“Rescaté los retazos de ropa que las clientas tiraban… con ellos abrigué a niños del orfanato.”
Cada noche, cuando las señoras elegantes se marchaban del taller dejando tras de sí el perfume caro y el tintineo de sus joyas, yo me quedaba a barrer. Entre los hilos cortados y las agujas olvidadas, siempre encontraba lo mismo: retazos. Pedazos de tela que para ellas no valían nada. Un trozo de terciopelo azul, un recorte de lana a cuadros, flecos de seda que habían sobrado de un vestido de fiesta.
—¿Qué haces, Marta? —me preguntó una tarde la señora Beatriz, la dueña del taller, al verme guardar los retazos en una bolsa—. Eso no sirve para nada, tíralo.
—Con permiso, señora —le dije bajando la mirada—, si a usted no le molesta, me gustaría llevármelos.
Ella me miró extrañada, pero asintió con un gesto de la mano, como quien concede un capricho insignificante.

Lo que la señora Beatriz no sabía es que cada domingo yo caminaba dos horas hasta el orfanato de Santa Rita, en las afueras. Allí vivían treinta y dos niños que pasaban frío en invierno, porque las mantas nunca alcanzaban y el edificio viejo dejaba entrar el viento por todas las rendijas.
—¡Llegó la señora de los colores! —gritaban cuando me veían aparecer por el portón de hierro.
Yo no era señora de nada, pero para ellos sí lo era. Me sentaba en el patio con mi caja de costura y, uno por uno, les tomaba medidas con un trozo de cinta amarilla que llevaba en el bolsillo.
—A ver, Pedrito, extiende los brazos… Así, muy bien.
—¿De qué color será el mío, señora Marta? —preguntaba Lucía, una niña de ojos enormes y trenzas desparejas.
—Del color que tú quieras, mi amor. ¿Qué te gusta?
—¡Rojo! Como las rosas que vi una vez en el mercado.
Y yo buscaba entre mis retazos hasta encontrar algo rojo: un pedazo de gabardina, una tira de franela, lo que fuera. Luego, en mi cuarto, bajo la luz de una vela porque la electricidad se iba temprano, cosía. Combinaba colores que nunca irían juntos en un vestido de alta costura, pero que en una manta o en un chaleco abrigaban igual. Un parche verde con uno amarillo, un borde azul con lunares naranjas. Cada prenda era un rompecabezas de sobras, un milagro hecho de desperdicios.
—Marta, ¿por qué haces esto? —me preguntó una vez la hermana Consuelo, la directora del orfanato—. Ya bastante tienes con tu propio trabajo.
—Es que no puedo verlos pasar frío, hermana —le respondí—. Además, ¿qué más voy a hacer con mi tiempo? No tengo marido ni hijos. Estos niños son mi familia.
Pasaron los años. Yo seguía trabajando en el taller, seguía recogiendo retazos, seguía cosiendo para los niños. Algunos crecían y se iban, otros llegaban nuevos. Pero siempre había quien necesitara algo de abrigo, algo de color en medio de la grisura.
Hasta que una mañana de octubre, hace apenas dos semanas, entró al taller una mujer joven. Vestía un abrigo color camel perfectamente cortado, llevaba un maletín de cuero y el cabello recogido en un moño impecable. La señora Beatriz, que ya era muy mayor pero seguía viniendo de vez en cuando, se acercó a atenderla.
—¿En qué podemos ayudarle, señorita?
—Busco a alguien —dijo la joven—. A una costurera que trabajaba aquí hace años. Se llamaba Marta.
Levanté la vista de la bastilla que estaba haciendo y nuestros ojos se encontraron.
—Yo soy Marta —dije, sin entender nada.
La joven se quedó inmóvil un momento, mirándome como si quisiera grabar mi cara en su memoria. Luego, con la voz quebrada, dijo:
—¿No me recuerda? Soy Lucía. Del orfanato de Santa Rita.
El aire se me escapó de los pulmones.
—¿Lucía? ¿Mi Lucía de las trenzas?
—La misma —sonrió con los ojos brillantes—. Aunque ahora soy diseñadora de modas. Estudié con una beca, me gradué en la capital y acabo de abrir mi propio atelier.
Me temblaban las manos. Me levanté torpemente y ella corrió a abrazarme. Olía a perfume caro, pero su abrazo era el mismo de esa niña que pedía mantas rojas. Gisel Dominguez
—Yo… no entiendo… —balbuceé.
—Vine a buscarla, señora Marta —dijo Lucía, secándose las lágrimas—. Toda mi vida he querido encontrarla para decirle gracias. ¿Sabe qué recuerdo más de mi infancia? El frío. Y sus manos cosiéndome un chaleco de retazos que me quedaba grande, para que me durara más tiempo.
Se separó de mí y abrió su maletín.
—Cuando aprendí a diseñar, nunca olvidé algo: que la moda no se trata de lo que sobra, sino de lo que se puede crear con amor. Por eso mi primera colección se llama “Retazos”. Cada pieza está hecha con telas recicladas, con sobrantes de otras producciones. Y quería que usted fuera la primera en verla.
Extendió sobre la mesa de corte unos bocetos preciosos: vestidos, abrigos, chalecos, todos hechos con la filosofía de unir pedazos, de darle valor a lo que otros descartan.
—Y hay algo más —agregó Lucía—. Necesito una maestra de costura para mi taller. Alguien que enseñe a las aprendices no solo a coser, sino a coser con el corazón. ¿Aceptaría trabajar conmigo?
La señora Beatriz, que había escuchado todo desde su rincón, sonrió por primera vez en años.
—Ve, Marta —dijo con la voz suave—. Ya cumpliste tu tiempo aquí. Ahora te toca cosechar lo que sembraste.
Miré a Lucía, a esa niña que ya no era niña, a esa diseñadora que no había olvidado el frío ni las manos que la abrigaron. Y por primera vez en mi vida, sentí que mis retazos habían tejido algo más grande que una manta.
Habían tejido un destino.
—Sí —respondí, con la voz entrecortada—. Sí acepto, mi niña. Siempre sí.
Y salimos juntas del taller, ella con su maletín de cuero y yo con mi bolsa de retazos, rumbo a un futuro que olía a hilo nuevo y a gratitud antigua. Rumbo a demostrar que lo que el mundo desecha, el amor lo puede transformar en algo hermoso.
Porque al final, todos somos retazos buscando convertirnos en algo completo. Y a veces, solo hace falta alguien que crea que valemos la pena.