“No… Has Rasgado Mi Vestido” — Después de lo que Hizo el Ranchero… Y Luego lo Lamentó

“No… Has Rasgado Mi Vestido” — Después de lo que Hizo el Ranchero… Y Luego lo Lamentó

El viento cortaba el cañón como un cuchillo mojado, trayendo consigo el olor metálico de la nieve y el espeso toque de cobre de la sangre derramada. Thain ajustó su cuello, elevando su abrigo de piel de oveja contra un frío que parecía buscar congelar hasta la médula de sus huesos. Su yegua, una alazana llamada Bess, resopló nerviosa, soltando una nube de vapor mientras sus orejas se movían hacia el fondo del barranco.

Thain no necesitaba ver el desastre para saber que algo había ido terriblemente mal. El silencio de las tierras altas estaba roto, como si la paz misma hubiese sido destruida. Con cada paso que daba, las piedras crujían bajo las herraduras de Bess, hasta que el desastre apareció ante sus ojos. Una carreta, o lo que quedaba de ella, estaba destrozada contra las rocas del desfiladero. La lona estaba rasgada, ondeando al viento con un sonido desolado. Cuerpos dispersos, medio cubiertos por la nieve, ya reclamados por el frío.

Thain se desmontó, avanzó hacia los cuerpos, su mano cerca del revólver Colt en su cadera, aunque sabía que los atacantes ya se habían ido. El escenario hablaba de una emboscada rápida y brutal, probablemente hacía dos días, por el hielo en la madera. Revisó uno por uno los cuerpos, buscando algo que supiera que no encontraría, el pulso de la vida. Sin embargo, en medio de la quietud, algo atrapó su atención. Un destello de color en un mar de grises, marrones y blancos. Un rojo vibrante, casi imposible de creer.

Se acercó, guiado por esa franja de color. Allí, bajo el eje roto de la carreta, yacía una mujer. No estaba vestida como una mujer del territorio ni mucho menos como para enfrentarse al clima. Llevaba un vestido largo de seda roja, bordado con hilos dorados que brillaban incluso con la luz fría del invierno. Su piel, tan pálida como el marfil antiguo, estaba peligrosamente fría.

Thain se arrodilló, retirándose el guante para presionar dos dedos sobre su cuello. Estaba helada, pero debajo de esa piel, un débil latido parecía pelear contra el silencio. Estaba viva.

Sin dudarlo, Thain se quitó el abrigo y la envolvió con su propio calor. La levantó, sorprendido por lo ligera que era, con la cabeza caída sobre su pecho, su cabello negro derrapando como tinta derramada. “Tranquila, te tengo”, murmuró, una promesa al viento tanto como a ella. Montó en Bess, con la mujer apoyada sobre la montura, y aceleró el paso. El cielo se oscurecía, un tormentón se avecinaba, y quedaban millas hasta la seguridad de la línea de los árboles.

El regreso a la cabaña fue una batalla contra la noche. El frío aumentaba, el viento soplaba con fuerza, y el cuerpo de la mujer permanecía inquietantemente inmóvil. No temblaba. Thain sabía lo que eso significaba. La cabaña estaba rodeada por un pequeño bosque de pinos lodgepole, una estructura robusta de troncos que había resistido una década de inviernos. Entró, dejó a Bess junto al cobertizo, y cargó a la mujer al interior.

La cabaña estaba oscura, oliendo a humo de madera y salvia seca. Colocó a la mujer frente al fuego, y rápidamente avivó las brasas de la mañana. Las llamas chisporrotearon, llenando la cabaña con sombras danzantes sobre las paredes rústicas. Fue entonces cuando la incongruencia de su presencia se hizo más clara. El vestido rojo, el chiang sam, aunque Thain no conocía la palabra, parecía de un mundo completamente diferente, hecho de seda tan fina que parecía agua, con intrincados bordados de aves y flores. Estaba rasgado en el dobladillo, manchado con barro, pero la riqueza del tejido hacía que el suelo rústico de madera pareciera aún más primitivo.

Thain actuó con rapidez, caliente y con firmeza. Quería que ella estuviera cálida, pero gradualmente. Llenó una tetera con agua y la colgó sobre el fuego, mientras le quitaba los zapatos. Sus pies eran delgados y blancos, los zapatos bordados estaban empapados. Con manos callosas y grandes, se sintió torpe mientras intentaba restablecer la circulación en sus pies. Ella seguía inmóvil, su respiración leve.

Era hermosa, con pómulos altos y una boca suave que parecía fuera de lugar en este país tan agreste. Un moretón oscuro adornaba su sien, probablemente por el accidente. Cuando la mujer despertó, sus ojos oscuros recorrieron la habitación con terror. Se tambaleó hacia atrás hasta el hogar, balbuceando palabras en un idioma que Thain no comprendía. Con cuidado, él levantó las manos en señal de paz. “Tranquila, estás a salvo. Nadie te hará daño”.

Ella lo miró, evaluando la situación. Se quedó quieta, claramente desconcertada, hasta que Thain le ofreció un cuenco de caldo caliente. Ella dudó, pero tomó el cuenco con las manos temblorosas, bebiendo ansiosamente hasta que se ahogó en el primer sorbo, forzándose a disminuir la velocidad.

“Gracias”, susurró, con un acento marcado. Las palabras le sonaban extrañas, como si las hubiera aprendido de un libro y no en conversaciones cotidianas.

“Thain”, se presentó él, señalándose el pecho. Ella lo miró un largo momento antes de decir, suavemente, “Mayin”, y por un momento, la máscara de terror pareció desmoronarse un poco. La tormenta rugió afuera, y dos extraños de mundos opuestos se encontraron bajo el mismo techo.

Los días pasaron lentamente. Mayin se fue recuperando poco a poco. Thain no hablaba mucho, se limitaba a trabajar, a hacer su rutina, pero la casa ya no era la misma. Había algo en ella que había cambiado. Un día, mientras ella limpiaba la cabaña, él se dio cuenta de algo. Ella estaba organizando las estanterías, algo que él nunca había hecho. Con su presencia, la casa cobró vida de nuevo.

A los pocos días, mientras Cole, el ranchero de la vecindad, enseñaba a Emma a montar, las huellas de un caballo en el camino marcaron la llegada de Frank, el hombre que había representado el peligro desde el principio. Frank se acercó con una sonrisa arrogante y miradas llenas de intenciones peligrosas.

“¿Qué has venido a hacer, Frank?”, preguntó Cole con calma, manteniendo la tensión a raya.

Frank intentó provocar, pero Cole no se dejó intimidar. “Está bajo mi techo. Eso significa que está a salvo”, dijo, deteniéndolo con firmeza. Pero Frank no se retiró, y las palabras se convirtieron en un enfrentamiento con promesas rotas. Fue entonces cuando Cole se puso en medio, y la protección que ofreció fue todo lo que Emma necesitaba.

La noche siguiente, Frank volvió. Golpeó la puerta, y Emma sintió cómo la angustia se apoderaba de ella. Cuando Frank empujó la puerta y entró, Cole apareció en el umbral, dispuesto a proteger lo que le importaba. No vaciló, y la tensión alcanzó su punto máximo. Sin más palabras, Cole defendió lo que era suyo, expulsando a Frank de la cabaña con una determinación implacable.

La paz volvió a la granja, pero Emma no podía dejar de reflexionar sobre las diferentes clases de hombres que había conocido. Frank, un hombre que tomaba lo que quería, y Cole, un hombre que protegía lo que amaba. Ella ya no era la misma persona que había llegado a la granja, y Thain, ahora más que nunca, sabía que había encontrado en ella la mujer que se ganaba su confianza día a día, sin necesidad de palabras.

La granja se convirtió en el hogar que ambos habían necesitado, y aunque las sombras del pasado nunca desaparecieron por completo, la promesa de protección y amor que Cole ofreció siguió siendo la mayor fortaleza de todos.

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