(1972, Guerrero) Don Evaristo — Construyó su casa con huesos humanos

(1972, Guerrero) Don Evaristo — Construyó su casa con huesos humanos


El viento seco del mes de octubre arrastraba polvo por las calles empedradas de San Miguel del Encinal, un pueblo olvidado en las montañas de Guerrero. Era 1972 y el México rural vivía en la sombra de tensiones políticas que pocos campesinos comprendían del todo, pero todos sentían en el aire como el olor a lluvia antes de la tormenta.

Las familias se aferraban a sus tradiciones, a sus milpas y a la creencia de que mientras uno se mantuviera alejado de los problemas, los problemas también se mantendrían alejados. Don Evaristo Maldonado era un hombre que había llegado al pueblo 5 años atrás, en 1967, con poco más que una mula cargada de herramientas y un silencio pesado en los ojos. Nadie sabía de dónde venía exactamente.

Algunos decían que de Chilapa, otros que de más al norte, quizá de las tierras calientes cerca de Teloloapan. Era un hombre alto, de espaldas anchas y manos callosas, con el rostro curtido por el sol y una mirada que parecía atravesar a las personas sin verlas realmente. Tenía alrededor de 50 años, aunque era difícil saberlo con certeza.

Hablaba poco, respondía con monosílabos y nunca participaba en las fiestas del pueblo ni en las faenas comunitarias. Al principio, los habitantes de San Miguel de Lcinal lo miraban con la desconfianza natural que se tiene hacia los forasteros. Pero Don Evaristo no buscaba amistad ni compañía. compró un terreno alejado en las afueras del pueblo, donde el camino de terracería se perdía entre los cerros cubiertos de encinos y matorrales.

Allí comenzó a construir su casa y esa construcción se convirtió en el tema de conversación durante años.

La casa de don Evaristo era extraña desde el principio.

No seguía el patrón arquitectónico típico de las viviendas de la región. Esas construcciones de adobe con techos de teja o lámina, con patios interiores donde se criaban gallinas y se colgaba la ropa a secar. La suya era una estructura más baja, casi enterrada en la tierra, con muros gruesos que parecían emerger del suelo mismo. Trabajaba solo.

Nunca aceptó ayuda de nadie, ni siquiera cuando don Abundio Garza, el vecino más cercano que vivía a casi un kilómetro de distancia, le ofreció una mano para levantar las vigas del techo. “No se ocupa, don Abundio”, le respondió con sequedad. Yo me las arreglo solo. Durante meses, don Evaristo desaparecía en las noches.

La gente lo veía partir al anochecer con su mula y un par de costales vacíos adentrándose en la sierra. Regresaba antes del amanecer, siempre cargado, siempre cubierto de polvo y con las manos manchadas de tierra. Los costales venían llenos de algo pesado, algo que hacía que la mula caminara despacio, resoplando por el esfuerzo. Nadie le preguntaba qué cargaba.

En esos años, en Guerrero había cosas que era mejor no saber. La construcción avanzaba lentamente, pero de manera constante. Las paredes se levantaban con una mezcla extraña, un mortero que don Evaristo preparaba él mismo y que tenía un color amarillento, casi blanquecino, diferente al barro común que usaban los demás.

Algunos que pasaban cerca decían que el olor era peculiar, un aroma ácido y terroso que se mezclaba con algo más, algo que no lograban identificar, pero que les revolvía el estómago. “Ese hombre está loco”, comentó una tarde refugio Campos, la dueña de la tienda del pueblo, mientras despachaba piloncillo y frijoles.

Dicen que en las noches se oyen ruidos raros cerca de su casa. Mi compadre Jesús pasó por ahí la semana pasada de regreso de su milpa y jura que escuchó golpes como si alguien estuviera rompiendo piedras. O huesos agregó en voz baja Carmela Soto, una anciana que siempre vestía de negro y que tenía fama de saber cosas que otros no sabían.

Las palabras de Carmela cayeron como piedras en agua quieta, creando ondas de silencio incómodo. Nadie se ríó, nadie dijo nada, porque en el fondo todos habían pensado algo parecido. Los rumores crecieron cuando comenzaron a desaparecer los perros del pueblo. Primero fue el perro negro de la familia Ruiz, un animal grande y fuerte que ladraba a cualquier extraño. una mañana simplemente no estaba.

Luego desapareció la perra café de los Mendoza, que acababa de tener cachorros. Los cachorros se quedaron llorando toda la noche buscando a su madre. En las siguientes semanas, otros tres perros se esfumaron sin dejar rastro. Tiene que ser un coyote, decía don Abundio, o un puma que bajó de la sierra. Pero los perros no eran los únicos que desaparecían.

En 1968, Tomás Velázquez, un jornalero que trabajaba en las huertas de mango cerca de Chilapa, dejó de regresar a casa. Su esposa Marina esperó tres días antes de ir al pueblo a preguntar. Nadie lo había visto. Se organizó una búsqueda, pero las montañas de guerreros son vastas y traicioneras, llenas de barrancos profundos y cuevas donde un hombre puede perderse para siempre. Nunca lo encontraron.

En 1969 desapareció Luz María Contreras, una joven de 17 años que había ido a lavar ropa al río. Su ropa apareció en la orilla doblada con cuidado, pero ella nunca regresó. Algunos dijeron que se había fugado con un novio secreto, otros que se había ahogado y la corriente se había llevado su cuerpo.

Su madre, doña Felipa, no dejó de buscarla nunca, caminando por las veredas y preguntando a cada persona que encontraba con los ojos secos de tanto llorar. En 1970, un arriero que transportaba mercancías entre San Miguel del Encinal y Chilpancingo no llegó a su destino. Su mula apareció días después sola, pastando cerca del camino.

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