Antes de la Tormenta: La Vida Cambiante de Marisol

Un Encuentro a Orillas del Río
Aquella tarde, el cielo estaba cubierto de nubes pesadas y amenazantes. Era el tipo de cielo que anuncia lluvia, pero nunca dice cuándo caerá. El río, normalmente tranquilo, corría turbulento, lleno y rápido debido a las lluvias de toda la semana. Su sonido gorgoteante parecía advertir de algo.
Marisol, una madre que llevaba años criando sola a sus dos hijas, caminaba como siempre junto al río para despejar la mente después del trabajo. La vida no había sido amable con ella; cada día trabajaba, recogía a sus hijas en la escuela y antes de irse a casa se permitía unos minutos de paz junto al agua.
Ese día, Luna (de once años) y Camila (de siete) caminaban a su lado, discutiendo acerca de cuál de las dos dibujaba mejor.
De pronto, Luna se quedó en silencio, levantó la mano señalando el agua y gritó:
—¡Mamá, mira! ¡Hay alguien ahí!
Marisol giró la cabeza y vio, en el reflejo gris del cielo, una figura moviéndose de forma extraña en el agua. Subía a la superficie y desaparecía inmediatamente, como si algo invisible tirara de él hacia abajo.
El corazón de Marisol comenzó a latir con fuerza. Sin pensarlo dos veces, dejó las mochilas de las niñas en el suelo.
—¡No se muevan de aquí! ¿Me escuchan? ¡No se muevan! —ordenó, con la voz temblorosa pero firme.
Las niñas, asustadas, se abrazaron entre sí mientras seguían a su madre con la mirada.
Marisol observó cómo la figura desaparecía nuevamente en el agua. Y sin medir riesgos, se lanzó al río helado. El agua era tan fría que le cortó la respiración. La corriente la arrastraba río abajo, pero ella siguió nadando, luchando por mantener la cabeza fuera del agua.
Entonces vio una mano que salía a la superficie para luego hundirse otra vez.
—¡Toma mi mano! ¡Vamos, agárrate! —gritó Marisol, nadando con todas sus fuerzas.
El hombre emergió un instante, con los ojos semicerrados y la expresión congelada por el miedo. Alcanzó el brazo de Marisol, pero su agarre era débil. Marisol, con un último esfuerzo, lo arrastró hacia una zona menos profunda.
Ambos salieron del agua jadeando, empapados y temblando. Luna y Camila corrieron hacia su madre, llorando.
—¿Estás bien, mamá? —preguntó Camila con voz temblorosa.
Marisol, recuperando el aliento, las abrazó.
—Estoy bien, ya pasó.
El hombre, tendido sobre el barro húmedo, murmuró con dificultad:
—Usted… usted me salvó la vida.
Marisol le respondió con calma, aunque su corazón todavía latía desbocado:
—Respire hondo, ya está a salvo.
Cuando movió el brazo del hombre, un reloj caro quedó a la vista.
Un reloj que no llevaría cualquiera.
Aquel no sería el final de un día común.
Sería el comienzo de una vida completamente nueva para Marisol y sus hijas.
El Inicio de los Secretos
Marisol ayudó al hombre a ponerse de pie. Aunque seguía tiritando, no podía dejarlo allí. Como su casa estaba a unos minutos del río, decidió llevarlo consigo. Luna y Camila caminaban junto a ellos, observándolo con una mezcla de miedo y curiosidad.
En casa, Marisol abrió la puerta rápidamente y lo sentó en un sillón viejo pero limpio.
—Siéntese aquí, por favor.
Corrió a buscar una manta. El hombre se desplomó en el sillón, y el agua que caía de su ropa formó un charco en el suelo.
Camila lo cubrió con una manta. Luna, con torpeza pero con buena intención, preparó un té.
Marisol volvió con un botiquín y comenzó a limpiar la herida de su ceja.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó con voz aparentemente firme, aunque por dentro estaba inquieta.
El hombre guardó silencio unos segundos, luego dijo:
—Me llamo Santiago. Gracias por traerme… No sé qué habría pasado si usted no estuviera allí.
Marisol respondió mientras limpiaba la sangre seca:
—Cualquiera habría hecho lo mismo.
Pero sabía que no era cierto. Muy pocos se lanzarían a un río así.
Santiago miraba el vacío, aún aturdido. Luna le ofreció el té, y él lo aceptó con un leve agradecimiento.
Entonces Marisol notó nuevamente el reloj. Camila tiró de su manga y susurró:
—Mamá, ese símbolo no es el que sale en la televisión…
Marisol lo miró con atención.
Sí. Era el logo del Grupo Alzate.
Una de las empresas más grandes del país.
Y Santiago Alzate, su dueño, era un hombre joven, reservado y casi nunca visto en público.
Encontrarlo así… en un río, sin escoltas, casi ahogándose… era imposible.
Mientras Marisol intentaba procesarlo, Santiago abrió los ojos y, como si leyera sus pensamientos, dijo:
—Tiene muchas preguntas, ¿verdad? Y está en todo su derecho. Creo que debo darle algunas respuestas.
Un escalofrío recorrió la espalda de Marisol.
No sabía si lo que iba a escuchar le daría miedo, la sorprendería… o cambiaría su vida para siempre.
Verdades y Confianza
Cuando Santiago se sintió un poco mejor, se sentó con Marisol en la cocina.
Luna y Camila escuchaban desde la puerta.
El aroma a café y pan fresco llenaba el espacio. Santiago respiró hondo, apoyó las manos en la mesa y habló:
—No soy solo Santiago. Mi nombre completo es Santiago Alzate. Sí… ese Alzate.
Marisol parpadeó sorprendida.
—¿Quiere decir… que usted es ese Santiago Alzate? ¿El que sale en las noticias?
Santiago asintió.
—Hoy escapé de una conferencia de prensa. Necesitaba aire, silencio. Vine al río… pero había hombres siguiéndome. No sé qué querían: secuestrarme, hacerme daño o simplemente robarme. Llegué hasta el agua intentando huir. Y después… caí.
Marisol imaginó el miedo que debía haber sentido.
Y, al mismo tiempo, miró a sus hijas, aún escondidas tras la puerta.
Santiago juntó las manos.
—Usted no solo me salvó la vida, Marisol. Puede que también me haya salvado de algo peor. No sé cómo agradecerle.
Marisol respiró profundo.
—Solo hice lo que debía.
Pero había miedo, asombro y curiosidad en su pecho, todos mezclados.
Santiago sonrió débilmente.
—Lo que hizo cambió mi destino. Quizá también el suyo.
En ese momento, Luna y Camila entraron tímidamente.
Santiago se levantó, haciendo un esfuerzo, y se inclinó respetuosamente ante ellas.
—Les prometo que no les pasará nada. Les debo mucho. Y quiero ayudarlas.
Los ojos de Marisol se humedecieron.
Hacía años que nadie la veía. Nadie reconocía su valor, su fuerza, su sacrificio.
Aquel día junto al río, todo había empezado a cambiar.
Un Nuevo Comienzo
Santiago se quedó unos días en la casa de Marisol para recuperarse.
Al principio las niñas se mostraban cautelosas, pero pronto se ganaron mutuamente la confianza.
Cenaban juntos, conversaban, se reían.
Luna y Camila le contaban sus aventuras escolares, y él las escuchaba con una paciencia inesperada.
Un día, Santiago le dijo a Marisol:
—Quiero ofrecerle un trabajo. En los proyectos sociales de mi empresa. Usted tiene coraje, inteligencia, y un corazón enorme. Necesito personas así.
Marisol dudó.
—Soy solo una madre… No sé nada de empresas grandes.
—¿Solo una madre? —respondió Santiago—. Usted es todo lo contrario a “solo”. Lo que ha hecho por sus hijas vale más que cualquier título.
Marisol aceptó.
A las pocas semanas empezó su nuevo trabajo.
Sus hijas pudieron ir a una mejor escuela.
Ya no faltaba nada en casa.
Pero lo más importante era lo que Marisol sentía junto a Santiago:
valor,
confianza,
respeto.
Y una emoción suave, inevitable, creciendo entre ambos.
Amenaza y Unión
Los hombres que perseguían a Santiago reaparecieron.
Una noche, Marisol vio un coche extraño cerca de su casa.
Se asustó y llamó a Santiago de inmediato.
Él envió a sus guardaespaldas, puso a Marisol y a las niñas en un lugar seguro.
Esa noche, Marisol le preguntó:
—Tengo miedo. ¿Esto se irá algún día?
Santiago respondió:
—No dejaré que te pase nada. No dejaré que les pase nada a tus hijas.
Ya no estás sola.
Sus palabras le llegaron al alma.
Años luchando sola…
Y ahora alguien la protegía.
Amor y Confianza
Pasaron meses.
La confianza se convirtió en amistad.
La amistad, en cariño.
Y el cariño, en amor.
Las niñas adoraban a Santiago.
Santiago adoraba a Marisol… y respetaba su historia.
Un día él le dijo:
—Tú me diste la vida. Yo quiero darte un futuro.
Marisol sintió miedo.
—Tu mundo y el mío son muy distintos…
—Tu mundo —respondió Santiago— le da sentido al mío.
Poco después, Santiago se arrodilló ante ella.
—Marisol… ¿te casarías conmigo? Quiero ser una familia contigo y con tus hijas.
Marisol, con lágrimas en los ojos, dijo sí.
Final Feliz y Nueva Vida
La boda fue sencilla pero cálida.
Luna y Camila caminaban de la mano con él.
Marisol ya no era una madre sola.
Tenía una familia.
Santiago redujo su carga de trabajo para estar más con ellas.
Marisol se convirtió en líder de proyectos sociales, dando esperanza a mujeres que pasaban por dificultades.
Las niñas crecieron felices.
Y cada tarde, Marisol caminaba de nuevo junto al río… recordando cómo comenzó todo.
Santiago siempre le decía:
—Sin tu valentía, yo no estaría aquí.
Y Marisol respondía:
—Yo haría cualquier cosa por mis hijas… pero tú me enseñaste a vivir también por mí.
Años después, cuando Luna y Camila ya habían hecho su vida,
Marisol y Santiago seguían caminando juntos a orillas del río, recordando aquel día:
Una madre.
Dos niñas.
Un río.
Un desconocido.
Y un acto de valentía que cambió sus vidas para siempre.