“¡No Puedo Permitir Que Esta Noche Nos Mueran de Frío! La Apache y el Pistolero: Un Amor Prohibido”
Capítulo 1: El Silencio de Martín
En las heladas alturas del norte de Wyoming, donde el viento silba como un alma en pena y la nieve cubre todo rastro de vida, vivía un hombre que ya casi se había olvidado de su propio nombre. Todos lo conocían como Martín el Silencioso, aunque en los registros del condado todavía figuraba como Martín Hell, ex soldado confederado, ex cazador de búfalos, ex todo. Su cabaña era una mancha oscura entre pinos cargados de hielo, tan sola que hasta los lobos la evitaban.
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Aquella noche de enero de 1874, el termómetro de lata que colgaba afuera marcaba 32 grados bajo cero. El viento aullaba como si el mismísimo diablo anduviera suelto. Martín acababa de cerrar la puerta con doble tranca cuando oyó algo que no era viento, un golpe sordo contra la madera, como si alguien hubiera caído de rodillas.
Abrió apenas una rendija. El rifle Winchester listo. Lo que vio lo dejó sin aliento. Una joven apache, casi una niña todavía, estaba tirada en la nieve. Su vestido de gamuza con cuentas estaba hecho girones. La sangre le corría por la frente y se congelaba antes de tocar el suelo. Sus labios morados, los ojos entreabiertos, vidriosos.
En la mano derecha aún apretaba un cuchillo de obsidiana roto. Martín maldijo en voz baja, miró al cielo negro donde giraban los copos como cuchillas y la cargó en brazos. Pesaba menos que un ciervo recién nacido. Adentro, la chimenea rugía.
La tendió sobre la piel de oso que hacía de cama, le quitó las mocasines heladas, le frotó los pies con nieve para que la sangre volviera despacio. Le dio té de corteza de sauce con miel y un chorrito de whisky del que guardaba para las fiebres. La muchacha temblaba tanto que parecía que iba a romperse.
Capítulo 2: La Revelación de Johnny
Se llamaba Johnny. Lo dijo apenas con la voz. “Johnny del clan TLC. Diné. No, Apache, Chirikagua.” Después se desmayó otra vez. Martín sabía lo que venía. Había visto antes a los cazadores de recompensas que recorrían la frontera. El gobierno pagaba $5 por cada cabellera apache, 10 si era mujer joven. Y Johnny, aunque medio muerta, era hermosa como el amanecer sobre las montañas Sangre de Cristo.
La tormenta se volvió loca. El viento arrancaba tejas de madera, metía nieve por las rendijas. La temperatura dentro de la cabaña cayó tanto que el aliento se congelaba en el aire. Martín echó al fuego el último tronco grande y supo que no alcanzaría para la noche. Johnny abrió los ojos cerca de la medianoche. Ya no temblaba tanto, pero la piel seguía fría como el acero.

“Escucha, hombre blanco”, susurró en español torpe pero claro. “Si no dormimos juntos, los dos muertos antes del alba. No es pecado, es ley de la montaña. El cuerpo del otro es la única estufa que queda.” Martín sintió que el corazón le daba un vuelco. Hacía diez años que no tocaba a una mujer. Desde que Sara y el niño murieron de viruela en el camino a Oregón, desde entonces vivía con fantasmas.
“Ni siquiera sé tu nombre verdadero”, dijo el convó Shonka. “Yo ni basta. Y tú, tú eres el lobo solitario que todos temen. Lo sé. Mi gente habla de ti. Dicen que mataste a 20 hombres en la guerra, que tu alma está más fría que esta nieve.” “No 20”, respondió Martín. “17. Y tres eran amigos.” Ella soltó una risa débil que sonó como campanilla rota. “Entonces, ya estamos en paz. Yo maté a dos de los que quemaron mi campamento. Uno era el sheriff del Aramie, el gordo con bigote amarillo.”
Capítulo 3: Las Sombras del Pasado
Martín cerró los ojos. El sheriff McCore, claro, por eso la buscaban como a una loba rabiosa. Había una recompensa de 200, viva o muerta. La muchacha se arrastró hasta él, se metió bajo la misma manta de lana gruesa y piel de búfalo. El contacto fue eléctrico. El cuerpo de Johnny ardía de fiebre y a la vez estaba helado. Se pegó a él por detrás como cucharita, la cabeza bajo su barbilla, las piernas entrelazadas.
Martín sintió su respiración caliente en el cuello. “No tiembles tú ahora, hombre blanco”, susurró ella. “Yo no muerdo todavía.” Él soltó una risa amarga. “Hace años que nadie me abraza, ni siquiera para matarme.” Así pasaron las horas más largas y más cortas de sus vidas. Afuera, el viento gritaba. Adentro, dos corazones latían al mismo ritmo lento de quienes saben que pueden morir antes del amanecer.
Johnny habló primero. Contó cómo los mineros de Southp encontraron oro en tierra apache, cómo el ejército miró para otro lado, cómo llegaron de noche con antorchas y rifles Spenser. Su padre, el guerrero Nat Lis, murió protegiendo a las mujeres. Su hermanito de 6 años recibió un balazo en la boca. Ella escapó con tres primas. Dos las atraparon al día siguiente y las violaron antes de cortarles el pelo. Ella logró clavarle el cuchillo al sheriff en el ojo y huyó hacia el norte, hacia las montañas donde decían que vivía un hombre que no entregaba ni a los suyos ni a los ajenos.
Capítulo 4: La Conexión Inesperada
Martín escuchaba en silencio. Cuando ella terminó, las lágrimas le corrían por las mejillas y se congelaban en la barba de él. Entonces habló Martín. Habló de la guerra, de cómo vio arder Atlanta, de cómo mató a un niño yankee que no tendría más de 15 años y que lloraba llamando a su madre. Habló de Sara, de cómo la enterró con el bebé en los brazos en una tumba sin nombre en la pradera de Kansas. Habló de cómo llegó a odiar a los hombres, a los blancos, a los indios, a Dios por igual.
Cuando terminó, Johnny le tomó la cara con las dos manos, pequeñas y ásperas. “Entonces ya somos iguales. Martín Hell, dos muertos que respiran.” Y lo besó. No fue un beso de pasión de cantina, fue un beso de náufragos que se encuentran una tabla en medio del océano. Fue un beso que sabía a sangre, a nieve, a lágrimas y a vida que se niega a irse. Después se quedaron así, abrazados, piel con piel, bajo las mantas.
El calor volvió poco a poco. Los dedos de los pies de Johnny dejaron de doler. El pecho de Martín dejó de latir como tambor de guerra. Durmieron un rato, un sueño ligero de animales que se saben vigilados. Antes del amanecer, el viento cesó de pronto. El silencio fue tan grande que asustaba más que el aullido. Johnny se levantó primero. Estaba débil, pero ya no parecía un cadáver.
Capítulo 5: La Lucha por la Supervivencia
Se acercó al fuego, echó los últimos leños pequeños, puso agua a calentar. Martín la miraba desde la cama. La luz del amanecer entraba a su lado por la ventana cubierta de escarcha y dibujaba su silueta, las trenzas largas, la cintura estrecha, las cicatrices nuevas. “¿Qué vamos a hacer ahora?”, preguntó Martín, consciente de que el peligro aún acechaba.
Johnny lo miró con determinación. “Primero, debemos salir de aquí. No podemos quedarnos en un lugar donde nos encontrarán. Los cazadores de recompensas no se detendrán hasta que tengan lo que quieren.” Martín asintió, sintiendo que la adrenalina comenzaba a fluir por sus venas. “Tienes razón. Necesitamos un plan.”
Decidieron que lo mejor sería dirigirse hacia el norte, hacia las montañas. Allí, el frío sería su aliado y el terreno difícil les daría ventaja. Pero antes de partir, Martín sabía que debía asegurarse de que Johnny estuviera a salvo. “Voy a buscar provisiones. No puedo dejarte sola aquí”, dijo, preparándose para salir.
Capítulo 6: El Viaje Peligroso
Mientras Martín se adentraba en el bosque, su mente estaba llena de pensamientos sobre lo que había dejado atrás y lo que podría encontrar en el futuro. La imagen de Johnny, temblando de frío y miedo, lo impulsaba a moverse más rápido. “No puedo dejar que le pase nada”, murmuró para sí mismo.
Regresó con un par de pieles de ciervo, algo de carne seca y un poco de agua. Johnny lo recibió con una sonrisa débil pero agradecida. “Eres un buen hombre, Martín”, dijo ella, mientras él comenzaba a preparar algo de comida. “No todos habrían hecho lo que hiciste por mí.”
“Solo estoy haciendo lo que es correcto”, respondió él, aunque en el fondo sabía que había algo más profundo que lo movía a protegerla. Mientras compartían la comida, sus miradas se encontraron, y en ese instante, ambos supieron que habían formado un vínculo inquebrantable.
Capítulo 7: La Decisión de Martín
Con el primer rayo de sol, comenzaron su viaje hacia el norte. La nieve crujía bajo sus pies, y el aire helado cortaba sus rostros. Cada paso era un recordatorio del peligro que enfrentaban. “Si nos atraparan, no podría soportarlo”, confesó Johnny, su voz temblando. “No quiero volver a ser una prisionera.”
Martín sintió un nudo en el estómago. “No te dejaré. Haré todo lo posible para mantenerte a salvo.” Ella sonrió, y por un momento, el miedo se desvaneció. Pero la realidad del mundo exterior era implacable. Mientras avanzaban, los ecos de su pasado resonaban en sus mentes, recordándoles lo que tenían que perder.
Capítulo 8: La Emboscada
A medida que se adentraban en la montaña, un grupo de hombres apareció de entre los árboles. Eran cazadores de recompensas, y sus miradas eran de hambre y codicia. “¡Deténganse!”, gritó uno de ellos, levantando su rifle. “¡Entreguen a la apache y no les haremos daño!”
Martín sintió que el corazón le latía con fuerza. “Corre, Johnny. Ve hacia la cueva que vimos antes”, ordenó, mientras se colocaba frente a ella, listo para protegerla a toda costa. “No te dejaré ir”. Ella asintió, comprendiendo que la única forma de sobrevivir era separarse.
Capítulo 9: La Batalla
Martín se enfrentó a los hombres, disparando su rifle con precisión, derribando a uno tras otro. La adrenalina corría por sus venas mientras luchaba, pero sabía que no podría mantenerlo por mucho tiempo. Johnny, por su parte, se escabulló hacia la cueva, su corazón latiendo con fuerza mientras corría.
Dentro de la cueva, se sintió segura, pero el miedo la invadía. “¿Y si no regresa?”, pensó, angustiada. Sin embargo, sabía que Martín haría todo lo posible por protegerla. Afuera, los disparos resonaban, y el eco de la batalla llenaba el aire.
Capítulo 10: La Esperanza
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Martín logró derrotar a los cazadores de recompensas. Exhausto y herido, se arrastró hacia la cueva, donde encontró a Johnny esperándolo. “¡Estás herido!”, exclamó ella, corriendo hacia él. “¿Estás bien?”
“Solo un rasguño”, respondió él, aunque sabía que la herida era más grave de lo que dejaba ver. “Lo importante es que estás a salvo.” Se abrazaron, y en ese momento, supieron que habían sobrevivido a lo peor juntos.
Capítulo 11: Un Nuevo Comienzo
Decidieron que debían seguir adelante, lejos de Redemption Creek y de cualquier peligro que pudiera acecharlos. “Podemos empezar de nuevo”, dijo Martín, mientras caminaban hacia el horizonte. “Encontraremos un lugar donde nadie nos conozca, donde podamos vivir en paz”.
Johnny sonrió, sintiendo que había encontrado no solo un protector, sino también un compañero. “Quiero ser parte de tu vida, Martín. Quiero que construyamos un futuro juntos.” Él asintió, sintiendo que su corazón se llenaba de esperanza.
Capítulo 12: El Viaje Hacia el Futuro
Los días se convirtieron en semanas mientras viajaban juntos, enfrentando las adversidades del camino. Cada desafío solo fortalecía su vínculo, y poco a poco, comenzaron a soñar con un futuro juntos. Encontraron un pequeño asentamiento donde podían vivir en paz, lejos de los recuerdos de su pasado.
Capítulo 13: La Vida en la Nueva Tierra
Establecieron un hogar en la nueva tierra, y Martín se dedicó a cultivar la tierra mientras Johnny se encargaba de cuidar de la casa. La vida era dura, pero juntos podían enfrentar cualquier cosa. La risa de Johnny llenaba la casa, y cada día se sentían más como una familia.
Capítulo 14: La Celebración del Amor
Con el tiempo, decidieron celebrar su amor con una ceremonia simple. Invitaron a algunos vecinos, y aunque no era una boda tradicional, para ellos era un símbolo de su unión. “Prometo cuidar de ti, Johnny, siempre”, dijo Martín, mientras se miraban a los ojos.
Capítulo 15: La Fuerza del Amor
A medida que pasaban los años, su amor se convirtió en una fuerza imparable. Juntos, habían superado el dolor y el sufrimiento, y habían encontrado la redención en su amor. La historia de Martín y Johnny se convirtió en una leyenda en la nueva tierra, recordando a todos que el amor verdadero puede superar cualquier obstáculo.