Ellos Nos Obligaron A Quitarnos Los Pantalones — Las Prisioneras Japonesas Se Quedaron Atónitas Por
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El aire olía a desinfectante y diésel, una mezcla demasiado limpia para la guerra. Esa fue la primera cosa que Sato notó al bajar del camión: no el alambre de púas, no los rifles, no los gritos en un idioma que todavía le sonaba como piedras chocando, sino ese olor a limpieza industrial que no pertenecía a la selva ni a la derrota.
Había pasado semanas oliendo a pantano, a sudor rancio, a tela mojada que nunca termina de secarse. Había visto a la gente deshacerse en silencio: primero el orgullo, luego el apetito, luego la voz. Cuando la capturaron, Sato creyó que lo siguiente sería castigo. Castigo por haber sobrevivido. Castigo por haber perdido. Castigo por existir del lado equivocado en una guerra que ya no podía entender.
En cambio, lo primero que llegó fue una orden.
“Formarse. Mujeres a la izquierda.”
El guardia estadounidense lo dijo con la misma voz con la que alguien anuncia la cena. Tranquilo. Sin gritar. Esa calma le apretó el estómago más que el hambre. Los hombres fueron separados a empujones, sacados de la fila con manos firmes. Las mujeres quedaron de pie bajo el sol, alineadas, expuestas a una luz que parecía afilarlo todo.
Sato sintió el calor subiéndole por el cuello. Miró a sus compañeras: rostros chupados, ojos grandes en caras demasiado pequeñas, labios partidos por la sal, la fiebre y el miedo. Algunas apretaban con fuerza la tela de sus faldas. Otras sostenían el brazo de la amiga al lado, como si el contacto fuera una forma de recordar que todavía eran humanas.
Luego una voz más lenta, desde detrás de una línea de tiendas: “Inspección médica.”
Y después, como si se tratara de un trámite: “Faldas por encima del muslo.”
El silencio que siguió ardió más fuerte que los disparos. Por un segundo Sato creyó que había oído mal. Su mente, entrenada durante años en obediencia y vergüenza, buscó otra interpretación: quizá era una amenaza. Quizá un error. Quizá no era lo que sonaba.
Una mujer, enfermera de campo en otra vida, susurró en japonés: “Quieren avergonzarnos.”
Otra murmuró, con la voz rota: “Mejor morir que obedecer.”
Pero no se levantaron rifles, no hubo risas, no se oyeron insultos. No hubo ese tono de burla que Sato esperaba del vencedor. En su lugar apareció una mesa plegable con cajas apiladas: botellas de yodo, rollos de gasa, tijeras, pomadas. Y una mujer con uniforme caqui se acercó con una tabla de clip en la mano.
Su placa decía: Cpl. Miller.

No miraba con curiosidad ni con desprecio. Miraba como mira alguien que está trabajando.
Repitieron la orden. Esta vez más cerca, con un traductor que colocó el japonés como una cuerda entre ambos mundos: “Es revisión. Es para tratar infecciones.”
Sato sintió que la sangre le golpeaba las orejas. Sus dedos temblaron sobre la tela. Levantar la falda, mostrar la piel ante el enemigo… en su vida anterior eso no era solo vergüenza; era una ruptura, una pérdida de armadura. En Japón, la modestia era disciplina. En el ejército, era mecanismo de control. Exponer el cuerpo era exponerse a la condena del propio sistema.
Sin embargo, había algo que no encajaba: el tono de aquella mujer estadounidense no era de castigo. Era de protocolo. Frío, sí; humillante por su propia naturaleza, también; pero sin intención de humillar.
Lentamente, temblando, las mujeres levantaron sus faldas por encima de las rodillas. Algunas lloraron en silencio, con la cara girada hacia el suelo. Otras se quedaron inexpresivas, como si se hubieran quedado sin lágrimas días atrás. Sato sintió el aire en la piel como una bofetada: la tela había sido su última frontera.
La cabo Miller se agachó. Sus ojos se concentraron en cada pierna, en cada tobillo inflamado, en cada marca oscura. Tocó con un guante una herida abierta; no apretó, no jugó, no se demoró. Miró, señaló, anotó. Luego sacó una botella y aplicó yodo.
El ardor fue inmediato. Una mujer a la derecha de Sato se estremeció y dejó escapar un gemido. Miller levantó la vista y dijo algo rápido. El traductor lo convirtió en japonés: “Lo siento. Arde, pero limpia.”
Esa frase, “lo siento”, golpeó a Sato con más fuerza que el yodo. En su experiencia, los médicos de campaña no pedían disculpas. Los cuerpos eran recursos. El dolor era parte del deber. La infección era debilidad. La debilidad, vergüenza.
Aquí, la debilidad se trataba como un hecho, no como un crimen.
“Podredumbre de la jungla”, dijo Miller, sin malicia, observando una úlcera en la pantorrilla de otra mujer. “La trataremos.”
Sato tragó saliva. La confusión le retorcía el estómago. ¿Por qué a los captores les importaban piernas infectadas? ¿Por qué usar medicina para el enemigo? Recordó a sus propios camaradas abandonados en la selva porque la medicina era para los oficiales, no para mujeres, no para los que ya no podían correr. Recordó cómo se aprendía a callar el dolor para no estorbar.
Aquí, el enemigo traía pomada.
Cuando Miller terminó con el primer grupo, dio un paso atrás y ordenó, con la misma calma: “Siguiente.”
Sato bajó la falda con manos torpes. Miró sus botas embarradas y se preguntó qué clase de guerra te castiga con amabilidad clínica.
Esa noche, bajo techos de lona y mosquiteros tensos, corrieron susurros como animales pequeños. “Nos hicieron mostrar los muslos… pero no para avergonzarnos.” “Dicen que mañana habrá más inspecciones.” “Dicen que si tienes fiebre te llevan a una tienda con sábanas blancas.”
Sato no durmió. El campamento tenía un ruido constante: moscas, generadores, pasos, voces en inglés. Pero lo que no la dejaba dormir era la sensación de que el mundo se había girado y ya no coincidía con lo que le habían enseñado.
La mañana llegó húmeda, brillante, zumbando. Las mujeres que habían pasado la inspección volvieron a formar. Algunas llevaban las faldas atadas por encima de los muslos, no por rebeldía, sino por resignación práctica: si era inevitable, al menos no pelearían contra cada segundo.
Lo que el día anterior había sido humillación, ahora se parecía a un ritual.
La cabo Miller apareció con dos médicos y un traductor. No hubo gritos ni sonrisas maliciosas. Solo una eficiencia tranquila. Aun así, la orden sonó fría: “Adelante. Muestren las piernas.”
Y sucedió algo más extraño todavía: los médicos no eran soldados en ese momento. Eran sanadores. Aplicaron pomada, retiraron vendajes húmedos, envolvieron con gasas limpias. Sus manos temblaban por el calor, no por crueldad. Uno silbó muy suave mientras trabajaba, como quien intenta mantenerse cuerdo entre tanta carne herida.
El traductor explicó con cuidado, en japonés: “Es para control de enfermedades tropicales. Hongos. Infecciones. Deben reportar todas las heridas.”
Sato entendió por fin: no era un castigo. Era triaje. Contención de epidemias. Si el dengue o el paludismo se extendían, se llevarían a todas, y también a los guardias. En un campamento tropical, las enfermedades no respetan banderas.
Aun así, la vergüenza no se evaporó. La acción de levantar tela, de exponer la piel, de permitir que ojos extranjeros revisaran heridas… cortó profundo. No era solo pudor; era el símbolo de la derrota. Como si el cuerpo, al volverse visible, confesara que el imperio ya no podía protegerlo.
Cuando un soldado estadounidense ofreció una cantimplora a Sato, ella dudó. El agua estaba fría, más fría de lo que había sentido desde la captura. La garganta le dolió al tragar. Parpadeó fuerte, sin saber si estaba llorando o si era sudor.
“Nos miran como pacientes, no como enemigos”, escribió una mujer más tarde en un diario que nadie leería durante años. “Fue la primera vez que un estadounidense me tocó sin odio.”
Después de cada inspección, enviaban a algunas mujeres a la enfermería. Sato fue una de ellas.
Cruzó la lona como quien entra a un sueño peligroso. El olor la golpeó: alcohol fuerte, jabón y algo fantasmagóricamente limpio. Filas de camas alineadas, cada una con sábanas blancas que parecían imposibles contra el barro de afuera. Un ventilador zumbaba débilmente desde un generador.
Sato se detuvo, desconfiada. Pensó: esto es una trampa. Si te duermes, te quiebran. Si te curan, te humillan. El entrenamiento de guerra te enseña a sospechar de todo lo blando.
Pero la cabo Miller se movía entre las camas poniéndose guantes. Su tono era rápido, pero no severo: “Siguiente paciente.”
El traductor repetía cada instrucción. “Siéntese.” “Extienda la pierna.” “Respire.”
Sato vio a un médico limpiar la herida de una mujer con yodo. El líquido quemó; la mujer hizo una mueca. El médico susurró “Lo siento” y siguió trabajando con cuidado. Esa palabra, otra vez, cayó como una piedra dentro de Sato.
Se recostó cuando le indicaron. Miller le aplicó una pomada en la pantorrilla, cubrió con gasa, vendó. No hizo preguntas ofensivas. No comentó nada sobre olor o suciedad. Solo trató.
“Te sanarás”, dijo Miller. “No es profundo.”
El traductor lo repitió en japonés, y por un momento sonó casi maternal. Sato quiso odiar a esa mujer para recordarse que era enemiga. Pero el toque frío atravesó todo su entrenamiento. La medicina era neutral, y esa neutralidad era, en ese contexto, una forma radical de humanidad.
Esa noche, mientras la lluvia golpeaba el techo de hojalata, Sato le susurró a su compañera: “Nos salvaron incluso cuando nuestro imperio ardía.”
Afuera, relámpagos titilaban como fuego de artillería lejano. Adentro, las mujeres intentaban entender qué significaba rendirse cuando el enemigo, en lugar de escupirte, te cura.
A la mañana siguiente, despertaron con olor a avena y café que venía desde el comedor. Sato casi se incorporó por reflejo, creyendo que era alucinación. Pero el olor estaba ahí, real, pesado, doméstico. El campamento se movía con rutina.
Los días comenzaron a volverse borrosos: calor, moscas, listas, vendajes, repetición. Al amanecer, las prisioneras ya estaban alineadas para el pase de lista. Después venía el trabajo ligero, la limpieza, el descanso obligado. Miller aparecía casi siempre después del desayuno, tabla con clip en mano, uniforme impecable pese a la humedad que empapaba a todos los demás.
Su voz cortaba el aire con una calma precisa. No gritaba como los sargentos japoneses que Sato temía antes. Simplemente decía: “Vamos a empezar.”
Y todos obedecían.
Cada mañana seguía el mismo patrón: cubetas de agua llenas, vendajes cambiados, registros de raciones actualizados. Miller revisaba fiebre, miraba ojos, palmeaba hombros para comprobar si había escalofríos. Llevaba dos lápices detrás de la oreja y escribía con una caligrafía pequeña y perfecta.
Su bondad, si se podía llamar así, era mecánica. Eficiente. Sin emoción visible. Y, sin embargo, indudablemente humana. La disciplina no excluía el cuidado; lo organizaba.
A mediodía, las bandejas metálicas resonaban sobre mesas largas. Arroz, frijoles, una cucharada de carne enlatada. Todos los días. Sato sintió la ironía clavándose como espina: en Japón, los civiles sobrevivían con casi nada. Su imperio moría de hambre mientras ella, derrotada, era alimentada por el enemigo.
Trató de no mostrar gratitud. Pero el hambre la traicionaba. Cada bocado se sentía como una falta, como alimentarse de la vergüenza de la rendición. Aun así comía. El cuerpo no negocia con ideas cuando necesita calorías.
Una mujer a su lado susurró: “Nos alimentan mejor que nuestros propios soldados.”
Nadie respondió, pero el silencio no fue desacuerdo. Fue aceptación amarga.
Por la noche, Miller permanecía en la enfermería escribiendo informes. A menudo Sato la veía a través de una ventana de malla: su silueta enmarcada por una linterna, vapor saliendo de su taza de café. Se quitaba la gorra, se frotaba los ojos, se quedaba escuchando el zumbido de los generadores. Parecía cansada, casi frágil.
Sato no podía decidir si era una máquina o una santa. Pero algo la atormentaba más que la figura de Miller: el sonido de las cucharas raspando metal en el comedor. Era un ruido doméstico, ordinario. Y sin embargo, cada vez que las cucharas golpeaban las bandejas, resonaba como culpa.
Esa noche Sato no pudo dormir. El ritmo metal contra metal se repetía en su mente como un tambor lento.
Unos días después, les entregaron papel y lápices. A cada prisionera le dieron una hoja delgada, con líneas azules y un sello rojo: CENSURADO.
El traductor explicó: podían escribir a la familia, pero cada línea sería revisada. Nada de quejas, nada militar, solo asuntos personales.
La ironía fue profunda. ¿Qué vida personal quedaba para prisioneras de un imperio que se desmoronaba?
Sato sostuvo el lápiz. Sus dedos temblaban por agotamiento, no por miedo. Escribió: “Madre, estoy viva.”
Y se quedó detenida.
¿Cómo explicas que tus captoras te ordenaron levantar la falda no para deshonrarte, sino para salvarte las piernas? ¿Cómo le dices a tu madre que el enemigo trata tus heridas con más suavidad que tus propios camaradas? ¿Cómo escribes sin traicionar la historia que te contaron durante años?
Escribió de todos modos: “Nos hicieron mostrar los muslos. Fue por medicina, no por deshonra.”
Las palabras parecían irreales, como si estuviera escribiendo la vida de otra persona.
A su alrededor, otras mujeres escribían en silencio. Algunas dibujaban pequeñas flores de cerezo en los márgenes, símbolos de dignidad en un papel controlado. Otras apretaban la hoja con tanta fuerza que la arrugaban.
Los guardias recogieron las cartas en un saco marrón. Sonrieron con cortesía. Nadie explicó cuánto tardaría en llegar nada. Nadie dijo cuántas cartas se quedarían en bodegas, olvidadas, esperando años.
Aun así, el acto de escribir se sintió sagrado. No por el sistema, sino por la intención: decir “estoy viva” era la última forma de resistencia.
Al anochecer, Miller entró con una pila de toallas limpias. Vio los rostros de las mujeres: esperanza, tensión, fragilidad. Un guardia dijo algo en voz baja. Sato no entendió el inglés, pero entendió el tono: no era burla ni piedad. Era cansancio.
Por un momento, Sato creyó ver en Miller algo parecido a la envidia: no por el futuro, sino por la posibilidad de tener aún a alguien a quien escribir.
Esa noche, la lluvia volvió a caer con suavidad sobre la hojalata. Las luces del campamento parpadearon. Afuera, una voz por megáfono: “Inspección mañana, grupo B.”
Las palabras congelaron a todas a medio respiro. Mañana significaba otra fila, otra orden, otra exposición de la poca dignidad que quedaba. Sin embargo, en lo profundo, algo inesperado se agitó: confianza. Una confianza mínima, peligrosa, pero real. Quizá esta vez entrarían por voluntad propia, porque ya entendían que era medicina.
La lluvia limpió el campamento. El barro brilló. El vapor subió de las superficies como si la misma selva respirara.
El grupo B estaba listo frente a la enfermería. Faldas ya atadas, mangas remangadas, rostros decididos. Lo que antes parecía violación de su intimidad, ahora cargaba una calma extraña. Sato lo notó en las demás: ya no había manos temblorosas ni rezos susurrados. Había cansancio y un tipo de aceptación que no era rendición total, sino adaptación.
Miller llegó con la tabla de clip. Esta vez no necesitó ordenar dos veces. Las mujeres avanzaron por sí mismas. Levantaron la tela y mostraron piel que empezaba a sanar. El aire olía a antiséptico y jabón.
Medir, limpiar, vendar, anotar, repetir.
Un médico señaló una cicatriz rosada y dijo algo. El traductor lo convirtió en japonés: “Buena recuperación.”
Sato no respondió con palabras. Pero su silencio ya no cargaba miedo. Cargaba una especie de reconocimiento: el cuerpo, por fin, estaba dejando de pudrirse.
En pocas semanas, muchas infecciones cutáneas desaparecieron en el campamento femenino. Esa estadística no importaba en los discursos, pero importaba en los tobillos que dejaron de supurar, en las fiebres que bajaron, en los ojos que volvieron a enfocar.
“Nos hicieron limpiar”, escribió una ex prisionera años después. “Y se sintió como derrota, porque la limpieza siempre estuvo ligada al control. Ser lavada por el enemigo era admitir que dominaban incluso tu vergüenza.”
Aun así, siguieron cada instrucción. Aprendieron a usar las raciones de jabón. Incluso, en momentos raros, se reían suavemente cuando un médico les regañaba por saltarse pasos. La risa no era felicidad; era señal de vida.
El tono de Miller también se suavizó con el tiempo. Empezó a hacer preguntas a través del traductor: “¿Dolor?” “¿Comen suficiente?” “¿Mareos?”
Palabras que en otro contexto habrían sonado como cuidado de una hermana mayor. En el contexto de la guerra, eran desconcertantes.
Un día, al final de una inspección, Miller anunció: “Registro fotográfico, grupo B.”
La palabra “fotográfico” cayó como golpe. El flash estalló como relámpago. Las mujeres se estremecieron. Sus cuerpos se tensaron, esperando humillación o propaganda. Pero el traductor explicó: “Es para archivos de la Cruz Roja. Prueba de que están vivas.”
El fotógrafo tomó varias imágenes. Cada clic fue un pequeño trueno.
Por primera vez desde la captura, Sato no apartó la mirada. Sostuvo el rostro hacia el lente sin vacilar. La cámara no capturó debilidad. Capturó supervivencia.
Horas después, el fantasma blanco del flash seguía flotando en su visión. Parpadeaba y veía un rectángulo de luz quemado. Y aun así, por detrás de la molestia, apareció una idea nueva: “Si hay foto, existimos fuera del alambre.”
Una semana después, el rumor se difundió: alguien decía que la Cruz Roja había enviado aviso a algún lugar; otro afirmaba que la foto estaba colgada en un tablero en Manila con palabras simples: “Mujeres prisioneras japonesas: vivas.”
Sato no lo creyó hasta que lo vio. Miller colgó una copia granulada en la pared de la enfermería. Treinta rostros agotados pero erguidos, de pie bajo el sol, descalzas, mirando a la cámara.
“Somos evidencia”, susurró una mujer.
Esa idea cayó como rayo. Por primera vez desde la captura, existían más allá del campamento. En algún lugar, quizá, alguien podría ver esa imagen y saber: ella sobrevivió.
Las mujeres se agolparon alrededor del papel. Algunas tocaron la foto como si pudiera respirar. Sato buscó su propio rostro, lo encontró, y sintió vergüenza y alivio a la vez.
Miller la vio mirando.
“Te ves fuerte”, dijo suavemente.
El traductor repitió.
Sato negó con la cabeza.
“Me veo perdida”, respondió.
Miller sonrió apenas, con una tristeza cansada.
“Así nos vemos todos después de la guerra.”
Esa noche, cuando el generador falló y el campamento quedó en oscuridad, la foto brilló débilmente a la luz de la luna filtrándose por la lona. Brillaba como un portal: mitad esperanza, mitad herida.
Los susurros corrieron por los barracones: “Si están tomando fotos, quizá volvamos a casa.”
Sato permaneció despierta. No sabía aún que la esperanza puede morir más rápido que el cuerpo.
Porque el hambre volvió.
No el hambre de la marcha, violenta y urgente, sino un hambre silenciosa y paciente, como un enemigo viejo que regresa para la ronda final. Los suministros empezaron a ralentizarse. La cocina olía a madera mojada y a arroz hervido sin fuerza. Las raciones menguaron, de comidas sólidas a gachas líquidas.
Miller notó la bandeja más liviana, igual que todos. No hubo privilegios visibles. Cuando los cocineros se dieron cuenta de que no quedaban frijoles enlatados, partieron sus propias bolas de arroz y las compartieron con las prisioneras. Ese gesto, mínimo, rompió algo en el interior de Sato: el enemigo también pasaba hambre.
Una noche vio algo que no habría imaginado un mes antes: un sargento estadounidense y una enfermera japonesa sentados lado a lado, comiendo del mismo pote abollado. Sin discursos. Sin traducción. Solo cucharas raspando metal.
“Nos morimos de hambre juntos”, dijo Miller en voz baja.
La traductora ni siquiera lo repitió. Estaba claro.
La propaganda había pintado a los estadounidenses como bestias. Pero aquí, bajo lámparas bajas de un campamento en la selva, el enemigo compartía el hambre, y de alguna manera eso derrumbó más muros que cualquier gesto caritativo.
Sato sintió culpa. Recordó a niños en Tokio buscando raíces. Soldados muriendo sin arroz. Familias quemando reliquias para calentarse. Y ella, prisionera, seguía viva, atendida, alimentada lo suficiente para no caer. Era una contradicción que le raspaba el alma.
Una noche, el generador volvió a morir. El campamento quedó casi en silencio. Afuera, Sato escuchó a Miller discutiendo con un oficial de suministros. La voz de Miller sonaba aguda, cansada, desesperada. No entendió todo, pero entendió lo esencial: estaba peleando por comida, por medicina, por mantener a todos vivos.
“Si nos quedamos sin nada, nos quedamos sin nada juntas”, oyó Sato a través de la lona.
A la mañana siguiente no llegaron suministros.
En su lugar, el cielo comenzó a retumbar de un modo nuevo: bajo, mecánico, irregular. Motores. Los guardias miraron hacia arriba y se cubrieron los ojos. Sato salió tambaleándose creyendo que era otro bombardeo.
Pero lo que cayó del cielo no era fuego. Era papel.
Cientos de folletos revoloteaban como nieve extraña, pegándose al barro y a los hombros. El campamento entero se volvió blanco por un instante.
Sato atrapó uno antes de que tocara el suelo. Estaba impreso en dos idiomas, inglés y japonés. Leyó y sintió que las rodillas le fallaban.
“Japón se rinde. La guerra ha terminado.”
Por un momento nadie respiró. Entonces alguien rió: un sonido roto y salvaje que se convirtió en sollozo. Otras cayeron de rodillas agarrando el papel como reliquia. Algunos guardias se quedaron inmóviles, con la mirada clavada en las palabras.
Sato susurró: “Perdimos.”
Y luego se corrigió, porque la palabra “perder” ya no alcanzaba.
“Está terminado.”
Alrededor de ella, la incredulidad chocaba con el alivio. Una mujer comenzó a cantar una melodía de infancia hasta que la voz se le quebró. Otra repetía: “Podemos irnos a casa”, una y otra vez, como si decirlo pudiera hacerlo real.