“No entres… te lo suplico”, rogó la esposa del agricultor al ranchero solitario — Pero lo que ocurrió tras esa puerta cambió sus vidas para siempre
Una historia de amor prohibido en el norte de México
Introducción
En las tierras áridas de Coahuila, donde el sol quema hasta las almas y el viento trae consigo el olor a cuero curtido y mezcal viejo, los secretos se esconden bajo la corteza seca de los mezquites y la esperanza se aferra a cada gota de lluvia. En el año de 1887, en un pequeño rancho llamado La Esperanza, la vida gira en torno al trabajo, la familia y los silencios que pesan más que el calor del mediodía.
Pero hay silencios que esconden más que palabras, y amores que nacen en la tormenta, capaces de cambiar el destino de quienes los desafían.
.
.
.

Capítulo 1: La tormenta
Don Anselmo Garza era un hombre de manos curtidas y mirada honesta, dueño del rancho La Esperanza. Junto a su esposa Lucía, una mujer de ojos verdes como el río Nasas en primavera y cabello dorado como el trigo maduro, había construido una vida sencilla pero digna. Tenían tres hijos pequeños, y cada día era una lucha contra la sequía, la pobreza y el tiempo.
Lucía era el alma de la casa. Cantaba mientras tendía la ropa, rezaba por lluvia y cuidaba de sus hijos con una ternura que contrastaba con la dureza del paisaje. Su belleza era conocida en todo el pueblo, pero su lealtad a Anselmo era aún más famosa.
A dos leguas de ahí, en el rancho El Cuervo, vivía Elías Aldíbar. Alto, moreno, de bigote espeso y ojos que parecían haber visto demasiadas muertes, Elías era un hombre marcado por la tragedia. Había perdido a su esposa y a su hija pequeña en una epidemia diez años atrás, y desde entonces hablaba solo con sus vaqueros y con su caballo negro, Relámpago.
Cada domingo, Elías iba al pueblo a vender ganado. Siempre tomaba el camino que bordeaba La Esperanza, y cada vez que veía a Lucía en el corral cantando, sentía que algo dentro de él, algo que creía muerto, volvía a latir. Pero nunca se atrevía a acercarse, no por miedo al rechazo, sino por respeto al hogar ajeno y a su propio dolor.
Una tarde de octubre, el cielo se tiñó de rojo como sangre de toro. Una tormenta terrible azotó la región: los relámpagos partían los mezquites, el viento arrancaba los techos de lámina y la lluvia caía como si quisiera borrar la tierra. Don Anselmo había salido tres días antes hacia Saltillo a vender maíz y todavía no regresaba. Lucía, con el menor en brazos y los otros dos aferrados a su falda, luchaba por cerrar la puerta cuando vio una sombra enorme bajo la lluvia. Era Elías, empapado, con el sombrero chorreando y el zarape pegado al cuerpo como segunda piel.
—¡Señora Lucía! —gritó por encima del viento—. Déjeme entrar. El río se está llevando el puente. Su esposo no podrá cruzar esta noche.
Lucía dudó. Sabía quién era él. Todo el pueblo hablaba del ranchero viudo que miraba demasiado tiempo a las mujeres casadas. Pero los niños lloraban y el techo crujía como si fuera a caer.
—Pase, pero solo hasta que pase la tormenta —dijo al fin, abriendo apenas la puerta.
Elías entró goteando, quitándose el sombrero con respeto. Los niños se escondieron detrás de la madre. Lucía le señaló una silla junto al hogar.
—Siéntese ahí. Le traigo café.
Elías no dijo nada, solo miró el fuego y después a ella con una mirada que quemaba más que las llamas. Lucía sintió que el corazón le daba un vuelco, pero se apresuró a la cocina. Cuando regresó con el café, él habló por primera vez:
—Gracias, señora. No quería molestar. Solo no podía dejar que pasaran la noche solos con este infierno afuera.
Lucía asintió, sirvió el café en una taza de peltre y se quedó de pie, vigilante. La tormenta duró horas. Los niños se durmieron en el suelo, envueltos en cobijas. Elías y Lucía quedaron solos frente al fuego. El silencio era pesado, como plomo derretido.
Entonces él habló otra vez, casi en un susurro:
—Usted canta muy bonito los domingos cuando tiende la ropa.
Lucía se sonrojó. Nadie le había dicho algo así en años. Anselmo era bueno, pero callado; trabajador, pero nunca decía palabras bonitas.
—No debería decirme eso, señor Elías.
—Sé que no debería, pero es la verdad. Y uno ya no sabe cuántas verdades le quedan por decir antes de morirse.
Lucía lo miró, vio las cicatrices en sus manos, la tristeza profunda en sus ojos y por primera vez sintió miedo, no de él, sino de lo que ella misma podía sentir.
—Mi esposo vuelve mañana —dijo con firmeza.
—Lo sé —respondió Elías—. Y yo me iré antes del amanecer. Nadie tiene por qué saber que estuve aquí.
Pero la tormenta no cedía. Pasada la medianoche, un trueno tan fuerte sacudió la casa que uno de los niños despertó llorando. Lucía corrió a consolarlo. Cuando volvió, Elías estaba de pie junto a la ventana mirando la lluvia.
—Nunca había visto una tormenta así —dijo ella, acercándose sin querer.
Él se volvió. Estaban muy cerca. El calor del fuego, el olor a tierra mojada, el latido acelerado de dos corazones que llevaban años solos de distintas maneras.
—Lucía —susurró él, usando su nombre por primera vez.
Ella retrocedió un paso.
—No, por favor.
Pero él no se acercó más, solo la miró con una tristeza infinita.
—Perdóneme, no vine por esto. Vine porque no soportaba la idea de que usted y los niños estuvieran solos con este peligro.
Lucía sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—Yo también tengo miedo, Elías. Miedo de que Anselmo no regrese. Miedo de que esta sequía nos mate. Miedo de lo que siento cuando usted me mira así.
Elías cerró los ojos como si le doliera respirar.
—Entonces, me voy ahora mismo. Aunque me mate el río, me voy.
Dio un paso hacia la puerta. La lluvia seguía cayendo como balas.
—No —gritó Lucía sin pensar—. Espere, al menos hasta que amaine un poco.
Él se detuvo, la miró y en ese momento algo se rompió dentro de los dos. Lucía se acercó lentamente. Elías no se movió. Cuando ella estuvo frente a él, levantó la mano y tocó su mejilla áspera, llena de barba de tres días.
—Solo esta noche —susurró—, solo porque estamos vivos. Y mañana, mañana todo vuelve a ser como antes.
Elías tomó su mano con suavidad, como si fuera de cristal.

—¿Estás segura?
—No —respondió ella con lágrimas—. Pero tampoco estoy segura de querer seguir viviendo sin haber sentido esto una sola vez.
Se besaron junto al fuego. Fue un beso largo, desesperado, lleno de años de soledad. Las manos de Elías temblaban cuando la abrazó. La llevó con cuidado hasta el catre del rincón, lejos de donde dormían los niños. Se amaron en silencio, con miedo, con culpa, pero también con una ternura que ninguno de los dos había conocido antes.
Cuando terminó, Lucía lloró contra su pecho.
—Mañana me odiarás —dijo él.
—No me odiaré yo, pero también te recordaré siempre.
Durmieron abrazados apenas unas horas. Antes de que cantara el gallo, Elías se levantó, se vistió y salió sin hacer ruido. La tormenta había pasado. El cielo estaba limpio y frío. Lucía lo vio irse desde la ventana. No lo detuvo.