“¡Elige a la Hija del Jefe Apache! — Un Vaquero en Busca de Amor y Honor en la Tierra de los Indígenas”
Capítulo 1: La Llama de la Guerra
El jefe Apache dijo, “Elige a cualquiera de mis hijas, vaquero, te lo has ganado”. El sol se derramaba como oro líquido sobre las cumbres de la Sierra Madre Occidental cuando el humo negro empezó a subir desde el campamento Apache de Jano Rojo. Era el año de 1887 y la frontera entre Sonora y Arizona era un cuchillo que cortaba carne viva. Los cazadores de esclavos, una banda mestiza de renegados mexicanos, yanquis desertores y comanches traidores, habían olfateado la debilidad del invierno. Los apaches estaban bajos de pólvora y altos de hambre. El ataque fue un relámpago.
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Primero, los disparos de Winchesters retumbaron como truenos prematuros. Luego, las flechas incendiarias cayeron sobre los tipis de cuero de venado. Las mujeres gritaban, los niños corrían, los guerreros caían con la cara llena de sangre y sorpresa. En el centro del campamento, el jefe Halón de Hierro, viejo lobo de cien batallas, recibió una bala en el pecho y otra en la pierna, pero aún así levantó su lanza y mató a dos atacantes antes de desplomarse junto al fuego sagrado.
Fue entonces cuando llegó él. Pablo Ramírez, vaquero de Sinaloa, 28 años, sombrero tejano lleno de polvo y revólver Ciscas frescas. Venía huyendo de una deuda de sangre en Culiacán, guiado por un presentimiento que no sabía nombrar. Su caballo, un alazán llamado Rayo, relinchó al oler la pólvora. Pablo desmontó, se arrodilló tras un mesquite y empezó a disparar con la precisión de quien ha crecido entre balas. Disparó, recargó, disparó. Cada bala era un alma menos en la banda de esclavistas.
Cuando los atacantes vieron que un solo hombre les segaba la vida como trigo maduro, vacilaron. Pablo aprovechó el titubeo, corrió hacia el jefe herido, lo cargó sobre el hombro como si fuera un costal de maíz y lo arrastró detrás de un tipi en llamas. Allí encontró a las tres hijas.
Capítulo 2: Las Hijas del Jefe
Jiña, la mayor, 22 años, ojos como obsidiana afilada, llevaba un cuchillo de obsidiana en la mano y sangre enemiga en la cara. Cala, la mediana, 20 años, cuerpo de gacela y voz de trueno, sostenía un rifle casi tan grande como ella. Cia, la menor, 18 años, trenzas negras hasta la cintura, lloraba en silencio mientras vendaba la pierna de su padre con tiras de su propia falda.
“Atrás, mestizo”, gritó Jiña. “Esto no es tu guerra”. Pablo respondió en español con acento sinaloense: “Sí lo es. Los esclavistas regresaban más furiosos”. Pablo miró al jefe moribundo. “Viejo, ¿puedes montar?” Alcón de Hierro tosió sangre, pero asintió. Entre los cuatro lo subieron al lomo de Rayo. Pablo tomó las riendas. Las hermanas corrieron a su lado. Los disparos los seguían como avispas. Cala se volvió, apuntó, abatió al jinete que lideraba la persecución.
El hombre cayó con la cara en el polvo y su caballo siguió galopando. Solo subieron por un cañón angosto donde las paredes de roca roja parecían sangrar al atardecer. Pablo conocía el terreno; había arreado ganado por allí años atrás. Llegaron a una cueva oculta tras una cascada. Dentro, el aire olía a musgo y a promesas rotas. Alcón de Hierro se recostó contra la pared. La bala del pecho le había perforado un pulmón. Cada respiración era un silbido.
“Vaquero”, susurró, “me has dado una muerte digna. Mis hijas son lo único que queda de mi sangre. Elige a una. Te lo has ganado”. Pablo se quitó el sombrero, lo apretó contra el pecho. “Jefe, yo no salvo vidas por premio, pero yo doy premios por salvar vidas”, respondió el Apache con una sonrisa que era mitad dolor, mitad orgullo. “Jiña es la fuerza, Cala es el fuego. Cia es la luz. Elige con el corazón, no con los ojos. Prométemelo”.

Capítulo 3: La Elección Difícil
Pablo miró a las tres mujeres. Jiña lo observaba con desconfianza de guerrera. Cala con curiosidad de cazadora. Cia con gratitud de niña que acaba de ver un milagro. “Prometo”, dijo Pablo. Alcón de Hierro cerró los ojos. Su último aliento fue un suspiro que sonó como el viento entre los pinos. Lo enterraron al amanecer, envuelto en una manta de lana tejida por su madre.
Jiña cantó el canto de los muertos. Cala disparó tres veces al cielo. Se dejó una flor de cactus sobre la tumba. Luego miraron a Pablo. “¿Y ahora?”, preguntó Jiña. “Ahora nos vamos a las montañas altas”, respondió él. “Los esclavistas no descansan, pero yo tampoco”.
Durante tres días cabalgaron por veredas de cabras, donde un paso en falso era la muerte. Pablo iba adelante leyendo huellas como quien lee un libro abierto. Cala cubría la retaguardia tan silenciosa como un puma. Se cuidaba el caballo y canturreaba para mantener el ánimo. Jiña no hablaba, pero sus ojos seguían cada movimiento de Pablo como si quisiera aprenderlo o matarlo. Aún no decidía.
Capítulo 4: La Traición Inminente
La primera traición llegó en la noche del cuarto día. Habían acampado en un claro rodeado de pinos. Pablo dormía con el rifle cruzado sobre el pecho. De pronto, un lazo de cuero crudo le apretó el cuello. Abrió los ojos. Era Cala. “¿Qué demonios?” “Calla, vaquero”, susurró ella. “Si gritas, mato al caballo”. Jiña y Cia aparecieron entre las sombras. Jiña llevaba el cuchillo. “Cia lloraba. Nosotras decidimos nuestro destino”, dijo Jiña. “No un hombre que apareció de la nada. Vamos a regresar a vengar a nuestro padre”.
Pablo sintió el lazo cortar su respiración. “¿Y los esclavistas? ¿Creen que los recibirán con flores?” “Lucharemos solas”, respondió Cala. Pero Cia se interpuso. “Basta. Él nos salvó. Sin él estaríamos encadenadas en algún burdel de Chihuahua”. El lazo se aflojó. Cala maldijo en Apache. Jiña guardó el cuchillo.
“Una tregua”, dijo al fin. “Hasta que lleguemos al Fuerte de las Ánimas. Allí decidimos”. El Fuerte de las Ánimas era una ruina española del siglo XVI, medio derruida, medio leyenda. Se decía que los fantasmas de los conquistadores aún vigilaban sus muros. Pablo sabía que también era el escondite perfecto. Llegaron al sexto día, exhaustos, con los labios partidos por el frío.
Capítulo 5: El Fuerte de las Ánimas
El fuerte se alzaba como un esqueleto de piedra contra el cielo, pero no estaba vacío. Dentro, encadenados a las paredes, había doce prisioneros: apaches, jaquis, un chino, una mujer blanca con el rostro lleno de cicatrices. Los guardias, ocho esclavistas, jugaban a las cartas junto a una fogata. Pablo sonrió por primera vez en días. “¡Ladies!”, dijo, “hora de cobrar deudas”.
El plan fue simple y brutal. Cala trepó por las enredaderas hasta el campanario y cortó la cuerda de la campana para usarla como garrote. Cia se deslizó por un agujero en el muro y abrió la puerta trasera. Jiña y Pablo entraron por el frente disparando. El tiroteo duró menos de tres minutos, pero pareció eterno. Pablo abatió a tres. Jiña degolló a dos con su cuchillo. Cala aplastó el cráneo del capitán con la campana. Cia, temblando, disparó su primer tiro y salvó a Pablo de una bala en la espalda. Cuando el humo se disipó, los prisioneros estaban libres.
La mujer blanca se llamaba Rebecca Connor, irlandesa, exmaestra, y les enseñó un mapa tatuado en su brazo. “Rutas de esclavos desde Sonora hasta Texas. Con esto”, dijo, “podemos acabar con toda la red”. Pero la victoria fue breve. Al amanecer del día siguiente, un ejército de cuarenta esclavistas rodeó el fuerte. Su líder era un gigante pelirrojo llamado McAlister, con una cicatriz que le cruzaba la cara como un río seco.
“Entreguen a las indias”, gritó, “y les dejo vivir”. Pablo miró a las hermanas. Jiña apretó el rifle. Cala sonrió como si le hubieran ofrecido un banquete. “Cia tomó la mano de Pablo. “Nunca”, respondieron al unísono. La batalla fue una sinfonía de plomo y sangre. Los defensores usaron las troneras del fuerte como posiciones de tiro. Rebecca cargaba los rifles. Los prisioneros liberados luchaban con piedras, con dientes, con furia.

Capítulo 6: El Duelo Final
En el clímax, McAlister irrumpió por la puerta principal con un hacha. Pablo lo enfrentó en el patio. El gigante era más alto, más fuerte, pero Pablo era más rápido. Esquivó el hacha, metió el cañón del Colt bajo la barbilla del pelirrojo y apretó el gatillo. El cráneo explotó como un melón maduro. Los esclavistas, sin líder, huyeron. El silencio que siguió fue más pesado que la batalla.
Esa noche, alrededor de la fogata, Pablo miró a las tres hermanas. Habían vendado heridas, habían reído, habían llorado. Eran más que hijas de un jefe, eran tormenta, relámpago y amanecer. “El jefe Alcón de Hierro me pidió que eligiera con el corazón”, dijo Pablo. “Y el corazón no miente”. Se acercó a Jiña. Ella lo miró con esos ojos de obsidiana, ahora suavizados por algo que podría ser amor. “Tú”, dijo él, “siempre fuiste tú. La fuerza que no se rinde, la que me desafió, me odió, me salvó. Jiña, ¿quieres ser mi esposa?”.
Ella tardó un segundo eterno en responder. Luego simplemente asintió. Cala soltó una carcajada que resonó en las paredes del fuerte. “Al fin. Pensé que nunca ibas a decidirte, vaquero”. Se abrazó a su hermana mayor, lágrimas de alegría en los ojos.
Capítulo 7: La Reconstrucción
Los meses siguientes fueron de reconstrucción. El Fuerte de las Ánimas se convirtió en el nuevo hogar apache. Los prisioneros liberados se quedaron. El chino enseñó a hacer pólvora. Rebecca abrió una escuela. Pablo y Jiña se casaron bajo un arco de flores de cactus, con Cala como madrina y dama de honor. La guerra terminó no con tratados, sino con miedo. El miedo de los esclavistas a enfrentar al vaquero sinaloense y sus guerreras apaches.
Una noche, años después, Pablo y Jiña estaban en la torre más alta del fuerte, mirando las estrellas. “¿Crees que mi padre nos ve?”, preguntó ella. “Seguro”, respondió Pablo, “y está orgulloso”. Abajo, Cala entrenaba a los jóvenes guerreros. Se cantaba una canción que había aprendido. El viento traía olor a pino y a libertad.
El jefe Apache había dicho: “Elige a cualquiera de mis hijas”. Pablo eligió a la que le enseñó que el amor no es premio, sino batalla ganada día a día. Y en las montañas de Sonora, donde antes solo había muerte, ahora crecían niños con ojos de obsidiana y acento sinaloense, y la paz era tan sólida como las murallas del Fuerte de las Ánimas.
Fin