“¡‘TE SUPLICO… APRESÚRATE!’ — EL RANCHERO DIO UN PASO MÁS CERCA… Y LO QUE HIZO EN EL VIEJO OESTE NADIE SE ATREVIÓ A CONTAR!”

“¡‘TE SUPLICO… APRESÚRATE!’ — EL RANCHERO DIO UN PASO MÁS CERCA… Y LO QUE HIZO EN EL VIEJO OESTE NADIE SE ATREVIÓ A CONTAR!”

En el abrasador calor del Viejo Oeste, donde el viento azotaba las interminables llanuras de Arizona y el polvo cubría los pequeños pueblos como un velo, vivía una joven llamada Evelyn. Acababa de cumplir veintitrés años, pero sus ojos ya llevaban el peso de toda una vida. Desde la muerte de su madre, muchos años atrás, había estado atrapada en una casa desvencijada al borde del pueblo, junto a su padrastro Halan, un hombre cuyo corazón era tan negro como las noches en que bebía. Halan no era un padre; era un monstruo disfrazado de hombre. Sus manos, ásperas por el whisky y los trabajos que nunca terminaba, primero la golpearon con palabras, luego con puños, y finalmente con algo mucho peor.

Los vecinos escuchaban los gritos, pero en un pueblo pequeño todos miraban hacia otro lado, bajaban las lámparas y fingían que no había nada que ver. Evelyn aprendió a sufrir en silencio, a tragar sus lágrimas y esconder los moretones bajo mangas largas. Una noche, cuando la luna pálida flotaba sobre la arena del desierto, Halan llegó más violento que nunca. Las botellas tintineaban en su bolsillo, su aliento apestaba a alcohol barato y sus ojos ardían con una locura sin piedad. Evelyn intentó huir, corrió descalza por la casa, pero él la atrapó y la lanzó al suelo. La lucha fue brutal: la madera crujió, la tela se desgarró, su respiración se ahogó bajo la violencia.

Cuando terminó, Evelyn quedó tendida, mirando el techo, esperando que el mundo la tragara. Pero ya no lloraba; las lágrimas se habían secado hacía mucho. Con las últimas fuerzas, se arrastró hasta la puerta, salió a la veranda y se perdió en la noche. El suelo seco raspaba sus rodillas, los cactus le herían las piernas, el vestido hecho jirones colgaba de su cuerpo. Corrió, tropezó, cayó y se levantó, impulsada por un solo pensamiento: huir, solo huir.

Las estrellas giraban sobre su cabeza, los coyotes aullaban a lo lejos y cada ráfaga de viento la hacía estremecer. No sabía cuánto tiempo caminó hasta que sus piernas cedieron y colapsó al borde de un camino polvoriento. El sol naciente quemaba su piel, su respiración era superficial, cuando escuchó cascos de caballo. Una sombra se proyectó sobre ella. Un hombre a caballo, alto, mayor, con un rostro marcado por los años y la guerra. Un pañuelo rojo al cuello, la mano tranquila en la culata del revólver. Se llamaba Thomas y había sido soldado, uno que peleó y sobrevivió a las batallas de la guerra civil, solo para retirarse a la soledad de su rancho.

Evelyn se asustó, buscó cubrirse con hojas secas y se ocultó tras un arbusto. Sus ojos se cruzaron con los de Thomas y, con voz temblorosa, susurró: “Por favor… apresúrate”. No sabía si quería que él se fuera o que la salvara. Pero Thomas desmontó, sin decir palabra, se quitó la chaqueta y la colocó suavemente sobre los hombros de Evelyn, como si fuera de cristal. La levantó, la sentó en su caballo y la llevó a su rancho apartado. Allí la acomodó en un viejo sofá junto a la chimenea, encendió el fuego, hirvió agua y limpió sus heridas con paños limpios.

No preguntó nada, apenas habló. Solo sus manos tranquilas y el aroma a cedro y humo le dieron consuelo. Cuando Evelyn despertó, Thomas estaba sentado al fuego, mirando las llamas. “¿Por qué me ayudas?”, susurró ella. Él la miró brevemente: “Porque una vez alguien me ayudó a mí”. Los días pasaron. Thomas cocinaba comidas sencillas: frijoles, pan de maíz, café fuerte como la vida. Cuidaba sus heridas y, poco a poco, Evelyn empezó a ayudarle: barría el piso, cocinaba, remendaba ropa. Preguntó por las medallas en la pared, por las cicatrices en sus brazos. Él le contó en frases cortas sobre batallas, camaradas perdidos, y la enseñanza que lo llevó a la soledad del desierto. El rancho había sido su destierro, hasta que ella llegó.

Por las noches, Evelyn gritaba en sueños, atormentada por pesadillas. Thomas permanecía despierto, sentado al fuego hasta que su respiración se calmaba. Nunca la presionó, nunca entró en su habitación. Dos almas rotas, aprendiendo a respirar juntas. Evelyn a veces sonreía apenas, y Thomas lo notaba, aunque fingía no mirar. Pero la paz en el Oeste rara vez dura.

Una tarde, mientras nubes grises se arremolinaban y el viento levantaba polvo, Thomas vio una figura acercarse por el camino. Pasos lentos y pesados. Evelyn miró por la ventana y se tensó. Era Halan. Se detuvo junto a la cerca, los ojos rojos, la voz áspera: “La escondes, viejo”. Thomas dejó la horquilla, se limpió las manos y fue al portón. “Aquí está segura. Vete”. Halan rió seco, abrió el portón y se lanzó hacia Evelyn. Thomas fue más rápido, lo tomó del cuello y lo arrojó hacia atrás. Una pelea corta y dura: puños, polvo, sangre. Al final, Halan yacía en el suelo, el labio partido. Thomas se irguió: “Si vuelves, no te irás vivo”. Halan escupió, se arrastró lejos y le lanzó a Evelyn una última mirada de odio. “Esto no ha terminado”.

Esa noche nadie durmió. El viento aullaba y Thomas mantenía la escopeta lista. Días después volvieron, esta vez dos: Halan y un hombre más grande y peligroso llamado Slade, traficante de personas, sonrisa fría. Llegaron rápido, los cascos retumbaban. Thomas salió del taller, la escopeta en alto. “Entréganosla, viejo. Nos vamos antes del atardecer”. Thomas respondió con un disparo al aire. Entonces estalló el infierno: balas silbando, astillas volando, caballos encabritados.

Evelyn se agachó tras el abrevadero, tomó el pequeño rifle que Thomas le había enseñado a usar. Sus manos temblaban, pero su mirada era firme. Gritó advertencias, disparó cuando Slade se lanzó con un cuchillo hacia Thomas. Thomas bloqueó, golpeó y Slade cayó al suelo. Halan levantó las manos, temblando. Evelyn salió, el rifle apretado en sus manos. “Esto se acabó”. Thomas ató a los dos hombres a la cerca. Llovía cuando llegó el sheriff con sus hombres. Los criminales fueron arrastrados en cadenas, cabizbajos y finalmente callados. La tormenta pasó, el aire olía a tierra mojada. Thomas y Evelyn se quedaron bajo el cielo gris.

“Ahora puedes respirar”, dijo él en voz baja. Ella sonrió débilmente. “Quizá por primera vez”. Las semanas siguientes sanaron las heridas externas, aunque las cicatrices permanecieron. Evelyn hablaba a veces de irse, de empezar de nuevo. Thomas nunca la detuvo. “Ve donde quieras, pero hazlo mejor que lo que dejas atrás”. Ella se quedó. Plantó flores blancas junto al granero, aunque Thomas bromeó: “Las vacas se las comerán en una semana”. “Entonces plantaré más”, respondió ella.

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Por las noches se sentaban en la veranda, contemplaban el atardecer. Los colores pintaban el cielo de rojo y oro. Evelyn preguntó una vez: “¿Crees que la gente puede realmente empezar de nuevo?” Thomas pensó en los campos de batalla, en los fantasmas que lo perseguían. “Empezar de nuevo no es olvidar. Es recordar sin que te destruya”. Ella asintió. Eso era suficiente.

Siguieron construyendo. Él reparaba el techo, ella cocinaba, cantaba canciones antiguas que flotaban por la casa. Thomas escuchaba, sonreía para sí. El rancho se volvió hogar, no por grandes palabras, sino por pequeños actos. A veces, cuando el viento traía el relincho de caballos lejanos, ambos se sobresaltaban. Pero sabían que, pasara lo que pasara, lo enfrentarían juntos.

Dos personas que escaparon del infierno y aprendieron que sanar no es esconder las cicatrices, sino llevarlas como parte de la historia. Bajo el vasto cielo del Oeste, incluso las cosas rotas florecen de nuevo, despacio, tercamente, contra toda tormenta. Y cuando sale el sol, no solo trae luz, sino la certeza silenciosa de que la vida, pese a todo, sigue adelante.

Evelyn y Thomas lo demostraron. En la soledad de la pradera encontraron algo más fuerte que el odio: el poder de sostenerse y avanzar juntos. Si esta historia te ha tocado, dale like, suscríbete para no perder el próximo capítulo y cuéntame en los comentarios desde dónde lees. Porque a veces, un paso más cerca, una acción inesperada, puede cambiarlo todo en el Viejo Oeste.

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