"Tomarás Cada Centímetro Hasta Que No Puedas Caminar" – El Gigante Granjero Le Dijo A La Hija Vi

"Tomarás Cada Centímetro Hasta Que No Puedas Caminar" – El Gigante Granjero Le Dijo A La Hija Vi

La Promesa del Gigante

El aliento de Laura se dibujaba en el aire helado de la noche, formando nubes blancas y temblorosas. Sus pies descalzos, insensibles por el frío y el dolor, apenas sentían las afiladas piedras y las raíces traicioneras del suelo del bosque. Corría, corría con la energía del puro pánico, con los pulmones ardiendo como si hubiera inhalado fuego. Detrás de ella, las voces se acercaban. La voz de Mateo, su prometido, no sonaba como la de un amante preocupado, sino como la de un cazador acorralando a su presa.

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—Laura, no seas tonta, querida, solo queremos hablar —gritaba Mateo, pero la dulzura de sus palabras estaba envenenada con una amenaza que ella conocía demasiado bien.

Sabía lo que significaba esa charla: el agarre de sus dedos en su brazo, el olor a licor en su aliento y el recordatorio de que su deber era complacerle. Pero esta noche había sido diferente. Sus manos habían ido más allá; su insistencia había sido más agresiva. El accidente del que huía no había sido un accidente en absoluto. Había sido el último de una larga serie de tormentos, la gota que finalmente había colmado el vaso de su miedo y lo había convertido en una desesperada necesidad de escapar.

El plan de Mateo era sencillo y cruel: fingir un pequeño tropiezo del carruaje en el camino solitario que volvía de una visita a una congregación vecina, un lugar lo suficientemente aislado para que nadie oyera sus gritos. Quería consumar su compromiso antes de la boda, una forma de marcarla como suya, de asegurarse de que no habría vuelta atrás. Pero Laura había reaccionado por puro instinto. Cuando el carruaje se detuvo y él se abalanzó sobre ella, ella le había golpeado con una pequeña biblia de tapa dura que siempre llevaba y había huido hacia la oscuridad del bosque de Blackwater.

Sabía que se adentraba en territorio prohibido, las tierras que bordeaban la granja del hombre al que todos llamaban el gigante, Gael. La gente del pueblo decía que era un salvaje, un hombre mitad bestia que no conocía a Dios y que vivía según sus propias reglas brutales. Su padre, el predicador, lo usaba en sus sermones como ejemplo de la impiedad del hombre abandonado por la gracia divina. Pero en ese momento, la bestia del bosque le parecía menos aterradora que el hombre respetable que la perseguía.

De repente, su pie se enganchó en una raíz oculta y cayó con un grito ahogado. El golpe contra el suelo le sacó el aire de los pulmones. Rodó por una pequeña pendiente y se detuvo contra el tronco de un árbol con el dolor recorriéndole el tobillo. Las lágrimas de frustración y dolor brotaron de sus ojos. Estaba atrapada. Las voces estaban más cerca. Pudo ver el parpadeo de una linterna entre los árboles.

—Ahí está, la vi —gritó Mateo.

El corazón de Laura se detuvo. Cerró los ojos, preparándose para lo inevitable. Se hizo un ovillo intentando hacerse lo más pequeña posible, pero entonces algo cambió. Un silencio profundo y repentino cayó sobre el bosque. Un silencio tan absoluto que era más aterrador que los gritos. Ni siquiera los grillos cantaban. La luz de la linterna se congeló. Escuchó un murmullo asustado de uno de los hombres que acompañaba a Mateo. Y luego un sonido grave y profundo, como el gruñido de un oso, retumbó en el aire.

Laura abrió los ojos. De entre las sombras más profundas, donde la luz de la luna no se atrevía a penetrar, emergió una figura. Era enorme, más alta y ancha que cualquier hombre que hubiera visto en su vida. Sus hombros parecían poder cargar el peso de un roble y sus brazos eran como los troncos de árboles jóvenes. La luz de la linterna de Mateo lo iluminó y Laura contuvo el aliento. Era él, Gael. Su cabello era oscuro y revuelto. Su rostro estaba cubierto por una barba espesa, pero sus ojos brillaban en la oscuridad con una intensidad animal. No llevaba camisa a pesar del frío y su pecho y hombros estaban cubiertos de viejas cicatrices y tierra. Parecía una criatura nacida de la propia tierra del bosque.

Mateo, que siempre era tan valiente y arrogante, dio un paso atrás tragando saliva.

—Gael, no nos esperábamos verte por aquí —balbuceó, tratando de sonar casual.

—Esta es mi tierra —la voz de Gael era un trueno contenido. Cada palabra vibraba en el pecho de Laura—. Ustedes están haciendo demasiado ruido. Están asustando a los animales y a la chica.

Su mirada se posó en Laura acurrucada al pie del árbol. Por un instante, la fiereza de sus ojos pareció suavizarse. Mateo intentó recuperar su compostura, infló el pecho.

—Esa chica es mi prometida. Tuvimos un pequeño desacuerdo. Está siendo dramática. Vamos a llevarla a casa.

Se acercó a Laura, pero Gael se movió con una velocidad sorprendente para un hombre de su tamaño, interponiéndose en su camino. No lo tocó, pero su mera presencia era una barrera infranqueable.

—Ella no parece querer ir contigo —dijo Gael sin apartar los ojos de Mateo.

—Te he dicho que te apartes, granjero. Esto no es asunto tuyo —siseó Mateo, con la valentía regresando gracias a la presencia de sus dos compinches.

Gael ni se inmutó. Lentamente bajó la mirada hacia las manos de Mateo, luego hacia el rostro asustado de Laura y finalmente volvió a mirar a Mateo.

—Ella dijo que no.

Esas cuatro palabras fueron pronunciadas en voz baja, pero tenían el peso de una sentencia final. Hubo un momento de tensión asfixiante. Mateo, dándose cuenta de que la intimidación verbal no funcionaría, tomó la estúpida decisión de usar la fuerza. Hizo una seña a sus hombres.

—Sujétenlo.

Los dos hombres, más por miedo a Mateo que por valentía, se lanzaron hacia Gael. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido y brutal que Laura apenas pudo procesarlo. Gael agarró al primer hombre por la solapa de la chaqueta y con un movimiento fluido de su brazo, lo levantó del suelo y lo arrojó contra un árbol como si fuera un saco de patatas. El hombre se desplomó con un gemido. El segundo se detuvo en seco, con los ojos abiertos de par en par por el terror.

—¿Y tú? —preguntó Gael.

El hombre negó con la cabeza frenéticamente, levantó las manos en señal de rendición y retrocedió tropezando y cayendo al suelo. Mateo se quedó paralizado, su rostro pálido a la luz de la luna. Gael se volvió hacia él dando un paso lento y deliberado. El suelo pareció temblar bajo sus pies.

—Tú, monstruo —susurró Mateo.

Gael se detuvo justo frente a él, tan cerca que su sombra lo envolvía por completo. Se inclinó ligeramente, su voz un susurro mortal.

—La próxima vez que pongas un pie en mis tierras o que la vuelvas a tocar, no te arrojaré contra un árbol. Te arrancaré los brazos y te los daré de comer. Ahora lárgate.

Mateo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se dio la vuelta y corrió desapareciendo en la oscuridad, dejando a su amigo quejándose en el suelo y al otro observando con horror. El segundo hombre pronto se puso de pie y huyó también. El bosque volvió a quedar en silencio, excepto por los gemidos del hombre que yacía cerca del árbol. Gael lo ignoró por completo. Se giró y caminó hacia Laura. Ella se encogió instintivamente. Había visto su fuerza, una fuerza que podría romperla por la mitad sin esfuerzo. Pero cuando él se agachó frente a ella, sus movimientos fueron sorprendentemente suaves. Extendió una mano enorme, manchada de tierra.

Laura dudó, sus ojos yendo de su mano a su rostro. Sus ojos no eran crueles, eran profundos, oscuros y preocupados.

—¿Estás herida? —preguntó él, su voz todavía un retumbar, pero sin la amenaza de antes.

Ella solo pudo negar con la cabeza, demasiado aturdida para hablar.

—Tu tobillo —dijo él, su mirada bajando a su pie hinchado.

Con una delicadeza que contradecía su tamaño, sus dedos rozaron la piel hinchada. Laura se estremeció, pero no por miedo. Era la primera vez que un hombre la tocaba con algo que no fuera posesión o agresión. Su toque era una pregunta, no una orden.

—Creo que está torcido —susurró ella.

Él asintió.

—Debemos sacarte de aquí, del frío.

Sin más preámbulos, la levantó en sus brazos como si no pesara más que una pluma. Laura soltó un pequeño grito de sorpresa. Sus manos instintivamente fueron a su cuello para sujetarse. Pudo sentir el calor que irradiaba su piel, el increíble poder de los músculos de sus brazos y pecho. Olía a tierra, a pino y a lluvia. A pesar del terror de la noche, de la presencia de este hombre intimidante, se sintió segura, una sensación tan extraña y desconocida que casi la hizo llorar de nuevo, pero esta vez de alivio.

—¿A dónde me llevas? —preguntó en un hilo de voz mientras él comenzaba a caminar por el bosque con pasos firmes y seguros, alejándola de todo lo que conocía.

—A mi casa —respondió él—. Allí estarás a salvo.

Y mientras se adentraban en el corazón de sus dominios, Laura se dio cuenta de que su escape no había terminado, apenas estaba comenzando. Había huido de un monstruo y había caído en los brazos de otro. Y por primera vez en su vida, no estaba segura de a cuál de los dos debía temerle más.

[La historia continúa con el desarrollo de la convivencia, la promesa de Gael, el enfrentamiento con el pueblo, la transformación de Laura, el romance, los ataques, la reconstrucción, el descubrimiento de los secretos y el desenlace. Por motivos de espacio aquí, el texto puede ser entregado en partes o en un archivo PDF completo si lo solicitas.]

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