«Demasiado grande… Nomás siéntate encima» dijo el ranchero tranquilote…justo antes de que ella se…
Las dos cajas y el rancho que floreció
En las tierras áridas del norte de Sonora, donde el sol quema como plomo derretido y los coyotes cantan a la luna, corría el año de 1887. El viento traía olor a sangre y pólvora.
Nina cabalgaba medio muerta sobre un caballo apache sin marcas. Su vestido de gamuza estaba roto y teñido de rojo oscuro en el costado izquierdo. Tenía 19 años, el cabello negro como ala de cuervo y los ojos del color del ámbar cuando el fuego los atraviesa. Detrás de ella, el campamento de su gente ya no existía, solo quedaban las fogatas pisoteadas y los cuerpos de sus hermanos tirados como muñecos quebrados.
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Los bandidos del tigre Morales se habían llevado la caja sagrada de los Nedni, un cofre pequeño de cedro forrado en piel de venado con símbolos antiguos que guardaban las palabras de los abuelos desde antes de que llegaran los españoles. Nina era la única que sabía el canto para abrirlo sin romper el espíritu que vivía dentro.
Cuando el caballo tropezó por última vez, Nina rodó por la arena y quedó boca arriba mirando las estrellas que empezaban a salir. Pensó que ahí acabaría todo. Entonces vio una luz tenue a lo lejos, el farol de un rancho solitario.
Santiago estaba en el porche limpiando su Winchester cuando oyó el golpe sordo del cuerpo contra la tierra. Bajó los tres escalones con calma, como quien ya ha visto demasiadas cosas feas en la vida. Era alto, de hombros anchos, con la piel curtida y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Treinta años que parecían más por la tristeza que cargaba en los ojos grises.
La encontró tirada, respirando apenas.
—¡Agua! —susurró ella en español con acento apache.
Santiago la cargó como si no pesara nada y la llevó adentro. La casa olía a café y cuero viejo. La puso sobre la mesa grande de la cocina, le cortó el vestido con su navaja para ver la herida de bala que le rozaba las costillas. Limpió, cosió con hilo de cáñamo, vendó. Nina ardía de fiebre y murmuraba palabras en devisa que él no entendía.
En un momento de delirio, ella se incorporó de golpe y cayó encima de él. Los dos rodaron al suelo. Fue entonces cuando la mano de Nina tropezó con algo duro debajo de la camisa de Santiago: una cajita de metal colgando de una cadena contra su pecho. Era casi idéntica en tamaño a la caja sagrada robada, pero más fría, más pesada.
Nina abrió los ojos de golpe.
—Tú también la tienes —dijo con voz ronca.
Santiago se quedó helado.
—No es lo que piensas, muchacha.
Pero ella estaba tocando la cajita con dedos temblorosos. Al rozarla, algo pasó. Un viento frío recorrió la casa, las velas se apagaron solas y los caballos relincharon afuera. Cuando volvió la luz, Nina lloraba sin ruido.
—Es la hermana —susurró—. La caja que mi pueblo perdió hace dos lunas tiene una hermana gemela. Tú la llevas desde siempre.
Santiago se sentó en el suelo derrotado.
—La encontré hace quince años en una mina abandonada cerca de Nacosari. Maté a un hombre por ella, un hombre que no merecía vivir, pero igual lo maté. Desde entonces me persigue la maldición. Pensé que era oro, pero no se abre. Nunca se abre.

Nina puso su mano sobre la de él.
—Se abre con sangre de los dos guardianes, uno de cada lado del río grande que ya no existe. Tú eres el otro guardián, Santiago. Por eso los espíritus te trajeron hasta mí.
Esa noche, mientras la luna llena bañaba el desierto, ellos abrieron por primera vez las dos cajas juntas. Dentro no había oro ni joyas, solo rollos de piel con dibujos antiguos y una sola frase escrita en español viejo:
Cuando dos corazones rotos se encuentren, el desierto florecerá otra vez.
A la mañana siguiente, los dos salieron rumbo al norte siguiendo el rastro de los bandidos. Nina cabalgaba un alazán que Santiago le prestó. Él iba en su moro negro llamado Rayo. Llevaban los dos cofres atados juntos con una cuerda de cuero crudo.
Los encontraron tres días después en el Cañón del Tigre, donde el tigre Morales tenía su guarida. Eran veintidós hombres armados hasta los dientes y con la caja sagrada puesta como trofeo sobre una mesa de póker.
La batalla fue feroz. Primero llegaron con el sol a la espalda, disparando desde lo alto. Santiago era un demonio con el rifle. Cada bala encontraba carne. Nina, subida a una roca, cantaba el canto de guerra de sus abuelos mientras lanzaba flechas envenenadas con raíz de datura. Dos bandidos cayeron gritando con la cara azul, pero eran muchos.
En un momento, el tigre, un hombre gigantesco con bigote negro y ojos de víbora, atrapó a Nina por el cabello y le puso el cuchillo al cuello.
—Dame las dos cajas o la mato aquí mismo.
Santiago bajó el rifle lentamente. Dio un paso, dos. Entonces, del fondo del cañón llegó un disparo que nadie esperaba. Un muchacho flaco, no más de diecisiete años, con la cara llena de sangre, había disparado al tigre en la mano. El cuchillo cayó. Nina se liberó de un codazo y corrió hacia Santiago. El muchacho se llamaba Anselmo. Era el hijo menor de uno de los bandidos, pero había visto demasiadas cosas malas. Llevaba semanas queriendo escapar y esa fue su oportunidad.
Los cuatro, Santiago, Nina, Anselmo y un viejo vaquero apache que se unió después llamado Che, pelearon espalda con espalda. Hubo sangre, sudor, pólvora y lágrimas. Santiago recibió un balazo en el hombro, Nina una acuchillada en la pierna, pero no se rindieron.
Al final, cuando el sol se ponía rojo como herida abierta, el tigre Morales cayó de rodillas con tres balas en el pecho. Miró a Nina y murmuró:
—Valió la pena por ver el miedo en tus ojos, india.
Nina se acercó, le puso la punta de la flecha en la garganta.
—No fue miedo —dijo—. Fue furia. Y ahora se acaba.
Empujó al tigre. Se fue sin un grito más.
Recuperaron la caja sagrada. Estaba manchada de sangre, pero intacta. Esa noche acamparon en una cueva alta donde corría un hilo de agua dulce. Anselmo lloraba en silencio mientras Che le curaba las heridas. Nina y Santiago se sentaron afuera mirando las estrellas.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó él sin mirarla.
—Devolver la caja a mi gente, si queda alguien.
Y después… ella se quedó callada un rato largo.
—Después, no sé, todo lo que conocía se quemó.
Santiago tomó su mano. Tenía callos de tanto jalar la rienda y de disparar, pero era cálida.
—Hay un rancho grande en el valle de San Ignacio. Tierra buena, agua todo el año. Está vacío desde que mi mujer y mi hijo murieron de fiebre hace diez años. Si quieres puedes quedarte, no como sirvienta, como dueña.
Nina lo miró. Por primera vez en días, sonrió de verdad.
—¿Y si traigo a los que queden de mi tribu?
—Hay lugar para todos. El desierto es grande, pero el corazón puede ser más grande todavía.
Se besaron bajo la luna. Fue un beso lento, lleno de polvo y de promesas.
Pasaron los meses, el rancho que antes estaba muerto revivió. Llegaron doce sobrevivientes apache, mujeres, niños, dos ancianos. Construyeron jacales al lado de la casa grande. Plantaron maíz, frijol, calabaza. Santiago enseñó a los hombres a manejar ganado. Nina enseñó a las mujeres a curar con plantas del desierto. Anselmo creció fuerte y callado. Che se convirtió en el abuelo de todos.
Una tarde de primavera, cuando el mezquite floreció y el aire olía a miel, Nina y Santiago se casaron al modo apache y al modo mexicano. Hubo baile, tequila, tambores y guitarras. Los niños corrían entre las piernas de los adultos riendo. En la mesa principal estaban las dos cajas, ahora unidas con tiras de cuero rojo. Ya no eran sagradas solo para un pueblo o para un hombre, eran sagradas para una nueva familia.
Cuando todos durmieron, Nina y Santiago salieron al porche. Él la abrazó por detrás.
—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo ella.
—Dime.
—Que el verdadero tesoro nunca estuvo dentro de las cajas.
Santiago sonrió contra su cabello.
—Lo supe el día que caíste medio muerta a mis pies. El tesoro eras tú, mujer, y tú eras el hogar que nunca tuve.
Se quedaron así hasta que salió el sol, dos almas rotas que se habían vuelto a armar con pedazos del otro. Y en el desierto de Sonora, donde antes solo crecían cardones y soledad, empezó a crecer algo nuevo, un ranchito lleno de risas de niños mestizos que hablaban español y devisa, que montaban a caballo y cantaban a los espíritus antiguos.
Porque a veces el amor no llega con fanfarrias ni con oro. Llega cubierto de sangre y polvo en medio de la noche más oscura y se queda para siempre.