Parte 3 — La princesa obesa fue entregada a un esclavo como castigo por el rey, pero él la amó como a ninguna otra.

Parte 3 — La princesa obesa fue entregada a un esclavo como castigo por el rey, pero él la amó como a ninguna otra.

El invierno cedió lentamente ante una primavera tímida, que trazó un velo de luz sobre los muros del reino. Pero aunque las flores comenzaban a abrirse, la paz aún no había florecido en la corte. El destierro del duque Casimiro y la disolución del Consejo de Acero no habían eliminado las sombras por completo—solo las habían obligado a esconderse más hondo.

El pueblo celebró con júbilo el compromiso entre Isabela y Elias. Las plazas se llenaron de música; los niños corrían con cintas de colores; las mujeres tejían coronas florales. Pero en las alturas del castillo, donde el viento golpeaba con un tono más frío, algo inquietaba a la reina.

Desde hacía semanas, Isabela recibía informes perturbadores: caravanas desaparecidas, aldeas saqueadas, mensajeros interceptados. Las señales eran demasiado precisas, demasiado coordinadas. No eran simples bandidos.

Una noche, en su alcoba, mientras el fuego crepitaba en la chimenea, Elias la encontró sentada ante la mesa, revisando mapas y cartas.

—No has dormido en dos días —le dijo con voz suave.

—No puedo dormir cuando mi gente está en peligro —respondió ella, sin apartar la vista del mapa.

Elias se acercó y puso una mano sobre la suya.

—No tienes que cargar con todo sola.

Isabela levantó la mirada. En los ojos de Elias había una mezcla de ternura y preocupación que siempre lograba desarmarla.

—Elias… —susurró ella—. Lo que se acerca es peor que cualquier traición política. Es algo que viene de tiempos antiguos.

—¿A qué te refieres?

Isabela tomó una carta sellada con un símbolo roto: un cetro partido en dos.

—“La Hermandad del Cetro Roto” —explicó ella—. Una orden secreta que juró proteger la supremacía de la sangre noble. Antes creíamos que se habían disuelto hace décadas, pero… han regresado.

Elias frunció el ceño.

—¿Y crees que están detrás de los ataques?

—Estoy segura.

Él respiró hondo.

—Entonces iremos tras ellos. Juntos.

Ella sonrió débilmente.

—Eso es exactamente lo que temen.


El primer movimiento del enemigo

Dos días después, la amenaza se hizo real.

Un mensajero llegó exhausto al castillo, cubierto de ceniza.

—¡Majestad! —gritó, jadeando—. ¡Han tomado la fortaleza de Montalba! ¡Cuarenta jinetes vestidos con capas grises! ¡Dicen que reclaman el reino… por derecho antiguo!

Isabela y Elias compartieron una mirada silenciosa.

El enemigo ya no actuaba desde las sombras.

Había declarado la guerra.

—Preparen mi caballo —ordenó Isabela.

Elias sostuvo su brazo.

—Isabela, no puedes entrar en batalla sin un plan.

—¿Y qué sugieres? ¿Esperar a que lleguen a las puertas de mi pueblo?

Él guardó silencio unos segundos antes de hablar, midiendo cada palabra.

—Sugiero que actuemos con inteligencia, no con impulsividad. Yo mismo iré a Montalba. Exploraré, veré su número real, sus movimientos, sus intenciones.

Isabela negó con la cabeza, angustiada.

—No puedo permitir que te arriesgues así.

—Y yo no puedo permitir que luches sin información.

La discusión estuvo a punto de romper el aire, pero al final, Isabela cedió. Sabía que Elias tenía razón, aunque la idea de separarse le desgarraba el corazón.

—Prométeme que regresarás —susurró.

Él tomó su rostro entre las manos.

—Te lo juro… por todo lo que soy.

Y partió antes del amanecer.


La emboscada

Tres días después, cuando Elias aún no regresaba, Isabela sintió que el mundo se le estrechaba. No había noticias. No había señales. Solo el silencio, que crecía como una grieta entre su pecho y su respiración.

La mañana del cuarto día, un soldado entró corriendo al salón del trono.

—¡Majestad! ¡Hemos encontrado algo en el bosque del norte!

Sobre una manta, colocaron un pedazo de tela gris… manchado de sangre.

Isabela sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Dónde? —preguntó con un hilo de voz.

—Cerca del río helado. Pero… no había cuerpo.

La reina cerró los ojos.

“Si no hay cuerpo… él está vivo. Tiene que estarlo.”

La esperanza era lo único que la mantenía de pie.

El enemigo revela su rostro

Esa misma noche, una figura encapuchada logró infiltrarse en la torre occidental. Fue capturado por los guardias, pero antes de morder una cápsula venenosa para morir, lanzó un mensaje al aire:

—El exesclavo no merece el trono… ni su amor. La reina reinará sola… o no reinará.

Isabela sintió un rastro de furia pura quemarle la sangre.

Ese era el verdadero objetivo.

No el reino.

No las tierras.

Ella.

Su amor.

Su unión con Elias.

—Prepárense —ordenó, con una voz que no parecía la de una mujer, sino la de un destino—. Esta guerra será diferente a todas.


Entre sombras y cadenas

Mientras tanto, Elias despertaba en una caverna húmeda, sus muñecas atadas con cadenas gruesas. La cabeza le dolía, y un hilo de sangre seco le cruzaba la frente.

Frente a él, un hombre alto, vestido con una capa gris desgarrada, lo observaba en silencio.

—Así que tú eres el hombre por el que una reina desafía a los nobles —dijo con desprecio.

Elias escupió al suelo.

—¿Qué quieren de mí?

El hombre caminó lentamente alrededor de él.

—No queremos matarte… todavía. Queremos usar tu existencia. Tu linaje. Tu origen vergonzoso. Eres el símbolo perfecto para derrumbarla.

Elias levantó la mirada, desafiante.

—Ella no se rendirá. Y yo tampoco.

El líder de la Hermandad del Cetro Roto sonrió.

—Eso lo veremos.

Le mostraron, colgando de una cuerda, un estandarte real desgarrado.

—La reina vendrá por ti —dijo el hombre—. Y cuando lo haga, caerá en nuestra trampa.

Elias sintió un escalofrío.

Él no temía morir. Temía que ella muriera por él.


La reina que rechazó el destino

De vuelta en el castillo, Isabela se negó a esperar un segundo más. Armó un pequeño grupo de élite, pero antes de partir, dijo algo que sorprendió a todos.

—Quien venga conmigo… no viene a rescatar a un hombre. Viene a proteger el corazón del reino.

Nadie retrocedió.

Cabalgó durante horas, bajo una lluvia que parecía querer borrarlo todo. Cada paso del caballo resonaba como un recordatorio de lo que estaba en juego.

Al caer la noche, llegó al bosque del norte. Allí, en el silencio de los árboles negros, algo brilló.

Una marca tallada en la corteza.

Una marca que solo Elias y ella conocían.

Era su mensaje.

Era su fuerza.

Isabela apretó los dientes.

—Estoy cerca —susurró—. No dejaré que te tomen.


La batalla en la Caverna del Eco

La entrada a la cueva estaba custodiada por siete hombres encapuchados. No esperaban un ataque directo.

Eso fue su perdición.

Isabela se adelantó con la espada en mano, cortando el aire con una fiereza salvaje. Los guardias cayeron uno a uno bajo la fuerza de su determinación. Su grupo la siguió como si siguieran la luz misma.

En el fondo de la caverna, Elias oyó el estruendo de la lucha.

—¡Isabela! —gritó, desesperado—. ¡No entres!

Pero la reina ya estaba allí.

Apareció en el umbral, con la espada teñida de sangre y el aliento agitado.

Cuando sus ojos encontraron los de Elias, algo en ella se quebró y se reconstruyó al mismo tiempo.

—Te encontré —susurró.

—Te dije que volvería… —él respondió.

Pero antes de que ella pudiera liberarlo, una voz retumbó en la cueva.

—¡REINA ISABELA!

El líder de la hermandad apareció con una espada enorme. Era un hombre gigantesco, con cicatrices que parecían mapas de antiguas batallas.

—Has cometido un error mortal viniendo aquí.

Isabela avanzó un paso.

—El único error mortal… es subestimar a una reina.

La batalla fue brutal. Metal contra metal. Gritos contra ecos. Elias, todavía encadenado, luchaba por liberarse mientras veía a la mujer que amaba enfrentarse sola a un monstruo.

El líder era fuerte, pero Isabela era más rápida.

Más inteligente.

Más valiente.

Con un giro final, esquivó un golpe fatal y clavó su espada en el pecho del enemigo.

El gigante cayó de rodillas.

—Una… reina nacida del lodo… nunca… —tosió sangre—. Nunca reinará.

Isabela lo miró con una calma que helaba.

—Yo no nací del lodo. Nací del amor.

Y dejó que el cuerpo cayera.


El regreso del rey que no quería serlo

Tras liberar a Elias de sus cadenas, Isabela se desplomó sobre él. Se abrazaron con una fuerza que parecía querer unir sus almas.

—No vuelvas a hacer algo así —susurró ella.

—No vuelvas a arriesgarte así —respondió él.

Ella rió entre lágrimas.

—Somos un desastre.

—Somos un milagro —la corrigió él.

Salieron de la cueva como dos sobrevivientes de un mundo que había intentado tragarlos.

Y cuando regresaron al reino, no volvieron como reina y consejero.

Volvieron como los líderes de una nueva era.

La gente los recibió con lágrimas, flores y cantos. Y esa misma semana, en el jardín donde todo comenzó, se celebró la boda.

No hubo lujo.

No hubo coronas de diamantes.

Solo dos corazones rotos que habían aprendido a latir al mismo ritmo.


Un reino construido sobre el amor

Los años siguientes fueron los más prósperos que el reino había visto. La nobleza corrupta fue reemplazada por líderes del pueblo. Las escuelas florecieron. Los graneros se llenaron. La justicia dejó de ser un privilegio.

Y sobre todo…

El amor entre Isabela y Elias se convirtió en leyenda.

Dicen que en las noches de verano, cuando el viento sopla hacia el norte, aún se escucha el eco de aquella cueva…

No el eco de la batalla.

Sino el susurro que selló la historia:

—Nací del amor.

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