Doscientos guerreros apaches rodearon la cabaña — pero la hija del jefe solo miraba al vaquero.
Rodeado por 200 guerreros apaches, el vaquero Royce Barret sabía que su destino estaba sellado, pero en medio del odio y la pólvora, la hija del jefe Apache lo observaba con algo más que furia, curiosidad, compasión y amor. En un instante, el enfrentamiento dejó de ser una guerra por territorio y se convirtió en una batalla entre el deber, la lealtad y los misteriosos caminos del corazón. 200 guerreros rodeaban la cabaña antes del amanecer.
Royce Barret despertó con el aliento de los caballos en el aire helado y la presión de ojos tras las paredes de madera. Había vivido solo en esas tierras durante años, aprendiendo a desconfiar del silencio. En ese tiempo desarrolló un instinto infalible para percibir el peligro, pero aquella mañana algo se sentía distinto.
No era solo la cantidad de hombres afuera, ni el silencio que pesaba como un presagio. Era algo más profundo, imposible de explicar. Avanzó hacia la ventana con cautela. A través de una rendija observó figuras inmóviles, caballos agrupados, guerreros erguidos con el sol apenas tocando sus lanzas. En el centro, un hombre de cabello con hebras plateadas irradiaba autoridad sin pronunciar palabra. era el jefe.
A su lado, una mujer con atuendo de cuero trenzado y cuentas de colores, parecía tan serena como la tierra misma, pero su mirada tenía un fuego imposible de contener. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Royce, el tiempo pareció suspenderse. No fue una simple coincidencia. Había algo conocido en esa mirada, una memoria enterrada que regresaba con fuerza.
Roy sintió un estremecimiento en el pecho, como si aquel encuentro hubiera estado escrito mucho antes de que ambos nacieran. Su mano se deslizó instintivamente hacia el costado izquierdo, donde una vieja cicatriz marcaba su piel. 4ro meses atrás había rescatado a una mujer herida entre rocas y matorrales, rodeada por lobos hambrientos. No había preguntado su nombre, solo actuó.

Recordaba como la cargó hasta su refugio, como la sangre empapó su camisa mientras ella apenas respiraba. Pasó días cuidándola hasta que una mañana sin despedirse ella desapareció. Lo único que dejó fue un cordón de cuentas junto a su cama. Ahora, frente a él, esa misma mujer estaba allí. Su cabello brillaba bajo el sol, su expresión firme, pero sus ojos contaban otra historia.
Royce comprendió que ella no solo sabía quién era él, sino que estaba atrapada en su propio dilema. El jefe Nisoba alzó la mano y el aire se volvió espeso. Cuando habló, su voz retumbó como trueno lejano. Los hombres que toman lo que no les pertenece creen que el bosque calla, pero la tierra recuerda cada paso. Royce no respondió. Sabía que un gesto equivocado podía sellar su destino. Nisoba continuó. Saldrás y hablarás.
Si tus palabras son verdaderas, vivirás. Si mientes, la tierra te reclamará. Los guerreros apretaron sus lanzas, el viento agitó el polvo. Ella, la hija del jefe, no apartó la vista. Había tensión en su mirada, una súplica escondida entre el miedo y el deber.
Un movimiento casi imperceptible de su mano rozó las cuentas de su cabello, señal que solo Royce pudo comprender. Le pedía silencio que no revelara su conexión. Royce respiró hondo y empujó la puerta. La madera crujió bajo su peso. El sol lo golpeó en el rostro mientras los guerreros apaches ajustaban el círculo a su alrededor. Eran muchos, pero solo una de esas miradas le importaba. La suya. Roy sabía que debía hablar con cuidado.
Cada palabra sería un filo. Si decía lo incorrecto, moriría. Si decía la verdad, quizá ella también lo haría. Kiona, aunque aún no sabía su nombre, lo observaba con la intensidad de alguien que carga un secreto más pesado que la vida misma.
Entre ellos se había forjado un vínculo invisible, imposible de romper por órdenes o amenazas. En lo alto de la colina, otros hombres aguardaban. Eran blancos, cazadores o mercenarios, quizá los mismos que perseguían a los apaches desde días atrás. Nisoba lo sabía. Su estrategia era tan silenciosa como letal. El jefe bajó de su caballo. Su presencia bastó para imponer respeto. Hablas de vivir solo, pero cada cabaña en estas tierras fue construida sobre huesos.
Dime, extranjero, ¿por qué debería creerte diferente? Su voz era tan firme como el acero. Royce levantó el mentón. Porque no busco oro ni tierra, solo busco paz. Hubo un murmullo entre los guerreros. Algunos rieron, otros tensaron el arco. Kona mantuvo la mirada fija en él sin delatar emoción alguna.
El joven guerrero, a su izquierda adelantó el caballo. Miente. Todos los suyos mienten. Nisoba levantó la mano para detenerlo, pero el aire estaba al borde del estallido. Roy sabía que bastaba una chispa para iniciar la masacre. Entonces, Kioná habló por primera vez. Su voz atravesó el silencio como un rayo suave pero firme. “Mi padre te pregunta si dices la verdad, ¿por qué permaneces en un lugar marcado por la sangre de otros?” Royce reconoció esa voz.
era la misma que susurró gracias en la penumbra meses atrás, la misma voz que creyó nunca volver a escuchar. Sintió un nudo en la garganta, pero mantuvo el tono sereno. A veces uno se queda, porque irse sería rendirse, dijo. Porque marcharse sería admitir que la bondad no tiene lugar en este mundo. Kioná bajó la mirada a un instante.