La esclava vio lo que su amo hizo a su hija… y tomó una decisión que nadie esperaba – 1785

La esclava vio lo que su amo hizo a su hija… y tomó una decisión que nadie esperaba – 1785

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La Sangre y la Tierra: La Venganza de Lorenza

I. El juramento bajo la selva

En 1785, en las tierras bajas, húmedas y sofocantes de la región de Córdoba, Veracruz, donde el verde de la selva se tragaba la luz del sol y el aire pesaba como una manta mojada sobre los pulmones, una mujer esclava llamada Lorenza tomó una decisión que cambiaría no solo el destino de su linaje, sino la historia misma de la tierra que pisaba.

Lorenza era una mujer de piel negra como la noche sin luna y una dignidad que ningún látigo había logrado quebrar del todo. Era la curandera, la partera y la guardiana de los secretos de la comunidad esclava de la hacienda El Cañaveral, un monstruo de piedra y madera preciosa incrustado en el corazón de la selva veracruzana. Sus manos sabían curar y dar vida, pero esa noche aprendieron a tejer la destrucción más lenta y dolorosa imaginable.

Todo comenzó con un grito ahogado, el grito de su hija Mara, una muchacha de apenas quince años que tenía la luz del amanecer en los ojos. Lorenza, oculta tras una cortina de terciopelo rojo, fue testigo silenciosa de la atrocidad más vil: su amo, don Sebastián de Arriaga, destrozaba la inocencia de Mara, su única hija.

En ese instante de horror congelado, algo dentro de Lorenza se rompió para siempre. Pero no fue su espíritu lo que se quebró, sino su capacidad para el miedo. El miedo murió y, en su lugar, nació una determinación fría, calculadora y absoluta.

No gritó, no irrumpió en la habitación para ser asesinada en el acto, porque sabía que la muerte rápida era un regalo que don Sebastián no merecía. Esa noche, mientras la lluvia tropical golpeaba los tejados de la hacienda, Lorenza juró ante los espíritus de sus ancestros que el castigo de ese hombre no vendría del cielo ni de la ley de los blancos, sino de sus propias manos.

II. El infierno verde

La hacienda El Cañaveral era un lugar de contrastes violentos. La belleza exuberante de la naturaleza, con sus orquídeas salvajes y ríos cristalinos, chocaba brutalmente con la fealdad moral de lo que ocurría dentro de sus límites. Los campos de caña de azúcar se extendían como un mar verde esmeralda hasta donde alcanzaba la vista, ocultando bajo su follaje el sudor, la sangre y las lágrimas de trescientos esclavos traídos de África y del Caribe para alimentar la maquinaria insaciable del ingenio azucarero.

El aire siempre olía a melaza hirviendo, a leña quemada y a humedad, un olor dulce y empalagoso que se pegaba a la piel y que para los que vivían allí encadenados era el olor de su propia condena.

El dueño de todo aquello, don Sebastián de Arriaga, era un hombre de cuarenta y cinco años, robusto y de rostro marcado por los excesos del alcohol y el poder absoluto. Había heredado la hacienda de su padre y la había hecho prosperar a base de una crueldad metódica y eficiente. Para él, los esclavos no eran seres humanos con alma, sueños o dolor, sino piezas de ébano, herramientas de trabajo que se compraban, se usaban hasta que se rompían y luego se reemplazaban.

Su filosofía era simple y aterradora: “El miedo es el único lenguaje que la bestia entiende”. Por eso el sonido del látigo era tan común en el cañaveral como el canto de los grillos al atardecer.

III. Lorenza y Mara

Dentro de este infierno verde, Lorenza inspiraba un respeto reverencial incluso entre los capataces más brutales. Tenía cuarenta años, una edad avanzada para una esclava de plantación, pero se mantenía erguida como una reina destronada. Conocía las hierbas de la selva mejor que nadie. Sabía qué raíz podía detener una hemorragia después de un parto difícil, qué hoja masticada aliviaba el dolor de los azotes y qué corteza hervida podía bajar la fiebre amarilla.

Su valor para la hacienda era incalculable, pues sus remedios mantenían viva a la fuerza de trabajo cuando los médicos de la ciudad se negaban a venir o cobraban demasiado. Debido a esto, don Sebastián le permitía ciertas libertades: vivía en una choza un poco más grande, separada de los barracones comunes, tenía acceso a la cocina de la Casa Grande y cultivaba un pequeño huerto de plantas medicinales.

Pero la verdadera razón por la que Lorenza soportaba la esclavitud, la única razón por la que no había buscado la muerte o la huida hacia los palenques de cimarrones en las montañas, era Mara. Mara era un milagro en medio de la desgracia, hija de Lorenza y de un capataz mestizo que había pasado por la hacienda años atrás y que desapareció dejando solo la semilla.

Mara había nacido con una belleza que dolía mirar. Tenía la piel de un tono canela dorado, suave y luminosa, y unos ojos grandes y almendrados de color miel. A sus quince años, Mara era la encarnación de la inocencia y la alegría. Lorenza la había protegido ferozmente, enseñándole a coser, a cocinar y a conocer las plantas, preparándola para ser esclava de casa, un destino que, aunque seguía siendo esclavitud, le ahorraría el trato brutal de los mayorales.

Mara cantaba mientras trabajaba. Su voz clara y melodiosa se elevaba sobre el ruido del trapiche y los otros esclavos se detenían un instante para escucharla, encontrando en su canto un breve refugio para sus almas cansadas. Todos la querían, la veían como una flor rara que había crecido en el estiércol, una promesa de que la belleza todavía era posible.

Pero esa belleza, en un lugar gobernado por hombres como don Sebastián, era una maldición terrible, un faro que atraía a la oscuridad. Lorenza lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que Mara empezó a convertirse en mujer.

IV. El acecho del amo

Lorenza intentó hacerla invisible. Le manchaba la cara con ceniza, le hacía usar ropas holgadas y viejas, le prohibía acercarse a la casa grande cuando el patrón estaba presente.

—No levantes la vista, hija —le decía Lorenza mil veces—. Si ves al patrón, te haces pequeña, te haces sombra. No dejes que te vea los ojos. Los ojos del amo queman.

Mara, en su inocencia, obedecía, pero no comprendía la profundidad del miedo de su madre. Creía que don Sebastián era un hombre malo, sí, pero lejano, como un dios iracundo que vivía en las nubes de su mansión. No sabía que ese dios la había estado observando.

La tragedia se gestó lentamente, como una tormenta que se acumula en el horizonte. Don Sebastián empezó a notar a la muchacha. La veía a lo lejos cuando paseaba a caballo, la veía llevando agua del pozo. Al principio fue curiosidad, luego capricho y finalmente una obsesión oscura y pegajosa.

Empezó a buscar excusas para que Mara fuera a la casa grande. Lorenza, con el instinto de una loba que huele al cazador, siempre encontraba la manera de interponerse.

—La niña está enferma, patrón —mentía Lorenza, presentándose ella misma con el café—. La niña tiene torpes las manos. Yo le arreglaré la camisa.

Don Sebastián la miraba con ojos fríos inyectados en sangre por el brandy y sonreía una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Cuidas mucho a tu cría, Lorenza —decía—, pero recuerda que todo lo que nace en mi tierra me pertenece. La fruta cuando madura es para que el dueño la coma.

Lorenza bajaba la cabeza, apretando los puños bajo el delantal.

—La fruta verde amarga la boca, señor —respondía con audacia calculada—. Déjela madurar en su rama.

Sebastián soltaba una carcajada seca.

—Tienes razón, negra. Esperaremos, pero no eternamente.

V. El día de la infamia

El día fatídico llegó un 15 de septiembre, día de fiesta para los señores y de trabajo doble para los siervos. Don Sebastián celebraba su santo y había organizado una gran cena para los hacendados vecinos. La casa grande estaba iluminada por cientos de velas de cera de abeja. La música de violines flotaba en el aire caliente de la noche y el olor a asado y vino inundaba los patios.

En la cocina, el caos era total. Lorenza dirigía a las cocineras preparando platones de mole, arroz y carne. Mara estaba allí ayudando a desgranar granadas con el jugo rojo manchándole los dedos. Estaba nerviosa porque el mayordomo, Ruperto, había estado rondando la cocina toda la noche, mirándola con insistencia.

Cerca de la medianoche, Ruperto entró en la cocina.

—Tú, muchacha —señaló a Mara—, el patrón pide más vino en su despacho. Quiere que tú se lo lleves.

El corazón de Lorenza se detuvo. Soltó el cucharón dentro de la olla hirviendo.

—Yo lo llevaré —dijo Lorenza, bloqueando a su hija con su cuerpo—. La niña no sabe servir.

—El patrón pidió a la muchacha —insistió Ruperto—. Dijo específicamente la de los ojos de miel. ¿Y sabes que al patrón no se le dice que no, Lorenza, a menos que quieras ver a tu hija en el cepo mañana al amanecer?

Lorenza miró a Ruperto, miró a su hija que temblaba como una hoja y supo que estaba acorralada. Si se negaba abiertamente, usarían la fuerza y sería peor. Tenía que ganar tiempo. Tenía que estar cerca.

—Está bien —dijo Lorenza, suavizando la voz—. Ve hija, lleva la jarra, deja el vino en la mesa, baja la cabeza y sal inmediatamente. No te detengas, no hables, no mires, yo te estaré esperando en el pasillo.

Mara asintió pálida, tomó la pesada jarra de plata y salió de la cocina. Lorenza esperó dos segundos y la siguió caminando descalza y silenciosa como un gato por los pasillos de servicio.

Vio a Mara entrar al despacho. La puerta se cerró detrás de ella. Lorenza corrió hacia la puerta y pegó la oreja a la madera. Escuchó la voz pastosa de don Sebastián.

—Déjalo ahí, niña. Acércate. Déjame verte a la luz.

Lorenza se movió hacia una ventana lateral, se subió a una maceta de barro para alcanzar la altura y miró hacia adentro. Lo que vio se le grabaría en la retina y en el alma por toda la eternidad.

Don Sebastián estaba sentado en su sillón de cuero con la casaca desabrochada y el rostro rojo por el alcohol. Mara estaba de pie frente a él con la cabeza baja, las manos apretadas sobre su falda.

—Mírame cuando te hablo —ordenó Sebastián. Mara levantó la vista aterrorizada.

—Eres hermosa —murmuró el patrón, levantándose con dificultad—. Tu madre te ha escondido bien, pero la belleza no se puede tapar con trapos.

Se acercó a ella. Mara intentó retroceder, pero tropezó con una mesa.

—No, señor, por favor, tengo que volver a la cocina.

—Tú no tienes que hacer nada más que lo que yo diga —dijo Sebastián, agarrándola por la muñeca—. Eres mía, ¿entiendes? Mía. Compré a tu madre y te crié con mi comida. Eres de mi propiedad tanto como ese caballo o esa silla. Y hoy quiero cobrar mi propiedad.

Mara gritó. Fue un grito corto, ahogado por la mano grande y sudorosa de Sebastián que le cubrió la boca.

Lorenza, desde la ventana, sintió que el mundo se volvía rojo. Vio como el hombre arrastraba a su hija hacia el sofá de terciopelo. Vio la lucha desigual, la fuerza bruta contra la fragilidad. Vio como rasgaba el vestido sencillo que ella misma había cosido con tanto amor.

Quiso gritar, quiso romper el cristal, quiso entrar y clavarle las uñas en los ojos al monstruo, pero se detuvo. Una frialdad paralizante la invadió. Sabía que si entraba ahora desarmada, don Sebastián tenía una pistola sobre el escritorio y una espada en la pared. La mataría a ella y luego seguiría con Mara o llamaría a los guardias y las matarían a las dos después de torturarlas.

La intervención directa era un suicidio que no salvaría a su hija. Tenía que ser testigo. Tenía que ver para no olvidar nunca. Tenía que tragar ese veneno para poder escupirlo después.

Vio las lágrimas de su hija. Vio el dolor en su rostro cuando la inocencia le fue arrancada de golpe. Vio la brutalidad animal del hombre que jadeaba y gruñía tomando lo que no era suyo por el simple derecho de la fuerza. Cada segundo ese acto infame fue una apuñalada en el corazón de la madre.

Lorenza no cerró los ojos. Se obligó a mirar, a grabar cada detalle, cada gesto de placer sádico del patrón, cada espasmo de sufrimiento de Mara. Lloró lágrimas silenciosas que le quemaban las mejillas como ácido.

Y en medio de ese horror, mientras la lluvia afuera comenzaba a caer con fuerza, Lorenza hizo un pacto, no con Dios, porque Dios claramente había abandonado esa habitación, sino con algo más antiguo y oscuro.

—Disfruta, Sebastián —pensó apretando los dientes—. Disfruta este momento porque es el último triunfo que tendrás. Me has quitado el honor de mi hija. Me has quitado su luz. Yo te voy a quitar todo. Te voy a quitar tu nombre, tu sangre y tu futuro. Te juro que vas a desear haber muerto esta noche.

VI. El plan de la venganza

Cuando terminó, don Sebastián se apartó de Mara con indiferencia, como quien aparta un plato sucio después de comer. Se abrochó los pantalones y se sirvió otra copa de vino, dándole la espalda a la niña que yacía doblada en el sofá, sollozando, rota y sangrando.

—Ya puedes irte —dijo Sebastián sin mirarla—. Y límpiate. Mañana te quiero trabajando en la casa. Ahora eres mujer. Ya puedes servirme mejor.

Mara se levantó con dificultad, sujetando los girones de su vestido, temblando violentamente. Salió del despacho como un fantasma. Lorenza corrió hacia el pasillo para interceptarla. Cuando Mara la vio, se derrumbó en sus brazos.

—Mamá. Mamá —gemía la niña con la mirada perdida, vacía de esa luz que la caracterizaba—. Me rompió, mamá, me rompió por dentro.

Lorenza la envolvió en sus brazos fuertes, la sostuvo para que no cayera al suelo. Besó su cabello sudado y sucio. No le dijo “Todo va a estar bien”, porque sería mentira. No le dijo “Olvídalo”, porque eso era imposible.

Le dijo lo único que podía salvarlas.

—Mírame, Mara —susurró Lorenza, con una voz que sonaba a piedra y hierro—. Llora ahora, saca el dolor, pero escúchame bien, tú no eres lo que él te hizo. Tú sigues siendo mi hija, mi flor, mi luz. Él cree que te ha ensuciado, pero solo se ha ensuciado él mismo. Él cree que nos ha ganado, pero acaba de firmar su sentencia.

Lorenza levantó el rostro de su hija y le limpió las lágrimas con sus pulgares callosos.

—Esta noche morimos un poco, hija, pero mañana, mañana empieza la guerra y nosotras la vamos a ganar. Nadie lo sabrá. Nadie nos verá venir, pero te juro por mi vida que ese hombre va a apagar cada lágrima tuya con una gota de su propia sangre.

Lorenza llevó a Mara a su choza, lejos de las miradas de la fiesta que seguía en la casa grande, ajena a la tragedia. La bañó con agua tibia y hierbas aromáticas, ruda para el espanto, romero para la limpieza, árnica para los golpes del cuerpo y del alma. Quemó el vestido roto en el fogón, mirando como las llamas consumían la prueba del delito. Acostó a Mara en su propio catre y le dio a beber una infusión fuerte de pasiflora y valeriana para que durmiera sin sueños. Se quedó sentada a su lado toda la noche, velando su sueño, afilando su odio en la oscuridad.

No durmió. Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, trazando planes, descartando opciones.

El veneno rápido era tentador, pero arriesgado. Si el patrón moría de repente, sospecharían de la cocina y matarían a todos los esclavos domésticos. Además, la muerte rápida era demasiado piadosa. Sebastián tenía que sufrir, tenía que perder lo que más amaba, lo que más valoraba.

¿Y qué era lo que más valoraba don Sebastián de Arriaga? No era su dinero ni sus tierras, era su apellido, su linaje, su obsesión por tener un heredero varón legítimo que continuara su imperio. Su esposa, doña Catalina, una mujer triste y enfermiza que vivía en la ciudad de Puebla, estaba embarazada después de muchos años de intentos fallidos. Se esperaba que viniera a la hacienda para dar a luz en unos meses. Ese era el punto débil.

VII. La ladrona de mentes

Al amanecer, Lorenza se levantó. Su rostro estaba sereno, impasible. Había tomado la decisión irreversible. No huiría, no se escondería. Se quedaría allí en la boca del lobo, sonriendo, sirviendo, bajando la cabeza, mientras preparaba meticulosamente la destrucción total de su enemigo.

Fue a su huerto de plantas medicinales. Caminó entre las hileras de hierbas que daban vida hasta llegar a un rincón apartado oculto bajo la sombra de un árbol de mango, donde crecían otras plantas, plantas de hojas oscuras y flores bellas, pero mortales: belladona, estramonio, ricino y una enredadera de flores violetas que los indígenas llamaban la ladrona de mentes.

Lorenza acarició las hojas con suavidad.

—Ustedes serán mis soldados —susurró.

Arrancó unas cuantas hojas y raíces, las guardó en su bolsa de tela y regresó a la cocina.

Cuando entró en la casa grande esa mañana, el ambiente era de resaca y cansancio. Don Sebastián apareció en el comedor al mediodía con ojeras y mal humor, exigiendo café y huevos. Lorenza se lo sirvió. Se paró frente a él con la jarra de café en la mano, tan cerca que podía oler su aliento rancio. Sebastián la miró esperando ver miedo o reproche en sus ojos, pero Lorenza lo miró con una calma absoluta, una sumisión perfecta.

—¿Cómo está la muchacha? —preguntó Sebastián con cinismo.

—Está bien, patrón —respondió Lorenza con voz neutra—. Está descansando. Es joven, se recuperará. Entiende su lugar.

Sebastián soltó una risa satisfecha.

—Bien, me gusta esa actitud, Lorenza, eres inteligente. Enséñale a ser obediente y tal vez la convierta en mi favorita. Podría irle bien.

Lorenza sirvió el café en la taza de porcelana fina. El líquido negro y humeante cayó con un sonido reconfortante. Dentro de ese café disuelto en la negrura había una dosis minúscula, casi imperceptible, de una raíz que no mataba, pero que consumida día tras día, empezaba a afectar los nervios, a nublar el juicio, a sembrar la paranoia.

Era el primer paso.

—Sí, patrón —dijo Lorenza—. Ella aprenderá. Todos aprendemos.

Y mientras veía a don Sebastián llevarse la taza a los labios y beber el primer sorbo de su propia perdición, Lorenza sintió una satisfacción fría y profunda. La guerra había comenzado y el enemigo ni siquiera sabía que estaba en el campo de batalla.

VIII. El embarazo y el plan maestro

Los meses que siguieron a aquella noche de infamia no pasaron en la hacienda como hojas llevadas por el viento, sino que cayeron pesados y lentos como gotas de plomo derretido. La atmósfera de la plantación se fue tiñendo de una densidad oscura y enfermiza, un malestar invisible que parecía emanar de las mismas paredes de la casa grande y contagiarse a la tierra.

Lorenza, con la paciencia geológica de quien sabe que las montañas se desgastan con el agua, continuó su ritual matutino con una disciplina religiosa. Cada mañana, antes de que el sol disipara la niebla del río, estaba en la cocina moliendo los granos de café tostado, mezclándolos con las dosis precisas de sus polvos secretos. No era veneno para matar, era veneno para deshacer. La ladrona de mentes actuaba despacio, atacando los nervios, erosionando la confianza, sembrando sombras donde no las había.

Don Sebastián bebía su condena en taza de porcelana sorbo a sorbo, mientras leía cartas de la capital o gritaba órdenes a sus capataces, ajeno a que la mujer que le servía con la cabeza baja estaba borrando lentamente la frontera entre su realidad y sus pesadillas.

Los efectos comenzaron a manifestarse a las seis semanas. Al principio fueron sutilezas que solo Lorenza notaba: un temblor casi imperceptible en la mano del patrón cuando firmaba documentos, un parpadeo excesivo, una irritabilidad que saltaba de cero a cien por cosas insignificantes. Luego vinieron los insomnios. Don Sebastián empezó a vagar por los pasillos en plena madrugada, con una vela en la mano y la pistola en la otra, convencido de que escuchaba susurros, de que había intrusos en la casa, de que los esclavos conspiraban en silencio.

—¿Quién anda ahí? —gritaba a la oscuridad vacía, despertando a la servidumbre.

Lorenza aparecía entonces, emergiendo de las sombras como un espectro benévolo con una infusión caliente en las manos.

—No es nada, patrón —le decía con voz suave y tranquilizadora, guiándolo de vuelta a su habitación como a un niño asustado—. Es el viento del norte, son las ratas en el techo. Beba esto, le ayudará a descansar.

Y él bebía agradecido por la lealtad de la negra, sin saber que la infusión contenía más de lo mismo, reforzando el ciclo de su locura, atándolo cada vez más a la voluntad de ella.

Pero mientras Lorenza tejía su red alrededor del amo, otra tragedia florecía en el vientre de su hija. Mara había cambiado. La niña de risa fácil y canto de pájaro había muerto en aquel sofá de terciopelo. En su lugar había quedado una mujer joven de mirada esquiva, silenciosa, que se movía por la casa tratando de ocupar el menor espacio posible.

A los dos meses del ataque, Mara dejó de sangrar. Las náuseas matutinas comenzaron a sacudir su cuerpo delgado. Lorenza lo supo antes de que Mara se atreviera a confesarlo. Una tarde la encontró vomitando detrás del granero.

—Sácamelo, mamá —gritó la muchacha golpeándose el vientre—. Sácame esta cosa de adentro. Es de él. Es un monstruo. No lo quiero. Mátalo.

Lorenza sujetó las manos de su hija, deteniendo los golpes. La abrazó con fuerza contra su pecho, sintiendo los espasmos de repulsión que sacudían a la niña.

La petición de su hija era comprensible. Lorenza sabía cómo preparar los brebajes abortivos. Podía terminar con eso esa misma noche. Pero mientras acunaba a su hija, una idea fría y terrible cruzó por su mente. Ese niño no era solo un fruto del odio, era sangre de la sangre de don Sebastián. Era, ante los ojos de la naturaleza, aunque no de la ley, su hijo primogénito.

En el plan maestro de destrucción que Lorenza estaba construyendo, ese niño podía ser la pieza clave, el arma final.

—No, hija —dijo Lorenza con voz firme—. No lo vamos a sacar.

Mara se soltó horrorizada.

—¿Por qué? Lo odio, es semilla de ese demonio.

—La semilla no tiene la culpa de la tierra donde cae —mintió Lorenza, ocultando sus verdaderas intenciones—. Y porque Dios escribe recto en renglones torcidos. Este niño va a ser nuestra justicia. Mara, confía en mí. No tendrás que criarlo si no quieres, pero tiene que nacer. Tiene que nacer para que él muera.

Mara no entendió, pero la autoridad de su madre era absoluta. Se resignó, cayendo en una depresión profunda.

La situación se complicó aún más con la llegada de doña Catalina de Arriaga. Catalina estaba embarazada de siete meses, casi el mismo tiempo que Mara. La coincidencia era macabra, casi teatral. Don Sebastián recibió a su esposa no con afecto, sino con una posesividad ansiosa. Bajó las escaleras de la casa grande, ya visiblemente afectado por el veneno, y examinó el vientre de su mujer como quien examina una inversión valiosa.

—Al fin llegas —dijo Sebastián sin besarla—. Está bien. El varón te ha dado patadas fuertes.

—Sí, esposo —respondió Catalina con voz temblorosa.

—Más te vale. Necesito un heredero, no otra tumba en el cementerio familiar. Si este niño no vive, Catalina, no sé para qué sirves.

La llegada de la patrona cambió la dinámica de la casa. Lorenza fue asignada a su cuidado personal. Sebastián confiaba más en las hierbas de la negra que en los médicos charlatanes de Puebla.

—Cuídala, Lorenza —le ordenó Sebastián—. Si le pasa algo a mi hijo, si ese niño no nace vivo y respirando, te juro que te despellejo viva a ti y a tu hija. Mi linaje depende de esto.

Lorenza asintió mansa.

—No se preocupe, patrón. Yo cuidaré de la señora y del niño como si fueran míos.

Y lo dijo en serio, aunque con un significado muy diferente al que Sebastián imaginaba.

IX. El intercambio

El punto de quiebre llegó una noche de tormenta eléctrica, un mes antes de la fecha prevista para los partos. Un huracán golpeó la costa de Veracruz con furia bíblica. La hacienda quedó aislada, los caminos se convirtieron en ríos de lodo y en medio de ese caos, la naturaleza decidió que era la hora.

Doña Catalina rompió aguas en su habitación de lujo, gritando de dolor y miedo. Al mismo tiempo, en la choza humilde, Mara sintió la primera contracción.

Lorenza estaba en la casa grande cuando la doncella de Catalina la llamó.

—Lorenza, la señora ya viene.

Lorenza corrió a la habitación. Catalina estaba empapada en sudor, aferrada a las sábanas.

—No dejes que entre él —gritaba la señora refiriéndose a Sebastián—. Cierren la puerta.

Lorenza ordenó a las sirvientas que trajeran agua caliente y trapos y luego, con una autoridad que no admitía réplicas, las echó a todas.

—¡Fuera! Necesito concentración. Si alguien entra, el niño muere.

El miedo a la ira de Sebastián hizo que las sirvientas obedecieran sin chistar.

Lorenza se quedó sola con Catalina. El parto fue rápido, pero difícil. Catalina era débil, no tenía fuerza para empujar. Lorenza tuvo que usar toda su habilidad para sacar al niño. Finalmente, un llanto débil se escuchó entre el estruendo de la tormenta. Era un varón pequeño, pálido, casi azulado, pero vivo.

Lorenza lo envolvió rápidamente en una manta sin limpiarlo demasiado.

—Es un niño, señora —le dijo a Catalina, que estaba al borde del desmayo—. Descanse. Voy a limpiarlo y a traerle medicina para el dolor.

Catalina, exhausta, cerró los ojos y se desmayó. Lorenza miró el reloj de péndulo en la pared. Tenía minutos. Sabía que Mara estaba de parto. Lorenza tomó al bebé legítimo, lo metió en un canasto de ropa sucia cubriéndolo con toallas y salió de la habitación por la puerta de servicio.

Corrió hacia su choza bajo la lluvia torrencial. Mara estaba en el suelo gimiendo a punto de dar a luz.

—¡Ya voy, hija! —gritó Lorenza, dejó el canasto en un rincón y atendió a su hija.

El parto de Mara fue violento y sangriento. Pero el niño nació: otro varón, grande, robusto, llorando con pulmones potentes, con la piel de un tono rojizo oscuro que con los días se aclararía hasta ser un canela dorado.

Lorenza tomó al hijo de Mara, lo miró un segundo.

—Tú serás el amo —le susurró.

Luego tomó al hijo de Catalina del canasto. El niño blanco lloriqueaba débilmente. Lorenza sintió una punzada de piedad, pero la aplastó con el recuerdo de su hija violada. Le entregó el niño blanco a Mara.

—Tómalo —le ordenó—. Este es tu hijo ahora. Dale de mamar. Ámalo como si fuera tuyo, porque su vida es tu seguro de vida.

Mara, aturdida por el dolor y la confusión, tomó al bebé extraño y lo pegó a su pecho. El niño buscó el calor y se calmó.

Lorenza tomó al hijo de Mara, su propio nieto bastardo, lo envolvió en las toallas finas de la casa grande y salió de nuevo a la tormenta. El regreso fue una pesadilla. Entró de nuevo por la puerta de servicio, subió las escaleras, entró en la habitación de Catalina. La señora seguía inconsciente.

Lorenza sacó al bebé robusto y oscuro de las toallas, lo limpió rápidamente, lo frotó para que llorara y lo puso en los brazos de Catalina. Justo cuando esta empezaba a despertar, abrió la puerta principal de golpe.

—¡Ha nacido! —gritó a las sirvientas—. Es un varón, un varón fuerte y sano.

Las mujeres entraron corriendo, llorando de alegría. Minutos después, don Sebastián entró tambaleándose, borracho y drogado, con los ojos desorbitados.

—¿Dónde está? —exigió.

Lorenza le presentó al niño. Sebastián lo miró. Vio un bebé fuerte que gritaba con furia. No vio el color de la piel, porque los recién nacidos son rojos y morados, y la luz de las velas era tenue. Vio lo que quería ver: un heredero.

—Esa Arriaga —dijo Sebastián tocando la mano del bebé—. Se llamará Rodrigo.

Lorenza bajó la cabeza para ocultar una sonrisa triunfal y terrible.

—Sí, patrón. Rodrigo, un nombre de rey.

El intercambio estaba hecho. El hijo de la esclava dormiría en cuna de oro. El hijo de la patrona dormiría en un petate. Y Lorenza, la arquitecta de este destino torcido, se preparaba para ver como el tiempo hacía germinar la semilla de la destrucción que acababa de plantar en el corazón mismo de la familia Arriaga.

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