“¡Despertar de Pasiones! — ‘Tengo Hambre de un Hombre’, Dijo una de las Gigantes Apaches al Ranchero Virgen”
Capítulo 1: El Llamado del Desierto
“Tengo hambre de un hombre”, dijo una de las dos mujeres apaches gigantes al ranchero virgen. El viento del desierto soplaba como un lobo hambriento sobre el pueblo de San Judas del Álamo, un puñado de casas de adobe y madera que apenas resistían el sol de Sonora en 1887. El polvo se levantaba en remolinos y se metía en los ojos de los pocos hombres que quedaban vivos después de la última incursión apache, donde antes había vida, ahora solo había miedo.
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El joven ranchero se llamaba Elías Castañeda, tenía 22 años, piel quemada por el sol, manos callosas de las arbacas y un corazón que nunca había conocido mujer. Virgen, no por virtud, sino por timidez. Había crecido entre reces y silencio, hijo único de un padre que murió de fiebre y una madre que se fue con un buscador de oro. Elías hablaba poco, rezaba más y esa noche, con una linterna en la mano y un revólver que apenas sabía usar, caminaba por la calle principal porque algo lo había despertado, un ruido de pasos pesados, como si la tierra misma caminara.
Entonces las vio. Dos mujeres, no mujeres cualquiera, gigantes, medían más de 2 metros y medio cada una. Sus piernas eran troncos de mezquite, sus brazos cables de acero. Llevaban el cabello negro trenzado con plumas de águila real, collares de dientes de puma y pieles curtidas que apenas cubrían lo necesario. En la cintura, hachas de guerra; en los ojos, hambre, no de comida, de hombre.
Elías se detuvo. La linterna tembló en su mano. El polvo se arremolinaba entre sus botas y las de ellas. La de la izquierda habló primero. Su voz era grave, como un tambor de guerra. “Tengo hambre de un hombre”, dijo. La otra sonrió. Sus dientes eran blancos, perfectos, feroces. “¿Y tú pareces fresco, vaquerito?”
Elías tragó saliva. El revólver pesaba en su cinto como una promesa rota. Nunca había disparado a nadie, ni siquiera a un coyote. “¿Quiénes son ustedes?” balbuceó. La primera gigante dio un paso. La tierra tembló. “Somos las hijas de Cochice, las que el desierto escupió cuando los hombres se volvieron cobardes. Nos llaman Stabai y Shuchup. Pero tú puedes llamarnos tus dueñas”.
Capítulo 2: La Noche de las Gigantas
Elías retrocedió, tropezó con un barril. La linterna cayó. El fuego se apagó. Oscuridad. Y en la oscuridad, una mano gigante lo levantó por el cuello de la camisa como si fuera un ternero recién nacido. “No corras, pequeño”, susurró Stabai, la que había hablado primero. “No te vamos a comer todavía”. Lo llevaron arrastras hasta la vieja misión, donde antes rezaban los frailes y ahora solo quedaban murciélagos y sombras.
Las puertas de madera crujieron al abrirse. Dentro, el aire olía a incienso viejo y sangre seca. Lo sentaron en el altar. Encendieron velas con yesca y pedernal y lo miraron. Elías temblaba, no sabía si de miedo o de algo más. Shuchup se acercó. Su aliento era cálido. Olía a mezcal y tierra mojada. “¿Eres virgen?” dijo, no como pregunta, sino como sentencia. Elías asintió. No podía mentir. Sus ojos lo delataban. Estaba y se rió. El sonido retumbó en las paredes de adobe. “Perfecto. La carne virgen es la más dulce. Pero no te preocupes, vaquerito. No te vamos a matar. Te vamos a enseñar”.
“¿Enseñar qué?” “A ser hombre”. Y así comenzó la noche más larga de la vida de Elías Castañeda. Primero lo desarmaron, le quitaron el revólver, el cuchillo, la dignidad. Luego lo ataron con cuerdas de maguey al altar, pero no con fuerza bruta, con nudos que él mismo podría deshacer si tuviera valor. Era una prueba. Stabai se sentó a su izquierda. Shuchup a su derecha.
“Escucha bien, pequeño”, dijo Stabai. “Los hombres de este pueblo corren, se esconden, se mean encima cuando nos ven. Pero tú, tú viniste con una linterna. Eso es valentía o estupidez. Vamos a descubrir cuál”. Shuchup sacó un cuchillo de obsidiana. Elías se tensó, pero no lo tocó. Lo usó para cortar una tira de su propia falda de cuero y vendó los ojos del muchacho. “Primera lección”, susurró. “El miedo no se ve, se siente, se huele, se saborea”.
Capítulo 3: Las Lecciones del Desierto
Elías sintió un dedo gigante recorrer su cuello, luego sus labios, luego su pecho. El corazón le latía como un tambor de guerra. “No tiembles”, dijo Stabai. “Oh, sí, tiembla, pero no te rindas”. Y entonces comenzaron a hablar, no de guerra, no de muerte, de vida. Le contaron cómo nacieron en las montañas de la Sierra Madre, hijas de una apache y un espíritu del trueno. Cómo crecieron más rápido que los pinos, más fuertes que los osos. Cómo los hombres las temían, las deseaban, las odiaban, cómo habían visto imperios caer y ríos secarse. Cómo habían amado y perdido. “El amor no es debilidad”, dijo Shuchup. “Es la única fuerza que no se rompe”.
Elías escuchaba y mientras escuchaba algo cambiaba en él. El miedo no se iba, pero se transformaba, se volvía curiosidad, se volvía deseo. Cuando le quitaron la venda, la luz de las velas era dorada y suave. Stabai lo desató. “Segunda lección”, dijo, “la libertad no te la dan. Te la tomas”. Elías se puso de pie. Sus piernas temblaban, pero dio un paso. Luego otro.
Shuchup le tendió su hacha. “¿Puedes levantarla?” Elías la tomó. Pesaba como un caballo muerto, pero la levantó. “Un centímetro, dos. Luego la dejó caer”. “Bien”, dijo Stabai. “No se trata de fuerza, se trata de voluntad”.
Capítulo 4: La Revelación de Elías
Y entonces, lo que nadie esperaba. Elías habló. “No quiero ser su esclavo”, dijo, “pero tampoco quiero huir”. Las gigantes se miraron. Por primera vez había sorpresa en sus ojos. “¿Qué quieres entonces?”, preguntó Shuchup. “Quiero aprender. Quiero ser hombre, pero no como los otros. No como los que corren. Quiero ser digno”.

Silencio. Luego una risa. No cruel, profunda, aprobadora. Stabai se levantó. “Entonces, ven con nosotras”. Lo llevaron al desierto. Bajo la luna llena le enseñaron a rastrear, a cazar, a pelear con las manos, con el viento, con el silencio. Le enseñaron a montar sin silla, a disparar con los ojos cerrados, a cantar a las estrellas. Le enseñaron a llorar sin vergüenza y a reír sin miedo.
Y una noche, junto a un fuego de ocote, Stabai le dijo: “Hay dos tipos de hambre, Elías, la del estómago y la del alma”. Él la miró. Ya no era el mismo. Sus hombros eran más anchos, su voz más firme, su mirada más limpia. “¿Cuál tienes tú?”, preguntó. “Las dos”, respondió ella, “pero hoy solo quiero una”. Y se besaron. No fue suave, fue tormenta, fue desierto, fue vida.
Capítulo 5: La Amenaza del Ejército
Shuchup los miró. No con celos, con orgullo. “Ahora eres hombre”, dijo. Pero la historia no termina ahí porque al amanecer llegaron los soldados, veinte hombres del ejército mexicano con rifles y órdenes de acabar con las gigantes apaches. Habían oído rumores, habían visto huellas, habían venido a matar.
Elías estaba desnudo junto al fuego. Stabai y Shuchup ya se levantaban hachas en mano. “No”, dijo Elías esta vez. “Déjenme hablar”. Los soldados lo reconocieron. “Es el hijo de Castañeda, el que desapareció”. El capitán bajó el rifle. “¿Qué haces con esas monstruos?” “No son monstruos”, dijo Elías. “Son mis maestras, mis protectoras, mis mujeres”.
Silencio. El capitán escupió al suelo. “Apártense, muchacho. O morirá con ellas”. Elías levantó el rifle. “No”. Y disparó al aire. El sonido retumbó como un trueno. “Váyanse”, dijo, “o los mato a todos”. Los soldados dudaron. Nunca habían visto a Elías así. Nunca habían visto a un hombre enfrentarse a veinte por dos mujeres, pero algo en su mirada los detuvo. El capitán maldijo. Dio la orden de retroceder.
Capítulo 6: La Nueva Vida
Cuando se fueron, Stabai lo miró. “¿Por qué lo hiciste?” “Porque ya no tengo hambre de miedo”, dijo Elías. “Tengo hambre de vida”. Y así los tres se fueron al desierto, no como amo y esclavas, no como monstruos y víctima, sino como iguales.
Años después, los viajeros hablaban de una leyenda: un hombre blanco que cabalgaba entre dos gigantes apaches, que no temía a nada, que amaba sin vergüenza, que protegía a los débiles y desafiaba a los fuertes. Y en las noches de luna llena se decía que aún se oía una voz grave en el viento: “Tengo hambre de un hombre”, pero ya no era amenaza, era invitación.
Capítulo 7: El Legado de Elías
Elías, Stabai y Shuchup se establecieron en un nuevo campamento, donde formaron una comunidad unida por la valentía y el amor. Juntos, enseñaron a otros hombres y mujeres a enfrentar sus miedos y a luchar por lo que creían. Elías se convirtió en un líder, no solo por su valentía, sino por su capacidad de escuchar y aprender de los demás.
Las historias de sus hazañas se esparcieron por el desierto, y pronto otros se unieron a ellos, buscando refugio y camaradería. La comunidad creció, y con ella, la leyenda de Elías y las gigantes apaches. Aprendieron a cultivar la tierra, a cazar y a vivir en armonía con la naturaleza, formando un hogar donde antes solo había desolación.
Capítulo 8: La Prueba Final
Sin embargo, la paz no duraría para siempre. Un nuevo grupo de esclavistas, más organizado y feroz, comenzó a acechar la zona, amenazando la tranquilidad que habían construido. Elías y las mujeres sabían que debían actuar antes de que fuera demasiado tarde.
“Debemos prepararnos”, dijo Elías una noche, mirando a las estrellas. “No podemos permitir que destruyan lo que hemos creado”. Stabai y Shuchup asintieron, decididas a luchar por su hogar y su gente. Juntos, comenzaron a entrenar a los jóvenes de la comunidad, enseñándoles a defenderse y a luchar con valentía.
Capítulo 9: La Batalla por la Libertad
La batalla final llegó en una noche oscura, cuando los esclavistas atacaron con fuerza. Elías, Stabai y Shuchup, junto a su comunidad, se prepararon para defender su hogar. El sonido de los disparos resonaba en el aire, pero el amor y la unidad que compartían les dieron la fuerza para seguir adelante.
La lucha fue feroz, y aunque estaban en desventaja numérica, la determinación de los defensores los impulsó a luchar con todo su ser. En el clímax de la batalla, Elías se enfrentó al líder de los esclavistas, un hombre cruel y despiadado que no conocía el significado de la compasión.
Capítulo 10: Un Nuevo Amanecer
Cuando el polvo se asentó, la comunidad había triunfado. Los esclavistas, sin líder, huyeron, dejando atrás el eco de su derrota. Elías, Stabai y Shuchup se miraron, sabiendo que habían defendido su hogar y que su amor había sido la fuerza que los unió en la batalla.
Con la victoria, la comunidad comenzó a sanar. Se reconstruyeron las casas, se plantaron cultivos y se celebró la vida. Elías y las gigantes apaches se convirtieron en leyendas, recordados por su valentía y su amor.
Capítulo 11: La Historia que Perdura
Los años pasaron, y la leyenda de Elías y las gigantes apaches se transmitió de generación en generación. La comunidad prosperó, y los niños crecieron con historias de valentía, amor y unidad. Elías se convirtió en un padre amoroso, enseñando a sus hijos sobre la importancia de luchar por lo que es correcto y de amar sin miedo.
Una noche, mientras miraban las estrellas, Stabai le dijo a Elías: “¿Crees que nuestros ancestros nos ven?” “Seguro”, respondió él. “Y están orgullosos de nosotros”. En ese momento, comprendieron que su amor había trascendido el tiempo y el espacio, convirtiéndose en un legado que viviría para siempre.
Capítulo 12: El Legado de Amor y Valentía
Años después, el pueblo celebró un gran festival en honor a la valentía de sus antepasados. Todos se reunieron alrededor de una fogata, compartiendo historias y risas. Elías, Stabai y Shuchup miraron a sus hijos y a la comunidad que habían construido juntos, sintiendo una profunda gratitud por todo lo que habían logrado.
El viento traía consigo el eco de la voz de Stabai: “Tengo hambre de un hombre”, pero ahora esa frase era un símbolo de amor y unidad, no de amenaza. Era un recordatorio de que el verdadero poder reside en los lazos que formamos y en la valentía de amar sin límites.