“¡NO ME MATES, HOMBRE DE LA MONTAÑA… CALENTARÉ TU CAMA! La maestra perdida suplicó de rodillas — pero el infierno bajo la nieve apenas comenzaba”
La primera estupidez de Clara Whitmore fue creer que la tormenta cedería antes del anochecer. La segunda, pensar que las montañas de Colorado se preocupaban si vivía o moría. Cuando el sol se escondió tras los picos y la nieve devoró el mundo, Clara supo —con esa certeza helada que sólo tienen los que sienten la muerte cerca— que quizá no vería otro amanecer. Sus botas congeladas apenas cruzaban los ventisqueros, cada paso era una punzada de agonía. Su vestido, que alguna vez fue pulcro para las clases en la escuela, colgaba empapado, golpeando sus piernas como grilletes de hierro. Abrazaba su cartera de cuero al pecho: el único calor que le quedaba. Dentro, los papeles que cargaba eran dinamita: pruebas de que hombres poderosos habían mentido, robado tierras y dejado familias inocentes muertas. Tres personas ya habían sido asesinadas por ese secreto. Ella luchaba por no ser la cuarta.
El viento aullaba entre los pinos como una advertencia. Clara se detuvo, el aliento temblando en el aire helado. Escuchó por encima de la ventisca: cascos, voces de hombres, el clic sutil de un rifle. Nada. Sólo el rugido de la tormenta y el estruendo de su propio corazón. Llevaba dos días huyendo. Desde que vio a la banda de Cain asesinar al alcalde y sus ayudantes a través de las grietas del suelo de la escuela, la voz de Josiah Cain la perseguía en sueños: “¿Dónde están los papeles, viejo?” El alcalde no respondió lo bastante rápido. Clara se mordió la mano para no gritar mientras la sangre goteaba a centímetros de su cara. Esperó a que se marcharan y huyó con lo único que el alcalde había muerto por proteger. Ahora, cada vez que el viento gemía entre los árboles, sus rodillas se doblaban esperando el disparo por la espalda.
Los dedos de Clara estaban entumecidos, los labios partidos por el frío. No tenía comida, ni caballo, ni plan. Sólo una chispa terca de esperanza que se negaba a apagarse. Tropezó contra un pino, apoyó la frente en la corteza áspera, intentando controlar la respiración. Su visión se nubló. El mundo se inclinó. Detrás, una rama crujió. Se irguió de golpe, el pánico explotando en sus miembros. “Por favor, no ahora”, susurró. Sus piernas apenas la sostenían. La pendiente descendía abruptamente hacia un valle. Antes de poder detenerse, resbaló. La nieve y las rocas la desgarraron hasta que aterrizó de costado. Por un momento, no se movió. No estaba segura de poder. Giró la cabeza y vio el hilo plateado de un arroyo helado. Si lo seguía al oeste, tal vez llegaría a Cedar Falls. Si llegaba, encontraría a un marshall federal. Si llegaba, tal vez sobreviviría para entregar la verdad.
Se puso de pie a duras penas, las manos temblando sin control. El frío le robaba el sentido de los dedos, de los pies, de la cara. Los copos de nieve se pegaban a sus pestañas como pequeñas estrellas. Se obligó a caminar sobre el hielo, esperando que cubriera sus huellas. Cada movimiento dolía. Los pies ardían y se congelaban al mismo tiempo. El vestido rasgado, la respiración corta y rápida, la tormenta apretando como un puño. “Sigue”, se dijo. “Sólo un poco más.” Pero su cuerpo ya no obedecía. Llegó a un claro, levantó la vista al cielo enloquecido y cayó de rodillas. La cartera resbaló de sus dedos insensibles y cayó en la nieve. Intentó alcanzarla. Su mano no se movió. Las lágrimas se congelaron en sus mejillas. “No así”, susurró. “No tan cerca.” El frío la envolvió como una manta. Una calidez peligrosa se extendió por sus miembros, la que anuncia el final. Se acurrucó junto a una roca, intentando protegerse del viento, pero el cuerpo se le apagaba. La respiración se hizo lenta, la visión se volvió blanca.

Entonces llegó el sonido. Un golpe pesado sobre la nieve. Al principio pensó que era imaginación. Otro sonido, una voz profunda y áspera cortando la tormenta: “¿Qué demonios…?” Pasos de botas crujieron cerca, firmes, seguros, sin prisa. Una sombra masculina bloqueó el viento. Clara apenas abrió los ojos y lo vio: hombros anchos, abrigo grueso, barba nevada, ojos afilados como los de un lobo, un hombre de la montaña. Sus labios apenas se movieron: “Por favor, no me mates”, intentó levantarse, falló, se arrastró hacia él con el último instinto de supervivencia. “Calentaré tu cama”, jadeó, las palabras saliendo sin pensar. “Haré lo que sea. Sólo no me dejes aquí.” El hombre la miró, sorprendido por su súplica, por el miedo en su voz, por la desesperación de quien ya ha visto la muerte. La levantó como si no pesara nada. “Estás medio congelada”, dijo. “Guarda tus fuerzas.” Lo último que sintió Clara antes de desmayarse fue el calor de su pecho y el latido firme de un corazón mucho más fuerte que el suyo.
Despertó con el crujir suave de la leña y el aroma tenue de café. Por un momento, no se movió. No sabía dónde estaba ni si el peligro la había seguido. El calor le caló los huesos y se dio cuenta de que yacía en una cama, una verdadera cama, cubierta de pieles gruesas, más suaves que cualquier cosa que hubiese tocado jamás. Parpadeó, desorientada. Una cabaña de troncos, paredes de madera, una chimenea de piedra, una mesa llena de herramientas, rifles alineados. El hombre, ancho, áspero, silencioso, se movía alrededor del fuego como si fuera parte de él. Se volvió al sentir su mirada. El cabello oscuro recogido en la nuca, una cicatriz atravesándole la mandíbula, ojos grises, impenetrables. “Estás despierta.” Clara intentó incorporarse. El dolor le atravesó las piernas y jadeó. Él cruzó la habitación en dos pasos y la sostuvo con una mano. Firme, pero cuidadoso. “Despacio. Tienes los pies congelados. Por poco pierdes los dedos.” Clara tragó saliva. “¿De verdad?” “Si hubieras llegado una hora después, te habría encontrado muerta en mi porche.” Se estremeció, apretando las pieles. “Lo siento. No quería ser una carga.” Él arqueó una ceja. “No fuiste una carga. Eras casi un cadáver.” Ella bajó la mirada, avergonzada. “No sabía adónde ir.” Él le tendió una taza de café caliente. Las manos de él, grandes, marcadas de cicatrices, pero gentiles. Ella envolvió la taza con dedos temblorosos; el calor casi la hizo llorar. “Soy Clara Whitmore”, murmuró. Él tardó en responder. “Bear Mallister.” El nombre le sentaba: grande, silencioso, peligroso. Pero algo en él transmitía seguridad, incluso protección. “Gracias por salvarme”, susurró. “No te salvé”, replicó él. “Sólo te saqué de la nieve. Vivir o morir depende de ti.” Sus palabras eran duras, pero no crueles. Se dio la vuelta y echó más leña al fuego.
Clara lo observó moverse, fuerte, callado, como quien vive con el peligro igual que otros viven con vecinos. Dudó, luego preguntó: “¿Por qué me metiste dentro? No tenías por qué hacerlo.” Él se tensó de espaldas. “Ofreciste calentar mi cama”, dijo en voz baja. “Supuse que no pensabas con claridad.” El rostro de Clara ardió de vergüenza. “Estaba aterrada. No era yo misma.” “Lo sé”, dijo Bear. “Nadie razona cuando la muerte le pisa los talones.” Se sentó frente a ella, ojos grises fijos. “¿De quién huías? ¿Por qué?” Clara apretó la taza. El miedo cruzó su rostro. Miró su cartera, aún junto al fuego. “¿Eso es tuyo?”, preguntó Bear. Asintió. “Esos papeles… Hombres han matado por ellos. Vendrán por mí.” Algo cambió en la expresión de Bear. No era miedo, sino alerta. “¿Cuántos? ¿Qué tan cerca?” “No lo sé. No pararán.” Bear se recostó, los brazos cruzados, la mirada endurecida. “Debiste ir al este.” “¿A casa? No puedo, no después de lo que vi.” Le contó todo: los asesinatos, las escrituras falsas, las tierras robadas, el último ruego del alcalde, los niños huérfanos, los nombres de los culpables. Bear la escuchó sin interrumpir, rostro de piedra, pero la mandíbula se le tensó con ciertos nombres. “Thornton, robos de tierras, familias muertas, firmas militares… Estás peleando contra algo más grande que tú.” “Tengo que intentarlo.” “¿Y si te mata?” “Al menos habré hecho lo correcto.” Bear la miró largo rato. “¿Crees que la verdad importa aquí?” “Tiene que importar.” Él desvió la mirada, como si la respuesta doliera.
Un ruido afuera rompió el silencio. Bear se movió a la ventana como un soldado. Clara contuvo el aliento. Nada. Pero el bosque estaba demasiado callado. Bear agarró su rifle, revisó la puerta y apagó la lámpara. “¿Qué pasa?” “Problemas. Aléjate de la ventana.” Clara se arrastró hasta la cama, apretando las pieles. Bear cargó el rifle. “Nos encontraron.” Afuera, una voz retumbó: “Señorita Whitmore, sabemos que está ahí.” La sangre de Clara se heló. Bear entrecerró los ojos. Era la banda de Cain. “Entréguenos a la chica, Mallister. No tiene por qué morir por problemas ajenos.” Bear no respondió. Clara susurró: “Deberías dejarme ir.” Bear la fulminó con la mirada. “No, él tiene razón. Me buscan a mí. No tienes que morir por algo que yo provoqué.” “Yo decido por qué muero”, replicó Bear.

Ráfagas de risas vinieron de la oscuridad. “Vamos, Mallister, sabemos que una maestra medio congelada no llegó sola.” Bear puso un revólver en las manos temblorosas de Clara. “Apunta y aprieta. Si alguien entra, disparas.” “No sé si podré.” “Podrás.” El primer disparo sacudió la cabaña. Otro astilló la ventana. Bear arrastró a Clara detrás de la pared, protegiéndola con su cuerpo. El humo entró por las grietas. “Quieren quemarnos. No nos quedamos aquí.” Corrió al centro de la sala, apartó la alfombra y reveló una trampilla. “¿Qué es eso?” “Un túnel de escape. Baja ya.” Otro disparo rompió el cristal. Bear la empujó por la trampilla. Bajó tras ella justo cuando las botas retumbaban en el porche. El túnel olía a tierra, el techo era bajo. “No puedo”, susurró Clara. “Sí puedes.” Arriba, los hombres gritaban, la cabaña ardía. Clara avanzó a gatas, el miedo y la tierra en el cabello. Al final, Bear empujó la tapa y la nieve los bañó. Salieron al aire libre. Detrás, la cabaña ardía, llamas iluminando la nieve. Corrieron. Clara tropezó, Bear la sostuvo. Los disparos sonaban detrás. “Déjame, puedes escapar si no me llevas.” “¿Crees que salvo a alguien para dejarlo tirado? No.” Llegaron a un barranco. “Bajamos.” Era empinado. “Justo por eso.” Bajaron deslizándose, la nieve estallando a su alrededor. No pararon hasta llegar al fondo. Corrieron por el cañón, los caballos de los bandidos retumbando arriba. “No puedes correr para siempre, Mallister. Dame a la chica y morirás rápido.” Bear ni se inmutó. “Habla demasiado.” Clara casi rió.
El cañón se abrió en una caja sin salida. “No hay escapatoria.” Bear la escondió tras una roca, revisó la munición. “No si hacemos sangrar a cada uno.” Los atacantes irrumpieron. Bear disparó, Clara temblando con el revólver. Entonces, un silbido, un grito distinto. Figuras en los riscos: guerreros cheyenne. Bajaron como gatos de montaña, flechas y rifles. La banda de Cain fue arrasada. Cuando terminó, la nieve estaba salpicada de armas y hombres heridos. Cain, sangrando, fue arrastrado ante Clara. “Esto no cambia nada. Thorn los cazará. La verdad no importa.” “Sí importa”, dijo Clara, “para los que murieron por ella.” Bear estaba a su lado, inamovible. Running Wolf, el jefe cheyenne, habló: “Su lucha no termina, pero no están solos.” Los cheyenne los subieron a caballos. Clara se apoyó en Bear, exhausta. “Nos salvaste.” “Nos salvamos mutuamente.” Las montañas brillaban bajo el sol. La tormenta había pasado. El peligro, no. Pero por primera vez, Clara sintió algo más fuerte que el miedo: esperanza.
Porque a veces el infierno bajo la nieve es el único camino hacia la verdad. Porque a veces, para vivir, hay que suplicar de rodillas… y luego levantarse más fuerte que nunca.