacó su tablet. Conectó el dispositivo a los altavoces de seguridad externos que retumbaban en todo el jardín delantero. —No voy a dar declaraciones —dijo Alejandro—. Voy a mostrar la verdad.
Presionó play.
La voz de Isabel, nítida, cruel y vulgar, llenó la noche lluviosa. “Mañana mismo quiero que se lleven a los bastardos… Enciérralos en el sótano… Esa muerta de hambre no es problema…” Luego, el video se proyectó en una pantalla grande que la seguridad había desplegado. Todos vieron a Isabel golpeando a Elena. Todos vieron a Carlos pateando a la mujer en el suelo. Todos vieron la valentía de la “sirvienta” y la maldad de la “dama”.
El silencio que cayó sobre la calle fue absoluto. Isabel dejó de gritar. Se quedó congelada, sabiendo que su vida social y su libertad acababan de terminar. La policía, que había estado dudando, la empujó dentro de la patrulla sin delicadeza. La prensa cambió instantáneamente el foco, bombardeándola con preguntas sobre el maltrato infantil.
Alejandro apagó la tablet y se giró hacia Elena. —Se acabó —dijo él.
Esa noche, la casa estaba tranquila, pero era una tranquilidad dolorosa. El médico de la familia había vendado las costillas de Elena y le había ordenado reposo absoluto. Alejandro la instaló en la habitación de huéspedes principal, la más lujosa de la casa. Los gemelos se negaron a soltarla, así que durmieron a su lado, aferrados a sus brazos como náufragos a una balsa.
Alejandro velaba su sueño desde un sillón en la penumbra. Se sentía sucio, culpable. Vio el bolso humilde de Elena en el suelo. La curiosidad pudo más que él y lo abrió. Dentro encontró un tupperware vacío, un rosario barato y un papel arrugado: una orden de desalojo. Elena debía tres meses de renta en una habitación miserable al otro lado de la ciudad. La fecha límite era mañana.
Alejandro cerró los ojos, sintiendo que el corazón se le partía. Esa mujer estaba a punto de quedarse en la calle. Soportaba el hambre, el maltrato de Isabel y el dolor físico solo para ganar unos pesos y no perder su techo. Y aun así, cuando tuvo la opción de huir y salvarse, eligió quedarse a recibir golpes por unos niños ricos que no eran su sangre.
Alejandro sacó su teléfono y envió un mensaje a su abogado: “Compra el edificio de la calle San Juan, número 404. Ahora. Y cancela todas las deudas de los inquilinos.”
A la mañana siguiente, la luz del sol entró por la ventana, prometiendo un nuevo comienzo. Elena despertó asustada, intentando levantarse para preparar el desayuno, pero el dolor la detuvo. —Quieta —dijo Alejandro, acercándose con una bandeja de comida—. Hoy nadie trabaja. —Señor, tengo que irme… el escándalo… lo que dirán de usted… —Que digan lo que quieran —dijo Alejandro, sentándose en el borde de la cama. Tomó las manos de Elena, esas manos ásperas y trabajadoras que habían acariciado a sus hijos cuando él no estaba—. Elena, vi el aviso de desalojo. Ella se puso roja de vergüenza y bajó la cabeza. —No tienes que volver ahí. Compré el edificio. Nadie te va a echar. Elena lo miró con los ojos muy abiertos, incrédula. —Pero… hay algo más. No quiero que vuelvas a ese lugar. Quiero que vivas aquí. —¿Como empleada interna? —preguntó ella tímidamente. —No —dijo Alejandro con firmeza—. Como la tutora legal de mis hijos. Como parte de esta familia. Te necesito, Elena. Mis hijos te necesitan. Tú les devolviste la risa cuando yo solo les daba dinero. Tú fuiste la madre que ellos perdieron y la protectora que yo no supe ser.
Elena rompió a llorar, y los niños, despertando con el ruido, la abrazaron. Alejandro se unió al abrazo, cerrando un círculo que había estado roto por demasiado tiempo.
Seis meses después.
El jardín de la mansión Valdés estaba irreconocible. Donde antes había rosales perfectos pero intocables, ahora había juguetes, un fuerte de madera y flores silvestres. Alejandro llegó temprano del trabajo, una costumbre que había adoptado sagradamente.
Caminó hacia el roble centenario. Allí estaban. Lucas y Mateo en los columpios, más altos, más fuertes, riendo con esa libertad que solo da el sentirse amado. Y empujándolos, estaba Elena. Ya no llevaba uniforme. Llevaba un vestido sencillo de flores, el cabello suelto y una luz en la mirada que opacaba al sol.
Alejandro se acercó. Los niños corrieron a abrazarlo, manchando su traje caro con manos llenas de tierra, y a él no le importó en absoluto. —Hola, papá. Elena dice que si no te apuras, nos comemos todo el helado. Alejandro rió y caminó hacia ella. La conexión entre ellos había crecido día a día, en las cenas compartidas, en las noches cuidando la fiebre de los niños, en las charlas largas sobre la vida.
—Llegas temprano —dijo ella, sonriendo. —Tengo una reunión importante —respondió él, nervioso como un adolescente. Se arrodilló allí mismo, en el pasto. Sacó una cajita de su bolsillo. No era un diamante vulgar y enorme como el de Isabel. Era un anillo delicado, con una esmeralda brillante, el color de la esperanza.
—Elena —dijo Alejandro, y su voz tembló—. Me enseñaste que el dinero no compra la lealtad, ni el amor, ni la felicidad. Me salvaste la vida al salvar a mis hijos. No quiero pasar ni un día más sin que seas oficialmente la señora de esta casa, no por título, sino porque eres el corazón de ella. ¿Te casarías conmigo?
Elena miró a los niños, que saltaban emocionados, y luego a él. —Sí —susurró ella, arrodillándose para abrazarlo—. Sí, acepto.
Mientras se besaban bajo la luz del atardecer, Alejandro supo que aquel día, seis meses atrás, cuando perdió un vuelo y encontró una pesadilla, en realidad había encontrado su destino. Y por primera vez en su vida, se sintió verdaderamente el hombre más rico del mundo.