«Haz lo que quieras, vaquero» le dijo la mujer apache atada a la cerca del rancho… pero lo que…

«Haz lo que quieras, vaquero» le dijo la mujer apache atada a la cerca del rancho… pero lo que…

Haz lo que quieras, vaquero

Territorio de Arizona. Verano de 1887.
El sol quemaba como plomo derretido sobre la llanura de Sonora. El rancho Dos Cruces pertenecía a don Crispín Rieta, un ranchero gordo y cruel que se creía dueño de la tierra, del agua y de las vidas de quienes la cruzaban.

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Aquel día había capturado a una mujer apache que venía sola buscando un caballo perdido. La llamaban Nisoni, que en su lengua significa hermosa, y lo era: alta, de ojos negros como obsidiana, trenzas largas hasta la cintura y unas cicatrices de guerra en los brazos que contaban más batallas que muchos hombres.

Crispín mandó atarla a la cerca de mezquite con las manos atrás y las cuerdas tan apretadas que la sangre corría por sus antebrazos. Él se paró frente a ella, mascando tabaco, riéndose con sus vaqueros.

—Te voy a enseñar a no meterte en tierras de hombres blancos, india salvaje —le escupió.

Nisoni alzó la barbilla, ni un grito, ni una lágrima. Solo lo miró fijo y habló en español perfecto, con voz calma como el viento antes de la tormenta.

—Haz lo que quieras, vaquero.

Los peones se miraron incómodos. Aquella mujer no suplicaba. Crispín se enfureció más y levantó el látigo. Pero antes de que cayera el primer golpe, un joven vaquero flaco y de ojos verdes se interpuso.

—Patrón, ya basta. Es una mujer sola.

Era Santiago Morales, huérfano mexicano criado entre gringos, el único peón que todavía tenía algo de alma. Crispín le dio un culatazo en la cabeza y Santiago cayó como saco de papas.

Cuando anocheció, los vaqueros se emborracharon en la casa grande. Santiago, con la cabeza partida, se arrastró hasta la cerca. Llevaba un cantarito de agua y una manta vieja. Se arrodilló frente a Nisoni.

—Toma —susurró—. No todos somos iguales.

Ella lo miró largo rato, luego bebió. Después se cubrió con la manta sin decir gracias, pero sus ojos hablaron por ella.

A la medianoche llegaron los apaches.
Eran sombras, treinta guerreros pintados de negro y rojo sin hacer ruido. Liderados por Tasa, hermano mayor de Nisoni. Prendieron fuego a los corrales, a la casa, al granero. Los gritos de los vaqueros borrachos se mezclaron con los relinchos de los caballos en llamas.

En menos de lo que canta un gallo, el rancho Dos Cruces era un infierno. Tasa cortó las cuerdas de Nisoni con su cuchillo. Ella, libre, tomó un rifle de un cadáver y caminó entre las llamas como si fueran flores. Encontró a Santiago tirado con una bala en la pierna y la cara llena de sangre. Los guerreros ya levantaban los tomahawk para rematarlo.

—Es hombre blanco —gritó uno.

Nisoni se puso delante.

—Este viene conmigo. Me dio agua. Su deuda está conmigo, no con ustedes.

Tasa frunció el ceño, pero era su hermana menor, hija favorita de la madre muerta. Nadie discutió.

Ataron a Santiago de pies y manos y lo echaron encima de un caballo como si fuera un venado cazado. Así empezó la nueva vida de Santiago, o mejor dicho, la muerte de quien había sido.

Lo llevaron a las montañas Sierra Madre, a un campamento escondido entre cañones donde ni el ejército mexicano ni los rangers se atrevían a entrar. Allí lo bajaron del caballo de un golpe, lo desnudaron, le quitaron hasta las botas y lo ataron a un poste en medio del campamento.

Durante días lo azotaron, le escupieron, le dieron de comer sobras, le pusieron un nombre de burla: Vilaga Chaa, el blanco rata. Cada vez que alguien levantaba la mano para matarlo, aparecía Nisoni.

—No, déjenlo, es mío.

Y se lo llevaba a su bicub. Le curaba las heridas con resina de pino y hojas de salvia. Le daba caldo de venado. Nunca hablaba mucho, solo lo miraba con esos ojos que parecían pozos sin fondo.

Una noche, un guerrero borracho de Tulapay, un tal Chato que odiaba a los blancos más que al sol, entró al bicub con el cuchillo en alto.

—Hoy te corto el cuello, Vilaga Chaa.

Santiago ya no tenía fuerzas ni para levantarse, pero Nisoni sí se puso de pie, tomó el colt que guardaba bajo la manta y le metió una bala entre los ojos a Chato sin pestañear. El disparo retumbó en todo el campamento. Los guerreros corrieron armados. Cuando vieron a Chato muerto y a Nisoni con el revólver humeante, se quedaron helados.

Nisoni habló fuerte para que todos oyeran.

—Quien toque a este hombre me toca a mí y quien me toque a mí muere.

Tasa llegó corriendo, miró el cadáver, miró a su hermana, miró al blanco temblando en el suelo. Luego asintió lento.

—Que así sea.

A partir de esa noche, nadie volvió a ponerle una mano encima a Santiago.

Los meses pasaron.
Primero aprendió a caminar otra vez, luego a montar sin silla, luego a cazar con arco. Nisoni le enseñó la lengua apache, palabra por palabra junto al fuego. Le puso un nombre nuevo: Sí le echa ahí, perro de la montaña, porque decía que era terco y leal como los perros que cuidan el rebaño.

Santiago peleó a su lado contra los rurales mexicanos que venían a robar caballos. Mató a tres en una emboscada cerca de Babispe. Cuando regresó con sus cabelleras, los ancianos fumaron la pipa con él por primera vez.

Una tarde de lluvia, después de una cacería, estaban solos en una cueva secando la ropa. Nisoni lo miró de frente.

—¿Por qué no te vas? Puedes huir cuando quieras. Nadie te persigue ya.

Santiago se rió con esa risa triste que traía desde niño.

—¿Para qué? Allá abajo solo hay hombres como Crispín Rieta. Aquí, aquí tengo algo que nunca tuve.

—¿Qué cosa?

—Una razón.

Se miraron largo rato. La lluvia caía fuerte afuera. Dentro de la cueva solo se oía el crepitar del fuego y los corazones latiendo. Nisoni se acercó, le quitó la camisa mojada, le tocó la cicatriz de la frente, la que le había hecho Crispín.

—Entonces, quédate para siempre, Sí le echa ahí.

Y se besaron como quien se reconoce después de muchas vidas.

Se casaron según la costumbre apache, sin cura ni papeles, solo con la bendición de Tasa y la vieja curandera Nados. Hubo baile toda la noche, carne asada, canciones antiguas. Santiago llevaba el cabello largo ya, con una cinta roja que Nisoni le había tejido.

Tuvieron tres hijos.
El mayor, Nakai, con ojos verdes como los de su padre y cabello negro como el ala del cuervo. Luego las gemelas Atsaa y Tcha, iguales a su madre pero con la sonrisa traviesa de Santiago.

Los años pasaron rápidos como flechas. Santiago nunca volvió a hablar español, solo apache y un poco de inglés cuando llegaban comerciantes. Se volvió uno de los mejores rastreadores del grupo. Cuando Jerónimo se rindió en 1886, Santiago y Nisoni se negaron a bajar a la reservación. Se quedaron en las montañas con los últimos indomables.

Una noche de 1918, ya viejo, con el cabello blanco y la espalda encorvada, Santiago estaba sentado frente al fuego. Su nieto pequeño, un diablillo de ocho años, le preguntó:

—Abuelo, ¿por qué nunca te fuiste con los blancos? ¿No extrañabas tu mundo?

Santiago soltó una carcajada ronca, la misma risa de cuando era joven.

—Porque un día, hace muchísimos años, una mujer valiente me miró a los ojos mientras estaba atada a una cerca y me dijo: “Haz lo que quieras, vaquero.”

El niño parpadeó confundido.

—¿Y qué hiciste, abuelo?

Santiago miró a Nisoni, que tejía una canasta al otro lado del fuego. Todavía hermosa, todavía fuerte. Ella levantó la vista y le sonrió con complicidad.

—Hice exactamente lo que mi corazón quería, pequeño, y nunca me arrepentí.

Se murió esa misma primavera, sentado bajo un mezquite, mirando el valle donde alguna vez hubo un rancho llamado Dos Cruces que ya nadie recordaba. Lo enterraron en lo alto de la montaña con su rifle, su cuchillo y la manta vieja que le había dado a Nisoni aquella noche lejana.

Y cuentan los viejos apaches que cuando sopla el viento del norte todavía se oye una risa lejana que dice:

—Haz lo que quieras, vaquero, porque el amor verdadero no entiende de razas ni fronteras, solo de valor y de promesas cumplidas.

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