Había entrado fingiendo ser una clienta anónima, con la libreta escondida en el bolso, cuando apareció el mensaje de mi hija, aterrorizada: “¡Mamá, me acusa de robar! ¡Llama a la policía!”.
El corazón me dio un vuelco. Me encontraba en la tienda más exclusiva del barrio, rodeada de vitrinas relucientes y empleados de sonrisa forzada. Mi hija, Clara, trabajaba allí desde hacía dos meses, ilusionada por el primer empleo que había conseguido tras terminar el instituto. Yo había decidido visitarla sin avisar, fingiendo ser una clienta más, para observar cómo se desenvolvía y anotar detalles para una crónica que estaba escribiendo sobre el trato a los jóvenes en el mundo laboral.
Sin embargo, ese mensaje cambió todo. Guardé la libreta rápidamente y me acerqué a la zona de probadores, donde escuché voces alteradas. La gerente, una mujer de traje impecable y mirada dura, estaba de pie frente a Clara, que temblaba y tenía los ojos llenos de lágrimas. A su lado, un guardia de seguridad revisaba el bolso de mi hija mientras los clientes miraban con curiosidad y algunos cuchicheaban.

—¡No he robado nada! —decía Clara, sollozando—. Yo solo estaba reponiendo los estantes.
La gerente la interrumpió con voz fría:
—Encontramos esta pulsera en tu casillero. ¿Cómo explicas eso?
Reconocí la pulsera: era un regalo que yo misma le había dado a Clara el día que empezó a trabajar, una pieza sencilla de plata con su nombre grabado. Sentí la rabia hervir en mi pecho y avancé decidida, sin importar ya el anonimato.
—Esa pulsera es de mi hija —dije, alzando la voz lo suficiente para que todos escucharan—. Yo se la regalé. ¿Acaso no tienen registros de los productos de la tienda?
La gerente me miró sorprendida, intentando recuperar el control de la situación. El guardia revisó la pulsera y, tras comparar el número de inventario, se dio cuenta de que no correspondía a ninguna pieza de la tienda. Clara seguía llorando, mientras yo la abrazaba, sintiendo su miedo y humillación.
—Exijo que se disculpen —dije, firme—. Han acusado injustamente a una joven trabajadora y la han expuesto delante de todos. Esto no quedará así.
Algunos clientes empezaron a murmurar y a grabar la escena con sus móviles. La gerente, incómoda, intentó calmarme, pero yo saqué mi libreta y empecé a tomar notas frente a todos.
—Soy periodista —anuncié—. Y voy a escribir sobre lo que ha sucedido aquí. Sobre cómo esta tienda trata a sus empleados. Y sobre cómo una madre tuvo que intervenir para defender a su hija de una acusación falsa.
La gerente, pálida, intentó disculparse. El guardia se alejó, y los empleados se quedaron en silencio. Clara, aún temblando, me miró con gratitud.
Salimos juntas de la tienda, tomadas de la mano. Afuera, respiramos hondo bajo el cielo gris. Le prometí que nadie volvería a humillarla así. Esa noche, escribí la crónica con todos los detalles, y la publiqué en el periódico local.
La historia se hizo viral. La tienda tuvo que disculparse públicamente, y Clara recibió mensajes de apoyo de todo el país. Aprendimos que la verdad y el valor pueden vencer incluso a la injusticia más humillante, y que una madre siempre estará dispuesta a luchar por su hija, sin importar el lugar ni las circunstancias.