🌵 “El Juramento del Desierto”
El Grito
Lo primero que se escuchó aquella mañana fue un grito.
Agudo, quebrado, como si una cuerda vieja se partiera bajo demasiada tensión.
El eco rebotó contra la llanura seca de Kansas, atravesando el aire polvoriento que olía a pasto quemado y soledad.
Cuando uno levantaba la vista, allí estaba ella.
Una joven de no más de veintidós años, con la ropa rasgada, las rodillas magulladas y las muñecas atadas por encima de la cabeza a la rama muerta de un roble viejo. La rama temblaba con cada ráfaga de viento caliente. El sol la golpeaba sin piedad, convirtiendo cada respiración en un dolor nuevo.
Su nombre era Josie Hail.
Pero allí, colgada en aquel árbol solitario, parecía una sombra.
Como alguien a quien el mundo había decidido olvidar.
Moscas zumbaban alrededor de sus piernas.
Sus labios estaban partidos.
Un corte largo atravesaba su muslo, y la sangre seca caía hasta el tobillo como si la herida hubiera cedido antes que ella. No había comido desde el día anterior. No había dormido desde hacía dos noches.
Pero lo peor no era el hambre.
Ni la sed.
Ni la cuerda.
Lo peor era el miedo en sus ojos… y la forma en que intentaba desesperadamente ocultarlo.
A pocos pasos de ella, sentado en la hierba amarilla, había un sombrero de vaquero. Junto al sombrero, un hombre alto se mantenía de pie, observándola como quien mira una tormenta a punto de romperse.
Elias Ward, 48 años.
Dueño de Dry Creek Ranch.
Un hombre que había enterrado a una esposa y a una hija… y ahora cargaba la pérdida como otros hombres cargan herramientas.
La gente decía que Elias tenía un temperamento silencioso.
De esos que viven enterrados muy profundo… hasta que alguien patea la piedra equivocada.
Hoy, la piedra equivocada era esa muchacha.
Josie levantó la cabeza al sentir sus pasos acercarse.
Su voz tembló, pero la mantuvo firme:
—Si usted me afeita… lo mataré.
Las palabras cayeron como advertencia y súplica al mismo tiempo.
El sheriff detrás de Elias soltó una carcajada burlona, como si la amenaza de una chica amarrada no valiera ni medio dólar.
Pero Elias no rió.
Había visto ojos como los de ella.
Ojos que seguían luchando mucho después de que el cuerpo ya no podía.
El sheriff, aburrido, le dijo que se apurara.
Que la habían atrapado intentando robar un caballo en el establo de Chisum Trail.
Y que el castigo era simple: afeitarle la cabeza para avergonzarla y dejar que el pueblo decidiera el resto.
La gente comenzaba a reunirse alrededor.
Esperando el espectáculo.
Esperando la humillación.
Elias se agachó a recoger la navaja del kit.
Josie se estremeció cuando vio el brillo del metal.
Respiraba rápido.
Casi frenética.
Pero sus ojos no dejaron de clavarse en los de él.
—Si me afeita —susurró de nuevo—, se lo juro… lo mataré.
Y en ese instante, Elias vio algo que nadie más quiso ver.
Aquella chica no era una ladrona.
Era una muchacha aterrada.
Desesperada.
Y escondía una verdad tan grande que prefería morir antes que revelarla.
El aire cambió.
Y la historia también.
Capítulo 2: La Verdad
Elias ignoró las burlas del sheriff y de los curiosos.
Le preguntó a Josie:
—¿De dónde vienes?
—¿Por qué estabas cerca del establo?
Las palabras salieron de ella rápido, temblorosas, cargadas de dolor guardado demasiado tiempo.
—Nadie me preguntó nada.
—El sheriff no quiso escuchar.
—Solo necesitaba llegar a Fort Dodge antes que el hombre que… me compró.
El murmullo del público se apagó un momento.
Elias sintió un tirón en el pecho.
Josie continuó:
—Mi tío intentó venderme.
—Tres hombres vienen conmigo. Con él.
—Me persiguen desde hace dos días.
Elias cerró los ojos un instante.
El mal…
no siempre venía de desconocidos.
A veces dormía en la habitación de al lado.
Con la botella en la mesa.
Elias había vivido eso.
Demasiado cerca.
Demasiado tarde para salvar a su hija.
Miró las muñecas de Josie:
rojas, hinchadas, desgarradas por la cuerda.
Aquello no era obra de una ladrona.
Era obra de alguien que estaba huyendo de un infierno.
El sheriff lo presionó:
—La ley es la ley, Ward. Hazlo ya.
Josie cerró los ojos un instante.
Parecía frágil.
Derrotada.
Pero cuando los abrió…
El fuego seguía allí.
—Si corta esa cuerda —preguntó Elias—, ¿qué peligro cae sobre mí?
Josie tardó en responder.
Y cuando lo hizo, fue apenas un hilo de voz:
—Tres hombres… y mi tío.
—No se detienen.
—No perdonan.
—No dejan ir a nadie.
Elias sintió un escalofrío.
Aquello ya no era un castigo público.
Era una sentencia.
Pero entonces, un recuerdo subió por su espalda como un fantasma.
Recordó a su hija Ruth, tendida en una cama en Amarillo.
Su cabello cayéndose en mechones.
Su mano aferrada a la suya con la última fuerza que le quedaba.
—Protege a quien no pueda protegerse…
—aunque te cueste algo…
—aunque te deje una cicatriz.
Elias abrió los ojos.
Miró a Josie.
Y decidió.
Capítulo 3: La Decisión
Bajó la navaja.
Lento.
Firme.
El sheriff dio un paso, furioso:
—Ward, ¿qué demonios estás haciendo?
Elias no respondió.
Levantó la navaja…
y con un movimiento rápido…
¡CRAC!
La cuerda cayó.
Josie se desplomó hacia adelante.
Pero Elias la atrapó antes de que sus rodillas golpearan el polvo.
Respiró como alguien que acababa de regresar de la muerte.
El silencio cayó sobre la gente.
Hasta el sheriff se quedó quieto.
Elias la sostuvo con cuidado.
Josie lo miró con una mezcla de miedo, confusión… y esperanza.
Por primera vez desde que la colgaron, sus ojos no parecían gritar.
Capítulo 4: La Huida
Elias le ofreció su mano.
—Nos vamos.
La multitud retrocedió, sorprendida.
Nadie quería interponerse entre ese hombre y su decisión.
—¡Deténganlos! —gritó el sheriff.
Pero nadie se movió.
Todos conocían a Elias Ward.
Y nadie quería ser el tonto que se pusiera en su camino.
Él ayudó a Josie a montar su caballo.
Ella apenas podía mantenerse sentada.
Temblaba todavía, pero el agua de la cantimplora la ayudó a recuperar el aliento.
Un disparo estalló detrás de ellos.
La bala levantó tierra a pocos metros del caballo.
Elias clavó los talones y la montura saltó como una flecha hacia la llanura.
A sus espaldas, el sheriff gritaba:
—¡Formen una partida! ¡Atrápenlos!
Pero ya era tarde.
Elias y Josie cabalgaban hacia el horizonte abierto.
Hacia la libertad…
o hacia la muerte.
Capítulo 5: Un Lugar para Respirar
Cabalgaban sin detenerse hasta llegar a una pequeña elevación cerca del río Arkansas.
Allí, Elias bajó a Josie del caballo como quien sostiene algo frágil.
—Ya estás a salvo —murmuró él.
Josie intentó responder…
pero las emociones la golpearon todas de golpe.
Se cubrió el rostro y lloró.
No de dolor.
No de miedo.
Lloró porque por primera vez en mucho tiempo…
alguien la había visto.
Elias se sentó junto a ella.
No habló.
Solo esperó.
Cuando ella recuperó el aliento, él dijo:
—La gente no nace rota.
—La rompen.
—Pero alguien puede ayudarte a enderezarte.
Josie lo miró.
Y por un instante…
confió.
Capítulo 6: La Sombra en el Horizonte
El viento cambió.
Y con él, algo más.
Lejos, muy lejos…
un pequeño polvo se levantaba en la llanura.
No era el viento.
No era ganado.
Eran caballos.
Eran ellos.
Josie palideció.
Elias se levantó.
—Van a alcanzarnos.
Josie tragó saliva.
—¿Qué hacemos?
—Lo que haya que hacer.
Elias ajustó la montura, le entregó una manta, y la subió de nuevo al caballo.
—Vamos a Dry Creek —dijo él—.
—Allí tengo armas. Y un terreno que conozco mejor que nadie.
Josie sintió miedo…
pero no del mismo tipo de antes.
No miedo de volver a caer en manos malas.
Sino miedo de perder al único hombre que había apostado por ella.
Capítulo 7: Dry Creek Ranch
El rancho de Elias aparecía al borde de la tarde.
Rodeado de vallas viejas, campos secos y un establo que había visto mejores días.
Elias desmontó primero.
Ayudó a Josie a bajar.
Le dio de beber, revisó sus heridas con manos fuertes pero cuidadosas.
Ella lo observó en silencio.
Era un hombre marcado.
Herido por pérdidas que nunca terminaban de irse.
Pero había en él una extraña dulzura escondida bajo toda la tierra, la soledad y la culpa.
Elias preparó el rifle, revisó municiones y colocó trampas alrededor del rancho.
Josie preguntó:
—¿Por qué hace todo esto?
Elias miró hacia el horizonte.
—Porque una vez… no pude salvar a alguien que amaba.
—Pero hoy… puedo salvarte a ti.
Josie sintió que su corazón latía distinto.
Era demasiado pronto para llamarlo amor.
Pero algo había empezado a echar raíces.
Capítulo 8: La Llegada de los Jinetes
La noche cayó como una manta oscura.
Y con ella, llegaron los jinetes.
Tres hombres.
Más el tío.
Cuatro sombras avanzando en silencio hacia el rancho.
Josie los vio y su cuerpo entero se tensó.
—Elias… ellos…
—Lo sé.
Los hombres se detuvieron frente a la casa.
Uno gritó:
—¡Ward! ¡Entréganos a la chica y nadie saldrá lastimado!
Elias respondió desde la ventana:
—Váyanse. Mientras aún pueden.
Risas.
Crueles.
Vacías.
—Ella es nuestra mercancía —dijo el tío—.
—Y venimos a cobrar.
Josie tembló.
Elias la tomó por el hombro.
—No voy a entregarte.
Y entonces comenzó.
Capítulo 9: El Enfrentamiento
El primer disparo rompió la noche.
Elias respondió de inmediato.
Su puntería aún era tan certera como en sus días de vaquero joven.
Uno de los hombres cayó del caballo.
Los otros tres se dispersaron.
El tío gritó insultos.
Promesas de muerte.
Josie, escondida detrás de unos barriles, cerró los ojos y rezó.
Elias se movía con precisión.
Cambiaba de ventana.
Disparaba.
Trazaba cada paso como si la oscuridad fuera un mapa que solo él podía leer.
Pero eran cuatro.
Y él estaba solo.
Una bala rozó su brazo.
Otra atravesó la madera junto a su cabeza.
El tío se acercó demasiado.
Elias apretó el gatillo…
¡CLACK!
Vacío.
Josie gritó:
—¡¡Elias!!
El tío disparó.
La bala alcanzó la puerta donde Elias se cubría.
Él cayó hacia atrás.
Josie corrió hacia él sin pensarlo.
—¡No! ¡No te acerques! —gritó Elias.
Pero ya era tarde.
Uno de los hombres apareció detrás de ella y la agarró del brazo.
—Ven aquí, muchachita…
Josie gritó.
Pateó.
Mordió.
Luchó con todo lo que tenía.
Elias se levantó, sangrando, tambaleándose…
pero decidido.
El tío apuntó a la cabeza de Elias.
—Se acabó, Ward.
Elias lo miró.
—No mientras yo respire.
En ese instante, Josie clavó los dedos en los ojos del hombre que la sujetaba.
Él la soltó con un alarido.
El tío se giró hacia ella.
Y esa distracción fue suficiente.
Elias tomó la navaja del cinturón…
y la lanzó.
El filo brilló en la oscuridad.
Y se clavó en el hombro del tío.
Josie corrió hacia una escopeta caída.
Elias gritó:
—¡Josie, NO!
Pero ella ya había apuntado.
El tío levantó la pistola hacia Elias.
Y Josie apretó el gatillo.
El estallido retumbó como un trueno.
El tío cayó.
Pesado.
Inerte.
Los otros hombres huyeron al ver al líder muerto.
Y el silencio volvió a la noche.
Capítulo 10: Las Consecuencias
Josie corrió hacia Elias.
—¿Estás bien? ¡Dios mío!
Él respiraba con dificultad.
—Solo… un rasguño.
Mentía.
Pero no quiso preocuparla.
Ella le limpió la herida mientras lloraba.
—Lo siento… por todo esto…
Elias tomó su mano.
—Esto no es tu culpa.
Josie temblaba.
—Yo no valgo todo esto…
—Vales más de lo que crees.
—Y nunca volverás a estar sola.
Josie apoyó su frente en su pecho.
Por primera vez…
se sintió en casa.
Capítulo 11: La Decisión Final
Al amanecer, el sheriff llegó con algunos hombres.
Vio los cuerpos.
Y vio a Elias sangrando, pero firme.
—¿Qué demonios pasó aquí?
Elias se limpió la sangre del rostro.
—La defendí. Como haría cualquier hombre decente.
El sheriff miró a Josie.
Luego a Elias.
Suspiró.
—No quiero problemas con usted, Ward.
—Tampoco quiero a esos hombres rondando más.
—Deme la palabra de que se irán pronto… y no levantaré cargos.
Elias asintió.
Josie sintió un nudo en la garganta.
—¿Nos vamos?
Elias la miró a los ojos.
—Nos vamos juntos.
Capítulo 12: Un Nuevo Comienzo
Empacaron lo poco que pudieron.
Elias la subió al caballo.
Ella tomó su mano.
—Gracias —susurró— por salvarme… por creer en mí.
Elias ajustó su sombrero y le devolvió la mirada.
—No te salvé. Solo te di la oportunidad de salvarte tú misma.
Josie sonrió.
Una sonrisa rota…
pero viva.
Cabalgaban hacia el horizonte.
Hacia un lugar donde nadie la buscara.
Donde nadie la vendiera.
Donde nadie la encadenara.
Ella apoyó la cabeza en el pecho de él mientras avanzaban por la llanura.
Elias sintió algo que no sentía desde hacía décadas:
Paz.
—Josie… —susurró él— ¿qué quieres hacer cuando esto termine?
Ella lo pensó un momento.
—Vivir.
—Por primera vez… vivir.
Elias sonrió.
El viento sopló, cálido y lleno de polvo.
El sol comenzaba a levantarse.
Un nuevo día.
Una nueva vida.
Y así, entre la sombra del peligro y la luz del amanecer…
un hombre marcado por la pérdida
y una joven marcada por el miedo
cabalgaban hacia un destino que nadie habría imaginado.
Porque a veces…
dos almas rotas solo necesitan encontrarse
para volverse enteras otra vez.