Mi esposo me daba un “té para calmar” todas las noches durante veinte años. Tenía sueños extraños… fiestas en mi propia casa mientras dormía.
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Cada noche, durante dos décadas, cerraba los ojos creyendo que estaba a salvo dentro del refugio de mi hogar. Me sentía como un barco anclado en un puerto tranquilo… o eso creía. Nunca imaginé que cada sorbo de aquel té, preparado con tanto esmero por mi esposo, era una dosis de veneno para el alma; el principio insidioso de una humillación profunda que se desarrollaba ante mis ojos medio cerrados, entumecidos por la somnolencia.

Buenos días. Me llamo Nancy Oliver de Ramírez. Tengo setenta y siete años, y ésta es la historia que he guardado en los rincones silenciosos de mi corazón durante casi cincuenta años. Es un relato de confianza hecha polvo, de una larga penumbra mental… y del amanecer feroz, brillante y aterrador de un despertar.
Nací en 1948 en Tlalpujahua, Michoacán, un pueblito donde el tiempo corre despacio, donde las puertas rara vez se cierran con llave, y donde se dice que ningún secreto, por más enterrado que esté, logra quedarse oculto para siempre. O al menos eso creía yo.
Conocí a Guillermo Ramírez cuando tenía dieciocho años. Él era nuevo en el pueblo, el farmacéutico de la botica “La Esperanza”, un hombre educado, diez años mayor que yo, con una calma que imponía respeto y una sonrisa que parecía prometer seguridad. Mis padres, gente sencilla y trabajadora, quedaron encantados con él.