LA GIGANTA Y EL MUDO
En el año del Señor de 1887, cuando los mapas todavía eran promesas y las sierras de Chihuahua marcaban la frontera entre lo civilizado y lo indomado, ocurrió una historia que los viejos aún susurran alrededor del fogón. No aparece en ningún libro, ningún cura la ha escrito, ningún gobierno la ha reconocido. Pero en las noches de invierno, cuando la nieve cae suave sobre los ocotes y el viento parece traer voces del pasado, los nietos de los rancheros aún piden que se la cuenten.
Porque es la historia de dos monstruos hermosos, dos almas hechas para la guerra y condenadas a la soledad… hasta que el destino decidió cruzarlos.
La historia comienza con la nieve.
Las sierras de Chihuahua se habían vuelto blancas de golpe, como si Dios hubiera volcado un costal de sal desde el cielo. El viento bajaba de la Sierra Madre con dientes de lobo, aullando entre los ocotes hasta parecer que las ánimas andaban sueltas. Nadie entraba ni salía del rancho desde hacía tres días. Los caminos eran una idea enterrada bajo un metro de hielo.
Era el rancho La Providencia, propiedad de doña Refugio de la Torre, viuda desde hacía cuatro años cuando los bandidos colgaron a su marido de un mezquite. Desde entonces, la mujer gobernaba su tierra con una mezcla de fe, terquedad y miedo. Tenía veinte peones, tres mujeres de cocina, y una hija que era más leyenda que persona.
Pero antes de llegar a la giganta, hay que hablar del hombre que cambiaría su destino.
Llegó montado en un alazán que más parecía esqueleto con piel. Eran las últimas horas de una tarde de ventisca, una de esas donde la vida se sostenía por un hilo. Venía envuelto en un zarape hecho jirones, el sombrero calado hasta las cejas y un frío en los ojos que no era solo del clima. Cuando desmontó, el caballo casi se desploma de puro cansancio.
En el cinto llevaba un Colt .44 con seis muescas legítimas y, en el mismo lado, una Biblia de tapas gastadas que nadie le había visto abrir jamás.
Cuando le preguntaron su nombre, él señaló la garganta y negó con la cabeza.
—Es mudo —dijo uno de los peones.
—No importa cómo se llame —sentenció doña Refugio, mirándolo de arriba a abajo—. Aquí se necesita fuerza y silencio. Quédate.
Y así fue como Tranquilino Saldívar, que ya no tenía voz desde que una bala apache le rozó la garganta en el 79, quedó contratado en el rancho. Jamás sabían qué pensaba, pero trabajaba como si cargar dolor fuera parte de su oficio.
El rancho era grande, pero estaba herido: tejados rotos por el viento, cercas caídas por la nieve, ganado tiritando de hambre. Los peones hacían lo que podían, pero la tormenta era más grande que todos ellos.
Y entonces, apareció ella.
Josefa de la Torre, la hija de la patrona. Medía dos metros con diez descalza. Cuando caminaba, parecía que el suelo temblaba. A los doce años ya pasaba el dintel de las puertas. A los quince tumbó de un revés al capataz que intentó meterle mano. Desde entonces, nadie la tocaba. Nadie la bendecía. Nadie la miraba a los ojos más de dos segundos.
Los hombres la llamaban la giganta, con miedo y deseo escondido.
Las mujeres se santiguaban cuando pasaba.
Vestía falda de manta y rebozo negro, pero todo le quedaba corto y apretado. Cuando cargaba un costal de maíz, parecía que cargaba una almohada.
Había sido prometida desde niña a don Venustiano Carranco, un hacendado de Casas Grandes: viejo, enano, medio tuerto, rico como un obispo e igual de soberbio. Necesitaba herederos altos para que le alcanzaran los estribos. La boda estaba fijada para Nochebuena de 1887.
El vestido llegó desde Chihuahua capital: raso blanco, encaje de Bruselas, tan grande que podría servir de vela para un barco. Josefa lo miró y no dijo nada. Pero esa noche rompió tres platos contra la pared de la cocina. Era la manera más fina que tenía de decir que quería huir.
Los días antes de Navidad fueron de ajetreo: mataron vacas, hicieron tamales de elote, colgaron faroles de papel de china. Los peones contaban chistes nerviosos sobre la novia que podía cargar al novio en brazos hasta el altar. Josefa trabajaba más que todos: subía troncos al tejado, abrevaba los caballos, partía leña con una hacha que parecía juguete en sus manos.
Cada vez que pasaba cerca del mudo, él bajaba la vista. No por miedo.
Por respeto.
Ella lo notaba. Y sentía algo que nunca había sentido: que alguien la miraba de verdad.
El 23 de diciembre, la tormenta cerró el mundo.
La nieve tapó las puertas.
Los invitados no llegaron.
El padre Anselmo quedó atrapado en Amiquipa.
Don Venustiano mandó un propio con una carta:
“Por causa de fuerza mayor, pospongo la boda hasta enero.
Dios mediante.”
Doña Refugio lloró de rabia y vergüenza.
Los peones se emborracharon.
Josefa tomó el vestido blanco, una botella de mezcal, y se encerró en el granero viejo: ese que nadie usaba porque olía a ratas muertas y recuerdos.
A las once de la noche, la temperatura bajó tanto que el aliento se hacía hielo. Tranquilino salió del jacal buscando un lugar donde el viento no lo matara. Empujó la puerta del granero… y la vio.
Sentada en un banco, la botella a medio terminar, el vestido de novia puesto a medias, los hombros caídos como montañas cansadas. La luz de una vela apenas la iluminaba. Tenía los ojos hinchados, no de llorar: de contenerlo todo.
—¿Qué miras, cabacho callado? —escupió ella, con voz pastosa.
Él se quitó el sombrero.
—Acércate —ordenó ella—. Todos me tienen miedo. Tú no. ¿Por qué?
Él dio tres pasos lentos.
—Porque yo también soy un monstruo —dijo por fin.
Su voz era ronca, casi sin uso, como un cuchillo oxidado.
Josefa soltó una risa quebrada.
—¿Tú? Eres un hombrecito bonito con ojos de hielo. Mira esto.
Se abrió el escote del vestido hasta donde la vergüenza le permitió.
—Mira las cicatrices que me dejaron los que me llamaron fenómeno. Mira lo que nadie quiere tocar.
Él no retrocedió.
Se arrodilló.
No como esclavo.
Como hombre que encuentra agua después de años de desierto.
Puso las manos en sus rodillas: grandes, fuertes, temblorosas.
—Ábreme tu alma y déjame entrar —susurró él.
El granero se quedó sin aire.
Afuera el viento aullaba como coyote herido.
Adentro solo latían sus corazones.
Josefa lo miró largo, muy largo. Luego apoyó la espalda en la pared, levantó la barbilla y dijo:
—Aquí me tienes, valentón. Mira lo que nadie se atrevió a mirar nunca.
Y él la amó.
No con dulzura de cuento.
Con hambre.
Con furia antigua.
Con la necesidad de dos cuerpos que nunca fueron acariciados sin violencia.
El vestido terminó hecho jirones.
El zarape también.
La nieve siguió cayendo afuera mientras ellos se encontraban como dos animales destinados uno al otro.
Cuando el sudor se volvió frío y el silencio volvió a llenar el granero, ella lo cubrió con su rebozo y murmuró:
—¿Te vas a ir con la luz?
—No —respondió él, acariciándole la mejilla—. Me quedo. Como peón. Como tu hombre, si tú me quieres.
Ella soltó una carcajada.
—Soy más alta, más fuerte, más rica. La gente dirá que yo te mantengo.
—Que hablen. Yo nunca hablo. Tú sí. Habla por los dos.
Al amanecer de Navidad, doña Refugio abrió la puerta del granero y vio la escena: su hija tomada de la mano de un vaquero desconocido, el vestido destrozado, el pelo suelto… pero con una luz en la cara que no le veía desde que era niña.
—Madre —dijo Josefa con voz firme—. Este hombre se queda. Y yo con él.
Doña Refugio abrió la boca, la cerró, miró los ojos del mudo y luego la felicidad de su hija. Se santiguó.
—Dios hace cosas raras… pero hace cosas.
Tres días después, llegó don Venustiano con abogados, escribanos y ocho pistoleros. Venía furioso, gritando sobre contratos, dotes y deshonra.
Lo recibieron en la galería:
El mudo sentado, limpiando su Colt con calma mortal.
Josefa detrás, con un Winchester 73 apoyado en la cadera.
—Señorita de la Torre —chilló Venustiano—, usted tiene obligación moral y legal…
—Aquí el único que se va a casar conmigo —lo interrumpió ella— es este hombre. Si quiere discutir, adelante. Tengo balas y fuerza para cargar sola.
El viejo miró sus ojos, luego los del mudo… y retrocedió como mula espantada.
Montó y nunca volvió por la sierra.
En febrero, cuando la nieve se derretía, se casaron en la capillita de San Buenaventura. Josefa tuvo que agacharse para entrar. El cura se subió a un banco para ponerles los anillos.
Tuvieron siete hijos.
Los varones altos como pinos y silenciosos como el padre.
Las niñas fuertes como la madre y con risas que retumbaban en la sierra.
El rancho prosperó.
Hicieron puertas más altas, camas más largas.
Y cada Nochebuena, cuando la nieve vuelve a cubrir los cerros, Josefa y Tranquilino cierran el granero viejo.
Ella se sienta en el mismo banco, abre el rebozo y dice:
—Mira otra vez, mi amor. Mira lo que es tuyo desde aquella noche.
Y él se arrodilla, como quien adora a la vida misma.
Porque en las sierras de Chihuahua saben que los verdaderos gigantes no son los que miden más…
sino los que tienen el corazón lo bastante grande para amar sin miedo.
