“‘Deseo Tu Esencia en Mi Interior’ — Susurró la Gigante Apache al Granjero Solitario”
El Eco de la Soledad
El viento del desierto barría la calle principal como si quisiera borrar las huellas de todos los que alguna vez habían pasado por allí. Las fachadas de madera crujían bajo el sol inclemente, y el polvo se levantaba en remolinos lentos, viejos como la tierra misma. En ese mundo áspero y sin promesas fáciles caminaba Nan Nina, la mujer a la que muchos llamaban “colas”. No como un lago, sino como una marca.
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Su sombra era más larga que la de cualquier otro y, cuando se detenía, parecía que el horizonte mismo dudaba antes de seguir respirando. Había sido guerrera desde niña. En la nación de Grewen había aprendido a caminar sin ruido, a leer el lenguaje de las nubes, a distinguir el miedo en los ojos de un enemigo antes de que levantara el arma. Pero su estatura, su fuerza desmedida y su voluntad indomable terminaron convirtiéndose en su condena.
Los ancianos decían que los espíritus no daban dones tan grandes sin pedir algo a cambio y que ella era ese precio. Cuando la luna estuvo roja una noche de invierno, la rodearon, la golpearon sin mirarla a los ojos y la expulsaron con apenas una manta, un cuchillo mellado y un puñado de maíz seco. No lloró. La sangre caliente en la boca sabía a despedida definitiva.
Durante días caminó sin rumbo, siguiendo el instinto más que el recuerdo. El frío le mordía los huesos por la noche y el hambre le hacía ver sombras donde no había nada. Cruzó cañones silenciosos y colinas donde solo los cuervos parecían tener derecho a existir. Cuando llegó a Pancak, ya no esperaba nada del mundo.
Se dejó caer cerca del agua, apoyó la espalda contra un pino torcido y cerró los ojos, convencida de que si moría allí, al menos lo haría escuchando el murmullo del arroyo. Fue entonces cuando apareció Jarome.
Un Encuentro Inesperado
No llegó con el estruendo de un héroe ni con palabras grandes. Venía empujando una carreta vieja tirada por una mula cansada y silbaba una melodía torpe, más para espantar su propia soledad que para alegrar el camino. Al verla, se detuvo en seco. La diferencia de tamaño era brutal.
Nan Nina abrió los ojos y su primera reacción fue llevar la mano al cuchillo, aunque sabía que apenas tenía fuerzas para levantarlo. Jarome levantó ambas manos despacio, como quien se acerca a un animal herido. No dijo nada al principio. Observó los moretones, la forma en que ella respiraba, el temblor involuntario de sus dedos.
No vio un monstruo ni un mal augurio. Vio hambre, cansancio y una soledad que conocía demasiado bien. Sacó una cantimplora, la dejó en el suelo y retrocedió un paso. Luego dejó un trozo de pan duro envuelto en tela. Nan Nina desconfió.
En su vida, nada había sido gratuito, pero el agua era fresca y el pan, aunque seco, sabía algo que no era desesperación. Jarome no se acercó más, señaló hacia el norte, donde se veía una chimenea solitaria y dijo con voz tranquila que tenía una cabaña, que podía quedarse si quería, que no pedía nada a cambio. Luego se dio la vuelta y empezó a caminar como si le diera la opción real de no seguirlo. Ella tardó un rato, pero al final se levantó.
Cada paso dolía, pero algo en la manera en que aquel hombre no había exigido nada le removió algo que creía muerto. Lo siguió a distancia hasta una cabaña pequeña hecha con tablas mal alineadas y un techo que había visto mejores inviernos. Jarome le cedió su cama y durmió en el suelo sin quejarse.
Encendió el fuego, calentó sopa aguada y la dejó comer en silencio. Los primeros días fueron así: pocas palabras, miradas largas, respeto. Nan Nina esperaba el momento en que él pidiera un precio, una deuda, algo, pero ese momento no llegaba. Jarome hablaba poco de sí mismo.
Había perdido a su familia en una fiebre que arrasó el valle años atrás. Desde entonces cultivaba lo justo, transportaba mercancía cuando podía y regresaba siempre a esa cabaña demasiado grande para un solo hombre. Cuando Nan Nina recuperó fuerzas, quiso marcharse.
La Dificultad de Pertenecer
La costumbre de no pertenecer estaba grabada en sus huesos. Jarome no la detuvo, solo le dijo que si se quedaba podía ayudar en la tierra, que el trabajo siempre era mejor con dos pares de manos. Ella miró el hacha apoyada en la pared, el cercado medio caído, el granero que pedía a gritos reparación. Asintió una sola vez.
Su fuerza cambió todo. Donde Jarome tardaba horas, ella tardaba minutos. Cortaba troncos como si fueran ramas secas. Levantaba vigas sin ayuda. Reparaba cercas que llevaban años caídas, pero no lo hacía para demostrar nada. Trabajaba en silencio con una calma que venía de aceptar lo que era. Jarome la observaba con una mezcla de asombro y gratitud.
Una noche, mientras compartían frijoles junto al fuego, le dijo que su pueblo había perdido a alguien invaluable. Nan Nina bajó la mirada. Era la primera vez que alguien hablaba de su pasado sin desprecio. El peligro llegó sin anunciarse.
Una mañana, Nan Nina encontró huellas cerca del arroyo, marcas que conocía demasiado bien. No eran de su antigua gente, sino de hombres que buscaban lo que no debía ser visto. Años atrás había sido testigo de un ritual prohibido, algo que ni siquiera los ancianos se atrevían a nombrar. Sabía que mientras viviera sería un riesgo para quienes lo habían cometido.
La Huida
Esa noche despertó a Jarome. No hubo tiempo para largas explicaciones. Le dijo que debían irse, que no era seguro. Jarome confió sin preguntar. Empacaron lo esencial y salieron bajo la luna, dejando atrás la cabaña como quien deja un recuerdo querido. Huyeron durante días.
Se escondieron en bosques espesos. Cruzaron ríos helados, durmieron en cuevas donde el eco parecía escuchar sus miedos. Nan Nina se movía como sombra, usando todo lo que había aprendido para borrar sus rastros. Jarome, aunque más lento y torpe en ese mundo salvaje, nunca se quejó. Cuando ella flaqueaba, él estaba allí. Cuando él dudaba, ella marcaba el camino.
Hubo enfrentamientos, no grandes batallas, sino momentos tensos, silenciosos, donde la vida pendía de un hilo. Nan Nina usó su ingenio más que su fuerza, desviando a los perseguidores, confundiéndolos con trampas simples y rutas falsas. Jarome aprendió rápido, siguiendo sus señales, confiando incluso cuando no entendía.
Al final llegaron a un valle escondido, fértil y olvidado. Allí construyeron algo nuevo. No era una huida eterna, sino una elección. Con el tiempo, la gente del lugar empezó a conocer a la mujer alta y callada y al hombre tranquilo que nunca hablaba mal de nadie. Vieron cómo trabajaban, cómo se apoyaban, cómo cuidaban la tierra.
Cuando nació su hija, la llamaron Hacha. Nueva esperanza. Era pequeña al principio, pero sus ojos tenían la calma del arroyo y la fuerza del viento. Los vecinos, que al principio miraban con recelo, llevaron mantas, comida, sonrisas tímidas. Nan Nina sintió algo que nunca había sentido: pertenencia.
Un Nuevo Comienzo
A veces, al atardecer, se quedaba mirando el horizonte. Recordaba el dolor, el rechazo, el frío, pero ya no dolía igual. Jarome se sentaba a su lado, Hacha dormida entre ellos, y el silencio ya no era soledad, era hogar. Así, en un mundo duro y sin garantías, una colaza encontró lo que su fuerza nunca había podido darle sola: un lugar donde ser aceptada, amada y libre.
Con el tiempo, la vida en el valle floreció. Nan Nina y Jarome se convirtieron en pilares de la comunidad, ayudando a otros que llegaban buscando refugio. La cabaña, que una vez fue un símbolo de su soledad, se transformó en un hogar vibrante, lleno de risas y amor.
La Prueba del Tiempo
Sin embargo, el pasado no siempre se queda atrás. Una tarde, mientras trabajaban en el campo, un grupo de hombres apareció en la distancia. Nan Nina sintió un escalofrío recorrer su espalda. Eran los hombres que había visto años atrás, aquellos que buscaban lo prohibido. Sin pensarlo, corrió hacia Jarome.
—Debemos prepararnos —dijo, su voz tensa—. Ellos han venido a buscarme.
Jarome la miró, comprendiendo la gravedad de la situación. Juntos, comenzaron a planear cómo proteger a su familia y a su hogar. Sabían que no podían enfrentarlos directamente, pero también sabían que no estaban solos. La comunidad se unió, dispuesta a luchar por lo que habían construido juntos.
La Batalla por el Hogar

La noche en que los hombres llegaron, el valle estaba en calma, pero el aire estaba cargado de tensión. Nan Nina y Jarome se posicionaron junto a sus vecinos, listos para defender su hogar. Los hombres avanzaron, confiados en su número, pero se encontraron con una resistencia feroz.
Nan Nina lideró a las mujeres, utilizando su agilidad y astucia para confundir a los intrusos. Mientras tanto, Jarome y los hombres del valle se enfrentaron a los atacantes, mostrando una valentía que nunca habían imaginado tener. La lucha fue intensa, pero la determinación de proteger su hogar les dio fuerzas.
A medida que la batalla se intensificaba, Nan Nina recordó las enseñanzas de su pueblo. Usó su conocimiento del terreno, guiando a sus compañeros a través de senderos ocultos y trampas. Los intrusos, desorientados y confundidos, comenzaron a retroceder.
La Victoria y la Paz
Finalmente, después de horas de lucha, los hombres que habían venido a causar estragos se retiraron, derrotados y humillados. El valle había resistido, y la comunidad se unió en un abrazo de alivio y celebración.
Nan Nina miró a su alrededor, viendo a sus vecinos, a Jarome, y a su hija Hacha, y sintió una oleada de gratitud. Habían luchado juntos y habían ganado. Su hogar estaba a salvo.
Un Futuro Brillante
Con el tiempo, la paz regresó al valle. Nan Nina y Jarome continuaron construyendo su vida juntos, criando a Hacha en un entorno lleno de amor y comunidad. La experiencia de la batalla había fortalecido aún más sus lazos, y la familia creció en amor y unidad.
Nan Nina, que una vez había sido una guerrera solitaria, ahora era parte de una familia y una comunidad que la aceptaba y la valoraba. A veces, al atardecer, se quedaba mirando el horizonte, pero ya no lo hacía con tristeza. Ahora lo hacía con esperanza, sabiendo que había encontrado su lugar en el mundo.
Epílogo: El Legado de Nan Nina
Años después, Hacha creció y se convirtió en una joven fuerte y decidida, llevando consigo la historia de su madre y su padre. Nan Nina y Jarome le enseñaron el valor de la comunidad, la fuerza del amor y la importancia de la libertad.
Cuando Hacha se convirtió en guerrera, como su madre antes que ella, Nan Nina sintió un profundo orgullo. Había pasado de ser una mujer marcada por la soledad a ser una madre y líder en su comunidad. Su legado viviría a través de su hija y de todos aquellos a quienes había tocado con su fuerza y compasión.
Y así, en un mundo duro y sin garantías, Nan Nina encontró lo que su fuerza nunca había podido darle sola: un lugar donde ser aceptada, amada y libre, y un futuro brillante para su hija y su comunidad.