¡La Humanidad Es Más Monstruosa Que Bigfoot! Las Lecciones Brutales Que El Sasquatch Me Enseñó Sobre Nuestra Miseria

¡La Humanidad Es Más Monstruosa Que Bigfoot! Las Lecciones Brutales Que El Sasquatch Me Enseñó Sobre Nuestra Miseria

 

Tengo 97 años y llevo más de medio siglo arrastrando un secreto que nadie jamás creería, ni aunque les suplicara con pruebas en la mano. Entre 1973 y 1998, en las montañas Cascade, conviví con el mismo Bigfoot en mi cabaña. Lo vi, lo escuché, lo toqué. Y lo que me enseñó sobre los humanos es tan desgarrador que todavía no sé si fue un regalo o una maldición.

Corría el año 1973. Yo tenía 45 años, recién enviudado, la vida desmoronada por el cáncer que se llevó a Martha esa primavera. No soportaba la casa en Bellingham. Cada rincón era un recordatorio cruel de su ausencia: el olor a pan recién horneado, el café al amanecer, el papel tapiz que ella eligió en el ‘68. Hice lo que hacen los hombres rotos: huí. Compré 60 acres de bosque denso, con un arroyo y una cabaña modesta, sin electricidad ni teléfono. Era el exilio perfecto para mi dolor.

Durante meses, el silencio era un peso físico. Hasta que, una mañana de septiembre, un gemido gutural me despertó. Armado con mi rifle, seguí el sonido hasta el arroyo. Allí estaba: una bestia colosal, tumbada, la pierna torcida de forma antinatural, cubierta de pelo rojizo y oscuro. No era un oso. Era Bigfoot. Sus ojos me analizaron con una inteligencia que congeló mi sangre. No era amenaza, era estudio. Bajé el rifle. No sé por qué. Quizás la soledad, quizás esos ojos. Volví con mi botiquín y vendé su pierna rota. Me dejó hacerlo, en silencio, respirando con dolor humano.

Tres días después, encontré un conejo recién cazado en mi porche. Sin nota, sin explicación. Era su agradecimiento. Así empezó todo.

Durante dos años, intercambiamos regalos: restos de comida por pescado, setas, carne de ciervo. Nunca lo veía claramente, sólo sombras entre los árboles, una silueta gigantesca bajo la luna. Pero sabía que me observaba, aprendía de mí como yo de él.

En 1975, lo vi a plena luz del día. Levanté la mano en saludo, él la levantó también. Así nació una rutina silenciosa, casi una amistad. Lo llamé “Agosto”, porque ese mes nuestra relación se solidificó. Compré una Polaroid, pero nunca pude fotografiarlo. El respeto o el miedo a destruir ese refugio extraño pesaban más que la prueba física.

Agosto era curioso, inteligente. Un día tomó mi martillo, lo examinó, y me lo devolvió con una delicadeza inesperada. Tocó su pecho, luego me señaló. Quería saber mi nombre. “Earl”, dije. Él intentó repetirlo, pero sólo emitió dos gruñidos cortos. Nos entendimos. Así empezó nuestro lenguaje: gestos, sonidos, arte con piedras y palos.

Me enseñó la paciencia, la observación. Me mostró cómo esperar horas por un pez, cómo extraer larvas sin prisa, cómo leer los signos del bosque. Me enseñó que la paciencia es más que una virtud: es supervivencia, es humanidad.

 

Una noche, cometí el error de hablar de mis encuentros en el bar del pueblo. Pronto, cazadores invadieron mi terreno, buscando fama y fortuna. Agosto desapareció dos meses. Cuando volvió, me regaló una piedra redonda, cálida. Era su perdón. Me enseñó que el perdón es una elección, no un sentimiento. Lloré por primera vez desde la muerte de Martha.

Con el tiempo, Agosto me mostró más. Arte con objetos naturales; círculos de piñas, espirales de piedras. Comunicábamos sin palabras, sólo con creaciones compartidas.

Me enseñó sobre el valor. Un día, tras ver a un padre humillar a su hijo en el supermercado, Agosto me mostró dos trozos de leña: uno bien cortado, otro torcido. Los puso juntos, señalando que ambos eran valiosos. Me enseñó que el error no es fracaso, que la imperfección no es inutilidad.

Me mostró la destrucción humana. Me llevó a vertederos clandestinos, a árboles marcados por turistas, a claros devastados por la tala. Su lenguaje corporal era puro asco. “Somos destructivos”, le dije. Él tocó su pecho, luego la tierra. “Yo soy parte de esto, tú no”, era el mensaje. Me enseñó que hemos olvidado que somos naturaleza, no sus amos.

En 1985, Agosto trajo a otro ser como él: su familia. Me mostró que la confianza es el tesoro más frágil. Traicionar la confianza no sólo destruye relaciones, destruye la posibilidad de conexión. Nunca volví a ver a esa hembra. Entendí que la soledad de Agosto era un reflejo de la mía.

 

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Agosto envejeció. Yo también. En 1990, cruzó el umbral de mi cabaña por primera vez. Observó fotos de Martha, las tocó con reverencia, luego me tocó a mí igual. Entendió mi duelo. Colocó las fotos de mis amigos en línea, señalando la soledad del presente. Me enseñó que el aislamiento, incluso el elegido, es una muerte lenta.

Empezó a interesarse por las fotografías. Me preguntó por qué no fotografiaba el bosque, el arroyo, la montaña. Me llevó a ver cosas que nunca había notado: telarañas con rocío, líquenes en rocas, la luz entre las hojas. Me enseñó que nada es permanente, que todo merece ser recordado.

Los humanos invadieron el bosque. Agosto se volvió inquieto, molesto. Me mostró el daño: basura, árboles heridos, animales ausentes. Me enseñó que la crueldad y la indiferencia no son ignorancia, son elecciones. Y elegimos destruir más que preservar.

La tala arrasó el bosque en 1994. Agosto envejeció de golpe, derrotado. Por primera vez, vi juicio en sus ojos. No contra mí, sino contra toda la humanidad. Desapareció ocho meses. Cuando volvió, ambos éramos sombras de lo que fuimos. Me llevó al límite entre el bosque antiguo y el claro devastado. Tocó un árbol vivo, luego un tocón. Me enseñó que valoramos sólo lo que podemos extraer, consumir, vender. Olvidamos el valor intrínseco de la existencia.

En 1996, sufrí un infarto. Al volver, Agosto me cuidó, me ofreció su cuerpo como respaldo. Me enseñó que la mayor dádiva es la presencia, estar sin intentar arreglar lo irremediable.

En 1997, Agosto estaba moribundo. Sus visitas se espaciaran. Me regaló un mechón de su pelo, un recuerdo tangible de lo imposible. La última vez que lo vi fue en marzo de 1998. Nos sentamos al amanecer, tomados de la mano. Me bendijo con un gesto y desapareció para siempre.

Hoy, a los 97 años, en una residencia de ancianos, guardo ese mechón en una caja de madera. La cabaña está siendo devorada por el bosque, mi historia por el olvido. ¿Por qué cuento esto ahora? Porque lo que Agosto me enseñó es urgente y brutal: hemos olvidado cómo estar presentes, cómo conectar, cómo valorar lo esencial. Nos hemos separado de la naturaleza y lo llamamos progreso. Elegimos el aislamiento, la destrucción, la conveniencia. Pero aún podemos cambiar, elegir diferente, ver el mundo con otros ojos.

Agosto no odiaba a los humanos. Sólo deseaba que fuéramos mejores, más conscientes, más conectados con lo que realmente importa. Espero que, al menos, su lección no se pierda entre nuestras ruinas.

Si alguna vez caminas por las montañas Cascade, entre los árboles viejos, sé silencioso, sé respetuoso, sé abierto. Quizás, sólo quizás, algo te está observando. Algo que lleva siglos estudiándonos, esperando que aprendamos a ser menos monstruos y más humanos.

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