«Plántame tu semilla dentro,» — le dijo la giganta Viuda Apache al ranchero solitario
La Viuda Giganta de La Soledad de Arriba
En el año del Señor de 1887, en las tierras secas y rojizas del norte de Chihuahua, donde el viento arrastra historias antiguas y el sol quema hasta los recuerdos, existía un rancho olvidado llamado La Soledad de Arriba.
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El dueño, don Crisóstomo Valenzuela, había enviudado dos veces y ya pasaba de los cuarenta y cinco, con la barba entre cana y los ojos como carbones apagados. Era hombre callado, pero cuando hablaba lo hacía en voz baja, como quien teme despertar a los ecos que duermen bajo la tierra.
Una mañana de octubre, cuando el polvo parecía oro molido, llegó al rancho una mujer que nadie esperaba y que nadie olvidaría jamás. La llamaban la viuda giganta.
Medía casi dos metros, ancha de hombros como un hombre de carga, con manos que podían partir una nuez entre dos dedos. Vestía luto riguroso desde hacía siete años, desde que en un ataque fronterizo perdió a su familia. Dicen que ella sola trasladó los cuerpos hasta el cementerio de Casas Grandes, caminando cuarenta leguas sin parar, sin llorar, con los ojos secos y rojos por el cansancio.
Desde entonces vagaba de pueblo en pueblo haciendo trabajos pesados: cargaba pianos, levantaba vigas, herraba mulas. Nadie se atrevía a mirarla dos veces. Nadie se atrevía a hablarle de frente, pero Crisóstomo Valenzuela sí se atrevió.
La vio llegar por el camino real, montada en un mulo viejo, con un sombrero de paja roto y un rifle Winchester cruzado en la silla. El animal parecía un burrito al lado de ella. Cuando desmontó frente a la casa grande, los vaqueros dejaron de trabajar y se quedaron boquiabiertos. Hasta los perros se escondieron.
Crisóstomo salió al corredor con las manos en los bolsillos del chaleco.
—Buenas tardes, señora —dijo, quitándose el sombrero.
Ella lo miró desde arriba, como quien mira un cerro lejano.
—Busco trabajo. Me dijeron que aquí pagan justo.
—Tengo trabajo de sobra, pero antes quiero café.
La viuda giganta dudó. Nadie le había ofrecido café en años. Solo distancia o desconfianza; aceptó con un movimiento de cabeza.
Se sentaron en la cocina. Ella ocupaba casi toda la banca. Crisóstomo le sirvió en una taza grande de peltre. Ella la tomó con dos dedos como si fuera de juguete.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó él.
—Gregoria. Gregoria Morales. Pero todos me dicen la giganta.
—Yo soy Crisóstomo Valenzuela y aquí nadie la va a llamar giganta si usted no quiere.
Ella soltó una risa seca, como si se le hubiera olvidado cómo se hacía.
—Pues ya estoy acostumbrada.
Comenzó a trabajar al día siguiente. Levantaba troncos que cuatro hombres no podían mover. Arregló el corral en dos días. Ahuyentó a un animal que se comía los terneros con un solo disparo certero. Los vaqueros la miraban con respeto y sorpresa, pero con Crisóstomo hablaba poco, pero hablaba.
Una noche, después de una tormenta que dejó el cielo limpio como cristal, Crisóstomo la encontró sentada en el porche mirando las estrellas.
—¿No tiene frío, doña Gregoria?
—Nunca tengo frío.

Él se sentó a dos pasos de distancia.
—¿Sabe qué es lo peor de tener un rancho grande? —dijo él—. Que es demasiado grande para uno solo.
Ella no contestó.
—Tengo tierra, tengo ganado, tengo plata guardada, pero no tengo hijos. Mis dos mujeres murieron sin darme ninguno. Y un hombre sin hijos es como un árbol sin raíces, se seca por dentro.
Gregoria siguió mirando el cielo.
—Yo tenía dos —dijo al fin, tan bajo que casi no se oyó—. Uno de cinco años y otro de tres. Los perdí en aquel ataque del que hablan en la región. Yo llegué tarde, un segundo tarde.
Crisóstomo sintió que se le cerraba la garganta.
—Dios mío…
—No hay Dios que valga —dijo ella—. Desde ese día cargo mi recuerdo como quien carga un costal de piedras y ya no puedo soltarlo.
Se quedaron en silencio largo rato. Solo se oía el canto de los grillos y el viento entre los mesquites.
Entonces Crisóstomo habló casi en un susurro.
—Gregoria, usted quiere un hogar porque yo necesito compañía y no le estoy pidiendo amor, le estoy pidiendo una oportunidad para los dos.
Ella giró la cabeza lentamente. Lo miró como si lo viera por primera vez.
—Usted está loco, Crisóstomo Valenzuela.
—Probablemente.
—¿Sabe lo que dice la gente de mí? Que soy un fenómeno, que asusto a los niños, que traigo mala suerte.
—Aquí no hay nadie más que yo para decir lo que se hace o no se hace.
Gregoria se levantó. Era tan alta que tuvo que agacharse para pasar por la puerta. No dijo sí. No dijo no. Se fue a dormir al cuarto de los peones. Pero algo había cambiado.
Durante los siguientes meses pasaron muchas cosas. Primero llegaron rumores. Grupos armados andaban moviéndose por la región. Habían dañado un rancho cerca de Galeana y se habían llevado provisiones. El ejército mexicano andaba perdido. El americano tampoco los encontraba.
Una noche de luna llena, esos grupos llegaron a La Soledad de Arriba. Eran más de cuarenta, pintados de guerra con lanzas y rifles robados. Entraron gritando. Los vaqueros corrieron a defender el corral. Hubo disparos. Murieron dos hombres. El cocinero chino resultó herido.
Gregoria salió del cuarto con el Winchester en la mano y una pistola al cinto. Se paró en medio del patio, enorme bajo la luna, y empezó a disparar con una calma que helaba la sangre. Uno, dos, tres atacantes cayeron derribados. Los demás vacilaron. Nunca habían visto a una mujer así.
Crisóstomo peleaba a su lado con un revólver en cada mano. Cuando vieron que no podían con ellos, intentaron prender fuego a la casa grande. Gregoria agarró un barril de agua de lluvia y lo lanzó contra las llamas como si fuera un balde. Luego tomó un hacha y se metió entre los agresores. Dicen que los hizo retroceder ella sola.
Al final huyeron dejando varios heridos. La Soledad de Arriba quedó salva, pero con huellas de la batalla. Cuando todo terminó, Gregoria tenía un flechazo en el hombro y un corte en la pierna.
Crisóstomo la cargó en brazos. Sí, la cargó, aunque pesaba más que un toro, y la llevó adentro. Le sacó la flecha, le cosió la herida con hilo de cáñamo y le puso miel y telaraña como le había enseñado su abuela. Ella deliraba de fiebre.
—Mis hijos, mis niños —murmuraba.
Crisóstomo le tomó la mano gigantesca entre las suyas.
—Aquí estoy, Gregoria, y aquí me quedo.
Ella abrió los ojos. Por primera vez en siete años lloró. Lloró como una niña con sollozos que sacudían la cama.
Cuando sanó, algo se había roto dentro de ella, pero también algo había nacido.
Una tarde, mientras reparaban el corral juntos, Crisóstomo volvió a hablar.
—Gregoria, aquella propuesta sigue en pie. No le pido que me quiera todavía, solo que me deje quererla y que me deje formar una familia para que este rancho tenga risa de nuevo y para que usted tenga a quién arrullar.
Ella dejó el martillo en el suelo, lo miró largo rato.
—¿Y si salen gigantes como yo?
—Pues que Dios los bendiga. Serán los más fuertes de Chihuahua.
—¿Y si salen débiles como tú?
—Pues usted los protegerá.
Gregoria soltó una carcajada. Fue la primera vez que alguien la oyó reír de verdad. Sonó como un río después de la sequía.
Se casaron un domingo en la capilla del rancho con el padre Pérez, que vino desde Buenaventura temblando de nervios. Ella llevaba un vestido negro que le cosieron entre tres costureras y un velo que le llegaba a la cintura. Crisóstomo vestía traje charro negro con botones de plata. Cuando el padre dijo, “¿Puede besar a la novia?” Crisóstomo tuvo que subirse a un banquito. Todos los vaqueros aplaudieron y lloraron.
Meses después nació el primer hijo. Pesó casi seis kilos. Lo llamaron Crisóstomo, como el padre, pero le decían el grandote. Luego vino María de la Luz, que salió alta como un pino. Luego los gemelos, José y Jesús, que nacieron con energía de sobra, como si ya trajeran ganas de explorar el mundo.
Gregoria ya no usaba luto, se ponía vestidos de colores que ella misma adornaba con flores del campo y sonreía. Sonreía tanto que los vaqueros decían que cuando la viuda giganta sonreía, hasta los coyotes se callaban para escuchar.
Una noche, años después, cuando ya tenían seis hijos y el rancho era el más próspero de la región, Crisóstomo y Gregoria estaban sentados en el porche mirando las estrellas. Los niños dormían dentro.
—¿Sabes una cosa, Crisóstomo? —dijo ella con la voz suave como nunca.
—Dime, mi gigante.
—Cuando llegué aquí, creía que mi vida había terminado. Pensé que nunca más volvería a sentir nada. Y tú, tú me devolviste el corazón.
Él le tomó la mano. Ya no le temblaba la voz.
—Y tú me diste lo que más quería. Un hogar lleno de ruido, de vida, de cariño.
Gregoria se inclinó, tuvo que inclinarse mucho y lo besó en la frente.
—Gracias por no tener miedo de mí —susurró.
—Gracias por dejarme quererte —respondió él.
Y bajo aquel cielo inmenso del desierto, la viuda giganta sonrió otra vez y esta vez la sonrisa le llegó hasta los ojos.
Y colorín colorado, este cuento del norte no se ha acabado porque todavía hoy, cuando pasa el viento por La Soledad de Arriba, dicen que se oyen risas de niños gigantes y la voz profunda de una mujer que canta nanas en la noche.
Y así vivieron, no felices para siempre, porque la vida nunca es tan fácil, pero sí juntos y fuertes y llenos de hijos y de amor ganado a pulso, como todo lo bueno que hay en esta tierra dura y hermosa.