El Amor Prohibido de Tlaxcala 1691: Sacerdote y Campesina fueron humillados Como Castigo por Amarse

El Amor Prohibido de Tlaxcala 1691: Sacerdote y Campesina fueron humillados Como Castigo por Amarse


La noche caía sobre Tlaxcala como un manto espeso que cubría las calles de tierra y las casas de adobe. Era el año 1691 y el pequeño pueblo colonial mexicano vivía bajo el estricto orden impuesto por la corona española y la Santa Iglesia. El padre Tomás Aguirre caminaba con paso lento por el sendero que conducía hacia la iglesia de San Francisco, sus sandalias levantando pequeñas nubes de polvo que se mezclaban con la bruma del atardecer.

A sus 35 años, el padre Tomás llevaba ya 10 como sacerdote en Tlaxcala, enviado desde España para servir en las tierras conquistadas. Su rostro, marcado por líneas de preocupación, pero aún joven, reflejaba la lucha interna que lo atormentaba desde hacía meses. Cada noche, tras los rezos, sus pensamientos vagaban hacia el mismo lugar.

La pequeña choa a las afueras del pueblo donde vivía Sitlali, una joven campesina de origen indígena. “Dios me perdone”, susurró para sí mismo mientras ajustaba su gastado hábito negro. El viento frío de noviembre le recordó que el invierno se aproximaba trayendo consigo no solo el frío, sino también la celebración de todos los santos, cuando el pueblo entero vendría a la iglesia.

Esa misma noche, a menos de un kilómetro de distancia, Sitlali Hernández encendía el fogón en su humilde vivienda. A sus 22 años, la joven era conocida en el pueblo por su belleza singular, una mezcla perfecta de rasgos indígenas y el legado español que corría por sus venas, fruto de generaciones anteriores.

Sus manos ásperas por el trabajo en el campo preparaban una sencilla cena de frijoles y tortillas mientras su mente divagaba. Padre nuestro que estás en los cielos. Rezaba en voz baja, pero sus oraciones se interrumpían cada vez que la imagen del padre Tomás aparecía en su mente. Habían intercambiado miradas durante las misas dominicales y en tres ocasiones, cuando ella fue a confesarse, sus dedos se rozaron al recibir la Un escalofrío prohibido que ambos intentaban negar. El sonido de cascos de caballo interrumpió sus pensamientos.

Por la ventana vio a los soldados españoles que patrullaban el pueblo, entre ellos el capitán Diego Mendoza, conocido por su crueldad y por imponer castigos ejemplares a quienes desafiaban las leyes coloniales o la moral cristiana. Que no vengan aquí”, pensó Sitlali mientras apagaba rápidamente la única vela que iluminaba su choa, quedando en la oscuridad completa.

Las patrullas se habían intensificado en las últimas semanas. Corría el rumor de que buscaban a herejes y a quienes practicaban antiguas costumbres indígenas, pero también vigilaban la moral pública y el respeto a los votos sagrados. Mientras tanto, el padre Tomás llegó a la iglesia vacía.

El eco de sus pasos resonaba entre las paredes de piedra mientras avanzaba hacia el altar. Se arrodilló frente al crucifijo y bajó la cabeza. Dame fuerzas, Señor, suplicó, aleja de mí estos pensamientos impuros. Pero incluso en la casa de Dios, la imagen de Sidlali lo perseguía. Mañana la vería de nuevo cuando ella viniera a la iglesia a traer las flores para el altar, como hacía cada semana.

Un encuentro inocente a ojos del pueblo, pero que para ambos se había convertido en el único momento de luz en sus vidas. Lo que ninguno de los dos sabía era que ya habían comenzado a despertar sospechas. Ojos vigilantes seguían sus movimientos y en Tlaxcala de 1691 no había pecado que permaneciera oculto por mucho tiempo, ni castigo que no fuera ejemplar.

El amanecer en Txcala llegó acompañado del sonido de las campanas que llamaban a la primera misa. Las calles comenzaban a llenarse de vida mientras los indígenas y mestizos se dirigían a sus labores diarias, algunos hacia los campos de cultivo, otros hacia el mercado local.

El aire fresco cargaba el aroma de leña quemada y tortillas recién hechas. Sitlali despertó sobresaltada. Había soñado nuevamente con el padre Tomás, un sueño que la llenaba tanto de culpa como de un extraño júbilo que intentaba reprimir. se vistió rápidamente con su sencillo vestido de algodón gastado, se cubrió con un rebozo y recogió las flores silvestres que había estado guardando para llevar a la iglesia Ave María purísima”, murmuró mientras se santiguaba frente a la pequeña cruz de madera que colgaba en la pared de su choa.

Al salir notó que su vecina, doña Josefa, una anciana viuda conocida por sus ojos inquisitivos y su lengua afilada, la observaba desde la puerta de su casa. “Buenos días te dé Dios, Chitlali”, dijo la anciana con un tono que ocultaba algo más que un simple saludo. “Otra vez con flores para la iglesia, el padre Tomás debe estar muy agradecido por tu devoción.

” Sitlali sintió que sus mejillas ardían. Es mi deber con Dios, doña Josefa, nada más. Claro, niña, el deber, respondió la anciana con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Solo recuerda que en estos tiempos hasta las paredes tienen oídos. Sitlalí apresuró el paso sintiendo un nudo en el estómago.

Las palabras de la anciana no eran una simple advertencia, eran una amenaza velada. En la iglesia, el padre Tomás terminaba la misa matutina. Los pocos feligreses que habían asistido ya se retiraban, dejando el recinto en un silencio solemne interrumpido solo por el eco de sus propios pasos.

Se dirigió a la pequeña sacristía y comenzó a quitarse los ornamentos sagrados cuando escuchó la puerta principal abrirse. Su corazón dio un vuelco al ver a Sitlali entrar con las flores en sus brazos. La luz que entraba por los vitrales creaba un halo alrededor de su figura, haciéndola parecer a los ojos atormentados del sacerdote como una visión divina y a la vez su mayor tentación.

“Buenos días, padre”, dijo ella con voz suave, manteniendo la mirada baja como dictaba la costumbre. Que Dios te bendiga, hija”, respondió él, intentando que su voz sonara firme y distante, aunque su pulso se había acelerado. Mientras Sitlali colocaba las flores en el altar, Tomás no pudo evitar observarla.

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