(Tabasco, 1795) El macabro hombre que embarazó a su propia hija
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EL PECADO DE LA HACIENDA ORDÓÑEZ
Tabasco, 1795
I. La tierra que calla
En las tierras pantanosas de Tabasco, donde el calor sofoca incluso a los recuerdos y la humedad parece devorar la voluntad de los hombres, ocurrió uno de los episodios más oscuros que el régimen virreinal intentó borrar de la memoria colectiva. Fue en el año de 1795 cuando, en una hacienda aislada entre la selva espesa y los meandros del río Grijalva, un hombre cruzó la línea definitiva entre lo humano y lo monstruoso.
Su nombre era don Sebastián Ordóñez.
Hacendado de fortuna media, dueño de tierras fértiles para el cacao y el añil, Ordóñez era conocido en San Juan Bautista como un hombre serio, reservado, profundamente religioso en apariencia. Había enviudado joven. Su esposa, doña María del Carmen, murió al dar a luz a su única hija, Catalina. Desde entonces, la hacienda se convirtió en un mundo cerrado, un universo regido por una sola voluntad.
Catalina creció sin madre, sin hermanas, sin otras mujeres que pudieran guiarla. Su infancia transcurrió entre los corredores sombríos de la casa grande, el murmullo lejano de los esclavos mayas y africanos, y la figura omnipresente de su padre. La soledad de aquel lugar no tardó en forjar un vínculo enfermizo, un lazo que con los años se pudriría como la madera bajo el clima implacable del trópico.

II. La niña y el encierro
Los pocos vecinos que llegaban a ver a la familia describían a Catalina como una joven de belleza poco común. Tenía el cabello negro y espeso de su madre y los ojos verdes de su padre, una combinación que llamaba la atención incluso en un territorio acostumbrado a la mezcla de sangres. Durante su niñez, todavía asistían ocasionalmente a misa en el pueblo, pero esas visitas se volvieron cada vez más raras.
Cuando Catalina cumplió quince años, cesaron por completo.
Don Sebastián comenzó a rechazar de forma tajante cualquier intento de acercamiento. Comerciantes que sugerían alianzas matrimoniales eran despedidos con hostilidad. Antiguos amigos notaron que el hacendado ya no asistía al cabildo ni a reuniones sociales. Siempre tenía una excusa: la salud de su hija, la necesidad de que permaneciera en casa, la fragilidad del clima.
Pero había algo más. Algo que no sabían nombrar.
En la intimidad de la hacienda, la mirada de don Sebastián hacia su hija había cambiado. Ya no era la de un padre protector, sino la de un hombre que confundía su dolor, su soledad y su deseo con una falsa idea de amor. En su mente perturbada, Catalina dejó de ser una hija y comenzó a convertirse en la reencarnación de la esposa perdida.
El descenso fue gradual. Primero miradas demasiado largas. Luego caricias que excedían lo paternal. Palabras pronunciadas en voz baja, cargadas de una intimidad indebida. Catalina, criada en aislamiento absoluto, sin referentes, sin educación sobre el mundo exterior, no tenía herramientas para comprender que aquello era una violación.
Don Sebastián se encargó de deformar la realidad.
Le decía que ese amor era especial.
Que Dios los comprendía.
Que estaban unidos por un designio superior.
Y una noche de tormenta, cuando los truenos cubrían cualquier sonido y la lluvia golpeaba los ventanales como un castigo divino, consumó el acto que sellaría su condena.
III. El fruto del horror
Los meses pasaron y el cuerpo de Catalina comenzó a cambiar. Su vientre crecía mientras su espíritu se apagaba. Don Sebastián no sintió horror. Al contrario: vio en aquel embarazo la confirmación de su delirio. Para él, el hijo era la prueba de que su unión estaba bendecida.
Prohibió llamar a cualquier partera del pueblo.
Cuando llegó el momento del parto, fue él mismo quien asistió a su hija. Entre gritos ahogados y fiebre, nació un niño aparentemente sano. Don Sebastián lo llamó Sebastián, como él. En los registros oficiales, falsificados mediante sobornos, el niño figuró como hijo de padre desconocido.
Catalina apenas habló durante semanas.
El niño creció entre los corredores de la hacienda, ajeno a la verdad de su origen. Don Sebastián lo exhibía con orgullo, como un trofeo, como la prueba viviente de su dominio absoluto. Catalina, en cambio, comenzó a transformarse en una sombra. Su mirada se vació. Sus movimientos se volvieron mecánicos.
Los trabajadores murmuraban en sus lenguas ancestrales. Sabían que algo impuro habitaba la casa grande. Decían que la tierra rechazaba aquella sangre.
Dos años después, Catalina volvió a quedar embarazada.
Tenía dieciocho años, pero su cuerpo parecía el de una mujer mucho mayor. El segundo parto fue aún más brutal. Durante tres días, Catalina deliró entre la vida y la muerte. Temiendo perderla, don Sebastián permitió finalmente que llamaran a una curandera.
IV. La mujer que vio
La curandera se llamaba Ischel, una anciana chontal acostumbrada a ver el sufrimiento humano. Pero lo que encontró en la hacienda Ordóñez la heló hasta los huesos.
La semejanza entre don Sebastián y el niño era innegable. La forma en que el hacendado tocaba a Catalina, cómo la llamaba “mi amor”, “mi vida”. Y, sobre todo, el terror absoluto en los ojos de la joven cuando su padre entraba en la habitación.
Ischel salvó a Catalina y a la niña recién nacida, a quien don Sebastián insistió en llamar María del Carmen.
Durante una semana, la curandera permaneció en la hacienda. Intentó hablar con Catalina, pero el miedo era demasiado profundo. Antes de irse, le susurró:
—Cuando estés lista para escapar, ve a Cunduacán. Busca al padre Anselmo. Él te ayudará.
Ischel se fue cargando un secreto insoportable. Durante semanas luchó consigo misma, hasta que finalmente viajó a San Juan Bautista y habló con el párroco Domingo Juaristi.
V. La investigación
El sacerdote escuchó en silencio. Comprendió de inmediato la gravedad de lo que se le relataba. Inició una investigación discreta, reuniendo testimonios, rumores, patrones de comportamiento.
Cuando el caso llegó al obispo de Yucatán, se ordenó una visita formal.
El visitador Ignacio de Albornot llegó a Tabasco en 1800.
Su presencia alteró a don Sebastián, pero no lo suficiente como para detener su caída. Cuando los sacerdotes y alguaciles llegaron finalmente a la hacienda, fue Catalina quien habló.
Apareció en el umbral, sosteniendo a su hija. Su cuerpo estaba consumido. Su voz, débil pero firme.
—Dejen que pasen. Ya no puedo más.
La confesión de Catalina fue devastadora. Relató cada abuso, cada mentira, cada noche de terror. Don Sebastián gritó, negó, acusó a su hija de locura. Pero las palabras ya no podían borrar la verdad.
Fue arrestado esa misma noche.
VI. Justicia y reconstrucción
El juicio fue largo. El escándalo sacudió toda la provincia. Algunos defendieron al hacendado. Otros exigieron su muerte. Finalmente, fue condenado por incesto, violación, falsificación de documentos y ultraje moral. Excomulgado. Sus tierras confiscadas.
Don Sebastián murió antes de llegar a prisión, en circunstancias nunca aclaradas.
Catalina fue protegida por la Iglesia. Aprendió a leer y escribir. Se mudó a Cunduacán con sus hijos. Comenzó una nueva vida como costurera y maestra.
Los años pasaron.
Su hijo Sebastián se convirtió en sacerdote. María del Carmen se casó con un hombre bueno. Catalina vivió para ver a sus nietos.
Murió en 1843.
En su lápida no se mencionó el horror.
Solo decía:
Catalina Ordóñez
Madre. Maestra. Sobreviviente.