«Está prohibido…» susurró ella.El ranchero lo entendió… y todo Dodge City tembló.
La coraza del desierto
El sol de julio caía a plomo sobre los pastizales de Kansas, como si quisiera fundir la tierra misma. Jack Holster, ranchero de cuarenta y tantos, curtido por el viento y la soledad, cabalgaba despacio en su alazán Rayo, buscando unas vacas perdidas.
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El sudor le corría por la nuca y se metía bajo el cuello de la camisa. De pronto, entre la hierba alta, algo negro llamó su atención.
Al principio pensó que era un cuervo muerto, pero no. Era una mujer vestida de monja, tirada boca arriba, con el hábito levantado hasta las rodillas y los pies destrozados, sangrando.
—Ándale, Rayo —murmuró y bajó del caballo con el corazón en la garganta.
Se acercó despacio.
La hermana era joven, no pasaría de veintidós años, con el rostro pálido y los labios resecos.
Respiraba apenas.
Jack se quitó el sombrero y se arrodilló junto a ella.
—Señorita, hermana, ¿me oye?
Ella abrió los ojos apenas, asustada como venado acorralado, y retrocedió arrastrándose con las manos.
—No me toque. Está prohibido. Está prohibido —susurró con voz quebrada.
—Pues si no la toco se me muere aquí y yo no cargo con eso en la conciencia —respondió él con la calma de quien ha visto demasiados muertos.
La hermana intentó rezar, pero solo le salían gemidos.
Jack sacó su cantimplora, le mojó los labios y luego, sin pedir permiso, la levantó en brazos como si fuera pluma.
Ella se puso rígida, llorando en silencio, repitiendo: “Pecado, pecado”.
—Pues que me castigue Dios a mí, no a usted —dijo él y la acomodó en la silla delantera.
Montó atrás, la rodeó con un brazo para que no se cayera y picó espuelas rumbo a su cabaña a ocho millas de allí.
La cabaña era chica, de troncos, con un solo cuarto y una chimenea que casi nunca se encendía en verano. Jack la recostó en su propia cama, le quitó con cuidado las sandalias rotas y le lavó los pies con agua del pozo. Los tenía llenos de espinas y cortadas profundas. Había caminado descalza quién sabe cuántas leguas.

Le puso árnica y los vendó con tiras de una camisa vieja. Después le dio agua con un poco de miel. La hermana bebió como si nunca hubiera probado nada dulce. Cuando volvió en sí del todo, se incorporó de golpe y se cubrió con la sábana hasta la barbilla.
—¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
—Jack Holster, para servirla. Y usted está en mi rancho.
—Hermana Alice, hermana Alice del Misión San Buenaventura en Dere.
—¿Y qué hace una monja sola en medio del desierto con los pies hechos trizas?
Ella bajó la mirada. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—No huí de Dios, señor Holster, huí de los hombres que se visten con el nombre de Dios.
Y entonces habló.
Contó que el padre Whitlac, el superior del Misión, y el sheriff Collins, eran cómplices. Recogían donativos para los huérfanos indios y los pobres mexicanos que llegaban en los trenes de carga. Pero el dinero nunca llegaba a su destino. Lo gastaban en el Long Branch Saloon, en mesas de juego y en mujeres de sonrisa pintada.
Tres hermanas que habían empezado a hacer preguntas habían desaparecido. Una se perdió en el río, otra se la llevó la fiebre. La tercera regresó a su pueblo en Mesore. Nadie encontró los cuerpos.
Alice era la encargada de llevar los libros de cuentas. Una noche, cuando todos dormían, abrió el cajón del padre Whitlac y vio la verdad: columnas falsas, firmas inventadas, bolsas de oro escondidas detrás del altar. Esa misma noche oyó al padre y al sheriff planeando hacerla callar para siempre.
Tomó lo único que pudo, su rosario y el hábito, y salió corriendo por la puerta trasera. Cruzó el río Orkenso descalza, caminó toda la noche y el día siguiente hasta que las fuerzas le fallaron.
Jack escuchaba sin parpadear. En su mente apareció el rostro de su difunta esposa Lucía, muerta cinco años atrás porque no hubo dinero para llevarla al doctor de Hchedo. La fiebre se la llevó en quince días.
Desde entonces, Jack vivía solo con sus vacas y su resentimiento.
Cuando Alice terminó de hablar, él solo dijo:
—Se queda aquí hasta que pueda caminar.
Ni una palabra más de prohibido. Yo no la toqué con mala intención y Dios lo sabe.
Los días siguientes fueron raros y hermosos. Jack salía al amanecer a trabajar el ganado y regresaba al atardecer con leche fresca, huevos y un conejo para el caldo. Alice al principio se negaba a comer en la misma mesa. Rezaba de espaldas en voz baja, pero el hambre es terca y poco a poco se sentó frente a él.
Hablaban poco. Ella le preguntaba por las estrellas. Él le contaba historias de los comanches que aún rondaban por ahí.
Una noche, Jack le prestó una camisa suya para que lavara el hábito. Alice se miró en el espejito rajado de la pared y se vio el cabello largo, dorado, enredado.
Jack la pilló cortándolo con las tijeras de esquilar.
—¿Qué hace, mujer?
—No puedo seguir siendo monja si ya rompí los votos de obediencia —dijo ella y siguió cortando.
Cuando terminó, parecía otra, una muchacha cualquiera, bonita de madre, con los ojos verdes llenos de miedo y de algo más que Jack no se atrevía a nombrar.
Una mañana, Alice ya podía caminar sin cojear. Se paró en la puerta con el sol detrás y habló claro.
—Tengo que volver, Jack. Si no, nunca van a creer. Tengo que entrar al misión y abrir ese cajón delante de todo el pueblo.
—Van a matarla.
—Entonces moriremos los dos. Pero ya no más niñas desaparecerán.
Jack se quedó callado un rato larguísimo. Después fue al rincón, sacó su Winchester del 44 al 40 y lo limpió con calma.
—Cuando usted diga, hermana.
Partieron al día siguiente antes de que cantara el gallo. Jack llevaba a Alice sentada atrás, abrazada a su cintura. Ella ya no decía, “Está prohibido”.
Dere apareció al mediodía, polvorienta y ruidosa, con los vaqueros gritando y el tren silbando a lo lejos.
Frente al misión, una docena de huérfanos jugaba con un perro sarnoso. El padre Whitlac estaba en la puerta, gordo y colorado, hablando con el sheriff Collins, que tenía la estrella bien brillante y una sonrisa de víbora.
Cuando vieron a Alice sana y con el cabello corto, acompañada del ranchero, se les congeló la cara.
—Hermana Alice, alabado sea el Señor, ¿estás viva? —gritó el padre abriendo los brazos falsos.
El sheriff puso la mano en la culata del revólver.
—Ven, hija mía, entremos a rezar acciones de gracias —dijo Whitlac.
Alice se bajó del caballo con dignidad.
—No voy a entrar como prisionera, voy a entrar como testigo.
Y alzó la voz para que todo el pueblo la oyera.
—Este hombre y este sheriff han robado el dinero de los huérfanos. Tienen el oro escondido detrás del altar. Tres hermanas ya murieron por saberlo.
Primero hubo silencio, luego risas de borrachos. Después una mujer mexicana, madre de cinco, gritó:
—Mi hijo se murió de hambre mientras estos cabrones jugaban cartas.
El sheriff sacó el arma.
—Cállate, monja loca, o te callo yo.
Jack levantó el rifle sin prisa.
—Baja esa pistola, Collins. Hoy no.
El pueblo empezó a acercarse. Los vaqueros del celú, los ferrocarrileros, las mujeres del burdel, que también daban su óbolo al misión, todos.
El padre Whitlac intentó cerrar la puerta del misión, pero un vaquero grandote la empujó de una patada. La madera podrida cedió.
Dentro, el escándalo fue mayúsculo. El cajón del altar estaba abierto. Sacos de monedas de oro, billetes arrugados, hasta joyas de las muertas. Los libros de cuentas cayeron al suelo y las páginas falsas se regaron como hojas secas.
El sheriff intentó correr. Un lazo lo atrapó por el cuello. Al padre Whitlac lo bajaron a jalones del altar mientras gritaba latines que nadie entendía.
El pueblo hizo justicia a su manera. Los amarraron a la rueda de un carro y los llevaron a la cárcel del fuerte entre insultos y escupitajos.
Esa misma tarde, el nuevo padre provisional, un viejo misionero honrado que venía de Santa Fe, repartió el dinero recuperado entre los huérfanos y los pobres. Hubo lágrimas, abrazos y hasta un mariachi improvisado con guitarras prestadas.
Alice se quedó en el misión, pero ya no usaba toca. Se cortó el cabello más corto y se puso un vestido sencillo que le regaló la viuda Sánchez. Dirigía la escuela, enseñaba a leer a los niños indios y mexicanos y nunca más volvió a tener miedo.
Jack regresó a su rancho. Los primeros domingos pasaba por el misión a dejar leche o carne. Hablaba dos minutos con Alice y se iba. Después simplemente aparecía cada sábado al atardecer, amarraba a Rayo en la cerca de troncos y se quedaba ahí parado con el sombrero en la mano mirando la puerta. No decía nada, no hacía falta.
Los meses pasaron. Una tarde de octubre, cuando el viento ya olía a invierno, la puerta del misión se abrió. Alice salió con un chal sobre los hombros y se paró frente a él. No hablaron. Ella tomó la mano callosa de Jack y la apretó fuerte.
Desde ese día, cada sábado, cuando el sol se ponía detrás de las colinas, se les veía caminando juntos por el camino del río, el ranchero y la exmonja, sin prisa, sin promesas ruidosas, pero con la certeza tranquila de quienes ya encontraron su lugar en el mundo.
Y así, en el viejo oeste, donde la ley a veces era solo un pedazo de lata en el pecho de un hombre, nació una historia que nadie escribió en los periódicos, pero que todos contaron junto al fuego. La historia de la coraza del desierto que no se arrodilló ante los falsos profetas y del hombre callado que esperó bajo el sol hasta que ella decidió caminar a su lado.
Porque a veces el amor más grande no grita ni dispara, solo espera. Y eso ya es suficiente.