Parte 2- La esclava fue contratada para bañar al príncipe mimado y, al desnudarlo, quedó impactada con lo…
El amanecer en San Gabriel tenía un color distinto el día en que Isidora cruzó la gran puerta del palacio como una mujer libre. El cielo estaba teñido de rosa pálido, como si el mundo mismo se hubiera enternecido ante su nuevo destino. Llevaba bajo el brazo los documentos de su libertad y el título de propiedad de una pequeña casa cerca del mercado de flores. Pero más que papeles, lo que cargaba era un futuro que por primera vez le pertenecía.
Las calles empedradas despertaban lentamente. Los pescadores descargaban sus redes; los vendedores abrían sus toldos; los niños corrían descalzos, riendo. Y en medio de aquel bullicio cotidiano, Isidora se sintió como un hilo dorado entre un tapiz que siempre había sido gris. Su paso era firme, aunque su corazón latía con el vértigo de lo desconocido.
La casita que el príncipe Alejandro le había otorgado estaba a la sombra de un viejo jacarandá, cuyos pétalos violetas alfombraban la entrada. Al abrir la puerta, encontró un espacio sencillo pero cálido: una mesa de madera clara, una cama baja, un pequeño fogón. Nada más. Nada menos. Lo suficiente para empezar una vida.
Respiró hondo. Por primera vez, el aire no olía a servidumbre ni a obediencia. Olía a futuro.

I. El rumor del puerto
Durante las primeras semanas, Isidora caminó por el mercado observando la vida desde otro lugar. Ya no era la esclava invisible que cargaba cántaros o limpiaba pisos. Era una mujer solitaria, desconocida y libre. Eso despertó curiosidad, recelo, y de vez en cuando, una admiración silenciosa.
Los rumores empezaron pronto.
“Dicen que el príncipe la liberó porque ella lo curó de un embrujo.”
“No, no. Que vio algo terrible en él, y aun así se quedó.”
“Yo escuché que él se enamoró.”
Isidora no respondía a ninguno. Guardaba la verdad como quien guarda una llama delicada: no porque le diera poder, sino porque había nacido del dolor y de la confianza.
Sin embargo, no todo era paz. En los callejones, algunos la miraban con resentimiento. Para muchos, una esclava libre era un desafío al orden establecido. Y la idea de que el príncipe Alejandro –el altivo, el intocable– hubiera cambiado por influencia de una mujer que no tenía apellido, despertaba cuchicheos venenosos.
Pero ella no retrocedía. Había aprendido a caminar entre miradas de superioridad. Ahora caminaba entre ellas como si fueran brisa.
II. El príncipe sin armadura
Mientras tanto, en el palacio de Montemayor, Alejandro comenzaba una transformación que nadie había previsto. La ausencia de Isidora era como una luz retirada de un cuarto: no lo dejaba a oscuras, pero sí lo obligaba a encender sus propias velas.
Las cicatrices seguían allí, por supuesto. Las heridas antiguas no desaparecían con libertad, ni con ungüentos, ni con confesiones. Pero había aprendido a mirarlas sin odio. A veces, frente al espejo, desanudaba sus telas por sí mismo y apoyaba las manos sobre las marcas, como si estuviera reconociendo un terreno que antes temía pisar.
Los consejeros del reino notaron el cambio. Su voz ya no era un filo; era un instrumento afinado. Se involucraba en asuntos que antes delegaba por comodidad o desprecio. Escuchaba más. Gritaba menos. Incluso las sirvientas, acostumbradas a su aire distante, notaron que empezaba a agradecer pequeñas cosas.
Pero la transformación no era fácil.
En las noches, sentado en su estudio, pensaba en ella.
No como posesión.
No como deuda.
No como fantasía romántica.
Sino como un espejo inesperado que le había mostrado quién había sido y quién podía ser.
Un día decidió mandar un mensajero a su casa para asegurarse de que estuviera bien. Pero al cerrar la mano sobre la cera del sello, se detuvo.
“Ella eligió irse”, se dijo. “Y la libertad no se vigila.”
No envió mensaje alguno.
III. Una visita inesperada
Pasaron tres meses antes de que los caminos de ambos volvieran a cruzarse.
Una tarde, Isidora estaba en la plaza ayudando a una anciana a cargar cestas de frutas. Hacía ya días que la gente del mercado la veía como una ayuda constante, generosa, aunque silenciosa. De pronto, un murmullo extraño recorrió la plaza, como una ola repentina.
Isidora levantó la vista.
Un carruaje real se había detenido frente al mercado.
Los guardias se alinearon. La multitud se abrió como un río ante un barco. Y del carruaje descendió… el príncipe Alejandro.
Vestía ropa sencilla, sin insignias, sin joyas, sin espada. Y sin embargo, la autoridad lo seguía como una sombra.
Las mujeres murmuraron.
Los hombres inclinaron la cabeza.
Los niños se quedaron con la boca abierta.
Pero Alejandro no miró a nadie más. Caminó directo hacia ella.
Isidora enmudeció. No había esperado volver a verlo fuera del palacio. Y ciertamente no allí, rodeado del olor a frutas y pescado salado.
“Isidora,” dijo él, con una voz que nadie reconocía porque nunca la habían escuchado así: quieta, humilde, franca.
Ella inclinó la cabeza. No en servilismo, sino en cortesía. “Alteza.”
“No vine por formalidades.”
“¿Entonces por qué?”
“Para pedirte algo.”
Los murmullos se hicieron un mar turbulento alrededor de ellos.
Alejandro respiró hondo. “Quiero que regreses al palacio.”
Un silencio absoluto cayó.
Isidora lo miró fijamente, sin pestañear. “No puedo volver como servidora.”
“No te pido eso.”
Sus palabras flotaron en el aire como un enigma.
“Quiero que vuelvas como… mi asesora personal. Y como mi amiga.”
La palabra amiga cayó como una piedra en un estanque: rompió todas las suposiciones.
Pero Isidora negó suavemente. “Mi libertad es nueva, alteza. Aún estoy aprendiendo a usarla. No puedo volver a vivir tras muros.”
Alejandro bajó la vista. Algunos lo interpretaron como humillación. Isidora lo entendió como respeto.
“No insistiré”, dijo él. “Solo quería que supieras que la puerta está abierta.”
Ella asintió. “Gracias.”
Y así, el príncipe –el hombre que había dominado el palacio con su arrogancia durante años– se dio la vuelta y regresó a su carruaje sin una sola protesta.
La ciudad habló de aquel momento durante semanas.
IV. La tormenta en Montemayor
Pero no todos estaban dispuestos a aceptar aquel cambio pacíficamente.
El duque Ramírez de Estoria, aliado cercano de la corona y uno de los hombres más influyentes de la región, vio en la nueva actitud de Alejandro una amenaza para sus propios intereses. Durante años había manipulado al príncipe, aprovechando su debilidad física y emocional para controlar decisiones económicas y militares.
Pero ahora Alejandro ya no era el joven quebrado que necesitaba una armadura de hierro para ocultar su fragilidad. Ahora tenía una fuerza que Ramírez no podía controlar.
Ni soportar.
Las tensiones crecieron hasta que el duque tomó una decisión peligrosa: socavar al príncipe usando el eslabón más “débil” — según él — en su entorno.
Isidora.
Un atardecer, mientras ella volvía de comprar pan, encontró su puerta entreabierta. Su corazón dio un vuelco. Entró con cautela.
Sobre la mesa había una carta sin remitente.
La abrió.
“Sabemos quién eres. Sabemos por qué él te liberó.
Y sabemos cómo destruir ambos.”
No había firma. Solo una pequeña marca: un halcón negro, el símbolo del duque Ramírez.
V. La decisión
Isidora no era una mujer temerosa. Había vivido demasiado para temer amenazas escritas. Pero sí entendió algo: su libertad no estaba realmente completa si los hilos del poder podían enredarla desde la sombra.
Debía decidir.
¿Esconderse?
¿Huir?
¿Pedir ayuda?
Ninguna de esas opciones encajaba con su carácter.
Esa misma noche, encendió una lámpara de aceite, envolvió su manta sobre los hombros y caminó hacia el palacio de Montemayor. No como esclava regresando. No como súbdita acudiendo a su príncipe.
Sino como una mujer que enfrentaría lo que otros trataban de ocultar.
Los guardias la dejaron pasar sin resistencia. Todos la conocían. Todos sabían lo que había hecho por el príncipe.
Alejandro estaba en su estudio, inclinado sobre mapas y documentos. Al verla entrar, se quedó de pie de inmediato.
“Isidora… ¿ha pasado algo?”
Ella dejó la carta sobre la mesa. “Necesitamos hablar.”
Él la leyó, el rostro endureciéndose. Por un momento, Alejandro volvió a ser el príncipe arrogante que aplastaba con la mirada. Pero esta vez, no era soberbia. Era furia pura y protectora.
“Ramírez,” murmuró. “Debí saber que intentaría algo así.”
“Entonces debemos enfrentarlo,” dijo Isidora, con un tono tan firme que él levantó la vista sorprendido.
“No tú sola,” respondió él. “Lo haremos juntos.”
Y por primera vez, la palabra juntos no sonaba a deuda ni a deber, sino a alianza.
Una alianza que cambiaría San Gabriel para siempre.