“¡Plantaremos nuestra semilla en ti!”: La aterradora amenaza de 4 gigantes guerreros apaches a la viuda indefensa
La cabaña en la tormenta
En el corazón de las montañas nevadas de Nuevo México, en el año 1875, se alzaba una cabaña solitaria de troncos robustos, azotada por vientos helados que traían consigo los ecos de lobos y espíritus antiguos. La nieve caía sin piedad, cubriendo todo con un manto blanco que parecía decidido a borrar hasta el último rastro de vida. Allí vivía Elena Vargas, una joven de 25 años que había llegado dos años atrás junto a su esposo Juan, huyendo de la miseria y la violencia de la frontera mexicana. Habían soñado con una vida nueva, con tierras propias y con hijos que corrieran libres entre los pinos. Pero una noche de tormenta, la fiebre se llevó a Juan en cuestión de horas. Elena lo abrazó hasta que su cuerpo se enfrió y luego lo enterró bajo un montón de piedras junto al arroyo. Desde entonces, la cabaña era su cárcel y su fortaleza.
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Elena era hermosa, aunque ya casi lo había olvidado. Sus ojos verdes como el jade de las minas de Chihuahua, su cabello castaño trenzado hasta la cintura, y su piel morena, curtida por el sol y ahora agrietada por el frío, eran vestigios de una vida pasada. Vestía siempre el mismo vestido ocre, remendado una y otra vez, y un chal de lana que había tejido con la poca lana de las ovejas que sobrevivieron al primer invierno. Cada mañana salía con el viejo rifle Winchester de su marido, buscando conejos o liebres, recogiendo leña, reparando goteras. Hablaba sola, rezaba en voz alta y cantaba corridos que su madre le había enseñado en Sonora. Por las noches, el silencio era tan denso que podía escuchar su propio corazón latiendo.
Una tarde de finales de enero, cuando el sol se hundía rojo tras las cumbres, Elena vio cuatro sombras moverse entre los pinos. Al principio pensó que eran lobos, pero luego distinguió siluetas humanas, altas y anchas de hombros, que caminaban con la seguridad de quienes no temen a nada ni a nadie. Apaches. El miedo le apretó la garganta, pero también sintió una extraña curiosidad. Cargó el rifle y se acercó a la ventana. Eran cuatro guerreros magníficos. El mayor, Tasa, llevaba cicatrices profundas en el pecho y el rostro, marcas de batallas contra soldados mexicanos y yanquis. Quino, delgado y con ojos de halcón, parecía oler el viento. Nantan era un coloso, con brazos como troncos de mesquite, y Gerón, el más joven, apenas superaba los 20 años, con una pluma de águila blanca en su trenza larga.
Vestían pantalones de cuero con flecos, camisas abiertas que dejaban ver torsos broncíneos y musculosos, collares de turquesa y concha, y cada uno llevaba un revólver al cinto y un cuchillo en la bota. Habían sido desterrados de su ranchería en la Sierra Madre por negarse a firmar un tratado que entregaba sus tierras sagradas a los blancos. Llegaron a la puerta y golpearon con respeto. Elena abrió apenas una rendija, el rifle apuntando al suelo.
—Buenas tardes, señora —dijo Tasa en un español lento pero claro—. La tormenta viene fuerte. Pedimos solamente un rincón junto al fuego esta noche. No traemos guerra.
Elena los miró. Vio cansancio en sus rostros, pero también dignidad. Notó que sus manos estaban vacías de armas levantadas y vio algo más: un deseo contenido, una hambre que no era de comida. Bajó el rifle.
—Pasen —dijo con voz ronca por el desuso—. Hay estofado de venado y café.
Los cuatro entraron agachándose por el marco bajo. La cabaña nunca había parecido tan pequeña. Sus cuerpos llenaban el espacio, y su olor a humo de leña, cuero y sudor limpio impregnaba el aire. Elena sirvió en platos de peltre. Comieron en silencio al principio, luego hablaron. Tasa contó cómo los soldados habían quemado su campamento. Quino habló de los espíritus que habitan las montañas. Nantan relató cómo había matado un oso gris con solo un cuchillo. Gerón, con una sonrisa traviesa, dijo que los coyotes aullaban de envidia cuando escuchaban cantar a una mujer hermosa.
Cuando el fuego bajó, Nantan habló con una voz profunda que retumbó en las vigas.
—Señora, hace muchas lunas que no sentimos el toque de una mujer. En el desierto solo hay piedra y viento. Estamos hambrientos, no solo de pan. Tenemos hambre del toque de una mujer.
Los otros tres asintieron lentamente. Elena sintió que el calor le subía desde el vientre hasta las mejillas. No era miedo, era otra cosa, algo que había enterrado junto a Juan. Miró sus manos grandes, sus hombros anchos, sus ojos oscuros que la observaban con respeto y deseo a la vez.
—Mi nombre es Elena —dijo al fin—. Y yo también he estado hambrienta de compañía, de risas, de vida.
Esa noche no hubo más palabras. Los cuatro guerreros se tendieron en el suelo sobre mantas, pero Elena no pudo dormir. Escuchaba sus respiraciones profundas y sentía el calor que irradiaban sus cuerpos.
Un pacto de vida
Al amanecer, cuando salió a buscar leña, encontró a Tasa ya cortando troncos con un hacha. Quino había cazado dos conejos antes del alba. Nantan reforzaba la puerta, y Gerón cantaba una canción apache mientras molía maíz.
—No se vayan —dijo Elena sin pensarlo—. Quédense. Yo les doy techo y comida. Ustedes me dan protección y compañía.
Tasa la miró largo rato.
—Quedarnos será peligroso para ti, Elena. Somos hombres marcados.
—Esta cabaña ya está marcada por la muerte —respondió ella—. Prefiero estar marcada por la vida.
Así comenzó una extraña y hermosa convivencia. Los días siguientes fueron de trabajo compartido y descubrimiento. Tasa le enseñó a afilar cuchillos en piedra del río; sus manos enormes guiaban las suyas, y cada roce era una chispa. Quino la llevó al bosque y le mostró cómo leer huellas invisibles para otros ojos; caminaban juntos, sus hombros se rozaban, y él le hablaba en voz baja de estrellas y espíritus. Nantan partía leña sin camisa, aunque el frío era intenso; el sudor brillaba en su pecho como aceite, y cuando Elena le llevaba agua, él bebía mirándola por encima del cántaro. Gerón era el que más la hacía reír; le contaba chistes en una mezcla de español y apache, le trenzaba flores silvestres en el pelo y le cantaba junto al fuego con una flauta de caña.
Una noche, después de una cena abundante, el viento aullaba afuera como un alma en pena. Elena estaba sentada en el banco junto al fuego. Gerón se acercó primero, se arrodilló frente a ella y tomó su mano.
—¿Nos dejas tocarte, Elena? Solo tocarte, como quien toca algo sagrado.
Ella asintió, temblando. Gerón besó sus dedos uno a uno. Luego Quino se acercó por detrás, apartó suavemente su trenza y besó su nuca. Nantan se hincó a su lado y puso la cabeza en su regazo como un niño grande. Tasa se quedó de pie, mirándola con intensidad, hasta que Elena extendió la mano hacia él. Entonces el líder se arrodilló también y tomó su rostro entre sus manos ásperas.
—No eres nuestra prisionera —susurró Tasa—. Eres nuestra salvación.
Esa noche no hubo prisa. Hubo caricias lentas, besos que sabían a humo y a pino, manos que exploraban con reverencia. Elena se sintió deseada, protegida, amada por primera vez desde que Juan murió. Los cuatro guerreros la adoraron como a una diosa del desierto, y ella los recibió como a los hombres que el destino le había negado.
La sombra de la envidia
Pero la felicidad atrae envidias. En el pueblo más cercano, San Isidro, corrían rumores de una mujer blanca, o casi blanca, que vivía con cuatro apaches salvajes. El Rojo, un pistolero mexicano que había desertado del ejército de Díaz y ahora mandaba a una banda de 30 hombres, oyó la historia en una cantina.
—Una mujer hermosa y cuatro indios. Eso vale oro —dijo, lamiéndose los labios bajo el bigote negro.
Una mañana de febrero, cuando la nieve aún cubría todo, el sonido de muchos cascos rompió la paz. Elena salió y vio 20 jinetes rodeando la cabaña. El líder llevaba un sombrero rojo y una cicatriz que le cruzaba la cara desde la ceja hasta la boca.
—¡Salgan, indios hijos de puta! —gritó El Rojo—. ¡La mujer es mía!
Tasa salió primero, sin camisa, solo con pantalones y cuchillo.
—La mujer tiene nombre —dijo con voz calma—. Se llama Elena Vargas y decide por sí misma.
Elena salió a su lado, rifle en mano. Los cuatro apaches formaron un semicírculo protector delante de ella. El primer disparo vino de un bandido borracho. Quino respondió con una flecha que atravesó su garganta, y estalló el infierno. Fue una batalla feroz. Nantan cargó como un toro, derribando jinetes con su mazo de guerra. Gerón, herido en el brazo, seguía disparando dos revólveres al mismo tiempo. Quino saltaba de árbol en árbol como un puma, sus flechas silenciosas encontrando sus blancos. Tasa peleaba con cuchillo y tomahawk, abriéndose paso hasta El Rojo.
Elena no se quedó atrás. Desde la puerta, disparaba con precisión mortal, recargando rápido como Juan le había enseñado. Una bala le rozó la mejilla, pero no retrocedió. Cuando un bandido logró entrar por la ventana trasera, ella lo recibió con el cañón del rifle en la boca y apretó el gatillo.

El duelo final fue entre Tasa y El Rojo. Se encontraron en la nieve, revólveres vacíos, solo cuchillos. El bandido era rápido, pero Tasa era más fuerte y más furioso. Un giro, un grito, y el cuchillo de Tasa se hundió en el hombro del Rojo. El hombre cayó de rodillas.
—Vete —dijo Tasa—, y dile a todos que esta mujer y esta tierra están bajo protección apache.
Los bandidos sobrevivientes huyeron, dejando atrás muertos y heridos. Cuando todo terminó, la nieve estaba roja. Elena curó las heridas de sus guerreros con agua caliente, aguja e hilo, y con besos. Lloró de alivio y de orgullo.
—Nunca me había sentido tan viva —dijo.
Un amor eterno y una despedida temporal
Los días siguientes fueron de recuperación y de un amor más profundo. Los cinco sabían que no podían quedarse así para siempre. La tribu de Tasa había enviado mensajeros: Gerónimo preparaba la gran resistencia y necesitaba a sus mejores guerreros. Una mañana de marzo, cuando los primeros brotes verdes asomaban bajo la nieve derretida, llegó la despedida.
—No es adiós —dijo Tasa, abrazándola fuerte—. Es hasta pronto. Esta cabaña es nuestro hogar ahora. Volveremos.
Los cuatro montaron sus caballos. Gerón le regaló su pluma de águila blanca. Quino le dio un collar de turquesa. Nantan le entregó su cuchillo favorito. Tasa simplemente la besó en la frente, largo y tierno. Elena los vio partir hasta que desaparecieron entre los pinos. Luego entró a la cabaña, se sentó junto al fuego y puso la mano sobre su vientre. Aún no estaba segura, pero algo dentro de ella había cambiado para siempre.
Pasaron los meses, la primavera llegó con flores silvestres y el canto de los pájaros. Elena trabajaba la tierra, plantaba maíz y frijol, hablaba con las gallinas, cantaba para el niño que crecía en su vientre. Una