Necesito Hacer el Amor, No Te Muevas 😈 | La Viuda Gigante al Ranchero Solitario… ¡PERO LO QUE ÉL
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La viuda gigante y el ranchero de La Soledad
I
En el año del Señor de 1887, cuando la frontera entre Arizona y Sonora no era una lÃnea sino una herida abierta, existÃa un rancho al que pocos se atrevÃan a acercarse.
Le llamaban La Soledad.
No por casualidad.
El rancho se alzaba en una planicie reseca, donde el sol parecÃa quedarse a vivir y el viento arrastraba polvo, huesos viejos y recuerdos que nadie querÃa reclamar. Alrededor no habÃa más que mezquites retorcidos, nopales heridos por las balas del pasado y una mina abandonada en el cerro, de la que corrÃan rumores de oro… y de muerte.
Ahà vivÃa Jack Harlan.
TenÃa veintiocho años, aunque el rostro curtido y la mirada cansada lo hacÃan parecer mayor. El sol habÃa blanqueado su cabello hasta casi volverlo plata, y sus ojos —claros, duros— eran del color del cielo justo antes de que estalle una tormenta. No era un hombre de muchas palabras. No lo habÃa sido desde que, tres años atrás, unos bandidos entraron al rancho de noche y le arrebataron lo único que lo mantenÃa unido al mundo: su esposa.
Desde entonces, Jack hablaba poco.
Hablaba con sus vacas.
Con su caballo Rayo.
Y, algunas noches, con la botella de mezcal escondida bajo el catre.
La gente del pueblo cercano, Polvo Seco, decÃa que Jack estaba medio muerto por dentro. Que solo seguÃa respirando por costumbre.
Hasta que ella llegó.

II
Fue una tarde de agosto, cuando el calor hacÃa que hasta las lagartijas buscaran sombra bajo las piedras.
Un jinete apareció en el camino polvoso que llevaba al pueblo. O, mejor dicho, una jinete.
El caballo negro era enorme, musculoso, con ojos inteligentes. Cuando se detuvo frente a la cantina, el suelo pareció vibrar. Los hombres levantaron la vista… y se quedaron inmóviles.
La mujer que desmontó parecÃa salida de una historia mal contada alrededor del fuego.
VestÃa luto riguroso: un vestido negro hasta los tobillos, botas de cuero grueso y un velo que le cubrÃa parte del rostro. Pero ni el velo ni la ropa podÃan ocultar lo evidente.
Era gigante.
MedÃa más de dos metros. Sus hombros eran anchos, su espalda recta, su cintura marcada y sus movimientos firmes, seguros. No habÃa torpeza en ella. No habÃa exageración. Solo una presencia que imponÃa silencio.
—Buenas tardes, caballeros —dijo.
Su voz era grave, profunda, pero extrañamente dulce. Como miel oscura.
—Me llamo Rosa Sánchez. Algunos me dicen la giganta. Soy viuda. Busco trabajo.
Un murmullo recorrió el lugar.
—Sé cocinar, trabajar el campo, herrar caballos y levantar lo que haga falta —continuó—. No pregunto demasiado. Tampoco me gusta que me pregunten.
Fue entonces cuando Jack Harlan, que estaba de pie en la puerta de la tienda general, la vio.
Y algo, muy dentro, se movió.
III
Jack no supo explicar después qué fue lo que lo hizo hablar. Quizá fue la forma en que la mujer sostenÃa la mirada. O el peso invisible que parecÃa cargar. O el hecho de que, por primera vez en años, alguien no lo miraba con lástima.
—¿Puedes quedarte en el rancho? —preguntó.
Rosa giró lentamente la cabeza hacia él.
Lo estudió.
El vaquero alto, fuerte, callado. Las manos llenas de cicatrices. Los ojos que no huÃan.
—Pago bien —añadió Jack—. Y no pregunto pasado.
Rosa sonrió apenas.
Solo con media boca.
—Órale, vaquero —respondió—. Acepto.
Desde ese dÃa, La Soledad dejó de ser la misma.
IV
Rosa trabajaba como si la tierra no pesara. Levantaba troncos que normalmente requerÃan cuatro hombres. Arreglaba cercas antes del amanecer. Ordeñaba veinte vacas sin quejarse. Una vez, cuando un toro bravo rompió el corral, lo tomó de los cuernos y lo llevó de regreso como si fuera un animal doméstico.
Los peones la miraban con una mezcla de respeto, miedo y algo más difÃcil de nombrar.
Jack la observaba en silencio.
No con deseo inmediato.
Con reconocimiento.
Las noches en la casa de adobe eran largas. El viento aullaba afuera. La chimenea crepitaba. Rosa cocinaba frijoles, pan y carne seca. Jack sacaba el mezcal. A veces hablaban. A veces no.
Pero habÃa algo en el aire.
Algo contenido.
Como si ambos supieran que estaban caminando hacia un punto del que no habrÃa regreso.
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V
La noche de luna llena llegó después de una jornada agotadora reparando un corral destruido por una tormenta.
Jack estaba en su cuarto, sentado en la cama, limpiando una herida vieja del antebrazo. La puerta se abrió sin que llamaran.
Rosa entró.
No llevaba el velo. El cabello negro caÃa libre sobre sus hombros. La luz de la luna dibujaba sombras en su rostro.
—Jack —dijo—. Ya no quiero dar vueltas.
Él levantó la mirada.
—Estoy cansada de huir —continuó—. De enterrar cosas. De fingir que no siento.
Se acercó.
—Necesito quedarme. Necesito que me mires como soy.
Hubo un silencio largo. Denso.
Jack se levantó despacio.
La miró a los ojos.
—No soy un hombre fácil —dijo—. Y lo que perdÃ… no se borra.
Rosa asintió.
—No vine a borrar nada —respondió—. Vine a quedarme, si me dejas.
Lo que ocurrió después no necesitó palabras.
La puerta se cerró.
La luna siguió su camino.
Y La Soledad dejó de estar vacÃa.
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VI
Al amanecer siguiente, el infierno llegó a caballo.
Quince hombres armados descendieron del cerro, liderados por El Toro Salazar, un bandido famoso por no dejar nada en pie. Buscaba el rancho. Buscaba la mina. Buscaba sangre si era necesario.
Rosa salió primero.
Un rifle en cada mano.
Jack se colocó a su lado.
—Este es mi rancho —dijo—. Y esta es mi mujer.
El Toro rió.
—Pues entréganos todo… empezando por ella.
La respuesta fue pólvora.
La pelea fue brutal. Corta. Salvaje.
Rosa disparaba con precisión mortal. Jack se movÃa como si hubiera nacido para ese momento. Cuando El Toro apuntó a Jack, Rosa se interpuso. El disparo la alcanzó en el hombro.
Jack no gritó.
Corrió.
El cuchillo brilló una sola vez.
Cuando el polvo se asentó, los bandidos huÃan. El Toro yacÃa muerto.
Rosa cayó de rodillas.
Jack la sostuvo.
—No te me mueras —dijo.
—No pienso hacerlo —respondió ella, con una sonrisa cansada.
VII
Rosa sobrevivió.
Un mes después, se casaron en la iglesia de Polvo Seco. El sacerdote tuvo que subirse a un banco para alcanzarlos. La gente miraba con asombro, con miedo, con respeto.
Tuvieron hijos. Muchos.
Altos como ella.
Firmes como él.
La Soledad se convirtió en leyenda.
Y cuando alguien preguntaba cómo una giganta terminó al lado de un ranchero solitario, Rosa respondÃa siempre lo mismo:
—Porque no todos los gigantes se miden con el cuerpo. Algunos se miden con el alma.