“¡Más profundo… Por favor, no puedo soportarlo más!” — El ranchero se congeló… e hizo lo impensable
“¡Más profundo… por favor… ya no puedo más!”
La frase salió como un alarido desgarrado que cortó el aire caliente del desierto.
No era un gemido.
No era deseo.
Era terror puro.
Cole Harding tiró de las riendas de su caballo, frenando en seco en la cima del risco. El viento ardiente levantó nubes de polvo, y a través de ellas vio algo que le heló la sangre: una joven tirada en la arena, medio desnuda, cubierta de sangre seca, con las muñecas atadas a la espalda y las piernas tensadas por dos cuerdas clavadas al suelo. Como si el sol del mediodía fuera parte del castigo.
Su respiración era un lamento roto, ya casi no sonaba humano.
Cole tragó saliva.
Cualquier otro hombre, escuchando aquella frase desde lejos, habría imaginado otra cosa.
Pero él no.
Él vio la verdad.
Y la verdad era cruel.

Descendió de un salto, cuchillo en mano, sintiendo el calor castigando su piel mientras corría hacia ella.
—Tranquila, chica… —murmuró, más para él que para ella.
Las cuerdas habían cortado su carne hasta el hueso. Flotaban moscas sobre la sangre seca, y el sol quemaba como si quisiera borrar su existencia. Cuando Cole cortó la primera cuerda, la chica dejó escapar un gemido tan débil que parecía venir desde otro mundo.
—Agua… —sus labios agrietados temblaron—. Por favor…
Cole inclinó su cantimplora, dejando caer solo unas gotas. El desierto era despiadado: demasiado y la mataría, demasiado poco también. Ella intentó enfocarlo con los ojos, pero solo logró susurrar una palabra que le heló las entrañas:
—Cámara…
Cole frunció el ceño.
—¿Cámara?
Ella asintió apenas.
Y entonces él lo vio: un destello de vidrio enterrado en la arena a unos metros, brillando como un ojo muerto. Un lente roto. No había huellas. No había señales de lucha.
Solo ella… y ese vidrio.
Y ahora él.
Cole sintió una presencia. No de alguien vivo. Sino de algo que había estado allí… observando.
La llevó a su caballo, la acomodó con cuidado y regresó al rancho antes de que el sol terminara de matarla. Al entrar al granero, la colocó sobre una manta y empapó un paño para ponerlo en su frente ardiente.
—Estás a salvo.
Mentira piadosa.
Ni siquiera él se lo creía.
Afuera, el desierto estaba inquieto… como si esperara que algo emergiera.
Y algo emergió.
A kilómetros de distancia, un hombre de abrigo negro terminó de limpiar un antiguo aparato de madera: una enorme cámara de placas húmedas, brillante por el químico plateado que usaba para revelar imágenes.
Jack Blackwell.
Había sido cazador de recompensas una vez.
Ahora cazaba algo distinto: la humillación perfecta, la imagen que podía comprar silencio… o muerte.
—Cinco mil dólares —murmuró, tocando una carta sellada en cera roja—. Lo que paga un padre para ocultar lo que su hija “se ha convertido”.
Cuando llegó al lugar donde había dejado a la chica para “su obra maestra”, solo encontró las estacas caídas… y un rastro.
Un condenado rastro.
Jack recogió una huella.
Una bota de ranchero.
Sonrió con satisfacción fría.
—Cowboy, ya entraste en mi fotografía.
Esa noche, mientras Cole limpiaba su rifle dentro del granero, la joven abrió los ojos por primera vez desde que la había encontrado. Llevaba puesta una camisa de él, demasiado grande para su cuerpo magullado.
—Mi… nombre es Evelyn —susurró.
—Te queda bien —respondió él, intentando sonreír.
Pero ella no sonrió.
—Dijo… que volvería por las fotos.
Esa palabra de nuevo.
Fotos.
Cámara.
Hombre del abrigo negro.
Cole sintió cómo algo oscuro se asentaba sobre el rancho. El viento cambió de olor: humo… y pólvora.
—Si ese bastardo viene… —dijo él, cargando su arma—. No saldrá vivo.
El caballo afuera relinchó.
Demasiado cerca.
Demasiado rápido.
Cole levantó el rifle.
La puerta se abrió con un chillido.
Una sombra entró.
Y el infierno comenzó.
Jack Blackwell se movía como un depredador. Su abrigo negro arrastraba polvo mientras sus ojos brillaban con puro odio.
—Me arruinaste el retrato, ranchero.
Cole ni respondió.
Le golpeó la mandíbula con la culata del rifle.
La pelea explotó como trueno.
Golpes.
Madera crujiendo.
Horses gritando en sus establos.
Jack era ágil, más fuerte de lo que su cuerpo huesudo mostraba. Tiró a Cole al suelo y lo estranguló con ambas manos. Cole vio manchas, escuchó un zumbido… y luego un destello metálico:
Evelyn.
Con un pequeño cuchillo en la mano.
Ella apuñaló el muslo de Jack con la fuerza de toda su supervivencia.
Él rugió.
Ella cayó.
Cole recuperó el aire, lo tomó por el cuello y lo estampó contra un poste.
El crujido que siguió… fue final.
Ataron a Jack al mismo pilar donde colgaban las sillas de montar. Cuando Cole encontró las placas fotográficas, las destruyó una a una. Cada estallido era un golpe a la oscuridad.
—No terminó —susurró Evelyn, temblando—. Mi padre… verá estas fotos. Pensará que yo lo… avergoncé.
Cole apretó la mandíbula.
—Entonces él verá quién fue el que quiso destruirte.
Pero la tranquilidad duró poco.
Al amanecer, llegó el sheriff Amos Reed con dos ayudantes. Encontraron a Jack aún vivo… apenas. Se lo llevaron.
No duró ni una noche en la celda.
A la mañana siguiente, apareció colgado.
¿Suicidio?
¿O justicia despiadada?
Nadie preguntó demasiado.
La calma duró solo un día.
Una carreta elegante apareció por el camino, levantando polvo como una serpiente plateada.
Un hombre bajó.
Traje negro.
Ojos fríos.
Piel de banquero.
Silas Hart.
El padre de Evelyn.
Miró el rancho como si fuera basura.
—Así que… aquí se escondía mi hija.
—No estaba escondida —respondió Evelyn—. Estaba sobreviviendo.
Silas ignoró la respuesta.
—Ranchero, te pagaré por salvarla. Pero te mantendrás lejos de ella. Mi sangre no se mezcla con…
Cole habló sin levantar la voz:
—Ella no está en venta.
El silencio se volvió afilado como un cuchillo.
Evelyn dio un paso al frente.
—Él es el único que no me trató como propiedad.
Silas palideció de furia.
—Esto no ha terminado.
Y se marchó.
Pero su amenaza quedó flotando.
Los días siguientes, la vida pareció respirar de nuevo. Evelyn recuperó fuerzas, aprendió a disparar, trabajó a su lado bajo el sol rojizo del oeste. Reían. Compartían historias. Y sin decirlo, se enamoraron.
Pero el oeste nunca perdona tan fácilmente.
Unos hombres a caballo llegaron preguntando por ella.
Cole los echó sin hablar.
Luego no vinieron más.
Quizás Silas había entendido que hay deudas que ni el dinero puede cobrar.
Una noche, Evelyn caminó hacia el fuego, tiró la carta que Jack había enviado a su padre, y vio cómo ardía.
—Perdí todo —dijo suavemente—. Ahora estoy construyendo lo que es real.
Cole le entregó un Colt.
—Quédate con esto. La próxima vez que alguien intente encuadrarte en una fotografía… muéstrale cómo dispara una mujer libre.
A mediados del verano, el rancho había cambiado.
Ya no era refugio.
Era hogar.
Una tarde, Evelyn miró el horizonte teñido de rojo y murmuró:
—Algunos hombres te encadenan con imágenes… otros rompen el lente.
Cole la abrazó desde atrás.
Olía a lluvia próxima.
El trueno retumbó.
—Lo que elegimos no será fácil, Evelyn —susurró—. Pero es nuestro.
Ella apoyó la cabeza en su pecho.
Y por primera vez, el desierto no pareció un enemigo.
Pareció un comienzo.