“Ábrelo… Ahora.” — El Ranchero Lo Hizo. Y Luego… Tuvo Una Esposa. El Salvaje Oeste Nunca Tuvo Una Boda Tan Sucia

“Ábrelo… Ahora.” — El Ranchero Lo Hizo. Y Luego… Tuvo Una Esposa. El Salvaje Oeste Nunca Tuvo Una Boda Tan Sucia

El grito de Leora nunca llegó a romper el aire, solo un suspiro áspero, arrancado a la fuerza por una garganta reseca. Yacía hecha un ovillo en la tierra, el vestido desgarrado, la piel marcada de mugre y sangre. El sol implacable de Nevada le abrasaba los brazos hasta hacerle ampollas. Las moscas zumbaban sobre la herida abierta en su costado, donde la hoja del cuchillo había cortado profundo. Presionaba la mano con fuerza, pero la sangre no dejaba de manar. Había corrido millas, descalza, cazada como animal, el mundo girando entre el calor y la fiebre. Cuando la fuerza la abandonó, se arrastró por el polvo hasta divisar la cerca de una granja. Y entonces todo se apagó.

Eli Carson estaba revisando el corral norte cuando vio los buitres. Supuso que sería algún animal moribundo. El aire vibraba tan fuerte que deformaba el horizonte como un espejismo. Pero lo que encontró no era ganado: era una mujer, apenas viva. El pelo oscuro enredado con espinas, los labios partidos, una mancha carmesí creciendo bajo su mano. Eli saltó del caballo, se arrodilló junto a ella. “¿Me escucha, señora?” Los ojos de Leora se abrieron, desafiantes a pesar del dolor. Jadeó, la voz áspera como arena: “Ábrelo… ahora.” Eli dudó un instante, luego rasgó el vestido por la costura. La sangre brotó de una herida profunda sobre el muslo. No era mortal, pero sí peligrosa. No era bala, sino cuchillo. Eli sacó la cantimplora, vertió agua sobre la herida, y ella se arqueó con un grito, mitad furia, mitad derrota. Rasgó su pañuelo en dos, presionó una parte sobre la herida y ató la otra como torniquete. “Vas a estar bien,” murmuró. Ella no respondió. Sus dedos se aferraron a la muñeca de Eli, con fuerza a pesar del temblor. Sus ojos decían lo que la boca no podía: no confiaba en él, pero quería sobrevivir.

 

Eli la subió a su caballo, su peso casi nada. Cabalgó rápido por la llanura, el polvo raspándole la garganta, el corazón latiendo más fuerte que los cascos. El desierto brillaba bajo el sol, una neblina de calor y destino. No sabía quién era ni quién la había dejado morir en el sol. Pero sí sabía una cosa: si daba la vuelta, ella no sobreviviría una hora. Al llegar a su cabaña, el pulso de Leora era apenas un susurro. La llevó adentro, la acostó en el catre y vio la sangre empapando de nuevo la tela. Antes de desmayarse, ella susurró una palabra: “Niño.” Eli se quedó helado. En algún lugar, un niño esperaba a esa mujer rota. Miró el horizonte, el calor bailando sobre la tierra. ¿Quién vendría por ella después? ¿Y qué clase de hombre la había dejado sangrando bajo el sol?

La cabaña olía a pino y humo viejo. Eli acomodó a Leora en el catre, la respiración superficial, la piel ardiente como brasas. Llenó una palangana, limpió la suciedad de su rostro. Las pestañas temblaban, pero los ojos seguían cerrados. Había curado vaqueros antes, pero nunca una mujer. Nunca alguien tan perdido. Limpió la herida otra vez, vertió whisky, y ella gimió. Empacó la herida con salvia triturada y la cosió como pudo, con aguja de su alforja. El llanto de Leora era crudo, mitad dolor, mitad rabia. “Tranquila,” murmuró Eli. “Aquí estás a salvo.” Ella abrió los ojos, marrones y afilados como obsidiana. “¿A salvo?” No era una palabra que le creyera. Él lo vio claro. Su mano se movió hacia el cuchillo en el cinturón de Eli. Él lo apartó despacio, sin brusquedad. “No estoy aquí para hacerte daño.” Ella lo miró, silenciosa, y dejó caer la cabeza. El sol se arrastraba lento por el porche, trazando líneas doradas entre las tablas. Afuera, los grillos cantaban sus secretos. Eli cambió el vendaje, puso tela limpia sobre la herida y la ató con un trozo de camisa vieja. El pulso de Leora se estabilizó algo. Dejó un vaso de agua junto a su mano. Cuando despertó horas después, bebió todo, sin apartar los ojos de él. “Me llamo Eli,” dijo él. Ella dudó, luego respondió, la voz áspera y débil. “Selene.” Eli sonrió apenas. “Bonito nombre.”

Los días siguientes vivieron una tregua frágil. Eli trabajaba en la granja, Selene observaba desde el porche, la pierna envuelta en tela. A veces murmuraba en una lengua que él no reconocía. Una tarde, cuando la luz se suavizó, ella le confesó: “Se llevaron a mi hijo.” Una pausa. “Silas quería la tierra de mi familia. Mató a mi esposo por ella. Luego vino por mí cuando no quise ceder.” Eli se quedó helado. Ella asintió despacio. “Tiene cuatro años. Me espera todavía.” Eli no tenía palabras. Escuchó el zumbido de los grillos, tratando de ignorar la punzada que le dejaban sus palabras. Hacía años que nadie dependía de él. La guerra le había quitado a su primo, lo dejó solo con tierra y recuerdos. Aprendió a vivir en silencio, sin esperar compañía. Años sin tener la vida de otro atada a la suya.

Esa noche, bajo la luna plateada, Selene susurró dormida: “Silas.” Eli frunció el ceño. Había oído ese nombre antes. Si era el mismo Silas que él conocía, la paz del desierto estaba por romperse. Al amanecer, Selene logró llegar al porche, descalza, con la taza de café que él había dejado. El sol pintaba el cielo de rosa sobre las sierras. No habló, pero cuando Eli la miró, ella asintió. Ese gesto significó más que cualquier agradecimiento. Eli pasó el día arreglando cercas, revisando el ganado. Selene lo seguía, lenta pero firme, la cojera disminuyendo con cada hora. A veces ayudaba, pasando clavos o sosteniendo el alambre. A veces solo miraba el viento mover los arbustos. Había una calma en eso, como si el mundo se detuviera sólo un momento.

Esa noche, sentados junto al corral, el calor aún pesado en el aire, Eli enrolló un cigarro y le ofreció uno. Ella negó con la cabeza. Él rió. “Sabia elección. Estos matan más rápido que una bala.” Por primera vez, ella sonrió. No fue amplia, pero sí real. Luego miró hacia la línea de la sierra, y su rostro cambió. “Hace dos noches vi jinetes en la colina.” Pausa. “Silas tiene hombres por todas partes. Siguen rastros, venden secretos por monedas.” Toda la luz se fue de sus ojos. “Siguen ahí afuera.” Eli siguió su mirada y vio una huella fresca en el polvo. “¿Reciente?” preguntó. Ella asintió. “No se rendirá.” Eli sintió el frío en el estómago. Recordaba a Silas Reading, un hombre con quien había cabalgado, que cambió el honor por dinero ensangrentado. Si él la perseguía, el peligro estaba cerca.

Esa noche, el trueno retumbó lejos, de esos que prometen pero no traen lluvia. Eli no pudo dormir. Se sentó junto a la ventana, la escopeta en las rodillas, vigilando el patio. Selene ya estaba despierta, ojos abiertos en la oscuridad. Sin palabras, solo entendimiento silencioso entre dos que han visto demasiado. Al amanecer, Selene dijo: “Me iré. No quiero traerle problemas.” Eli negó con la cabeza. “Ya es tarde para eso. El problema ya está aquí.” Por primera vez en años, sintió aquel viejo fuego en el pecho: hay peleas que valen la pena. Se levantó, cargó el Winchester y dijo: “Si vienen, escogieron el rancho equivocado.”

El día siguiente fue más caluroso que el infierno. Eli estaba en el granero cuando escuchó el primer graznido de cuervo. Uno, luego otro. Los cuervos no se quedan por nada. Caminó hasta la loma detrás de la granja, sin levantar polvo. Entonces los vio: cinco jinetes, lejos pero acercándose. El líder montaba alto, sombrero bajo, rifle cruzado en el pecho. Incluso a esa distancia, Eli reconocía el porte. Lo recordaba de la guerra: mismo escuadrón, alma diferente. Silas siempre amó la sangre más que el deber. Silas Reading. Años sin ver ese rostro, pero el recuerdo aún era amargo.

Volvió rápido pero tranquilo. Selene estaba en el corral, cepillando la yegua. No hizo falta decir mucho. “Vienen.” Ella se detuvo, la mandíbula tensa. “¿Cuántos?” “Cinco.” Ella lo miró directo: “Entonces les haremos pagar.” Trabajaron en silencio. Eli cargó el Winchester, revisó el colt y le dio un rifle a Selene. Ella se movió como quien ya ha hecho esto antes, rápida, silenciosa, sin miedo. Se apostaron junto al granero, usando pacas y ruedas de carreta como cobertura. El aire era tan espeso que costaba respirar. Eli vio a un jinete tambalearse en la montura, quizá borracho o exhausto. Contó con esa ventaja mientras los jinetes se acercaban, el polvo tras ellos como humo.

Silas se detuvo a unos cincuenta metros y gritó: “Eli Carson, tienes algo mío.” Eli alzó el rifle, pero no disparó. “Ella no es tuya. Nunca lo fue.” Silas rió: “Siempre fuiste un maldito héroe. Hazte a un lado y quizá te deje respirar.” Eso fue todo lo que Eli necesitaba. Su rifle tronó una vez, eco en la llanura. Uno de los hombres de Silas cayó del caballo. Entonces todo fue caos. Balas cruzaron el aire. Selene, apoyada en la pared del granero, disparó y derribó a un jinete, luego cayó de rodillas, sujetándose el costado pero sin ceder. Las balas mordían los postes de madera, astillas volando como avispas. Una bala rozó la manga de Eli, la sangre caliente empapó la tela. Otra golpeó el granero, cerca del rostro de Selene.

Silas intentó flanquearlos. Eli se movió para bloquearlo, disparó de nuevo y derribó a otro. Sintió el dolor agudo en el brazo, la sangre corriendo, pero no perdió el ritmo. Ver la sonrisa arrogante de Silas, igual que en la guerra, le encendió la rabia. La voz de Selene cortó el caos: “A la derecha.” Eli giró, disparó, y el último jinete cayó. Cuando el humo se disipó, solo quedaba Silas, salvaje, sangre en la cara, arma en alto. Selene salió de la cobertura, manos firmes, ojos ardiendo con años de dolor. Su voz tembló: “Lastimaste a mi hijo. Me lastimaste a mí.” Las palabras sonaron como disparos antes que la bala. Silas quiso hablar, pero ella disparó. Un solo tiro, y cayó como saco de piedras.

 

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El silencio fue pesado, irreal. Selene presionó la venda, sangre fresca manchando la tela, pero respiraba firme. Eli bajó el arma y la miró. Ambos sabían lo que significaba: matar a un hombre como Silas siempre trae más problemas. ¿Cuánto más? Ahí es donde el Oeste se pone interesante. Enterraron los cuerpos junto a la cerca antes de cabalgar hacia el oeste. Cuando el humo se disipó, el mundo parecía en paz otra vez. Eli y Selene estaban juntos, las sombras largas sobre el polvo. Silas Reading había muerto, y con él el miedo que la persiguió medio continente.

No hablaron mucho esa noche. Eli limpió su herida en el porche, Selene tarareaba una melodía suave. Ya no era un canto triste, sino algo más ligero, casi esperanzador. Cuando lo miró, sus ojos tenían un nuevo calor, no gratitud, algo más hondo, algo que detenía el aire entre ellos.

A la mañana siguiente, cabalgaron hacia Arizona. El cielo abierto, la tierra dorada tras la lluvia nocturna. Eli planeaba dejarla con su gente y volver a casa, pero en algún momento del camino, la idea de separarse se sintió equivocada. Llegaron a un campamento navajo; un niño salió corriendo de una tienda. “Mamá.” Selene soltó las riendas antes de que el caballo parara, cayó de rodillas, brazos abiertos. El niño se lanzó sobre ella con un grito que partió el aire. Eli apartó la mirada, parpadeando fuerte. Hay cosas que golpean más hondo que cualquier bala.

Más tarde, cuando el niño dormía, Selene se acercó a Eli. “Él es mi mundo.” “Lo sé,” respondió él. Ella tomó su mano. “Nos salvaste a los dos. No te vayas aún. Quédate.” Eli se quedó. Los días se volvieron semanas. Ayudó a reparar cercas, cavó un nuevo pozo, enseñó al niño a montar. Por las noches, cenaban junto al fuego. El niño dormía en el regazo de Selene y Eli la veía con esa sonrisa tranquila de la primera noche en el porche. Una tarde, los tres estaban junto al corral. Eli contaba historias de la guerra mientras el niño cepillaba la yegua. Selene los miraba, ojos suaves en la luz del fuego. Por primera vez, la risa volvió fácil.

Una mañana, el niño llegó corriendo con una flor del desierto. “Pa,” dijo orgulloso. Eli se quedó helado, luego rió, áspero y cálido a la vez. Se agachó, tomó la flor. “Gracias, hijo.” Selene estaba en la puerta, lágrimas brillando pero sonrisa firme. Esa sola palabra lo cambió todo. Ya no eran almas perdidas. Eran familia.

Quizá eso es el verdadero Oeste. No las balas, ni el polvo, ni la pelea interminable, sino los pequeños milagros que ocurren cuando dos corazones rotos encuentran una razón para seguir. Dime, amigo, si la vida te diera una última oportunidad para amar, ¿la tomarías o la dejarías pasar? Si esta historia te tocó, dale like y suscríbete para más relatos de frontera. Ahora sírvete un café, recuéstate y cuéntame: ¿qué hora es donde estás y desde dónde escuchas?

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