“‘Por Favor… No Esta Noche…’, Susurró Ella — Pero al Amanecer, 300 Pistoleros Rodearon Su Cabaña”
HISTORIA COMPLETA — Versión en Español (Cinemática y Cargada de Tensión)
El viento aullaba sobre las llanuras altas, llevando consigo el olor de lluvia… y de pólvora.
Ella se sostenía apenas en el umbral de la cabaña, temblando, los ojos enormes de miedo mientras susurraba:
—Por favor… no esta noche…
Pero el vaquero solo miró hacia la oscuridad, la mano firme sobre el rifle. Sabía lo que venía.
Y al amanecer, cuando trescientos pistoleros rodearon su cabaña, ya estaba listo para enfrentarlos.
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El Llamado a la Tormenta
La noche había caído temprano en la frontera de Montana, mucho antes de que las estrellas estuvieran listas para brillar. Dentro de una cabaña solitaria, apoyada contra la sombra de los cerros, Jesse Collins limpiaba su Winchester junto al fuego. Cinco años llevaba viviendo en silencio, lejos del mundo que una vez defendió.
La guerra le había arrebatado a sus hermanos… su paz… y casi su alma.
Ahora, lo único en lo que confiaba era en el clic constante del arma en sus manos.
Entonces llegó el golpe en la puerta.
Suave. Irregular. Tembloroso.
Jesse se quedó inmóvil.
Nadie viajaba tan al oeste después del anochecer… a menos que estuviera desesperado o perseguido.
Abrió despacio.
La luz del farol iluminó a una mujer con un vestido desgarrado, barro en el rostro y sangre en la manga.
—Por favor… —susurró—. Vienen detrás de mí… no me rechaces… no esta noche…
Y se desplomó en sus brazos antes de que él pudiera contestar.
La Huida y el Nombre del Miedo
La acostó junto al fuego, limpió sus heridas con tiras de una camisa vieja.
—¿Quién viene? —preguntó.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—Los hombres de McGra… —su voz era apenas un hilo—. Mataron a mi padre… y matarán a cualquiera que me ayude…
El nombre congeló a Jesse.
Conocía a McGra.
Su banda había gobernado esas tierras con crueldad durante años.
—Estás a salvo aquí —dijo él al fin—. Esta noche, no pasarán.
Ella durmió inquieta mientras la tormenta rugía afuera. Jesse no pegó un ojo, atento a cada crujido del viento. Al amanecer, la vio abrir los ojos entre la fiebre.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella.
Él tardó en responder.
—Porque lo pediste. Y nadie más lo hizo.
Ella sonrió apenas, triste.
—Ni siquiera sabes quién soy…
—No importa. Estás herida. Eso basta.
—Me llamo Clara Halt —murmuró—. Mi padre era dueño del Valle del Sur… hasta que McGra lo quemó todo. Él quiere la tierra… y me quiere a mí…
Jesse apretó la mandíbula.
—Mañana cabalgamos. Te llevaré lejos.
Pero Clara lo agarró del brazo, aterrada.
—Por favor… no mañana… no entiendes lo que él hará…
Jesse vio el cansancio en su mirada.
Años huyendo.
Años sin descansar.
Suspiró, y le cubrió los hombros con su abrigo.
—Está bien. No mañana.
Pero sabía que McGra tampoco esperaría.
Al Alba: El Ejército
Antes del amanecer, el viento trajo un rumor.
Sombras en la niebla.
Jinetes.
Jesse los contó con la vista endurecida.
—Trescientos… —murmuró.
Entró de nuevo en la cabaña. Clara estaba sentada junto al fuego.
—Nos encontraron —dijo.
Ella palideció.
—Aún puedes huir —añadió él—. Hay un sendero detrás de la cresta. Toma mi caballo.
—No —respondió ella, firme—. No te dejaré. No te debo nada…
—Y tú tampoco me debes a mí —susurró ella—. Pero te quedaste…
Se quedaron mirando.
Dos almas rotas, aferrándose la una a la otra en el peor momento.
Jesse sonrió un poco.
—Bien. Entonces luchemos… y que nos recuerden.
Le entregó un revólver.
—¿Has disparado antes?
—Mi padre me enseñó.
—Entonces te enseñó bien.
La Batalla de la Cabaña Solitaria
Cuando sonó el primer disparo, el cielo se encendió de fuego.
Jesse disparaba desde la ventana, cada tiro certero como un latido. La cabaña vibraba bajo el impacto de las balas, pero ninguno retrocedía.
Afuera, los 300 jinetes rodeaban la casa como lobos hambrientos.
Adentro, solo había luz de fuego… y valor.
El sitio duró horas.
Jesse recibió un roce de bala en el hombro; sus manos estaban en carne viva de tanto recargar.
Pero cada vez que flaqueaba, Clara estaba allí:
cargando el arma, presionando un trapo contra su herida, susurrando:
—Vamos a lograrlo… tenemos que…
Finalmente, cuando el sol rompió sobre el horizonte, Jesse apuntó al estandarte de la banda de McGra y apretó el gatillo.
El mástil se partió en dos.
Los hombres restantes, sin líder ni valor, huyeron en todas direcciones.
Silencio.
Lento.
Profundo.
—Se fueron —dijo Jesse al fin.
Clara salió al porche.
Tendida, sucia, llena de hollín… pero viva.
Con los ojos brillando con una fuerza que Jesse no había visto en nadie en años.
—Volverán —susurró.
—Entonces estaremos listos —respondió él.
Ella lo miró, con una sonrisa cansada.
—Pudiste dejar que muriera esa noche…
—No habría sido correcto.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
Jesse miró el amanecer bañando los cerros.
—Ahora… creo que ya no estoy solo.
La luz lo cubrió todo:
la cabaña, el valle, las cicatrices de la batalla.
Y en esa luz nació algo nuevo.
No paz…
Pero sí propósito.