Mi esposo salió a contestar una llamada y una anciana extraña me puso dinero en la mesa y susurró…

Olivia Parker llevaba apenas 12 días viviendo lo que ella en su inocencia absoluta consideraba el capítulo más brillante de su vida. A sus 34 años había logrado construir una rutina pacífica alrededor de su pequeña florería en el centro de Portland.
Un refugio lleno de aromas a nardos y tierra mojada que la protegía del caos de la ciudad. Casarse con Evan Sterling se sentía como la pieza final de un rompecabezas que le había tomado toda una vida al mar. La promesa de un futuro amable por el que había rezado en silencio. Esa noche, Evan la había sorprendido con una cena en un restaurante exclusivo con vista al río, un lugar donde la crema inata de la ciudad cenaba bajo la luz tenue de las velas.
El suave resplandor dorado, el trío de jazz tocando al fondo y el olor a mantequilla y especias creaban una atmósfera de película. Olivia miraba a su esposo con adoración. Él era encantador, atento, el hombre perfecto. A mitad de la cena, Eván se disculpó con una sonrisa ensayada para atender una llamada de trabajo urgente, dándole un beso rápido en la mejilla antes de alejarse hacia el vestíbulo.
Olivia lo vio irse con una sonrisa boba, sintiéndose la mujer más suertuda del mundo, sin saber que ese beso era el último gesto de cariño falso que recibiría. Fue entonces cuando el sonido de una silla arrastrándose a su lado la sacó de su nube. Una mujer a quien reconoció como Irene Porter, una clienta frecuente de su florería conocida por su dulzura, se inclinó hacia ella invadiendo su espacio personal.
Irene siempre había sido una dama elegante de cabello plateado, pero esa noche se veía diferente, casi irreconocible. Temblaba como una hoja y sus ojos estaban desorbitados, cargados de un pánico que el heló la sangre de Olivia. Sin decir hola, Irene deslizó un fajo de billete sobre el mantel blanco y susurró con voz quebrada, “Toma esta lana, vete ahorita mismo.
No lo esperes, por favor, mija, solo corre.” Olivia se quedó pasmada con el tenedor en el aire. No tenía sentido. Irene no estaba loca. Tenía miedo, un miedo real y visceral. Antes de que Olivia pudiera preguntar qué pasaba, Irene se levantó y salió casi corriendo del lugar. Sin mirar atrás, las puertas se cerraron tras ella, dejando a Olivia en Sock.
Su corazón empezó a latir a 1000 por hora cuando dos tipos desconocidos, vestidos de traje oscuro y con pinta de gorilas, entraron al restaurante escaneando el lugar como depredadores. Sus ojos fríos barrieron las mesas hasta clavarse en ella. En ese instante, la velada perfecta se rompió. Esos tipos no iban a cenar, iban por ella.
Se movían con una seguridad que le revolvió el estómago. Olivia sintió que le faltaba el aire. Se levantó de golpe, tirando la servilleta y se fue directo al baño de mujeres tratando de no correr para no llamar la atención. Se encerró en el baño, puso el seguro y se recargó en el ababo tratando de calmarse. Sacó su celular con manos temblorosas y pidió un taxi de aplicación.
La pantalla decía: “Llegada en 3 minutos.” “3 minutos eternos.” Buscó una ventana, pero la única que había tenía barrotes de metal. Los empujó con desesperación, pero ni se movieron. Entonces escuchó al gerente afuera. Señora, por favor, quédese adentro. Todo está bien. Mentía. Olivia lo sabía. Luego escuchó la voz de Eván, suave, pero con un tono metálico que nunca había usado antes.
Estás asustando a la gente, cariño. Abre la puerta. Su corazón se fue al suelo. Había algo siniestro en su voz. Cuando vio que la chapa empezaba a girar porque la estaban abriendo desde afuera, el pánico la invadió. Sin pensarlo, agarró su bolsa pesada y le dio con todo al vidrio de la alarma de incendios.
Al segundo golpe, el vidrio tronó y la alarma empezó a chillar, llenando el edificio de ruido y luces estroboscópicas. El caos fue instantáneo. La gente se levantó tirando mesas y copas. Los meseros gritaban y el humo de la cocina empezó a salir. Olivia aprovechó el relajo para escabullirse, pasando por debajo del brazo del gerente y empujando gente hasta salir a la calle fría.
Su taxi estaba ahí con las intermitentes puestas. Se subió de un salto y cerró la puerta. “Dale, arráncate, por favor”, le gritó al chóer. El tipo vio su cara de terror y pisó el acelerador a fondo. La ciudad se volvió un borrón de luces mientras Olivia intentaba respirar. No sabía qué estaba pasando, pero sabía que su vida acababa de dar un giro de 180 gr.
Llegó a su florería, entró corriendo y cerró todo. Sabía que Eván la buscaría ahí, era lo lógico. Corrió a la oficina de atrás, aventó unas cajas y abrió su laptop. Quería pasar su dinero a una cuenta vieja que Eván no conocía. La página del banco cargó lento, burlándose de ella. puso la cantidad, confirmó y error.
La pantalla se puso roja, transferencia fallida. Cuenta congelada por reporte conyugal. Olivia se quedó viendo la pantalla incrédula. Eván le había congelado las cuentas, la había dejado sin un peso. Cerrola con Pu de golpe, sintiendo el peso de la traición. Eván no solo la encontró, lo tenía todo planeado. Ya la estaba despelucando, salió por la puerta trasera al callejón oscuro y corrió hacia su departamento.
Era herencia de sus papás, lo único que era 100% suyo. Llegó al edificio, subió las escaleras con los pulmones quemándole y metió la llave. No giró, la sacó, le sopló y probó de nuevo. Nada. La llave no entraba. dio un paso atrás temblando. Abajo de la chapa vieja había una nueva brillante. La puerta se abrió y salió una mujer en bata con cara de pocos amigos. ¿Qué quieres? Le ladró.
Olivia parpadeó confundida. Yo yo vivo aquí, balbuceó. La mujer hizo una mueca. Ya no firmé contrato la semana pasada. Arréglate con la dueña, una tal Claudia Esterling. Olivia sintió como si le hubieran dado un puñetazo. Claudia, la mamá de Eván. Antes de poder decir nada, la mujer le cerró la puerta en la cara. Se escucharon pasos en el pasillo.
Olivia volteó y vio a Eván caminando tranquilo con las manos en los bolsillos. Atrás venía Claudia, impecable como siempre, con una carpeta azul. Abandonaste la propiedad, querida”, dijo Claudia con una suavidad venenosa. “Todo es legal, está documentado.” Eván se acercó invadiendo su espacio. “Deja de resistirte, Olivia, no tienes a nadie.
” Olivia sintió que las paredes se le venían encima. Los vecinos se asomaban juzgándola. Se había convertido en una extraña en su propia casa. sin dinero, sin techo y sin dignidad. En una sola noche corrió escaleras abajo y salió a la noche, porque quedarse era rendirse. Vagó sin rumbo hasta encontrar un hostal de mala muerte. Pagó con lo poco que le quedaba del dinero de Irene y se tiró en el colchón duro.
Cuando dejó de temblar, buscó el número de Irene en su celular y llamó. Olivia, ¿estás bien?, contestó Irene con voz preocupada. No, me quitaron todo lloró Olivia. Vente a mi casa ahorita”, dijo Irene firme. Olivia tomó otro taxi y llegó al bungaló azul de Irene. La señora la metió rápido y cerró con 13 rojos.