¡No vengas tu leche dentro de mí…! Suplicó la dama al vaquero solitario que ardía por amarla
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La Esperanza Encontrada
I. El polvo y la memoria
En las vastas llanuras de Sonora, donde el sol es un látigo implacable y la noche una garra helada, se erguía el rancho La Esperanza Perdida. Corría el año de 1887, y el viento, siempre inquieto, traía consigo no solo polvo y hojas secas, sino también balas perdidas y rumores de bandidos. El rancho era un oasis de vida en medio del desierto, rodeado de mezquites y nopales, con los corrales repletos de ganado y los peones sudando bajo la mirada severa de los capataces.
Don Anselmo de la Vega, el viejo patrón, había sucumbido a una fiebre misteriosa tres lunas atrás. La muerte lo encontró solo en su habitación, rodeado de retratos amarillentos y cartas nunca enviadas. Su partida dejó la hacienda en manos de su única hija, doña Catalina de la Vega, una mujer de 35 años, cabello plateado como la luna y una belleza que hacía callar a los coyotes. Catalina vestía de luto, no por costumbre, sino por dolor. Su marido, el capitán Ignacio Ruiz, había caído en una emboscada de los rurales seis años antes, dejando tras de sí una viuda y una promesa rota.
Desde entonces, Catalina gobernaba el rancho con mano firme y mirada de acero. Los peones la respetaban, los forajidos la temían, pero en lo profundo de su pecho, una soledad antigua le susurraba cada noche, recordándole que incluso los corazones más fuertes pueden quebrarse.
II. El jinete bajo la tormenta
Una tarde de tormenta, cuando el cielo se partió en rayos y la tierra tembló bajo el rugido de las nubes, un jinete desconocido apareció en el horizonte. Cabalgaba un caballo negro, con sombrero calado y un rifle cruzado en la montura. Se detuvo frente al portón del rancho, empapado, con el polvo pegado a la barba de tres días.
—¿Quién vive? —gritó el capataz desde la torre.
—Un hombre que busca refugio —respondió el extraño con voz ronca—. Y trabajo, si lo hay.
Catalina salió al porche envuelta en un chal negro, observó al jinete alto, de espaldas anchas y cicatrices que contaban historias de balas y cuchillos. Sus ojos eran grises, como el humo de una fogata apagada.
—Nombre —preguntó ella.
—Mateo. Mateo Vargas. Vengo de Chihuahua. Traigo recomendaciones y hambre.
La dama lo escudriñó. Había algo en su postura, en la manera en que sostenía las riendas, que le recordaba a los hombres que ya no volvían. Pero el rancho necesitaba manos fuertes. Los bandidos del Cuervo rondaban cerca y los peones desertaban por miedo.
—Entréguele un catre en el barracón —ordenó al capataz—. Mañana veremos si sirve.
Mateo inclinó el sombrero. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en el escote de encaje negro que asomaba bajo el chal. Catalina lo notó. No dijo nada.
III. Pruebas de fuego
Los días siguientes fueron de prueba. Mateo domaba potros salvajes con una calma que parecía magia. Disparaba mejor que cualquier rural y, cuando los bandidos intentaron robar el ganado, él solo, con un revólver en cada mano, los hizo huir dejando tres muertos en el polvo. La fama del vaquero solitario creció. Los peones lo admiraban, las muchachas del pueblo suspiraban, pero Catalina lo observaba en silencio desde la ventana de su habitación. Veía cómo él se sentaba solo junto al fuego, afilando su cuchillo, mirando las estrellas como quien busca un rumbo perdido.
Una noche, la tormenta volvió con furia. El viento aullaba como alma en pena. Catalina no podía dormir. Bajó a la cocina a calentar leche. Allí estaba Mateo, sin camisa, lavándose en una tinaja. La luz del relámpago iluminó su torso: cicatrices antiguas, músculos curtidos por el sol.
—¿No duermes, patrona? —preguntó él sin volverse.
—No. El trueno me despierta recuerdos.
Mateo se secó con una camisa vieja, se acercó. Olía a tierra mojada y tabaco.
—Los recuerdos son como balas perdidas —dijo—. A veces te rozan, a veces te matan.
Catalina lo miró a los ojos. Por primera vez vio algo más que un vaquero. Vio a un hombre que cargaba su propio infierno.
—¿De qué huyes, Mateo Vargas?
Él sonrió con amargura.
—De mí mismo, supongo. Y de una mujer que me dejó con una bala en el corazón, pero no la que mata.
La dama sintió un nudo en la garganta, dio un paso atrás.
—No soy esa mujer.
—No, tú eres peor —respondió él—. Porque podrías serlo.
El silencio se llenó de relámpagos. Catalina dio media vuelta y subió las escaleras, pero no cerró la puerta de su habitación.
IV. El cuervo acecha
A la mañana siguiente, el capataz encontró a tres peones degollados en el corral. El Cuervo había dejado su marca: una pluma negra clavada en la puerta. El miedo se apoderó del rancho. Los hombres hablaron de irse. Catalina reunió a todos en el patio.
—Quien se vaya, que se vaya con vergüenza —dijo—. Pero quien se quede tendrá doble paga y mi gratitud.
Mateo dio un paso al frente.
—Yo me quedo, pero no por la paga.
Esa noche, Catalina lo mandó llamar a su despacho. Él entró con el sombrero en la mano. Ella estaba de pie junto a la chimenea con un vestido blanco que contrastaba con su luto habitual.
—Necesito que lideres a los hombres —dijo—. Eres el único que no tiembla.
Mateo asintió.
—¿A cambio, qué pides?
Ella se acercó. Sus dedos rozaron el brazo de él.
—Que no me deje sola.
El vaquero tragó saliva. Sus manos, ásperas como cuero viejo, tomaron las de ella con cuidado.
—Nunca he sabido querer sin romper —confesó.
—Y yo nunca he sabido amar sin temer —respondió Catalina.
Se miraron. El fuego crepitaba. Afuera, la tormenta había cesado, pero dentro de ellos comenzaba otra.
V. Preparativos y promesas
Los días siguientes fueron de preparación. Mateo entrenó a los peones como a soldados. Construyeron trampas, cavaron trincheras. Catalina, por primera vez en años, sonrió al verlo enseñar a un muchacho a disparar. Una tarde, mientras revisaban las provisiones en el granero, sus manos se encontraron al tomar el mismo saco de maíz. Ninguno se apartó.
—Catalina —murmuró él.
—No —dijo ella, pero su voz tembló.
Mateo la tomó por la cintura. Ella no resistió. Sus labios se encontraron con la urgencia de quienes han esperado demasiado. El beso fue fuego, fue tormenta, fue desierto y lluvia. Cayeron sobre la paja entre sacos de trigo y olor a tierra. Las manos de Mateo recorrieron su cuerpo con reverencia. Ella jadeó cuando él besó su cuello, sus hombros, el borde de su escote, pero cuando sus dedos buscaron los botones de su vestido, Catalina lo detuvo.
—Espera.
Él se apartó, confundido.
—¿Qué pasa?
Ella se sentó abrazándose las rodillas. Las lágrimas brillaban en sus ojos.
—No puedo. No así. No. Sin saber.
—¿Saber qué?
—Que no me dejarás con un hijo y un corazón roto. Mi marido me juró amor eterno y murió. Tú podrías hacer lo mismo o peor, vivir y marcharte.
Mateo la miró con ternura. Tomó su rostro entre sus manos.
—Catalina, mírame. He matado hombres. He robado ganado. He mentido para sobrevivir, pero nunca he mentido sobre lo que siento. Si te tomo, será para siempre o para nunca.
Ella tembló.
—No me tomes completamente. No todavía. No hasta que estemos seguros.
Él asintió. La besó en la frente.
—Como digas, mi reina.
Se acostaron en la paja, abrazados sin más. Durmieron así hasta el amanecer.