El Ranchero Solitario Despertó a un Regalo Prohibido – Una Novia Apache que NO Pudo Resistir
El regalo prohibido
El sol del desierto se filtraba como cuchillos ardientes a través de las grietas de la vieja cabaña. Allí, en la penumbra, Jack Harlen, ranchero solitario y pistolero errante, despertó sobresaltado. Sobre su pecho, la mano firme y suave de una mujer india lo mantenía inmóvil. Al abrir los ojos, se encontró con el rostro de Naya, una apache de mirada profunda, oscura como un pozo sin fondo, y una sonrisa que prometía placer y muerte a partes iguales. En su mano brillaba un cuchillo, a centímetros de su garganta.
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Jack intentó recordar la noche anterior. Había cabalgado solo por las áridas llanuras de Nuevo México, huyendo de los fantasmas de su pasado: una esposa muerta en un asalto comanche, un rancho quemado por bandidos mexicanos. Era un hombre roto, buscando olvido en botellas de mezcal y en el silencio del desierto. Pero ahora, esa mujer apache, con trenzas adornadas de turquesa y vestido de piel raído, estaba a su lado, su cuerpo cálido presionado contra el suyo.
—Regalo prohibido —susurró Naya en español entrecortado, su aliento rozando la oreja de Jack.
El ranchero reaccionó instintivamente, tomando su revólver y apuntando al pecho de la intrusa. Pero ella no se inmutó. Se llamaba Naya, hija de un jefe apache masacrado por colonos blancos. Su tribu, diezmada, la había ofrecido como obsequio a Jack, el hombre que, sin saberlo, había salvado a su hermano en una emboscada meses atrás. Un regalo envenenado: si la aceptaba, sería enemigo de los federales; si la rechazaba, su clan lo cazaría como a un coyote.
Naya se levantó con gracia felina y señaló el horizonte, donde una nube de polvo se elevaba. Jinetes se acercaban: bandidos, sheriffs, daba igual, venían por Jack. Él había robado oro de un tren en la frontera, creyendo que nadie lo seguiría hasta la cabaña abandonada. Ahora, con Naya, todo se complicaba. ¿Aliada o traidora?
Corrieron hacia los caballos. Jack montó su semental negro y extendió la mano a Naya. Ella dudó, pero finalmente saltó detrás de él, rodeando su cintura con fuerza. Galoparon hacia las colinas rojas, el polvo levantándose como un velo de muerte, mientras los perseguidores gritaban como fantasmas.

En una cueva oculta en las montañas, refugio apache, Jack encendió una fogata. Naya se acercó y, con lentitud deliberada, desató su vestido, revelando cicatrices de batallas pasadas. Jack no pudo resistir. Sus labios se encontraron en un beso feroz. Dos piezas rotas encontrando su encaje perfecto bajo la mirada silenciosa del desierto.
Al amanecer, Naya sacó un mapa arrugado. —Tu oro está aquí, en la reserva apache. Mi padre lo escondió antes de morir. Pero hay un precio.
La reserva era territorio sagrado, vigilado por guerreros que odiaban a los blancos. Si entraban, sería una ruleta rusa: riqueza o muerte. —¿Por qué me ayudas? —preguntó Jack. Ella sonrió con misterio. —Para gobernar contigo. Seremos reyes en un reino de arena.
Cabalgando bajo el sol abrasador, encontraron un campamento abandonado, vaqueros masacrados por apaches renegados. Jack reconoció a uno, su viejo socio, traicionado por codicia. La tensión crecía. Cada mirada era una promesa de traición.
Al atardecer llegaron a la reserva, rodeados por guerreros con arcos tensados. El jefe, tío de Naya, dictó la prueba: un duelo al amanecer contra Toro Rojo, el mejor guerrero apache, por el derecho a la novia y al oro.
Esa noche, Naya le susurró: —Ataca su lado izquierdo, está herido. Sus besos eran adictivos, su cuerpo una trampa de miel. Pero Jack dudaba: ¿amor o manipulación?
Al alba, el duelo comenzó. Toro Rojo cargó, pero Jack, guiado por Naya, disparó y venció. Victoria. Pero entonces, gritos de traición. Naya había mentido: el oro era robado a la tribu. Había usado a Jack para vengar a su clan y eliminar a su rival interno.
El caos estalló. Jack y Naya huyeron a caballo, balas y flechas silbando. En una cañada, ella se volvió, cuchillo en mano. —Te usé, ranchero, pero ahora te necesito. Sus ojos suplicaban, vulnerables.
Galoparon hacia México bajo la luna sangrienta. Años después, en una hacienda remota de Sonora, vivían como forajidos casados. Ella, la novia apache irresistible; él, el ranchero que no pudo resistir el regalo prohibido. Pero cada noche, cuando el aliento de Naya rozaba su rostro, Jack se preguntaba cuándo llegaría la puñalada final. El desierto guardaba sus secretos y el viento susurraba promesas de traición.
En el viejo oeste, el amor era un revólver cargado, listo para disparar.