Parte 2 — La princesa obesa fue entregada a un esclavo como castigo por el rey, pero él la amó como a ninguna otra.

Parte 2 — La princesa obesa fue entregada a un esclavo como castigo por el rey, pero él la amó como a ninguna otra.

El invierno llegó pronto aquel año. No un invierno de nieve suave, sino uno de vientos furiosos, como si el cielo quisiera poner a prueba al nuevo reino que Isabela comenzaba a reconstruir. Pero ella no tenía miedo. Había vivido tormentas peores dentro de su propio hogar.

Desde su coronación, Isabela trabajaba día y noche. El trono ya no era un símbolo de imposición, sino de servicio. Cada mañana se reunía con los campesinos, escuchaba sus problemas, caminaba entre mercados, y ordenaba reformas que nadie antes había sido valiente para hacer. Los nobles murmuraban: “Una reina sin linaje noble en su esposo… una reina que no teme ensuciarse las manos…”. Pero el pueblo la adoraba.

Y Elias… Elias siempre estaba allí.

No como un guardia. No como un sirviente.

Como su sombra luminosa.

Ella gobernaba con la palabra, y él gobernaba con la humanidad. A veces se sentaba en los escalones del palacio, conversando con los niños del pueblo, enseñándoles a plantar flores, igual que había hecho con Isabela en aquel jardín olvidado. Era amado sin quererlo, respetado sin buscarlo.

Pero no todo el mundo aceptaba ese nuevo orden.

El Consejo de Acero

Un grupo de nobles poderosos, resentidos por haber perdido privilegios y ofendidos por la presencia de un exesclavo en el palacio, formó un consejo secreto. Lo llamaban “El Consejo de Acero”. Su líder era el duque que el rey había querido imponer como esposo a Isabela: Lord Casimiro, un hombre ambicioso, frío y paciente. Muy paciente.

—La reina cree que el amor puede gobernar —dijo un día, golpeando la mesa con su puño enguantado—. Pero el amor no detiene guerras, ni llena los cofres del reino. Su debilidad es nuestro camino.

Los demás asintieron.

El pueblo amaba a Isabela, pero el pueblo era fácil de manipular. Bastaba sembrar dudas. Bastaba un desastre.

Y el desastre llegó.

La noche del incendio

Una madrugada, justo antes del alba, un fuego estalló en el granero más grande de la aldea sur. Las llamas subían como lamentos, devorando provisiones enteras. La gente gritaba, corría, lloraba.

Isabela se despertó sobresaltada por los gritos de los guardias.

Elias ya tenía una capa puesta y corría hacia la puerta.

—Voy contigo —dijo ella.

—¡No! —contestó él, sujetándola por los brazos—. Esto es peligroso.

—La reina no puede quedarse mirando —respondió Isabela, con firmeza.

Juntos cabalgaron hacia las llamas.

El calor era insoportable. Las chispas volaban como flechas ardientes. Pero Elias entró sin pensarlo, ayudando a sacar sacos, animales, niños atrapados. Isabela organizó a los aldeanos, dirigió cubetas de agua, ordenó formar cadenas humanas. Parecía una general dirigiendo un ejército.

Y aun así…

El fuego venció.

El granero cayó. Las provisiones del invierno se perdieron.

Los rumores empezaron apenas el humo se disipó.

—Dicen que Elias lo provocó…
—Un exesclavo no debería estar cerca de decisiones importantes…
—¿Y si lo hizo para ganar poder?
—El duque Casimiro dijo que esto pasaría…

Todo era una mentira orquestada, pero las mentiras tienen alas más rápidas que la verdad.

La traición silenciosa

Días después, cuando el consejo pidió una audiencia urgente, Isabela lo sintió: un golpe estaba por venir.

—Su Majestad —dijo Casimiro, inclinándose—, venimos a pedir… prudencia. Parte del pueblo insiste en que Elias debe ser investigado. Por la paz del reino.

Isabela tembló de indignación.

—Elias arriesgó su vida para salvar a mi gente.

—Majestad, nadie cuestiona su… buena intención —fingió el duque—. Pero los símbolos importan. Y su cercanía a él… confunde. Alimenta rumores.

El mensaje era claro.

Querían separarlos.

Querían destruirlos.

Isabela respiró hondo. Miró a los ojos de los nobles, uno por uno.

—No permitiré que toquen a Elias. No ahora, no jamás.

Los nobles intercambiaron miradas oscuras. La lucha acababa de comenzar.

La conversación que podía romperlos

Esa noche, Isabela encontró a Elias en el jardín, el mismo jardín donde había nacido su amor. Él estaba sentado, mirando el suelo. Parecía cansado. Parecía roto.

—Me odian —susurró él, sin levantar la vista—. Y por su culpa, te odian a ti.

—No digas eso.

—Isabela… yo no pertenezco aquí. No quiero ser la razón de tus problemas.

Ella se arrodilló frente a él, tomó su rostro entre sus manos.

—Tú eres la razón por la que sigo viva. No permitiré que te alejen.

Elias cerró los ojos, luchando contra sus propios temores.

—Isabela, no temo por mí. Temo por ti. Quieren lastimarte, y no descansarán hasta lograrlo.

Ella lo abrazó fuerte.

—Déjalos intentarlo. No saben de qué soy capaz.

La conspiración final

El Consejo de Acero lo intentó todo: rumores, sabotajes, amenazas. Nada funcionó. El pueblo seguía del lado de su reina.

Hasta que planearon el golpe definitivo:

Envenenar a Elias y culpar a la reina.

La noche elegida, un sirviente infiltrado llevó una copa de vino adulterado al comedor privado donde Elias y ella cenaban en paz.

Pero el plan tenía una falla.

El amor ve lo que otros no ven.

Isabela notó el temblor en las manos del sirviente. Notó el olor extraño en la copa. Notó la mirada del duque escondido entre las sombras del pasillo.

Y antes de que Elias tomara un sorbo, ella gritó:

—¡Detente!

La copa cayó al suelo.

Guardias entraron. Hubo caos. El sirviente confesó aterrado.

El Consejo de Acero quedó expuesto.

El juicio que cambió la historia

Días después, frente a todo el reino, Isabela habló desde el balcón principal.

—Hoy hemos descubierto que los verdaderos enemigos no estaban entre los humildes, sino entre los poderosos. Aquellos que preferían manipular antes que servir al pueblo.

El duque fue desterrado. El consejo, disuelto. Los privilegios injustos, eliminados.

Ese día, el reino vio algo que jamás había visto:

Una reina que gobernaba no desde el miedo, sino desde la verdad.

El amor coronado

Esa misma tarde, en el jardín donde comenzó todo, Isabela tomó las manos de Elias.

—¿Quieres caminar conmigo no como exesclavo, no como consejero, sino como mi esposo ante los ojos del reino?

Él la miró, incrédulo, tembloroso.

—Isabela… ¿estás segura?

Ella sonrió.

—He pasado toda mi vida dudando de mí misma. Pero desde que te conocí, no he dudado ni un solo día.

Elias la abrazó. Lloraron juntos. El viento del invierno sopló sobre ellos, pero ya no dolía.

El amor que nació del castigo, de la humillación, de la oscuridad…

Ahora se convertía en la luz más fuerte del reino.

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